Dos
mujeres nos miran desde los patios de sus casa respectivamente
situadas en los márgenes de la ciudad capitalina. La Víbora se
llama el primer reparto; Juanelo, cerca de La Bien Aparecida,
el segundo. El primer patio es tranquilo y tradicional por las
plantas –-marpacíficos, malangas de la felicidad, helechos--,
la pajarera con sus habitantes y la presencia de la vidriería
de colores puros; el segundo, que también tiene pajarera y plantas,
parece, sin embargo, querer agredirnos con los deshechos herrumbrosos y lonetas quemadas que, agazapados,
se recuestan en los muros mientras el butacón de mimbre abre sus
brazos.
Estos
son los ámbitos caseros de dos grandes del arte cubano. Amelia
Pelaéz (1897-1968), sobrina del poeta Julián del Casal, tiene
su tranquilo “sitio en que tan bien se está” cerca del rumoreo
del patio; Antonia Eiriz (1929-1995) deja que los materiales humildes
con los que trabaja invadan el patio porque a menudo éste se transforma
en “el cuarto para sí misma” reclamado por Virginia Woolf. La
una elabora con la pasión de lo construido cuidadosamente; la
otra, con la pasión de la imprecación. Ninguna de ellas se limita
a una forma de manifestación establecida y, por lo mismo, limitadora:
pintura, grabado, escultura, cerámica, fresco, ensamblaje, son
las vías mediadoras que escogen para su trabajo incesante.
Si
ambas están poseídas por el demonio de la creación,
cada una buscó -encontró, segú el dictum
picassiano- un camino propio, que hizo suyo como vehículo
de expresión.
Crecidas
en tiempos distintos, las une no sólo la necesidad de hacer visibles
sus más íntimos pensamientos y emociones, sino también, cada una
a su manera, la elaboración de un estilo característico que releva
dos actitudes diversas en su apariencia y similares en intensidad.
Los
temas de Amelia se reiteran insistentemente. Durante una inicial
etapa de aprendizaje, en la cual se revela ya la mano sabia, Amelia
realiza, como ejercitamiento, numerosos paisajes. En los alrededores
de La Habana primero, luego en Europa, ellos van pasando de la
reproducción talentosa de un modelo, a la composición casi abstracta
en la cual la naturaleza observada es un punto de partida para
una estructura de colores transparente. La figura humana aparece
pocas veces: algunos dibujos de trazos ya decididos de desnudos
(figuras que escorzan el rostros como para despersonalizar al modelo), alguna maternidad a la manera clásica,
con la relativa ausencia de expresión en los rostros de los dos
personajes. Amelia no fue dada al retrato sino a la creación de
figuras intemporales y modélicas. Ella misma dijo en una ocasión: “Si el paisaje dejó de interesarme, si no poseo
o no quisiera poseer el talento que hace falta para hacer retratos,
si la pintura religiosa me tiene sin cuidado, ¿qué puedo pintar?”
Después
de muchos viajes por Europa y América, Amelia está en Cuba, más
aún en La Habana, más aún en su casona familiar. Allí elabora
durante años sus naturalezas muertas, que prefiero llamar interiores
por el entorno que construye a su alrededor. Los tempranos Naturaleza
muerta sobre ocre y Mantel blanco (ambos de inicios de la
década del 30) son todavía una indagación feliz en las posibilidades
expresivas de la forma y el color sabiamente utilizado. Luego
vendrán esos interiores cuajados de (y enmarcados por) columnas,
mamparas, herrería, enroscada, y siempre, el mediopunto y la luceta
de colores primarios: el rojo purísimo, el azul vibrante, el amarillo
solar. Aquí Amelia siente dueña, desde aquí ella observa y recrea
un mundo lleno de color. Las poderosas líneas negras, rememoración
tomada de la vidriería y de los herrajes fundidos y forjados,
se cierran sobre sí misma. A diferencia de otros pintores que
también acuden al trazo enroscado de
la línea ceñidora (pienso en el Portocarrero de los Interiores
del Cerro), los incesantes trazos negros de Amelia redondean,
por así decir, la composición. También desde el punto de vista
de la estructura del cuadro, Amelia prefiere la forma cerrada
antes que la abierta: sus poderosos trazos enmarcan en vez de
sugerir la ampliación del espacio. Este gana así en intimidad
no exenta de empuje tectónico
al hacer visible un cosmos preñado de posibilidades para lecturas
diversas.
