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Aproximaciones a un Relato Posible del Teatro Chileno Contemporáneo
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| Grupo de Teatro El Hijo - La mujer gallina - 2004 |
Existen variados textos historiográficos –y
de diverso interés–, que hablan del desarrollo de nuestro teatro.
Sin embargo, salvo algunas excepciones puntualísimas, la reflexión
teórica, e incluso la estética, no ha centrado su mirada en el
arte escénico de nuestro país. El vacío reflexivo se agiganta
conforme transcurren los años y las obras. No se trata fundamentalmente
de que tras las creaciones teatrales y las puestas en escena no
haya una forma determinada de reflexión (propia de la actividad
teatral), sino de que la construcción de un metalenguaje del teatro
chileno es algo que se ha abandonado a la voluntad de un puñado
de autodidactas provenientes de otras disciplinas y otros campos
distintos del artístico (fundamentalmente el periodismo, la sociología
y la antropología). Es así como, crecientemente, el teatro se
vuelve un objeto extraño, difícil de abordar en un nivel más complejo
y profundo que el comentario periodístico. Cada nueva obra, cada
nuevo proceso al que se entrega nuestro teatro, se sitúa así desde
un vacío, desde la ausencia de reflexión (teórica, estética) de
los fenómenos precedentes, y otro vacío le ha de seguir. Ese espacio
viene a ser llenado por otra obra, y otra y otra. El momento de
la reflexión es postergado constantemente por el de la producción. Es así que para construir este relato, un relato
posible, que busca hablar de teatro chileno contemporáneo desde
el lugar de la teoría, he decidido rastrear
dos vectores que cruzan a nuestro teatro desde sus albores
hasta el presente, y que se han relacionado y mancomunado de distintas
formas, contribuyendo a que éste tenga ciertas características
singulares en cada momento de su historia. Lo anterior busca propiciar
los elementos necesarios a la comprensión de la forma que ha tomado,
en su generalidad, el teatro contemporáneo de nuestro país. Por
un lado, una pregunta que ha cruzado en forma desigual todo el
teatro chileno en sus distintos procesos, a saber, la pregunta
por la identidad, la pregunta por ‘lo chileno’. Por otro lado,
y en términos más prácticos, las distintas formas en que, a lo
largo de la historia, se ha financiado la actividad teatral en
nuestro país. En primer término he de realizar una breve
relación de la historia del teatro chileno de acuerdo a estos
dos vectores, para luego enfrentar la pregunta que da motivo al
presente texto: ¿cómo realizar una aproximación teórica al teatro
chileno contemporáneo? El
Relato
Juan Egaña, a principios del siglo XIX, en
su proyecto de constitución para la naciente república chilena
escribió: “Los teatros y espectáculos dramáticos serán una escuela
de moralidad y virtudes cívicas. No se permitirán espectáculos
dramáticos que no se dirijan a fomentar el sentido de amor a la
patria”.
[1]
En la recientemente fundada nación, no sólo
era necesario construir un funcionamiento administrativo que fuese
capaz de darle forma a un país, sino que se presenta también como
necesaria la creación de una identidad nacional, una comunidad
que desde lo simbólico le diera sentido a aquella administración:
el teatro, entre otras artes, se hará cargo de aquella labor.
