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Hilda Yáñez es: Hilda Yáñez
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| Hilda Yáñez, Monopolio (fragmento) |
No es un metarrelato.
Se trata más bien de una serie de gestos personales, muy impulsivos,
de una precariedad absoluta, donde la economía se vuelve derroche
de cantidades industriales de ahorro (que produzco y acumulo desde
hace años). Es como si estuviese llena de eso. Un día me percaté que
la escritura era un medio de producción tan económico como heroico:
su posibilidad de ser puesto en práctica en cualquier lugar y
momento, junto a la ínfima infraestructura que requería, me hicieron
pensar que quizás sería éste el medio de producción adecuado para
una persona como yo: desconocida, pobre y algo pasada en kilos.
La verdad es que escribiendo
me llegaba a sentir a ratos como una intelectual. Impresionante.
La formalidad de la escritura, algo tan mínimo e insignificante
como la acción de escribir, convertido en un enorme y gran significante,
que llegaba a pesarme sintiendo yo cómo me pisoteaba en noches
de arrolladora creatividad. Escribiendo, además, podía poner en
circulación mi trabajo (trabajo que hasta el día de hoy juro como
artístico, y lo que es más, ahora mismo usted lee parte de mi
arte), echándole mano a recursos nuevos, como el e-mail,
[1]
y a otros de la vieja escuela: la impresión en off
set me permitió darle cabida a cierta nostalgia revolucionaria,
la cual hasta el día de hoy me hace sentir en cualquier parte
el olor a mimeógrafo y panfleto. Una canción: El arado.
Yo a mi pasquín nunca
lo vi con perspectiva. Prefiero no hacerlo ahora. Cualquiera sabe
que estaba marcado por la insurgente virtud de la adolescencia,
que era chillón y mal impreso, las letras rebasaban los márgenes
de cada página y las imágenes a veces traían píxel. Pero para
mí era como un hijo. Una no se fija si es mongo o lumbrera, sólo
se le quiere, completo y defectuoso. Es la gracia del amor. Al pasquín le puse mi
mismo nombre y apellido, un clon que nacía de mi propio ocaso,
una extensión de mí que nunca tuvo pretensiones extraordinarias.
Incentivada por el deseo de formar parte de las nuevas generaciones
de artistas de nuestra patria, hice lo indecible por procurar
que, mes a mes, este documento fuera depositado en las escuelas
de arte y galerías de la capital. Amigos, conocidos o simples
colaboradores permitieron que mi deseo fuera posible. El primer
número, aparecido en agosto del año 2000, fue tan sólo una hoja
de papel Bond 24, tamaño carta, con impresión tiro y retiro a
un color, doblada por la mitad, formando cuatro carillas mal diagramadas.
Casi de inmediato comprendí que aquella cantidad de papel resultaba
insuficiente para todo lo que deseaba decir, por lo que desde
el siguiente número sumé cuatro carillas más a mi documento, el
cual he denominado en ocasiones “Pasquín
de Arte y Contingencia”.
[2]
El camino escritural fue largo y jodido,
la verdad es que jamás me atrevería a afirmar que está
agotado, pero lo cierto es que mi publicación tuvo su tiempo y
su espacio; incluso es muy posible que yo tuviera bien clarito
de antemano cuándo y por qué se debería acabar. El último número
(el octavo) apareció en noviembre del 2001 con 12 carillas y una
diagramación que dejaba en claro que algo había aprendido del
asunto. Se regalaba tal como siempre me he querido dar a mí misma,
en forma gratuita, llegando a surtir esto efecto de martirio:
hubo veces en que tuve que soportar silenciosamente ver esa parte
de mí arrugada en el sucio rincón de un baño público. Pero, vamos,
también la experiencia fue, en resumidas cuentas, una linda reivindicación
de mi eterno anonimato. El
18 de mayo de 2001 realicé La acción de la sopaipilla de Hilda,
en el frontis de Declaración Pública Yo soy mi institucionalidad,
mi casa, mi centro de estudios, mi museo privado y mi agente cultural.