Se
solía considerar que ciertos interiores son tema propio para una
artista mujer. Ajuares caseros, costuras, la atención a los niños
pequeños, un jarrón de flores, a todo lo más un grupo familiar
en el mejor cuarto de la residencia, he ahí el entorno
apacible y feliz que cierta cómoda tradición vincula a la mujer
que se coloca ante el caballete. Así puede recrear su ámbito natural,
aquel que se atribuye al género. Desde la época, no tan lejana,
en que a las mujeres se les permitía asistir a una escuela de
arte, aunque no a las clases en las que posaba un modelo desnudo,
a ellas le tocaba la temática propia del status social. ¡Qué diferencia
con los interiores de Amelia! Amelia construye, recrea a voluntad,
no se conforma con lo que ve con los ojos sino que esa visión
es el estímulo primario para una elaboración constructiva, indagadora
de las posibilidades plásticas del entorno libremente escogido.
Me parece significativo que Amelia en su madurez creadora haya
rehuido al paisaje abierto para concentrarse en el paisaje cerrado,
aquel que ella puede controlar a voluntad, reconstruir, elaborar
como expresión válida que indica que dentro de sí, en ese ambiente
modificable a voluntad, ella encuentra su mundo donde reina en
soledad.
De
ahí por lo general que los interiores de Amelia carezcan de figuras
que pudieran aludir a otra presencia. Se bastan a sí mismo en
medio del aparente abigarramiento de elementos arquitectónicos
y decorativos iluminados por la claridad tamizada que procura
la vidriería.
En
ese mundo cerrado que una y otra vez construye la artista, aparece
aludido algún otro elemento de su entorno inmediato. El marpacífico,
la pitahaya o el mamey son cotidianos y familiares; de nuevo,
en el óleo o en el gouache son recreados, reconstruidos por la
visión particular de la pintora. El marpacífico, como el mamey,
es el rojo asaeteado por el negro que lo atraviesa y reverbera
en los hierros forjados y
en las volutas del interior arquitectónico; la pitahaya se abre
invitando el apetito goloso y hace eco a las gamas lila del paño
de mesa; la piña, por el contrario, permanece cerrada para que
su cáscara rugosa y simétrica, así como su cresta a manera de
florida corona reiteren las vueltas infinitas de la vidriería
y la cerrazón constructiva. Aparecen numerosos peces; algunos
colocados en la fuente listos para su preparación y consumo familiares.
Pero tienen un carácter totalmente
pictórico; unos se tiñen con los colores –-de nuevo el azul, el
rojo, el amarillo-- de la vidriería tradicional, mientras otros
se esquematizan con la forma romboidal, necesaria como valor
plástico en la estructura de la pieza, y que reaparecerá en otras
figuraciones que mencionaré a continuación.
Me quiero referir ahora al otro tema reiterado en la obra
de Peláez, aquel que se concentra en la representación de la mujer.
Ya he mencionado algunos dibujos de desnudos y las maternidades
hechas posteriormente. A lo largo de su vida de artista, ella
insistió en el tema de la mujer, llegando,
en 1953, a hacer variaciones sobre una obra clásica, la
Olimpia de Manet.
Si
se recorre esta línea de trabajo se comprueban una constante y
el desarrollo de una característica que se hará, ella también,
una constante. Por una parte es evidente que, salvo en algunos
casos aislados como en Gundigna (1931), Las dos hermanas
(1945) y Retrato de Sofía (1951), Amelia despersonaliza
las representaciones. Gundinga es un extraordinario logro plástico
en sienas, punteadas por el blanco (la pechera de la blusa y la
florecilla en el pelo) en el cual los rasgos de la muchacha apenas
están esgrafiados sobre la superficie del rostro. En Las hermanas,
por el contrario, los trazos negros que indican la arquitectura
del interior y el piano que una de ellas teclea, cruzan los rostros
de las hermanas, definen sus ojos, nariz y gruesos labios, otorgándoles
una suerte de anonimato dentro de su inexpresividad.
