Vida
privada de dos estatuas públicas
María de
los Ángeles Pereira
Como
advirtió Luis de soto “nuestra
escultura en la centuria pasada como en las precedentes sigue siendo
cubana sólo por el lugar de su emplazamiento, y, a veces (sólo a veces)
por el tema, ya que son sus autores extranjeros y el contenido de las
obras se ajusta (rigurosamente) a las tendencias en boga en la Europa
de entonces”
[2]
.
Ello
explica que el arte conmemorativo en La Habana haya estado orientado,
casi sin excepción alguna, a enaltecer “la gloria” de los nobles monarcas
que dictaban los destinos del poder en la Península y en sus territorios
de ultramar, en tanto que las producciones ambiental y funeraria --al
igual que la conmemorativa-- copiaran al pie de la letra los más ortodoxos
modelos metropolitanos.
Sin
embargo, lo mismo que las pausas y silencios en las artes escénicas
--o que el espacio vacío
en los lienzos pictóricos--, las ausencias, las carencias o las puntuales
y sui géneris apariciones de unas pocas figuras
femeninas en el arte monumentario de un período, ponen de relieve exquisitas
sutilezas que contribuyen a perfilar la imagen de la mujer, su paso
y su huella decisiva en la caracterización de una ciudad en contextos
sociales temporalmente superados.
Así,
salpicadas en las principales arterias de la capital de la Isla y de
otras villas de importancia, se podían encontrar fuentes públicas adornadas
casi siempre con marmóreas estatuas femeninas.
Quizás
la mejor dotada de nuestras avenidas del XIX
en lo que respecta al número de fuentes, rotondas, arbolado y
mobiliario urbano --más poblada incluso que el popular Paseo del Prado--
fue la denominada Alameda de Tacón, también conocida como Paseo Militar
o de Carlos III. Allí se dispusieron en poco más de un año (entre 1836
y 1837), en el ámbito del llamado Plan de Obras Públicas de don Miguel
de Tacón, cuatro fuentes, tres de las cuales eran
bien pródigas en estatuas de yeso y de mármol con figura de mujer.
La
mayor de todas, la Fuente
de Ceres o de la Columna, estaba conformada por una glorieta
rodeada de cuatro esculturas representativas de las cuatro estaciones,
y dotada de una columna central (de veintitrés varas de alto), --de
ahí su nombre--, coronada por la figura de Ceres -divinidad pagana
que presidía las sementeras, las siegas y otras operaciones agrícolas-
la cual "desde su legendario
asiento, silenciosa y enhiesta, esparcía benéfica sobre nuestros campos
[aunque en plena urbe] los dones bienhechores de su olímpico poderío".
[3]
Otras
dos fuentes, la de Los
Aldeanos o de las Frutas y
la de Los
Sátiros o de las Flores, estaban concebidas como minúsculos
y adulterados templos helénicos; uno de ellos rodeado por estatuas de
mármol, alegorías de “La Fuerza”, “La Hermosura”, “La Poesía” y “El
Amor”; y, el otro, coronado por una copa
de tamaño heroico, que un día fue sustituida por la imagen pedestre
de "la diosa Pomona, armada
de su legendaria cornucopia, de la que se escapaban frutas y flores
en soberana abundancia”
[4]
.
A
estas imágenes habría que sumar las numerosas estatuas y bustos (representaciones
de Minerva, Juno, Ceres y otras tantas divinidades olímpicas) que adornaban
los jardines de la llamada Quinta de los Molinos, casa de recreo del
Capitán General.
El
conjunto, sin embargo, no resultaba afortunado. El propio Jefe del Real
Cuerpo de Ingenieros de la Habana, en 1841, se refería a:
el
mal gusto de las cargadas fuentes, llenas de feos floreros y rodeadas
de cañones, de la estatua de Carlos III, dándole la espalda a otra,
no se sabe de quién [se refería a la de Ceres] encima de una elevada
columna, sin proporciones entre sí, ni qué papel hace Esculapio en un
camino militar [alude a la figura central de la cuarta fuente del Paseo,
la más infeliz de todas] ni qué indican tantas verjas de mal gusto encarcelando
a las fuentes, las diosas y las ninfas...
[5]
Mucho
más meritorios que las estatuas vinculadas
a las fuentes públicas resultaron los trabajos escultóricos integrados
a los más importantes monumentos funerarios que, hacia finales del propio
siglo XIX, fueron erigidos en el Cementerio "Cristóbal Colón".
