Un vals pone a bailar La Habana

ZOILA SABLÓN

Al Compás de Danza Contemporánea de Cuba (DCC) bailó La Habana durante dos semanas del caluroso junio. Más de una veintena de bailarines, entre los que se destacaban jovencísimos intérpretes, repletaron el escenario del Teatro Mella y convocaron a un persistente público que durante dos fines de semana se mantuvo atento al suceso danzario de mayor éxito de público de esta temporada.

Compás es el resultado de un trabajo conjunto entre un equipo creativo belga, conformado por el coreógrafo Jan Linkens, el dramaturgo Marc Jonkers, y el diseñador Joop Stokvis con la compañía cubana. Con anterioridad, Linkens había montado con la importante agrupación cubana Folía, con gran éxito de público y de crítica. De gran estilización y también con un excelente trabajo grupal en escena, Folía respondía enteramente a los intereses creativos de su gestor. Pero en Compás, sin embargo, acudimos a un híbrido complejo donde se evidencia un tejido espectacular que ha sido creado por todos. En su textura se va conformando una imagen de múltiples sentidos y procedencias a partir de un mismo motivo. Un mismo compás va variando su expresión, la modulación y se reinterpreta de varias maneras por los distintos bailarines que van apareciendo poco a poco, hasta completar un mismo cuerpo danzario.

Hacía mucho tiempo que la danza cubana le debía un espectáculo de esta naturaleza al público. Compás viene a reafirmarnos, entre muchas cosas, la vitalidad, calidad y los deseos de bailar de su equipo. En momentos como estos, en que la danza cubana se encuentra debilitada en sus propuestas artísticas, es reconfortante, y, a la vez, penoso, percatarnos de la disparidad entre coreografía y nivel interpretativo de sus ejecutores. También con Compás, los bailarines de Danza Contemporánea de Cuba han encontrado una estrategia de cooperación con coreógrafos invitados, que va a atenuar, en cierta forma, esta disparidad.

Compás es un espectáculo impactante en muchos sentidos. Dividido en dos actos y tres escenas, el espectáculo traza una línea divisoria entre sus dos partes. En la primera se destaca una elaboración mucho más conceptual, apuntando hacia lo individual, y explícitamente dirigida a hacer énfasis en el tema de la apropiación, variación y resemantización de lo que será el eje central del espectáculo: las móviles fronteras del arte identitario, visto a través de la expresión musical. Ese leit motiv gestual y melódico que atraviesa la primera parte, tan caro además a la expresión corporal cubana, llega con cierto cansancio reiterativo al segundo acto. Sin embargo, el efecto brechtiano de interpelación al público que, convocado por Lídice Núñez, comienza seguir las instrucciones de movimiento indicadas en el programa de mano. Al compás de Waltz 2 (de la Segunda Jazz Suite) del ruso Dimitri Shostakovich, los espectadores en pleno, como una imagen refractada de lo que se había visto en el escenario hasta entonces, participarán también de la idea inicial de reinterpretación, reciclaje, hibridación planteada en el principio. Es aquí donde su sentido se completa. Este elemento distanciador resulta doblemente extraño, porque se está “bailando” al ritmo de una conga o una rumba, como habitualmente ocurre, sino que se está danzando al compás de un vals. Un vals que pone a bailar a La Habana.

De igual forma, Compás nos va a hablar también del individuo ante un colectivo, de su sentido de pertenencia, tema que recientemente abordó de manera genial Danzabierta y su Chorus Perpetuus. Pero como cualquier aproximación a este espectáculo, pasa  también por la libertad polisémica que inspira una propuesta de esta naturaleza. Abierta a la activa participación del público.

Contrariamente a lo que se pensaba, el espectáculo no concluye con este paroxismo colectivo; la pieza se alarga, realmente en demasía, para terminar con una especie de baile de salón al estilo Broadway, igual de impresionante por la calidad en que se asume esta interpretación grupal. Nuevamente, como cerrando el círculo, ese gesto inicial, primario del cual se partía en el primer acto, va a subvertir su sentido, nos va a comenzar a hablar también desde otros lenguajes.

Compás es una de las más felices experiencias resultado de un trabajo conjunto con producciones foráneas. Aquí apreciamos un trabajo colectivo que pasa, inevitablemente, por la mirada creadora de sus intérpretes, por la reasimilación y transculturación que implica un intercambio de este tipo. Y no como hemos sido testigos en otros momentos, el vacío del estereotipo y el tópico del cubaneo por excelencia. Con elementos mezclados de sonoridades de distintos orígenes hacemos un viaje a la inversa. El viaje del redescubrimiento en el que percibimos una cultura total, ceñida por fuertes nexos apenas perceptibles.  

Fotos: Xavier Carvajal Mosquera