![]() |
|
El Vedado es un área física
que nace vinculada a una serie de imaginarios o logos determinados históricamente
y guiados por circunstancias que marcaron el devenir de la localidad.
En principio nos indica con su nombre el término de prohibición en tanto
área de acceso limitado a los que por su trabajo así lo requiriesen
y por tanto, zona demarcada por submundos de ilegalidades, cimarronajes
e imperio de los desclasados que esta proscripción supuso. “El Monte
Vedado es, en tanto que monte, un espacio cargado de signos, de connotaciones
que muestran su lugar en los diferentes planos de la vida habanera en
el siglo XIX. Y que en todos estos planos, es un territorio difícil,
de circulación restringida, de obstáculos y peligros…”.
[1]
Después aparece en la historia
dividida en tres partes, la zona del Vedado desde sus inicios en el
nordeste de la Habana hasta la calle Paseo, la zona del Carmelo desde
la calle Paseo hasta el límite con el río Almendares y la zona del sur
hacia la actual calle 23, que fue formada por varios repartos que luego
se unificaron en gran parte bajo el nombre de Medina. Son espacios que
nacen como zona habitable de la mano de ideas de “progreso, higiene
y ecología” impulsadas entre otras por la mente revolucionaria, laica,
científica y progresista de Francisco Frías, Conde de Pozos Dulces,
que aun conserva una estatua en su honor en el parque de Línea e I.
El reparto tiene hoy para todos
los cubanos una importante connotación como lugar para el esparcimiento,
pródigo en acontecimientos culturales de primer orden y centro hegemónico
donde se reúnen relevantes instituciones y actividades. Se trata de
una connotación que tiene una historia asentada desde la época de su
parcelación, en la que se procedió teniendo en cuenta modelos urbanísticos
modernos. En esta actividad se atendieron pautas que permitían una ciudad
mas limpia, periódicamente barrida por lo vientos Alisios y nominada
a partir de números en lugar de palabras, que si en algún momento fue
criticado por su despego de circunstancias y valores tradicionales,
ha sido también paradigma de modernidad y renovación. Todos los elementos del barrio,
desde el trazado de cuadrícula, las normas de construcción, la jardinería,
etc, fueron concebidos según nuevos ideales urbanísticos que representaron
una ruptura con los cánones característicos de los antiguos repartos
de La Habana. Desde finales del siglo XIX empieza a ser zona para las
quintas y luego los palacetes de las élites adineradas que huían de
los repartos sobrepoblados y el hacinamiento hacia un área de exclusividad.
Símbolos de opulencia y lujo de nuevos ricos que emergieron con fortunas
amasadas por el auge del azúcar. La modernidad empezó a definirse desde
sus nuevos y tecnológicamente avituallados hoteles, hasta todos esos
edificios de apartamentos y casas que fueron depurando el art decó hasta
convertirlo, en los cincuenta, en ejemplo de limpieza formal y verdadera
experimentación arquitectónica. El Vedado comienza a ser identificado
por poner a la vivienda en diálogo con la naturaleza, por una urbanización
planificada y racionalista, en la utilización y empleo de novedosos
avances tecnológicos y un diseño arquitectónico innovador que elimina
elementos superfluos en pos de la comodidad del individuo y un nuevo
concepto de modernidad en la línea geométrica. Es por eso que cuando Luis E.
Camejo retrata centros urbanos de una nocturnidad irradiante, los ubicamos
mentalmente en el Vedado. A veces son zonas reconocibles como el Malecón,
el túnel, la céntrica esquina de 23 y L o 23 y 12. Pero en otras ocasiones
es solo el fantasma luminiscente de semáforos, automóviles en plena
carrera y carteles lumínicos que desdibujan el rostro de una ciudad
joven, en marcha, con ansias de futuro. Ante sus pinturas nos asalta
ese logos vedadeño de modernidad a través de un imaginario instaurado
históricamente como núcleo de la vida nocturna habanera. Es también
el espacio regido por los más altos edificios construidos en Cuba durante
la década del cincuenta y su arquitectura racionalista nos traslada
hacia las capitales multiculturales de anchas avenidas, automóviles
y luces de neón. Pero Camejo también parece unir a ese rostro de modernidad
resplandeciente una suerte de vida paralela en los anónimos personajes
nocturnos, los letreros de la Habana turística y los automóviles de
alquiler. Se suspende toda narración y toda obvia intencionalidad por
una abstracción de imagen y de sentido presente en las historias que
se disuelven en la noche, el humo y las luces de los autos. Douglas Pérez por su parte,
realiza una suerte de estampas costumbristas, que rescatan esa historia
reciente del Vedado a través de sus lugares célebres y sus personajes
típicos. El Hotel Nacional, el restaurante El Carmelo, las florerías,
sastrerías, casas particulares de famosos abogados en el edificio Focsa,
las compañías cubanas de seguro, las escuelas privadas como Baldor,
las tiendas, los centros de recreación… Toda una variedad de lugares
céntricos en los que se combina la estética de la cartelística y la
propaganda con la imaginería soez del graffiti, el desnudo o la relación
intrigante entre personas y objetos. En su habitual manera de representar
la historia como collage salpicado de escenas tradicionales que reflejan
cierta tensión entre lo público y lo privado, Douglas Pérez vuelve a
reflejar la antitesis existente entre la pose, el modelo de perfección
que construyen los paradigmas sociales y su subversión a través del
desnudo burlesco, la pose grotesca o la situaciones absurdas. Con esto
nos demuestra que el Vedado también se fue construyendo con la explosión
de ese consumismo feroz que identifica mundialmente a los años cincuenta
y que retrata un ansia de confort donde la propaganda juega el papel
de representar el objeto de las aspiraciones, las ambiciones y los sueños
de prosperidad. También desempeña el papel de
arqueólogo de una historia relativamente reciente pero olvidada. Rescata
lugares y nombres del olvido, rescata el espíritu de una época, el fantasma
del Vedado capitalista con su rostro en la fachada de un lujo y una
comodidad que busca su atractivo en la base misma del deseo y el imperio
de los sentidos. Con Jardín La Orquídea la realidad
pierde sus límites, su contorno y su definición y se convierte en esa
ciudad imaginaria que persiguen y anhelan sus habitantes. La propaganda
de la céntrica florería de la esquina de Zapata y 4 se convierte en
metáfora y prisma por el que se mira la realidad desde una perspectiva
en picada como si a través de los cristales cobrara vida otra dimensión
de la calle habanera por la que deambulan enigmáticos personajes en
relaciones inquietantes. La gráfica de la cartelística emerge en estas
fotografías como formas casi abstractas que parecen tragarse autos,
calles y personas. Hoy a través de construir y habitar se ha llegado
a la posibilidad real del reparto Vedado, o como nos dice Fernando Ainsa,
en esas céntricas calles habaneras encontraremos el topos; al describirlo
estos artistas lo han convertido en el logos. * Esta muestra titulada Vedado se inauguró el 20 de febrero y estuvo expuesta todo el mes de marzo de 2006 en la Galería 23 y 12, La Habana, Cuba.
[1]
El Vedado 1850 – 1940. De monte a reparto. Centro de Investigación
y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinillo. Consejo Latinoamericano
de Ciencias Sociales. Jorge Pavez Poveda. |
|||||||