Desde el romanticismo y el costumbrismo, tratará el teatro de
aportar a la respuesta de la pregunta formulada acerca de “lo
chileno”. Desarrollado especialmente en las festividades
nacionales y religiosas, por grupos exclusivamente aficionados
sin una continuidad ni sistematicidad en el montaje de obras,
y claramente sin un fin comercial, la base del teatro chileno
del siglo XIX es el texto escrito, y la experimentación en la
puesta en escena, la investigación visual del teatro, deberá esperar
aún largos años para tomar forma. La
época de oro del Teatro Chileno
Ya instalados en el siglo XX, con una naciente
tradición dramatúrgica nacional, influenciada fuertemente por
el paso –dada la inexistencia del canal de Panamá– por Chile,
durante la segunda mitad del siglo XIX, de numerosas compañías
europeas que realizaban giras por América, montando, tanto en
el puerto de Valparaíso como en la capital, a los grandes dramaturgos
de la tradición occidental, a lo que se le sumará el establecimiento
de los primeros edificios teatrales y la creación de los primeros
grupos que hicieran de la actividad teatral una forma de ganarse
la vida. Se comienza a realizar un teatro con características
radicalmente diferentes a las del precedente: surgen los teatros
profesionales hacia la segunda década del siglo que, sin formación
académica alguna, pero con un fuerte sentido del espectáculo,
empiezan a montar por todo el país y con gran éxito de público
a los dramaturgos nacionales que posteriormente serán llamados
“la generación de 1914”. Melodramas, sainetes y vaudevilles recorren
el país montados por compañías comerciales que llegaban a estrenar
hasta tres obras por semana. Eran característicos de este teatro
la improvisación, las muletillas actorales, los telones pintados
–utilizados una y otra vez para más de una obra–, el éxito de
taquilla y aquello ya mencionado, la ausencia de formación académica
compensada por un gran sentido espectacular. El teatro, que antes estaba al servicio del
Estado, a la creación de una identidad nacional, se entrega entonces
al entretenimiento y la voluntad del mercado. A pesar de ello,
los temas relacionados con lo identitario siguen formando parte
de las preocupaciones de quienes desarrollan la dramaturgia: el
conflicto entre el pueblo de actividad agrícola tradicional y
las crecientes ciudades marcadas por el progreso; los conflictos
sociales de obreros y mineros y la crisis del modelo terrateniente
de producción, son motivos fundamentales de algunas de las más
notables obras de ese periodo. Aquella época de fuerte efervescencia teatral
llegaría lentamente a su fin con la introducción del cine sonoro
hacia la década del ´30, dando paso al surgimiento de un teatro
con nuevas necesidades expresivas y otras condiciones de producción,
esta vez al alero de las instituciones universitarias. Los
Teatros Universitarios
En la década de los 40, el modelo de creación
de los teatros profesionales ya se encontraba bastante gastado,
y tanto la guerra civil española como el inicio de la segunda
guerra mundial trajeron a Chile a algunos artistas escénicos que,
con sus renovadas estéticas, cambiarían radicalmente las expectativas
artísticas que un grupo de jóvenes estudiantes universitarios
pondría en el teatro: la actriz española Margarita Xirgu junto
a su compañía, en su visita realizada en 1937, trajo la dramaturgia
de García Lorca, además de la experiencia del teatro universitario
García Lorca y el expresionismo alemán influirían
decisivamente en un grupo de estudiantes del Instituto Pedagógico
de Entre los objetivos estaba tanto la renovación
del lenguaje teatral como la creación de un nuevo público y una
nueva generación de dramaturgos, además de la profesionalización
de la actividad mediante la fundación de una escuela de teatro. Aquella nueva generación dramatúrgica debería
asumir la búsqueda de un nuevo teatro chileno, y es lo que se
logrará con la llamada “generación del ´50 y ´60”, que desde la
dramaturgia –es decir, lo textual– indagarán desde distintos lugares
las posibilidades expresivas del realismo, retratando en gran
medida aquello denominado “lo chileno”, o reaccionarán contra
él desde el brechtianismo o el absurdismo. El teatro chileno, hacia el final de la década
del 60 y principios de los 70, vive quizás uno de sus momentos
más efervescentes. Motivados por la experiencia de los teatros
universitarios y respondiendo a la función pedagógica que éstos
se propusieran, surgen un sinnúmero de grupos teatrales aficionados,
desde los sindicatos, colegios, asociaciones campesinas, comunitarias
y vecinales. El
doble Golpe
Todo el teatro chileno que hasta antes de septiembre
del ´73 se realizó, respondía a un país que compartía un cierto
ideario simbólico y un lenguaje que permitía dar cuenta de aquello
llamado “realidad”. La usurpación fascista del poder, además de
alterar la tradición republicana de nuestro país, se propuso romper
