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La imagen de la mujer siempre ha estado
presente en la historia plástico-visual de la humanidad. Quizás
porque nunca ha perdido la facultad de deslumbrar y/o atormentar:
en dependencia de las circunstancias. De hecho, resulta una afirmación
categórica que desde los mismos albores de la humanidad la representación
de la mujer ha tenido una importancia medular en términos culturales.
Basta pensar en las prehistóricas figurillas de cuerpos esteatopígicos
que la tradición occidental ha denominado Venus, y que parece fueron utilizadas en
vínculo directo con algún ritual relacionado con la fecundidad. Es precisamente esta capacidad fecundativa, esta posibilidad de generar vida y acogerla
en su seno, la que ha llegado a convertir a la mujer en un ser semidivino
para algunas civilizaciones. Aunque también la ausencia de esta
posibilidad, ha significado para muchas la marginación y el rechazo
no siempre explícito, pero igual de doloroso
en medio de sociedades que continúan siendo intolerantes. De cualquier manera, resulta innegable
que la posibilidad latente de concebir
carga al sujeto femenino de connotaciones especiales y convierte
su imagen en un importante vehículo de expresión plástica, aún en
la contemporaneidad. En estrecho vínculo con el tema de la
fecundidad se desarrolla parte significativa de la creación de Margarita
“Negra” Álvarez, artista salvadoreña de cuya obra nos atrevemos
a discursar en las siguientes cuartillas.
De manera general,
la artista despliega un universo simbólico bien preciso que le permite
apoyar su discurso, y que se constituye no sólo a través de la figura
femenina como resulta evidente, sino también de las flores, los
frutos y la imagen del árbol. Es precisamente con la combinación
de estos elementos, que se logran fuertes alegorías de la fecundidad
como fuente generadora de vida: unas veces el cuerpo femenino se
funde con el árbol o se convierte en un jardín repleto de flores;
otras, exhibe en su parte abdominal la oquedad natural del tronco
que lo conforma y que se abre a manera de útero para mostrar en
su interior algún fruto. En la producción
simbólica de Negra Alvarez, encontramos piezas que evocan en un
sentido relativamente directo la gestación y otras que más bien
aluden a la posibilidad fecundativa. En el primero
de los casos podemos incluir la obra Gestación
de Frutos y el collage titulado Bolsa,
cuya significación apunta indiscutiblemente hacia la matriz abultada
que contiene la nueva existencia. Este sentido de vida contenida y protegida es el que caracteriza algunas de sus creaciones
plásticas, en especial aquellas de sus inicios protagonizadas por
figuras infantiles. En términos generales,
todo resulta una gran metáfora del eterno ciclo: fecundación-vida-muerte;
ya que este canto a la existencia encuentra otro de sus enclaves
de articulación a través de la contraposición clásica muerte-vida. De esta forma, en piezas como Grito Fecundo, la artista combina imágenes de frutos, flores y huesos
que conforman esqueletos, para señalar la dualidad que emerge de
los conceptos expresados anteriormente; es decir, aquella capacidad
que tiene la muerte de generar vida y la propia existencia de contener
la muerte. Aunque en otro nivel de lectura igualmente válido, resulta
que la vida siempre supera la muerte a través de la sucesión de
las generaciones; lo que se desprende de obras en las que se superpone
la imagen de la mujer adulta con la figura de la niña, que también
exhibe una abertura en la zona del útero. Estas “esculturas pintadas”, como se les ha denominado, sin pretender experimentaciones
realmente transgresoras, coquetean con el lenguaje contemporáneo.
