Ir a la Portada


Fecundación muerte-vida y otras consideraciones a propósito de la obra de Negra Álvarez
Verónica Sedano Álvarez

La imagen de la mujer siempre ha estado presente en la historia plástico-visual de la humanidad. Quizás porque nunca ha perdido la facultad de deslumbrar y/o atormentar: en dependencia de las circunstancias. De hecho, resulta una afirmación categórica que desde los mismos albores de la humanidad la representación de la mujer ha tenido una importancia medular en términos culturales. Basta pensar en las prehistóricas figurillas de cuerpos esteatopígicos que la tradición occidental ha denominado Venus, y que parece fueron utilizadas en vínculo directo con algún ritual relacionado con la fecundidad.

Es precisamente esta capacidad fecundativa, esta posibilidad de generar vida y acogerla en su seno, la que ha llegado a convertir a la mujer en un ser semidivino para algunas civilizaciones. Aunque también la ausencia de esta posibilidad, ha significado para muchas la marginación y el rechazo  no siempre explícito, pero igual de doloroso  en medio de sociedades que continúan siendo intolerantes.

De cualquier manera, resulta innegable que la posibilidad latente de concebir carga al sujeto femenino de connotaciones especiales y convierte su imagen en un importante vehículo de expresión plástica, aún en la contemporaneidad.

En estrecho vínculo con el tema de la fecundidad se desarrolla parte significativa de la creación de Margarita “Negra” Álvarez, artista salvadoreña de cuya obra nos atrevemos a discursar en las siguientes cuartillas.

Homenaje a la vida y a la muerte

Nacemos en circunstancias
que no escogemos…
Suspendidos por hilos
que poco a poco cederán
para dejarnos caer…
Y como frutos que somos,
la semilla será
la prolongación
de nuestras vidas…

Negra Álvarez

Negra Álvarez crea sus esculturas a través de procedimientos que se alejan un tanto de las prácticas más ortodoxas. Se trata de troncos de madera encontrados que la artista trabaja respetando su forma original y de los que sólo elimina partes no protagonistas de la esencia formal. Así, una vez que potencia la figura naturalmente sugerida, pinta sobre la madera sus personajes femeninos, niñas y mujeres; los que casi indefectiblemente se ven acompañados por otros elementos alegóricos.

De manera general, la artista despliega un universo simbólico bien preciso que le permite apoyar su discurso, y que se constituye no sólo a través de la figura femenina como resulta evidente, sino también de las flores, los frutos y la imagen del árbol. Es precisamente con la combinación de estos elementos, que se logran fuertes alegorías de la fecundidad como fuente generadora de vida: unas veces el cuerpo femenino se funde con el árbol o se convierte en un jardín repleto de flores; otras, exhibe en su parte abdominal la oquedad natural del tronco que lo conforma y que se abre a manera de útero para mostrar en su interior algún fruto.

En la producción simbólica de Negra Alvarez, encontramos piezas que evocan en un sentido relativamente directo la gestación y otras que más bien aluden a la posibilidad fecundativa. En el primero de los casos podemos incluir la obra Gestación de Frutos y el collage titulado Bolsa, cuya significación apunta indiscutiblemente hacia la matriz abultada que contiene la nueva existencia. Este sentido de vida contenida y protegida es el que caracteriza algunas de sus creaciones plásticas, en especial aquellas de sus inicios protagonizadas por figuras infantiles.

En términos generales, todo resulta una gran metáfora del eterno ciclo: fecundación-vida-muerte; ya que este canto a la existencia encuentra otro de sus enclaves de articulación a través de la contraposición clásica muerte-vida. De esta forma, en piezas como Grito Fecundo, la artista combina imágenes de frutos, flores y huesos que conforman esqueletos, para señalar la dualidad que emerge de los conceptos expresados anteriormente; es decir, aquella capacidad que tiene la muerte de generar vida y la propia existencia de contener la muerte. Aunque en otro nivel de lectura igualmente válido, resulta que la vida siempre supera la muerte a través de la sucesión de las generaciones; lo que se desprende de obras en las que se superpone la imagen de la mujer adulta con la figura de la niña, que también exhibe una abertura en la zona del útero.