aquellos lazos simbólicos que constituían parte fundamental de
su identidad nacional. Es en ese orden de cosas que la intervención
de las universidades, y principalmente Naturalmente, también el teatro que surgiera
hasta ese momento desde las universidades fue intervenido, postergado
y profundamente dañado; y los creadores y grupos que hasta ese
momento permanecían ligados a ellas fueron arrojados a realizar
un teatro independiente, entregados a las exigencias del mercado
y teniendo que lidiar con condiciones extremadamente adversas:
en lo económico, el toque de queda y la fuerte alza en los impuestos
a la actividad teatral; en lo político, asesinatos, exoneraciones,
deportaciones, torturas y atentados a lugares en que se realizaba
teatro. En 1980, Marco Antonio de Las dos últimas frases de la cita revelan un
hecho fundamental: el lenguaje teatral que se hacía antes del
Golpe ya resulta insuficiente. El realismo, que en todas sus variantes
predominaba antes de septiembre del ´73, “ya no te lo creen”.
El Golpe también fue así contra el lenguaje simbólico. A la primera labor del teatro chileno en la
dictadura, la de sobrevivir, le sigue la tarea de tratar de darle
forma a la catástrofe, de encontrar en el lenguaje las herramientas
que le permitan al teatro nombrar el horror que permanece innominado,
pero el lenguaje que antes tuvo en plena dictadura ya no le alcanza.
Pero es precisamente con sus restos, sumado a otros recursos que
ingresan al teatro por la necesidad de significar, que el teatro
comenzará a realizar esta nueva labor. El componente alegórico del lenguaje teatral
de los ochenta, y tal es la hipótesis que postulo, reside en la
cualidad de ruina de aquellos lenguajes que en otro tiempo significaron
y que en ese momento revelan su imposibilidad de dar cuenta de
la violencia fascista que se instaló en el Chile de la dictadura.
La naturaleza alegórica del lenguaje teatral de los ochenta, vista
así, no aparece como una opcion estética utilizada por los teatristas
para eludir la censura militar (eso sería entender la búsqueda
de nuevas formas de narrar que ocupa al teatro de esa década,
como un puro juego retórico tendiente a volver más opaco el lenguaje),
sino como una condición ineludible de la creación teatral. La profusa investigación escénico-teatral que
tiene lugar en ese periodo del teatro chileno estaría, entonces,
ligado a la imposibilidad de narrar desde el antiguo lenguaje.
Dentro de las variadas consecuencias que la
realización de esta búsqueda tendrá para el teatro chileno, me
interesa puntualizar una: el que, según ésta propuesta interpretativa,
es en el marco de tal búsqueda que, para muchos creadores, la
introducción de un nuevo concepto de visualidad, alternativo al
que se venía dando en el teatro chileno, y que cobra, en algunos
casos, preponderancia frente al texto escrito, será parte fundamental
en la creación de un lenguaje que se aproxime a dar cuenta de
aquello que tiene lugar fuera de la sala. La necesidad de financiarse
con la taquilla y la imposibilidad de narrar de acuerdo a los
antiguos códigos, propicia la introducción de códigos que potencian
su cualidad visual: el código circense, el cinematográfico, el
código del mimo y el mimodrama, y del cómic. El teatro realizado durante los 80 debe generar
un lenguaje distinto al precedente. Debe tratar de dar cuenta
del horror, en cierto sentido, es el teatro necesario para el
momento histórico, que desde su fragmentación narrativa y su innovación
en la visualidad, da cuenta de una identidad nacional también
fragmentada y del advenimiento de una generación de espectadores
educados crecientemente en una nueva visualidad. Teatro
Contemporáneo
Del anterior decurso, necesario para una adecuada
contextualización, es fundamental constatar algunos elementos
como premisas básicas para enfrentar el ejercicio reflexivo acerca
de la actividad teatral contemporánea de nuestro país: la constante
búsqueda de lo chileno desde el teatro, la casi total ausencia
de una tradición reflexiva en torno a la actividad teatral, la
indagación constante –desde la escena– de nuevas posibilidades
expresivas (ya por el agotamiento de un modelo determinado, como
en el caso de los teatros universitarios, ya por la inadecuación
del lenguaje teatral imperante con respecto a la situación simbólica
fragmentada, en el teatro de dictadura) y finalmente, la relación
de dependencia del teatro con respecto al modelo económico instaurado
en nuestro país desde la dictadura, que lo ha convertido prácticamente
en un producto de uso suntuario. Con el advenimiento de la transición hacia
la democracia, el teatro, que había desarrollado un lenguaje con
determinadas características propicias para dar cuenta de la catastrófica
realidad del Chile dictatorial, queda con ese lenguaje fuera de
lugar al desaparecer el enemigo evidente frente al cual se alzara.
