Foto-realismo
e hiperrealismo aunados en un extraño Trompe
l´oeil, en juegos de realidades representadas sobre la tela.
Fotografías retratadas bajo la premisa del tiempo siempre presente,
del desgaste de la imagen preservada y de la virtualidad de lo real
o, mejor dicho, de la manifestación bidimensional de lo real. Imágenes
cazadas y encapsuladas de modo filatélico que en su representación
sobre el bastidor muestran su cariz de fetiche, su sex
appeal cadavérico y, a la vez, la necesaria pertinencia de su
inscripción en los mercados de lo visual.
La
situación artística chilena del incipiente siglo que nos enmarca
es, por decir lo menos, particular. Seguramente tan particular como
la coyuntura de cualquier nación americana del denominado cono sur;
probablemente similar respecto a toda aquella idiosincrasia histórica
que arrastran nuestros estados sudamericanos, inestables y propensos
a los autoritarismos y “populismos”; posiblemente parecidos respecto
al cómo devinieron –y acaso devienen aún– todas aquellas fuerzas foráneas, que encarnaron
su potestad política sobre los cuerpos silenciados y su autoridad
estética en los objetos vociferantes de la publicidad, la tecnología
y la tradición acarreada desde una historia ajena. Y sin embargo,
y así como lo anticipara Michel Foucault incontables vidas atrás,
los diversos vectores que ejercieron una fuerza particular sobre
el imaginario suramericano, tornaron sutil su accionar, trasmutando
la ejecución del cuerpo por la modulación “poyética” –y poética–
de la mente, a través de la estimulación constante y obcecadamente
persistente de los sentidos, para así acaecer en nuestro todavía
novel siglo, sobrecargado de estímulos, al punto de que las propias
imágenes se han tornado autónomas de toda entidad controladora...
deslindándose así el Golem de su vínculo paterno. Por ello resulta
tan equívoco abordar la identidad estética desde la retórica de
la dominación, y la historia del arte desde el discurso del desfase
pues, bajo el encuadre del nuevo cosmopolitismo virtual, de la globalización
digital y de la circulación inmediata de las imágenes desde los
satélites, todo aquello que nos constituía como la América desangrada
ahora nos resulta remoto. Muy por el contrario, aquello que nos
distinguía, gracias a la inmediatez de la circulación, ahora nos
une: el mundo acontece desangrado y no poseemos ninguna cara visible
a la cual increpar por ello.
Tal parece ser la conciencia
integrada en cierto grupo de artistas chilenos y, precisamente,
aquella parece ser la extraña particularidad que los convoca y distingue
respecto de sus congéneres al sur de la línea del Ecuador, aunando
la tradicional práctica pictórica de la representación sobre la
tela, pero totalmente incorporados en el virtualmente cosmopolita
régimen de imágenes emancipadas. En otras palabras, en absoluta
conciencia de que el mundo ha cambiado –para bien o para mal– solamente
en la medida en que la percepción misma de aquel mundo se ha transformado,
en que la representación sensible de lo material ya no es únicamente
un reflejo, sino que, y por sobretodo, se ha investido a sí misma
con los atavíos y atributos de lo real.
Por
supuesto, aún cuando resulte antojadizo y apresurado considerar
una suerte de tendencia común, una especie de estilo o escuela que
los aúne, creo que podremos concordar en que, a través de ciertos
casos ejemplares, intuimos ya una corriente susurrante en el quehacer
pictórico chileno, permeada por la tradición artística internacional
en sus más variados vericuetos, pero también sumamente influenciados
por los lenguajes visuales acarreados por los medios masivos de
comunicación y las nuevas tecnologías, verdaderos dispositivos de
transacciones visuales en el contexto contingente de nuestras sociedades
semi-occidentales, pseudo-postindustriales.