Estas “esculturas pintadas”, como se les ha denominado, sin pretender experimentaciones realmente transgresoras, coquetean con el lenguaje contemporáneo. Esto se pone de manifiesto en la hibridez de sus propuestas, las que tienden a infringir la clásica separación entre pintura y escultura. De igual manera, podemos apreciar en algunas de ellas un fuerte sentido instalativo y la incorporación de objetos encontrados: desde el propio tronco que muchas veces sirve de soporte a la obra, hasta frutos que posteriormente integra al conjunto. No obstante, no puede perderse de vista que un elemento esencial que define estas obras es su apego a la escultura popular salvadoreña, y por tanto, a lo tradicional; lo que evidencia, además, una característica general del arte latinoamericano actual: el peso de los contextos locales.

En realidad, el fuerte vínculo con el arte popular determina el aspecto fundamentalmente decorativo de las piezas, aunque en este sentido tampoco puede obviarse el trabajo precedente que la artista ha llevado a cabo, realizando decoraciones para obras de teatro. De cualquier manera, la “búsqueda de la belleza” que se desprende de su énfasis en lo decorativo, traduce el predominio de una estética enfática que vincula su obra con criterios sustancialistas de artisticidad.

Como hemos visto, una parte medular de la poética de Negra Álvarez se desprende del tema de la fecundidad. A través de éste, podemos trazar un arco de sentido que va desde las obras que aluden a la posibilidad fecundativa, pasando por aquellas que manifiestan de un modo más claro la existencia real de la gestación y por tanto la presencia de la vida, hasta llegar a una pieza como Grito Fecundo, en la que la muerte evidencia tanto la culminación del ciclo vital, como el renacer de este.

Por otro lado, de las obra de esta artista se pueden inferir una serie de consideraciones que, enmarcadas dentro de la temática principal que acabamos de plantear, contribuyen a enriquecer y a complejizar su producción plástica. Entre las reflexiones más evidentes que nos provocan las esculturas pintadas de Negra, pudiéramos enunciar: la clara fusión entre elementos extraídos de la producción simbólica “culta” y de la “popular”; así como la relación entre “lo localy “lo universal”, dentro de la cual la figura de la mujer indígena  vocablo que utilizo no sin reservas  o de sus variantes mestizas, juega un papel medular.

En términos generales, las temáticas que esta artista salvadoreña utiliza para discursar son de carácter universal. A través del propio tema de la fecundidad/maternidad, ya de por sí un enunciado de connotaciones generales, elabora propuestas que parecen extraídas de la tradición cristiana-occidental.

De esta forma, algunos críticos señalan un vínculo entre su obra Madre e hija con fruto, con Santa Ana, la Virgen y el Niño; vínculo que se establece a través del tema universal de las dos madres. Así, aparece la progenitora como un personaje que ofrece protección a la niña, en cuya parte inferior se abre la cavidad propia del tronco, a modo de matriz que se prepara para albergar una futura vida.

También, en ocasiones, la utilización de algunos frutos remite a enunciados típicos de la tradición occidental. Resulta clara la referencia de su obra Fruto Sagrado a la clásica manzana que, según la tradición popular, simboliza la desobediencia de los primeros seres humanos hacia Dios. Sin embargo, estos ejemplos son más bien escasos, ya que en la mayoría de las piezas se utilizan frutas tropicales, cuya función simbólico-referativa viene a ser totalmente opuesta, como veremos más adelante.

Todas estas temáticas de carácter universal encuentran a través de la imagen de la mujer, un modo de articulación eficaz con el contexto propiamente salvadoreño. Así, la figura de la mujer india o en términos generales de los tipos mestizos salvadoreños, viene a reforzar el sentido de “lo popular” y “lo local”, a la vez que se constituye canal para enunciar temas universales.

En efecto, las jóvenes que estructuran la obra de la artista, reflejan claramente los tipos populares mestizos de marcada ascendencia indígena: son las mujeres de extracción humilde, aquellas que inundan los mercados y cargan sobre sus cabezas enormes canastas repletas de frutas.

La utilización de esta imagen femenina se carga de significación si tenemos en cuenta el peso iconográfico del sujeto indígena en la plástica de El Salvador. De hecho, en la producción visual de este pequeño país centroamericano, el indio y el paisaje autóctono dominaron la escena artística durante los primeros cuarenta años del siglo XX: la figura del indígena que se enarbolaba como parte constitutiva de “lo nacional”, se inscribía dentro de criterios sustancialistas de identidad; estos sirvieron durante largo tiempo como marcos de orientación que permitían argumentar la especificidad de la cultura salvadoreña. Así, surgieron como necesarios mecanismos de cohesión varios enunciados, entre los que se cuentan “el ser nacional” y “el indio”.

Vale destacar que la utilización iconográfica de las frutas, en su mayoría tropicales, resulta igualmente significativa. Dichos elementos emergen como poderosos símbolos visuales, que se incluyen dentro de lo que podría reconocerse como “propio”.