Mientras
que aquellas fueron piezas de autores anónimos, probablemente compradas
en Europa –o en cualquier otra parte- y adosadas sin miramientos a las
obras ambientales previstas para rellenar glorietas y rotondas, las
obras funerarias respondían a la autoría de artistas reconocidos, cada
uno a su nivel, y corrieron mucha mejor suerte que las de emplazamiento
urbano, en tanto hoy, a más de cien años de su ejecución, siguen dominando
en términos de escala, el arte funerario de la necrópolis de La Habana,
una de las más hermosas del continente americano y del mundo.
José
Villalta Saavedra,
el primer escultor cubano, representó, en 1890, a través de figuras
femeninas de cuidadosa factura, hechas en el mejor mármol de Carrara,
los elevados conceptos de “La Conciencia Pública”, “La Justicia” y “La
Inocencia”, ubicándolas en esa estructura arquitectónica compacta de
forma piramidal, rematada por la consabida columna trunca cubierta con
manto y corona, que constituye el Monumento a los ocho estudiantes de medicina fusilados por el
gobierno colonial español en 1871.
Por
su parte, Agustín Querol, uno de los más grandes
escultores de España, flanqueó el Mausoleo de los bomberos
víctimas
de la hecatombe del 17 de mayo de 1890 con cuatro esculturas
de mujeres alegóricas a “El Dolor”,
“La Abnegación”, “El Heroísmo” y “El Martirio”, respectivamente. Son
figuras exquisitas (“La Abnegación” más que ninguna), de la más virtuosa
factura y de una emotividad singular. Verdaderas joyas de la escultura
hispánica son estas piezas de Querol, quien hasta esta fecha no había
podido realizar en su tierra aragonesa una obra tan monumental y trascendente
como la que erigió en La Habana en 1897, justo un año antes de que concluyera
la dominación española sobre la Isla.
No
obstante, a pesar de lo variada, polifacética y relativamente abundante
que pudo ser la presencia femenina en toda esta escultura pública del
siglo XIX, y del valor artístico que le reconocemos (en el caso de las
piezas de Querol y del propio Villalta) se trata, en sentido general,
de representaciones alegóricas totalmente genéricas: mujeres pétreas
de cualquier tiempo y de cualquier parte que ponen de relieve nuestra
ineludible pertenencia a la cultura occidental, con toda esa enfática
inspiración grecolatina que marcó a “las bellas artes” del centro y
de la periferia durante los siglos coloniales.
Ellas
pueden confirmar el carácter mimético y pasivo de la producción plástica
realizada o importada en la Cuba del siglo XIX, pero nada advierten
acerca de ese promisorio acento propio (que en verdad se concretó primero
en otras manifestaciones), o de ese fragmento de historia peculiar que
sí nos cuentan otras dos estatuas públicas: la de la Reina Isabel II
y la de La Noble Habana. Ambas rivalizaron durante décadas, desde la
majestuosidad de sus asientos, en dos focos claves del Paseo del Prado:
el Parque Central y el Campo de Marte.
Del
año 1840 data la primera escultura en bronce de la Reina de España,
doña Isabel Cristina de Borbón, representada como la monarca niña que
era entonces, y colocada frente al Teatro de Tacón, para que desde allí
dominara el Paseo de Extramuros (hoy del Prado), el cual a partir de
entonces se denominaría Alameda de Isabel II.
En
1853 se quiso sustituir la diminuta estatua por otra de imponente mármol,
mayor y más digna de la Reina (quien, desde luego, también había crecido)
para cuya ejecución fue expresamente contratado un escultor francés:
Philippe Garbeille.
Cuatro
años demoró Garbeille en poder concluir su trabajo, de modo que durante
ese tiempo faltó Isabel II de su ”trono” en el sitial público que se
le reservara, y que no fue otro que la Plazuela de Tacón (frente al
Teatro del mismo nombre), cuyo plano general fuera diseñado por el artista
español Víctor Patricio Landaluze.
La
referida plazoleta permaneció vacía hasta que por fin, en soberbia ceremonia
celebrada el 19 de noviembre de 1857 (día del santo de la Reina), quedó
inaugurada la segunda estatua conmemorativa que se le dedicara en Cuba,
la cual se mantuvo en pie menos tiempo aún que su antecesora de bronce.
En la madrugada del 6 de enero de 1869, cumpliendo órdenes muy expresas
del Capitán General Francisco Lersundi, Isabel II fue retirada de su
pedestal “por
haber sido proclamada la Revolución en España (que culminó con
la caída de los Borbones) y no ser grata su vista a los españoles de esta Isla”
[6]
La
estatua fue trasladada entonces nada menos que a la Capilla de la Cárcel,
el lugar donde los condenados a muerte pasaban sus últimas horas y en
el que, por esos azares del destino, la propia Reina fue la única mujer
compañera de cautiverio de los juramentados enemigos de España que eran
muchos -y cada vez más numerosos-, en aquellos años insurgentes en los
que se iniciaba la primera de nuestras guerras mambisas.