Sponsor de bajo presupuesto sin centro de operaciones (…) No le
digo nunca a nadie que soy la matriarca; después de todo no es
necesario decirlo, todos sabemos que madre hay una sola (…) La
vida personal no siempre es parte de la biografía del artista
(…) El otro día un artista me amenazó de muerte (…) Y regalé sopaipillas
[3]
envueltas en la misma declaración impresa en papel
roneo. Así yo quería devolverles a mis amigos el interés que por
mí demostraban. Era como si cada sopaipilla contuviera un trocito
de mí, y yo a algunos me daba en forma gratuita, eran los elegidos,
que me engullían de buena gana al atardecer. Ser parte de ellos
no era tarea complicada, ya que el nº 5 de mi publicación incluía
un vale recortable (me encantan los recortables y los juegos,
hice varios a lo largo de aquellos ocho números) el cual se podía
canjear por una sopaipilla, también pegué vales en las calles
de Santiago por si algún hambriento se tentaba en una de esas.
Este fue el inicio de
una nueva metodología de producción de obra que desarrollé y desarrollo
hasta el día de hoy. La llamé performances por encargo.
Se trata de algo bien complejo: consiste en encargarle a otro
que me personifique durante el tiempo que dura el performance.
Este asunto de la personificación no es menor: ¿acaso se ha desdoblado
usted para calzarse en el cuerpo de otro alguna vez? Me imagino
que nunca. Yo por experiencia propia tengo bien claro que eso
de hacerse uno con el alter son habladurías de filósofos
franceses. Nadie lo hace, siquiera en las mejores escenas sexuales.
En cambio yo me acerco, honrada, a lograrlo. Incluso para navidad
mi nieto me regaló una polera que decía Hilda somos tod@s,
remedando la ya tradicional consigna zapatista. Mire qué
moderno. Dos meses más tarde, humilde,
sintiéndome en contacto con la gente, organicé un segundo evento
que esta vez sería virtual. Mis incipientes andanzas cibernautas
me condujeron a pensar que lo más coherente sería una junta donde
pudiésemos conversar, yo y mis penitentes, en un ambiente bendecido,
nuevamente, por las ánforas culinarias que me caracterizan: era
Una once/comida con Hilda en el ciberespacio. Sin webcam
ni espectadores inmediatos, compré queso, algo de jamonada,
pan, mermelada y té. Me serví en bandeja. 26 de junio del 2001,
20:00 hrs. Sentada frente a la pantalla de un cibercafé, abriendo
las bolsas del almacén, sacando el queso, la jamonada, echando
un poco de mermelada al té, en ese nervioso momento en que me
conectaba al chat Starmedia. No pude evitar rociar con
migas de pan las teclas A, R, T y E. Se sorprenderán del carácter
eclesiástico que adquiere la descripción de mi obra; sin embargo,
ante la poca convocatoria obtenida reflexioné de inmediato sobre
ciertas instituciones caducas. No tiene mucho que ver, usted se
estará diciendo, la relación. Lo más probable es que usted esté
olvidando que el pensamiento corre como poseído por una entidad
misteriosa, dialógica por decir lo menos (sería el caso de una
mente simple). Lo que es yo, entre la hallulla
[4]
seca que me raspaba la garganta y mi propia cybersoledad
sólo pude visualizar instituciones en ruinas. Quizás ahora, con algo
de distancia y un tanto más abierta a aceptar mis errores, reconozco
que llegar a la sala de conversación no era cosa fácil, y si bien
tan sólo han pasado tres años desde aquel encuentro, permítanme
decirles que en aquel entonces no existía Messenger, que
posiblemente hubiera hecho mucho más fácil el encontrarme con
mis admiradores. De todas maneras recuerdo a un hombre que fue
capaz de llegar, como todo príncipe azul, por entre las espinas
más aguzadas. El asunto es que frente a la inmensidad de personas
que navegaban y navegan por el ciberespacio, no dejaba de provocarme
una enorme tristeza el hecho de estar yo tan sola. Pero más vale
sola que mal acompañada, y la tristeza fue prontamente reciclada
por mis mecanismos de defensa (en esto las mujeres hemos debido
aprender a ser expertas), lo que dio como resultado el fortalecimiento
de mi carácter e incluso una tonada que me atreví a componer y
a publicar en el nº 7: La porfiada. El hecho de enviar
la publicación vía correo electrónico me permitió mantener cierto
intercambio epistolar con mis lectores, aunque, debo reconocerlo,
en ese sentido siempre he sido una mujer insatisfecha. Un
tiempo después postulé a una galería de medio pelo, que por lo
mismo podía acoger a una artista fuera de onda como yo. Ese día
yo llevaba un chaleco viejo, pero me preocupé de que mi carpeta
estuviera impecable, con los 8 números de mi pasquín –bien ordenados
y perfumados a tinta y a bodega–, el registro de Dada la envergadura de
este proyecto, pedí ayuda a varios colaboradores/as, que nada
más lo hicieron por amistad y aprecio hacia mi persona y obra.