A
partir de los inicios de la década del 40, Amelia empieza a esquematizar
sus figuras mediante una forma romboidal que definirá los rostros
de mujer (Mujer, 1941-1944) y hasta los peces que ocupan
el centro de una naturaleza muerta en Peces, 1958. Reitera
las mujeres en pareja, como hiciera en Las hermanas, pero
sus rostros se hacen más genéricos y abstractos en esa forma a
que he aludido: el proyecto para el mural del edificio Esso en
La Habana (1950), Mujeres sentadas (1955), los ángeles
que a manera de halo o corona ocupan el espacio sobre el tradicional
San Juan Bosco, en el mural de la capilla de la Casa Saleciana
“Rosa Pérez Velasco”, hoy biblioteca del Instituto Politécnico
“Pedro María Rodríguez” en Santa Clara (1958) son algunos ejemplos
representativos.
En
estas cabezas sobresale, en el perfil coronado por un pequeño
penacho a manera de inclinación del cabello, el ojo de frente,
fuertemente circundado por la gruesa línea negra.
Pero
si acentúa ese ojo que aparece no entornarse nunca para ver más
y mejor, se elimina la boca. Esta tipología de rostro de mujer
es reiterativa: en la pintura de caballete, en los murales, en
la cerámica que decora a partir de 1950, en los apuntes, nos mira
ese ojo eternamente abierto y se hace sentir esa boca que no está.
Pudiera parecer una parábola que la propia Amelia siente suya
y que sugiere una actitud receptiva, vigilante y atenta, que guarda
silencio en una intimidad creciente.
Si
Amelia Peláez insiste en el silencio cargado de múltiples
implicaciones, Antonia Eiriz reclama el grito como hacer
sus Variaciones; Antonia concuerda con Van Gogh en que
el basurero de la ciudad es un lugar de belleza; el holandés escribió:
“Sería para un cuento de hadas
de Andersen ese montón de baldes, cestos, calderos, gamelas,
bigones, alambres, faroles, pipas y tubos de estufa que tira la
gente”. Con objetos desechados, Eiriz construye sus
ensamblajes, en los cuales la pata rota de una mesa, los
tornillos y tuercas de una tubería, la muleta que ya no necesita,
la plancha de metal herrumbroso son puestos en una función otra,
como elementos integrantes de una obra de poderosa expresividad,
porque esos objetos desechados por inútiles “sugieren cosas, ideas,
y aprovechándolas se enriquece la obra”. Cuando pinta, suele chamuscar
la loneta “con un reverbero que tengo en el patio” para escamotearle
su aspecto prístino y acercarla, a ella también, al basurero que
espera pacientemente.
Con
razón Roberto Fernández Retamar ha afirmado que Antonia, en el
lenguaje pictórico, trabaja con las malas palabras, “esas malas
palabras del muchacho que, en el fondo, está lleno de ternura,
pero que ha sido maltratado por la vida y se hace el erizo [...]
Antonia pinta con rabia”. (¿Ella no llamó a una de sus piezas
El erizo?) En efecto, en su obra Antonia disfraza lo tierno
de macabro, lo diario de tremendo, lo natural de espanto. Siempre
negó que pudiera atribuirse a la poliomielitis que sufrió la tendencia
a la tragicidad en su expresión artística, preguntando: “¿Cuántos
cojos hay que no pintan?” Lo que sí es cierto es el hecho de que
Antonia nunca instrumentó su condición de coja para obtener concesiones
o facilidades de tipo alguno.