No
fue hasta 1875, año en que se restauró la casa Borbón con la coronación
de Alfonso XII, que recobró su libertad y su parterre la estatua de
la Reina Madre; y, una vez más, fue develada en solemne acto oficial
con el que el pueblo de La Habana “celebraba (de nuevo) jubiloso la proclamación de la Monarquía”
[7]
Pero
no alcanzó la Reina a ver desde su trono los festejos por el fin del
siglo. El 12 de marzo de 1899, por disposición del municipio de la capital,
la Estatua de Isabel II fue definitivamente retirada de su asiento en
el corazón del Prado
[8]
. Los diarios de la época ofrecen versiones bien contradictorias
en torno a los tintes emotivos del acontecimiento. El periódico La
lucha, en su edición del propio día 12, señala:
La
bajada de Isabel II atrajo al Central Park la misma concurrencia que
antes iba por la mañana a ver la parada, y que hoy hace lo mismo con
las evoluciones de los soldados americanos, y se entusiasma con los
remolinos que imprime el Músico mayor a su enorme porra[...] y no pasó
más, ni se entusiasmó nadie, ni se emocionó siquiera uno solo de los
espectadores[...] Y cuando funcionó el aparato, y sufrió la debida tensión
el grueso calabrote, cayó la reina destronada, en medio de la mayor
indiferencia.
La Discusión,
sin embargo, en una crónica fechada el día siguiente, relata:
Después
de grandes trabajos que se hicieron durante todo el día de ayer y cerca
de las cinco e la tarde, descendió para siempre la estatua de Isabel
II que durante muchos años estuvo colocada en nuestro Parque Central.
El numeroso público que presenciaba el acto prorrumpió en aplausos y
en gritos de ¡Viva Cuba libre! Un gran número de trabajadores, casi
todos españoles, eran los que tiraban las cuerdas para hacerla descender.
Hacemos constar, como simple detalle, que durante el acto se presentó
un peninsular, y arrodillándose delante de la estatua, la miró y después
se echó a llorar.
Pero
amén de los aplausos o del silencio, de las lágrimas o de la indiferencia
que cubanos y españoles hayan podido o no manifestar, hay un hecho irrevocablemente
cierto y revelador del espíritu caballeresco de la sociedad habanera
del siglo XIX: una y otra vez la estatua fue bajada cortésmente, sin
irreverencias ni excesos, dispensándosele el trato digno y el respeto
que merece una dama –o su imagen en mármol-
aunque esa dama fuera la Reina de España y representara en un
momento dado la ortodoxia retrógrada de la Monarquía, o el recuerdo
pétreo de un coloniaje secular
Y
hay una segunda verdad histórica paralela a estos sucesos: la otra estatua
pública femenina que figuró en el extremo sur del Paseo del Prado, incluso
desde un poco antes que la de la Reina, “presenció inconmovible y silenciosa, con la vista fija hacia el Oriente,
todos los acontecimientos públicos del siglo” incluidos los infortunios que vivió el
vilipendiado mármol de la soberana.
En
efecto, la Fuente de la India o de la Noble Habana,
"lo mejor que ha venido a la América" -según se lee en el Diario
de la Habana, en su edición del lro de enero de 1838-. se emplazó
cuando llegó de Italia, en 1837, frente a la salida de la
Puerta de la Tierra (de espaldas a la Puerta del Este, también
llamada de Tacón, que era la Principal del Campo de Marte), desalojando
de su antiguo recinto a la Estatua del Rey Carlos III
que allí estuvo ubicada desde 1803.
Tal
vez la primera señal del buen augurio que siempre la acompañaría fue
su insólita resistencia a los fuertes vientos que soplaron el día antes
de su inauguración, que habiendo derribado casas y arrancado árboles,
no le hicieron el menor daño a la tela que la cubría.
La
más completa descripción de esta pieza se debe al escritor Don Tranquilino
Sandalio de Noda, quien en 1840 apuntaba:
Delante de las puertas de la ciudad de la Habana[...]
se ve una fuente de mármol blanco que se alza en un pedestal cuadrilongo
sobre cuyas cuatro esquinas y resaltadas pilastras se apoyan cuatro
delfines también de mármol, cuyas lenguas de bronce sirven de surtidores
al agua que vierten en la ancha concha que rodea al pedestal[...]