En otro sentido, esta fusión de fronteras tan característica del arte actual, encuentra un nuevo punto de articulación en las creaciones de Negra Alvarez, mediante la utilización simultánea de repertorios pertenecientes tanto a “lo culto” como a “lo popular”. Así, se fusionan temáticas vinculadas con la iconografía clásica-tradicional y elementos extraídos de la escultura popular salvadoreña, los que algunos críticos han localizado en el uso y disposición de los colores que la artista emplea.

Esta eliminación de fronteras entre “lo culto” y “lo popular” evidencia que las divisiones tradicionales acentuadas por la modernidad se han complejizado y constituido espacios comunes, que tornan más compleja la visión actual sobre las relaciones entre tradición y contemporaneidad. De esta forma, y a pesar de lo que esperaban las ideologías modernizadoras, los universos simbólicos pertenecientes a lo llamado “culto” y “popular”, han sobrevivido compartiendo espacios híbridos que implican en cierto sentido la caducidad de ambos términos. Estos, en definitiva, terminan siendo, más que todo, “construcciones” culturales relacionadas de manera indisoluble a determinadas estrategias ideadas por las instancias de poder.

Al respecto apunta Néstor García Canclini, en su texto El debate posmoderno en Iberoamérica:

 “Las supuestas muertes del arte culto y del popular no son tales cuando empezamos a admitir que ambos se han desarrollado transformándose. Parte de ese cambio consiste en que ya no configuran bloques compactos homogéneos, con contornos definitivos (si es que en América Latina alguna vez los tuvieron). Las tradiciones de producción y circulación de bienes simbólicos que agrupamos bajo los membretes de culto y popular son procesos dinámicos que tienden a convertirse en dimensiones internas de una cultura visual… esta cultura se unifica por la homogeneización industrial y masiva del mercado simbólico, pero la tendencia a la uniformidad coexiste con las diversas identidades en que se reconocen los sujetos sociales, se apropian de lenguajes heteróclitos, siguen manifestando sus códigos de representación… En las sociedades contemporáneas la cultura se forma interdiscursivamente a partir de textos o sistemas de imágenes tradicionales y modernos…”. [1]

De esta forma, la obra de Negra participa de la invisibilización de los límites entre “lo culto” y “lo popular”, “lo tradicional” y “lo moderno” que trajo la contemporaneidad. En sus esculturas la figura de la mujer mestiza salvadoreña y la utilización de otros símbolos visuales como las frutas tropicales y los códigos extraídos del arte popular constituyen el capital cultural reconocible; expresado de otro modo, emergen como la clave que le permite “aterrizar” su discurso. La utilización de estos elementos como canal para enunciar temáticas de carácter universal, le posibilita a la artista crear un universo plástico en el que “lo local” y “lo universal” se fusionan de manera coherente e inquebrantable.

Podemos concluir que en la obra de Margarita “Negra” Alvarez se desarrolla un tema fundamental: la fecundidad. La producción artística que se despliega a partir de este asunto nos permite trazar una línea de sentido que evidencia la existencia de lo que hemos denominado el ciclo fecundación-vida-muerte. No obstante, de su creación plástica se desprenden otras consideraciones, como las relacionadas con “lo universal” y “lo local” o “lo culto” y “lo popular”, que contribuyen a enriquecer su discurso.

 

Bibliografía

Cea, José Roberto. De la pintura en El Salvador.  Cuscatlán, Editorial Universitaria, 1986.

García Canclini, Néstor.  Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad.  México, DF, Editorial Grijalbo, S. A. de C. V., 1990.

_________.  El debate posmoderno en Iberoamérica.  Fotocopia sin más datos.

Lindo, Ricardo.  La pintura en El Salvador.  San Salvador, Dirección de Publicaciones e Impresos del Ministerio de Cultura, 1986.

Negra Alvarez y el espíritu de la materia.  San Salvador, Editorial Dr. Luis J. Escalante, 1994.

Salazar Retana, Luis.  Colección de pintura contemporánea El Salvador. San Salvador, Patronato Pro Patrimonio Cultural, 1995.



[1]  Néstor García Canclini:  El debate posmoderno en Iberoamérica.  Fotocopia s/d.

Indice del Dossier

María Magdalena Campos Pons When I am not here/Estoy allá, fotografía, 1996

Gestación de Frutos (1989) Bolsa (1989) Niña con Frutos (1990)
“Negra” Alvarez con esculturas Grito Fecundo (1992) díptico “Negra” Alvarez