Su
paleta privilegia el negro apenas aliviado por algún toque de
un color más amable. Pero si para Amelia el negro se constituye
en trazo delimitador, para Antonia es la superficie principal
de la composición, y sus brochazos sugieren las figuras. Aunque
tales brochazos pudieran indicar cierta tendencia hacia el gesto
libre y espontáneo, la propia Antonia aclaró en
más de una ocasión que no trabajo a partir de los accidentes,
sino regida por una estructura, un dibujo previo que dispone de
espacios. Se piensa en seguida en la línea negra de los cuadros
de Amelia, cuya función manifiesta es la de circunscribir la zona
plana de color y la silueta, y a la vez procurara cierto valor
expresivo a la figura representada.
El
trazo de Antonia no da esta impresión: se mueve agitadamente por
la superficie, da la silueta pero en su totalidad, integrando
el color que, al aflorar es un elemento de suave contraste. Al
negro acudieron ambas pintoras: una, la conocida por su colorido
puro y brillante, y otra, la evocadora de la violencia tremenda.
Los
temas de Antonia surgen de su entorno inmediato y callejero: los
muñecones que son Mis compañeras, o Las pirañas,
o los que asoman en la forma de Los visitantes, o los que
se esbozan apenas Ante la mesa, o el rejuego con un dicho
popular de La muerte en pelota, o en muchas obras que dejó
sin título. Ella insiste siempre en que no son elementos de su
imaginación: ve a sus compañeras así, con ese substrato tremendo
que percibe en la realidad más cotidiana. Por eso subraya que
su obra es, a la vez, intimista y social, y apunta que surge de
la inmediatez personal y se proyecta hacia un ámbito socialmente
más genérico.
Quisiera
detenerme en una obra pictórica de Antonia que considero paradigmática:
La Anunciación es la obra principal, para mi gusto de entonces
y de ahora, de la primera exposición personal de Antonia (en la
Galería Habana en 1964), y una de las más significativas de todo
su hábeas. La mujer sentada ante su máquina de coser recibe, espantada,
la visita anunciadora: el arcángel es una monstruosa figura esquelética,
en la cual las alas a manera de capa volante constituyen un factor
contrastante y complementario. Esta traslación y traducción de
la conocida iconografía cristiana es reveladora en muchos sentidos.
No sólo traslada la escena, como hicieran los pintores a partir
de finales del Medioevo, a la época contemporánea –la máquina
de coser es de un modelo popular, el ropaje de la mujer también–
sino que acentúa tal carácter. A diferencia de su coetáneo Acosta
León (a quién ella dedicó uno de sus Homenajes), Antonia
reproduce con trazos realistas la representación del instrumento
de costura, como para subrayar que lo inanimado no está tocado
por el hálito tremendo de las dos figuras. La mujer horrorizada
ha dado lugar a varias interpretaciones. Antonia me contó que
un sobrinito, frente a la obra, le preguntó por qué había pintado
a su abuela de esa forma; Antonia reconoce que sólo entonces reparó
en ciertos rasgos de similitud entre su madre y la figura que
recibe la Anunciación. Sin entrar en disquisiciones de otro tipo,
esto parece confirmar la cotidianidad que Antonia sentía en las
figuras que creaba en pinturas, ensamblajes y otros tipos de creaciones,
incluyendo el grabado.
También
me detengo ante este cuadro por su temática manifiesta. La Anunciación lo es del misterio de la Encarnación, de la
maternidad, función femenina por excelencia. Antonia rehuye el resultado de tal Anunciación, descarta
la figuración de la madre con la criatura, para remitir al proceso
previo, el cual sólo fija, a diferencia de otras creadoras nuestras
más recientes (pienso en Marta María Pérez, por ejemplo), en sus
inicios mismos, en el instante del conocimiento del hecho
por venir. Y este provoca reacciones ambiguas, por decir
lo menos: estupor, espanto, sorpresa. De nuevo, Antonia desnuda
un dictamen impuesto por la tradición patriarcal, y revela que
no siempre el anuncio es agradable y bienvenido, no siempre el
arcángel lo es, no siempre el hecho ésta rodeado de alegría y
serenidad, como cumplimiento de una función necesaria y deseada.