Encima de todo, sobre una roca artificial, yace sentada
una preciosa estatua que representa una gallarda joven india mirando
hacia el Oriente; corona su cabeza un turbante de plumas[...] y un carcaj
lleno de flechas al hombro izquierdo lleva. Sus armas vense esculpidas
en el escudo que lleva en su diestra, y en la siniestra sostiene la
cornucopia de Almatea en la cual, en vez de las manzanas y las uvas
que generalmente la adornan, el autor, en un rasgo de inventiva, las
ha sustituido por frutas de nuestra tierra, coronadas por una piña[...]
Se reconoce que representa alegóricamente la ciudad
de La Habana.
[9]
Tal
alegoría fue plenamente intencionada. Frente al Plan de Obras Públicas
emprendido por el Gobernador don Miguel de Tacón, cuyo objetivo político
era la apropiación simbólica del cuerpo de la ciudad en tanto expresión
del progreso de la Colonia al amparo de la Metrópolis, se hizo notar
la respuesta de la oligarquía criolla que emprendió un plan paralelo
de iniciativas urbanas, lidereado por el ilustre hacendado habanero,
Conde de Villanueva, a la sazón Superintendente General de Hacienda.
Empeñado
en neutralizar los símbolos del Gobernador --explica Carlos Venegas--
dos de las más destacadas iniciativas urbanas del Conde de Villanueva
se situaron estratégicamente en las cercanías del Campo de Marte para
debilitar el tono de autoridad y prepotencia militar que Tacón le imprimió
a ese sitio.
La
primera de ellas, la conocida Fuente de la India, estaba concebida como
una alegoría de la ciudad; con una actitud serena, porte y perfil clásicos,
la figura femenina se disfrazaba de indígena, lo que equivalía a decir
de autóctona, convirtiéndose en el símbolo más popular de La Habana
del siglo XIX.
[10]
Algunas
voces le criticaron a su autor el anacronismo de modelar a una india
con facciones griegas, otros le perdonaron el desliz atribuyéndoselo,
comprensivamente, a los modelos europeos de la estatuaria que debieron
signar sin remedio su gusto e ideal estéticos. Pero al margen de la
voluntad consiente de Gaggini: la
híbrida solución de una india neoclásica --como concluye
Venegas-- precursora de las futuras imágenes literarias
de nuestra poesía siboneyista, sintetizaba como ninguna otra el anhelo
de modernidad y el impulso "civilizador" de la aristocracia
nativa[...] De ahí su rápida popularidad entre los habaneros que veían,
frente a la misma Puerta de la Tierra --salida de la vieja ciudad--
la efigie representativa de la ciudad nueva, de espalda a la más odiosa
puerta del Campo de Marte, la de Tacón.
[11]
Lo
cierto es que esta villa ya se había autodefinido india
y mujer, doscientos años antes de que erigiera
esta bella Fuente de La Noble
Habana en el umbral de extramuros.
Cuando
en el primer tercio del siglo XVII el General Juan Bitrián de Viamonte,
Caballero de Calatrava, asumió la gobernación de esta ciudad y mandó
a edificar la torre del Castillo de la Real Fuerza, la hizo rematar
con una discreta giralda. Seguramente estaba muy lejos de imaginar que
aquella iniciativa inauguraba la historia de la escultura pública habanera,
y que la fémina representada en bronce --a la que muy pronto se le conocería
como La Giraldilla-- se erigiría en
el símbolo de la villa de San Cristóbal de La Habana.
La
obra es autoría del “artífice, fundidor y escultor” Gerónimo Martín
Pinzón (nacido en esta propia villa) y representa a una joven india
vestida con faldas muy cortas que dejan sus piernas casi al descubierto,
y que en gesto arrogante y gracioso, da la bienvenida a todo el que
arriba a la ciudad por su puerto principal. Desde bien temprano se le
conoció popularmente con el nombre de La Habana, “al punto que se dice que aquellos que visitan
nuestra tierra y que no lo han observado, han venido a La Habana y no
la han visto”.
[12]
De
esta suerte, a diferencia de tantas ciudades del Caribe y de la América
hispánica que siguen llamándose, cual un día fueron bautizadas,
con nominación sagrada y varonil –como San Juan, Santo Domingo, San
José, Santiago...-- la nuestra decidió desestimar el “San Cristóbal”
y optó por el femenino nombre de La Habana para proclamarse,
desde entonces y para siempre, india y mujer... de lo que dan fe sus
estatuas insignes que son –al cabo- las que perduran y cuentan.