Esto se pone de manifiesto en la hibridez de sus propuestas, las que tienden a infringir la clásica
separación entre pintura y escultura. De igual manera, podemos apreciar
en algunas de ellas un fuerte sentido instalativo y la incorporación
de objetos encontrados:
desde el propio tronco que muchas veces sirve de soporte a la obra,
hasta frutos que posteriormente integra al conjunto. No obstante,
no puede perderse de vista que un elemento esencial que define estas
obras es su apego a la escultura popular salvadoreña, y por tanto,
a lo tradicional; lo que evidencia, además, una característica general
del arte latinoamericano actual: el peso de los contextos locales. En realidad,
el fuerte vínculo con el arte popular determina el aspecto fundamentalmente
decorativo de las piezas, aunque en este sentido tampoco puede obviarse
el trabajo precedente que la artista ha llevado a cabo, realizando
decoraciones para obras de teatro. De cualquier manera, la “búsqueda de la belleza” que se desprende
de su énfasis en lo decorativo, traduce el predominio de una estética
enfática que vincula su obra con criterios sustancialistas de artisticidad. Como hemos visto, una parte medular de la poética de Negra Álvarez
se desprende del tema de la fecundidad. A través de éste, podemos
trazar un arco de sentido que va desde las obras que aluden a la
posibilidad fecundativa, pasando por aquellas que manifiestan de un
modo más claro la existencia real de la gestación y por tanto la
presencia de la vida, hasta llegar a una pieza como Grito
Fecundo, en la que la muerte evidencia tanto la culminación
del ciclo vital, como el renacer de este. Por otro lado, de las obra de esta artista se pueden inferir
una serie de consideraciones que, enmarcadas dentro de la temática
principal que acabamos de plantear, contribuyen a enriquecer y a
complejizar su producción plástica. Entre las reflexiones más evidentes
que nos provocan las esculturas pintadas de Negra, pudiéramos enunciar: la clara fusión
entre elementos extraídos de la producción simbólica “culta” y de
la “popular”; así como la relación entre “lo local”
y “lo universal”, dentro de la cual la figura de la mujer indígena vocablo que utilizo
no sin reservas o de sus
variantes mestizas, juega un papel medular. En términos generales, las temáticas que esta artista salvadoreña
utiliza para discursar son de carácter universal. A través del propio
tema de la fecundidad/maternidad, ya de por sí un enunciado de connotaciones
generales, elabora propuestas que parecen extraídas de la tradición
cristiana-occidental. De esta forma, algunos críticos señalan un vínculo entre su
obra Madre e hija con fruto, con Santa Ana, la Virgen y el Niño; vínculo
que se establece a través del tema universal de las dos madres.
Así, aparece la progenitora como un personaje que ofrece protección
a la niña, en cuya parte inferior se abre la cavidad propia del
tronco, a modo de matriz que se prepara para albergar una futura
vida. También, en ocasiones, la utilización
de algunos frutos remite a enunciados típicos de la tradición occidental.
Resulta clara la referencia de su obra Fruto
Sagrado a la clásica manzana que, según la tradición popular,
simboliza la desobediencia de los primeros seres humanos hacia Dios.
Sin embargo, estos ejemplos son más bien escasos, ya que en la mayoría
de las piezas se utilizan frutas tropicales, cuya función simbólico-referativa
viene a ser totalmente opuesta, como veremos más adelante. Todas estas temáticas de carácter universal
encuentran a través de la imagen de la mujer, un modo de articulación
eficaz con el contexto propiamente salvadoreño. Así, la figura de la
mujer india o en términos generales de los tipos
mestizos salvadoreños, viene a reforzar el sentido de “lo popular”
y “lo local”, a la vez que se constituye canal para enunciar temas
universales. En efecto, las
jóvenes que estructuran la obra de la artista, reflejan claramente
los tipos populares mestizos de marcada ascendencia indígena:
son las mujeres de extracción humilde, aquellas que inundan los
mercados y cargan sobre sus cabezas enormes canastas repletas de
frutas. La utilización
de esta imagen femenina se carga de significación si tenemos en
cuenta el peso iconográfico del sujeto indígena
en la plástica de El Salvador. De hecho, en la producción visual
de este pequeño país centroamericano, el indio
y el paisaje autóctono dominaron la escena artística durante los
primeros cuarenta años del siglo XX: la figura del indígena que
se enarbolaba como parte constitutiva de “lo nacional”, se inscribía
dentro de criterios sustancialistas de identidad; estos sirvieron
durante largo tiempo como marcos de orientación que permitían argumentar
la especificidad de la cultura salvadoreña. Así, surgieron como
necesarios mecanismos de cohesión varios enunciados, entre los que
se cuentan “el ser nacional” y “el indio”. Vale destacar
que la utilización iconográfica de las frutas, en su mayoría tropicales,
resulta igualmente significativa. Dichos elementos emergen como
poderosos símbolos visuales, que se incluyen dentro de lo que podría
reconocerse como “propio”. En otro sentido,
esta fusión de fronteras tan característica
del arte actual, encuentra un nuevo punto de articulación en las
creaciones de Negra Alvarez, mediante la utilización simultánea
de repertorios pertenecientes tanto a “lo culto” como a “lo popular”.
