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Recuperación de los murales de Buenos Aires Buenos Aires nunca tuvo una escuela muralista tan importante como la mexicana de los años 20 y 30 o la chilena de los 60 y 70. Sin embargo, grandes artistas de al menos dos generaciones creyeron en los murales como el legítimo medio para difundir su arte, de marcado compromiso social. Desde quienes se formaron antes de la guerra, entre ellos Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino, Lino Spilimbergo o Benito Quinquela Martín, a los que serán en muchos casos sus primeros alumnos, como Pérez Celis, Rómulo Macció, Carlos Alonso, Guillermo Roux, Josefina Robirosa y Carlos Páez Vilaró.Lo que diferencia la experiencia de estos artistas de la fecunda escuela muralista mexicana es que fueron en gran medida excluidos del patrocinio del Estado, lo cuál dirigió sus esfuerzos a las fuentes privadas para solventar un arte que estuviese ante los ojos de todos. No resulta así extraño que a estos primeros artistas, que pretendían hacerse eco de los que se habían dado en México, las puertas de ministerios e instituciones estatales estuvieran cerradas; y que, en cambio, fueran las paredes de galerías comerciales, cines, teatros, fachadas de edificios privados, etc., sus soportes primordiales. Irónicamente, la historia del muralismo moderno en la Argentina nació en los sótanos de una quinta de recreo de una adinerada familia porteña. Fue cuando Natalio Botana, director del diario Crítica y magnate de la industria editorial, invitó al mismísimo David Alfaro Siqueiros, discípulo de Diego Rivera, a que pintase un mural en el sótano de su quinta de recreo en Don Torcuato. Desnudos femeninos en distintos escorzos cubrieron las paredes del salón de recreo. Siqueiros, el afamado y controvertido muralista mexicano, se encontraba exiliado de su tierra natal tras un episodio político que le costó una larga temporada en la cárcel y el posterior destierro. Aquí en Buenos Aires fue invitado por Victoria Ocampo para que diese una serie de tres conferencias en la Sociedad Amigos del Arte. Pero su irrefrenable personalidad provocativa y su militancia comunista generaron gran revuelo, y se llegó a suspender su última conferencia. Fue entonces cuando el dueño del diario Crítica le ofreció el trabajo a cambio de su hospedaje en Buenos Aires. El maestro mexicano convocó a un joven grupo de artistas para la realización de este mural, que nada debía a la iconografía política característica de sus otros proyectos. De aquella experiencia varios artistas próximos a las vanguardias asumieron el deber social de realizar un arte comprometido con las causas populares, y entendieron que la pintura, como todas las demás expresiones culturales, debía estar al alcance de todos. Pero este sentido no era compartido con los gobiernos de turno y debieron dirigir sus proyectos hacia las paredes semipúblicas de galerías comerciales, fachadas de edificios privados, cines y encargos particulares para poder desarrollarlo. Al desinterés gubernamental de las primeras décadas se sumó la amnesia del tiempo, y en tan sólo unas décadas los murales que supieron enorgullecer a creadores y público quedaron velados con una opaca capa de suciedad y descuido, cuando no fueron borrados por las inclemencias naturales y algunas manos furtivas. Aunque como se señaló más arriba en el país no hubo una tradición muralista muy destacada, tan solo en la ciudad de Buenos Aires hay unos 500 murales. Los ejemplos van de los emplazados en la coqueta Galería Pacífico al realizado por Benito Quinquela Martín en 1938, originalmente para el comedor de los trabajadores portuarios de la Isla Demarchi en el puerto de Buenos Aires, y que pronto se lo emplazará en la terminal de cruceros del mismo puerto. Otros tantos murales se ubicaron en distintas galerías, como los realizados por Castagnino en la Galería París de Caballito (Av. Rivadavia 4975), o los de la Galería Santa Fe (Av. Santa Fe al 1600) encargados a Raúl Soldi, Juan Batlle Planas, Luis Seoane, Leopoldo Presas, Leopoldo Torres Agüero y Gertrudis Chale por el fundador del diario Clarín Roberto Noble, en 1953. También una gran cantidad se alojaron en cines y teatros, como los del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530). En los últimos años el gobierno de la ciudad de Buenos Aires y la municipalidad de Avellaneda encararon, cada uno en su respectiva jurisdicción, una política de recuperación de este patrimonio cultural. En la ciudad de Buenos Aires se comenzó por realizar un inventario de los murales que ésta alberga y un informe del estado de conservación de los mismos. El resultado: más del 30% requieren una urgente restauración. El problema no es nada sencillo. Junto al magro presupuesto con el que se cuenta para solventar dichas tareas, está el debate legal sobre la incumbencia y responsabilidad en su salvaguardia, ya que como se dijo la mayoría está emplazado en propiedades privadas. Además, el trabajo es extenso y muy delicado, ya
que la restauración de las obras se complica por múltiples
factores, como los soportes y materiales utilizados originalmente: en
muchos casos -como los murales realizados por Quinquela- no fueron muy
nobles, y la impericia técnica llevó a un rápido
deterioro. También surgieron con el tiempo problemas estructurales
que excedieron las capacidades de los artistas, como filtraciones y grietas.
Finalmente, las imperfectas restauraciones y las intervenciones descuidadas
también han dañado los murales. Tanto en la ciudad de Buenos Aires como en Avellaneda se busca con estas restauraciones la recuperación del patrimonio cultural, constituyendo sendos corredores culturales que potencien el turismo. Pero las obras acaban de comenzar recientemente, y pasará un tiempo hasta que se los pueda ver con las luces originales. www.asombrarte.net/en_foco/informes/murales_de_buenos_aires.htm |
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