El poder, antes negativo, impositivo y dictatorial, con el comienzo
de la transición democrática se vuelve más invisible, toma la
forma del neoliberalismo, del libre mercado, se vuelve positivo.
Los discursos que comienzan a rondar el ideario simbólico de la
nación hablan de la recuperación de una memoria dolorosa, la reconstrucción
de una identidad fragmentada, la reconstitución de los lazos simbólicos,
todo ello en el marco de una creciente globalización. El teatro de los primeros años de la década
de los noventa acusa el cambio de paradigma, asume algunos de
los discursos antes mencionados, pero en gran medida respondiendo
a un modelo de creación propio del teatro de dictadura, lo que
se ve estimulado por el hecho de que quienes antes fueron la resistencia,
los creadores desde la periferia, pasan en este proceso a ser
la oficialidad teatral de nuestro país, pasan a ser escuela. El lenguaje teatral que durante la dictadura
se oscureció, se fragmentó, se complejizó, comienza en un principio
a ser reproducido por una serie de teatristas más jóvenes, pero
ahora sin el contexto que le había dado sentido. En la actualidad, para aproximarnos teóricamente
al quehacer teatral de nuestro país, debemos puntualizar la existencia
de dos realidades que conviven en él: por un lado la forma en
que se desarrolla la educación teatral desde las universidades
e institutos que imparten la carrera de actuación. En lo que a
ello respecta, es necesario decir que aquella ausencia de tradición
reflexiva, sumado a la institucionalización de ciertos lenguajes
teatrales, propicia su reproducción por parte de las nuevas generaciones
de creadores sin mediar una adecuada reflexión teórico-estética
que sea capaz de evaluar la pertinencia de esos modos de lenguaje
en el contexto contemporáneo. En este sentido, la falta de reflexión
convierte a la actividad teatral en una mera producción de obras
que repiten códigos que le son previos y que resultan anacrónicos
con respecto a la situación contemporánea. Paralelamente a ello, es posible constatar
el surgimiento de una nueva generación de creadores que desde
la evidencia de lo anterior han comenzado a experimentar en la
escena con nuevos paradigmas, tanto en la forma como en el contenido,
y que de alguna manera han asumido la tarea de “matar a sus padres”,
de introducir nuevos elementos teóricos y estéticos que permiten
proyectar el lenguaje teatral hacia nuevos horizontes. Nacieron y crecieron durante la dictadura,
pero se formaron (teatralmente) en el Chile de transición, y aquello
los hace compartir ciertos códigos generacionales que llevados
al teatro los vuelve mucho más pertinentes al momento de cuestionar
artísticamente la construcción simbólica de nuestro país. En términos estéticos, se hacen cargo de una
visualidad educada en la televisión y el cine, en la dimensión
espectacular que éstos conllevan. Manuela Oyarzún, integrante
de la Compañía de Teatro “El Hijo”, puntualiza con respecto a
su obra La Mujer Gallina
[3]
, que el caso que motivó el montaje fue vuelto
en espectáculo televisivo, ante lo cual ellos como compañía realizaron
una obra que desde el teatro, que también comporta una fuerte
carga espectacular, renunciara a mostrarle al espectador la miseria
de esa joven como un espectáculo. La indagación en torno a una visualidad espectacularizada
es constantemente puesta en obra por otra de las compañías que
forma parte de esa nueva generación: en la Compañía de Teatro