Así, se fusionan temáticas vinculadas con la iconografía clásica-tradicional
y elementos extraídos de la escultura popular salvadoreña, los que
algunos críticos han localizado en el uso y disposición de los colores
que la artista emplea. Esta
eliminación de fronteras entre “lo culto” y “lo popular”
evidencia que las divisiones tradicionales acentuadas por la modernidad
se han complejizado y constituido espacios comunes, que tornan más
compleja la visión actual sobre las relaciones entre tradición y
contemporaneidad. De esta forma, y a pesar de lo que esperaban las
ideologías modernizadoras, los universos simbólicos pertenecientes
a lo llamado “culto” y “popular”, han sobrevivido compartiendo espacios
híbridos que implican en cierto sentido la caducidad de ambos términos.
Estos, en definitiva, terminan siendo, más que todo, “construcciones”
culturales relacionadas de manera indisoluble a determinadas estrategias
ideadas por las instancias de poder. Al respecto apunta
Néstor García Canclini, en su texto El debate posmoderno en Iberoamérica: “Las supuestas muertes del arte culto y del popular
no son tales cuando empezamos a admitir que ambos se han desarrollado
transformándose. Parte de ese cambio consiste en que ya no configuran
bloques compactos homogéneos, con contornos definitivos (si es que
en América Latina alguna vez los tuvieron). Las tradiciones de producción
y circulación de bienes simbólicos que agrupamos bajo los membretes
de culto y popular son procesos dinámicos que tienden a convertirse
en dimensiones internas de una cultura visual… esta cultura se unifica
por la homogeneización industrial y masiva del mercado simbólico,
pero la tendencia a la uniformidad coexiste con las diversas
identidades en que se reconocen los sujetos sociales, se apropian
de lenguajes heteróclitos, siguen manifestando sus códigos de representación…
En las sociedades contemporáneas la cultura se forma interdiscursivamente
a partir de textos o sistemas de imágenes tradicionales y modernos…”.
[1]
De esta forma, la obra de Negra participa de la invisibilización
de los límites entre “lo culto” y “lo popular”, “lo tradicional”
y “lo moderno” que trajo la contemporaneidad. En sus esculturas
la figura de la mujer mestiza salvadoreña y la utilización de otros
símbolos visuales como las frutas tropicales y los códigos extraídos
del arte popular constituyen el capital cultural reconocible; expresado de otro modo, emergen como la clave que le
permite “aterrizar” su discurso. La utilización de estos elementos
como canal para enunciar temáticas de carácter universal, le posibilita
a la artista crear un universo plástico en el que “lo local” y “lo
universal” se fusionan de manera coherente e inquebrantable. Podemos concluir que en la obra de Margarita “Negra” Alvarez
se desarrolla un tema fundamental: la fecundidad. La producción
artística que se despliega a partir de este asunto nos permite trazar
una línea de sentido que evidencia la existencia de lo que hemos
denominado el ciclo fecundación-vida-muerte. No obstante, de
su creación plástica se desprenden otras consideraciones, como las
relacionadas con “lo universal” y “lo local” o “lo culto” y “lo
popular”, que contribuyen a enriquecer su discurso. Bibliografía Cea,
José Roberto. De la pintura en El Salvador.
Cuscatlán, Editorial Universitaria, 1986. García Canclini, Néstor. Culturas
híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad. México, DF, Editorial Grijalbo, S. A. de C.
V., 1990. _________. El debate posmoderno en Iberoamérica. Fotocopia sin más datos. Lindo,
Ricardo. La pintura en El Salvador.
San Salvador, Dirección de Publicaciones e Impresos del Ministerio
de Cultura, 1986. Negra Alvarez y el espíritu de la
materia. San Salvador, Editorial Dr. Luis
J. Escalante, 1994. Salazar
Retana, Luis. Colección de pintura contemporánea El Salvador. San Salvador, Patronato Pro Patrimonio Cultural,
1995. |
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María Magdalena Campos Pons When I am not here/Estoy allá, fotografía, 1996 |
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