Dos de ellas me ayudaron con el transporte y asistencia personal
de Don Ricardo, tres con el registro de la acción en foto y video,
y dos más con el cocktail (que consistió en vino en caja
y unos canapés de huevo con mayo que me regaló mi vecina). Todo
esto con horario y movimientos muy precisos. Como es habitual,
todos ellos llevaban jockeys con mi nombre (que a estas
alturas es mi imagen corporativa), prenda que les obsequié muy
contenta apenas finalizada la acción. Una vez en la galería,
Don Ricardo fue conducido por su asistente personal hasta una
sala en la cual había un pisito de madera y totora, que debí sacar
de mi propia cocina. En él se sentó a tocar. Tras él había un
lienzo de entretela sintética con mi logo, nombre y fecha del
evento, hecho a la manera de un artista chileno muy famoso. Tanto
el lienzo como el pisito debieron ser llevados a la galería por
una amiga que tiene auto; adjunté unas breves instrucciones de
montaje para que alguien en la galería pudiera realizar esta operación
en mi lugar, ya que a mí me ponen nerviosa los eventos sociales.
La performance, que no duró más de 15 minutos, se inició
con la interpretación de Gracias a la vida, luego tocó
Si vas para Chile y otra canción verdaderamente irreconocible.
Al finalizar cada tema, Don Ricardo sacaba un reloj con parlante
para saber cuánto rato llevaba tocando. Yo me emocioné, sobre
todo con la primera. Luego él me comentaría la cantidad exacta
de gente que había en la sala, mientras se retiraba acompañado
de su asistente personal. La verdad es que a pesar
de que invité a un montón de gente, vinieron sólo mis amigos,
que me conocen desde chica. De nuevo la soledad, pero esta vez
presencial. Pero como dicen por ahí: “nadie dijo que iba a ser
fácil”. Pensar en lo que he hecho
me obliga, ineludiblemente, a pensar en lo que no he logrado hacer.
Los proyectos inconclusos no los describiré en este momento porque,
si bien no creo en el derecho de autor ni en la propiedad intelectual
(a veces ni siquiera en la propiedad privada), nunca se sabe,
podría estar trabajando para el enemigo. Los proyectos ahogados
en el reverso de boletas viejas, de listas de supermercado, de
recados telefónicos, los guardo en una caja de zapatos. Para mí
tienen una extraña significación. Quizás porque son parte de los
pequeños elementos con los que voy lentamente construyendo mi
hogar, cada texto escrito es como una hoja más de papel de diario
que puedo echarme encima en las noches frías de invierno: poco
a poco se van convirtiendo en una construcción firme, pero precaria,
una humanidad corpulenta, dócil e indefinible, una caseta
de uno por uno. Así soy, un cubículo inmundo
donde sólo cabe uno, dos apretados, tres a punto de reventar.
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