“La María”, dirigida por Alexis Moreno, la carga visual es, en
algunos de sus montajes, un recurso mediante el cual se entretiene
e impresiona al espectador para poder ponerlo en contacto con
un discurso que supera ampliamente la utilización de aquellos
recursos –por ejemplo, en una de sus obras la parrilla de luces
cae desde el techo y queda pendiendo apenas sobre uno de los actores,
mientras que en otra, uno de los personajes se electrocuta espectacularmente–,
evitando así la excesiva discursividad. Así como la indagación en la espectacularidad,
con un fuerte acento en lo visual, estas compañías jóvenes inquieren
en la identidad nacional a traves de los mitos populares y ciertos
acontecimientos históricos que han sido elevados a una condición
mítica, haciéndose cargo así de un imaginario colectivo y generacional
que comportan un fuerte carácter identitario. Aldo Droggett, dramaturgo,
director de teatro y profesor, en su obra Carbón,
que cuenta la historia de una larga lucha reivindicatoria de parte
de los mineros, pasa revista a algunos de los hechos que forman
parte de ese imaginario colectivo (la llegada del hombre a la
luna y la visita del Papa al Chile de la dictadura, por ejemplo).
El caso de la mujer gallina, elevada a icono por la televisión,
es trabajado por la Compañía de Teatro “El Hijo” desde una perspectiva
similar, y esa cultura popular es la que nutre algunas de las
obras más representativas de la compañía “La María”. Moreno además señala otro aspecto característico
de algunas de estas agrupaciones, a saber, la importancia que
por ejemplo él da a la reflexión teórica, tanto al momento de
pensar la creación de un montaje, como al momento de ver el resultado
de su trabajo después de haberlo montado. El trabajo de éstos y otros creadores debe
la sensibilidad particular que comporta una fuerte conciencia
de época. Arroja la cuestión de la identidad sobre una pista distinta
a la de cualquier otro momento histórico tematizando la aparición
de nuevas características en ella: la incipiente cultura del temor,
ligada tanto a la atomización de la sociedad y al individualismo,
como a la estimulación de la libre competencia y al consumo, que
va volviendo al nuestro, un país donde el control y la administración
del deseo sustentan al modelo. En tal contexto asedian muchas preguntas acerca
del teatro chileno y quedan también muchas tareas pendientes. Quizás una de las más interesantes sea la pregunta
acerca de cómo el teatro, entregado o a las leyes del mercado
o la lucha por fondos concursables del Estado, puede realizar
una indagación crítica de carácter político acerca de la sociedad,
cuando en las condiciones existentes se presenta como un objeto
más de consumo. Por otra parte, el penoso estado de la escritura
reflexiva acerca del teatro en Chile dificulta aún más la posibilidad
de encontrar alguna respuesta, e incluso de realizar las preguntas
pertinentes. * El autor es Teórico
e Historiador del Arte de
[1]
Remberto Latorre Vázquez : Historia
del Teatro Chileno, Departamento de Teatro, Universidad
de Chile, 1998.
[2]
En Muerte y resurrección del teatro chileno,
1973-1983, Grinor Rojo, Ediciones Michay S.A., España, noviembre
de 1985, p. 50.
[3]
Que fue motivado por la aparición en un programa
de TV del caso de una niña que, al nacer discapacitada, fue
encerrada de por vida por su madre en un gallinero. |
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