En
todas las representaciones de Antonia, el rostro de las figuras
tiene las facciones fuertemente distorsionadas, en especial los
ojos desorbitados y la boca siempre abierta en gesto preparatorio
del grito o el aullido. En La Anunciación, por ejemplo,
la mujer, de cuerpo maduro y más bien regordete, tiene una fuerte
expresión de espanto en el rostro. Predomina el negro, sobre todo
la silueta de la mujer y la forma del ángel/demonio anunciador.
Pero en las ropas del personaje y en los detalles de su máquina
de coser hay trazos de colores que remedan los pasteles: en el
vestido de la mujer ante su máquina de coser, reaparece el tono
rosa de la túnica que lleva la Virgen debajo de su manto azul
en la iconografía clásica. (Sorpresivamente para muchos, Antonia
me afirmó que este hecho lo atribuye a la influencia sobre ella
de ciertas obras de Giotto, en los tonos azules del cielo y en
los ángeles que pintaba.)
Las
manos también adquieren una función expresiva, complementaria
de los violentos rasgos de los rostros. En algunas obras –muchas
sin título– las manos se acercan a la cara, como para acentuar
la violencia de ojos y boca. En otras, como en una de las versiones
de Mis compañeras, la mano apoyada en la cadera crea un
hálito de natural cotidianidad en el personaje voluntariamente
distorsionado.
En
La Anunciación, son importantes los brazos y manos
de dos personajes. El ángel/demonio anunciador avanza una mano
esquelética para tocar el hombro de la mujer que intenta retroceder.
A su vez, ella extiende un brazo hacia el espectador, como reclamando
su atención y subrayando su rechazo ante la visión aterradora.
El arco visual creado por los dos proyecta la vista desde la zona
superior horizontal del cuadro hasta el extremo inferior que se
proyecta hacia el exterior del cuadro. Estos elementos aumentan
la traslación de la escena icnográfica: en algunos ejemplos de
ésta, ángel y virgen extienden ambos brazos el uno hacia el otro
hasta casi tocar las puntas de los dedos (como haría Fra Filippo
Lippi), mientras en otros
(como haría Leonardo), ambos personajes cruzan sus brazos sobre
sus pechos de modo similar al que se ve en muchas escenas de la
Adoración.
Ante
las obras de Amelia se suele invocar la presencia de elementos
cubistas, como ante las de Antonia, las de Goya o Bacon. Pero
ni Amelia era cubista a la manera de esa rica escuela de
raíz europea, ni Antonia debía su filiación sólo a los maestros
citados. Cuando habla de Giotto con respecto a La Anunciación,
no debe producir sorpresa: su apropiación profunda de los clásicos
a partir del Renacimiento italiano aflora en otras obras y modos.
En el tríptico Ni muertos, por ejemplo, las figuras adoptan
el escorzo del Cristo muerto, de Mantea. Pero si en el italiano
la figura se considera un tour de force del desnudo anatómico,
en Eiriz las figuras son esqueletos con mechones de pelo, y bocas
y ojos desorbitados.
En
esta suerte de trágica premonición de la terrible fotografía del
Che asesinado, Antonia instrumenta, como en La Anunciación,
elementos del arte clásico para una transmutación en la cual los
factores de tragedia y espanto ocultan esa ausencia del azar,
esa estructura previa de que ella hablara al referirse a su trabajo.
Antonia
hizo varios ensamblajes que son homenajes: los requiem
por Salomón, ese agudo personaje creado por el dibujo de Changó;
los homenajes dedicados a Acosta León, ya mencionado, y a Lezama
Lima. Son reveladoras las personalidades escogidas, figuras en
algún momento polémicas e incomprendidas en su más profundo significado.
En 1991, Antonia da a conocer su Homenaje a Amelia, en
el cual apunta, como en otras obras suyas, su alusión interpretativa
a lo que la obra de su antecesora en el tiempo significa para
ella.
Quedan
así unidas, a través del amor y la comprensión, dos figuras claves
de nuestra cultura, dos mujeres fuertes que, cada una a su manera,
enfrentaron y crearon su mundo, que es el de nosotras, día a día,
a lo largo del tiempo.