Así, una obra como El
triunfo del realismo de Felipe Cooper, nos permite desde ya
verificar el peculiar modus
operandi de cierta vertiente artística, sendero en este caso
enmarcado por un “engaño al ojo” que denota el permanente “engaño
del ojo”. Sin embargo,
y para dar cuenta de la singular operación de una obra como esta,
permítaseme efectuar una breve narración. Ingresamos a la sala e
inmediatamente, a sólo metros de la puerta de entrada, nos tropezamos
con un atril en el cual se nos instruye, sucintamente, a observar
desde un cierto ángulo hacia una serie de ventanas cercanas, desde
donde avistamos el comedor adyacente a esta especie de galpón/sala
en donde se efectúa la muestra. Si las instrucciones del atril son seguidas
al pie de la letra, y poseemos además la altura requerida desde
donde acceder a este forzado ángulo, y la luz del día adecuadas,
lo que veremos es, sencillamente, las mesas, sillas y cocina del
comedor universitario. En definitiva, la pintura –instalada en una
de las ventanas del galpón que acogió la muestra interuniversitaria
“Suspender, apagar, reiniciar”, organizada por el centro de alumnos
de la facultad de artes de la Pontificia Universidad
Católica de Chile en junio de 2006, y en la cual tuve la oportunidad
de colaborar con la curaduría– ha sido elaborada para camuflarse,
para desaparecer a los ojos, una representación ejecutada para no
ser vista. En otras palabras, la obra se constituye solamente en
el momento y lugar adecuados, y cuando encarna como tal es, precisamente,
la instancia en que se diluye en el espacio. Así, lo que en un principio
podríamos simplemente catalogar como un ingenioso acto de destreza
del pincel, poco a poco se torna abrasivo: ¿Por qué tomarse la molestia
de elaborar, cuidadosamente, el retrato de un lugar cotidiano, silente,
que en rigor “no será visto” por ningún espectador? ¿Por qué ejecutar
un acto ajado por el tiempo, poco apreciado bajo la mirada de las
nuevas tendencias y que, cuando emerge como pintura, deja de ser
“la obra”?
Cooper parece ser un artista
que en su obra transita entre la materialidad del bastidor pigmentado,
y la inmaterialidad de aquella como acto temporal y más allá del
marco. Y así como su obra de irónico título –El
triunfo del realismo– se asemeja más a las representaciones
orientales elaboradas con arena y tierra coloreada, que a la tradición
pictórica occidental, en cuanto ha sido conformada para no perdurar,
asimismo el díptico llamado Dialéctica de un díptico diacrítico, supone
la elaboración de una obra que parece no estar presente en ninguno
de sus dos bastidores, sino únicamente en el linde entre ambas.
Escuetamente, podemos mencionar
que Dialéctica de un díptico
diacrítico –presentado en la exposición Quehaceres
domésticos, montada en el centro cultural San José de Santiago,
durante agosto del presente año– consta de dos imágenes: a la derecha
del espectador se sitúa la figura del padre de Cooper, retratado
desde una fotografía que lo presenta posando bajo el escenario de
una decoración de alta prosapia, sentado en un elegante sillón,
sonriente, pero severo. A la izquierda, en cambio, observamos el
retrato de la madre de Daniel Rodríguez, pintor encargado de la
ejecución de este segmento, y que ha plasmado la imagen de su madre
a través de una fotografía similar a la anterior, que presenta los
mismos elementos del decorado, el mismo sillón, la misma pose, pero
al reverso, es decir, con los objetos en el lado opuesto de la tela,
como si del reflejo de un espejo se tratase. Además, la perspectiva
desde donde se registró la fotografía difiere de su consorte; aún
cuando pareciesen compartir el asiento en una habitación, notamos
en la fractura de la imagen que lo allí plasmado es la cohabitación
de dos momentos unidos únicamente por la virtualidad de la representación.
De tal suerte, Cooper y Rodríguez elaboran un retrato compartido
que pareciese constituirse como obra solamente en la fractura entre
ambas telas, sólo en el linde fronterizo entre un bastidor y otro,
en la medida en que ambos se requieren y se impugnan a la vez, recíprocamente.
Allí asistimos a la pregunta respecto por la correspondencia entre
realidad y verosimilitud de la imagen, gracias a la temporalidad
unificada de modo astringente en la representación.
Tal
parece ser el motivo que convoca a Rodríguez, egresado –al igual
que Cooper– de la facultad de artes de la Universidad
de Chile. Sus pinturas tienden a articular temporalidades compartidas,
bajo el prisma de la fotografía como referente. Así, la imagen fotográfica
nos revela el talante ideológico de su axiomático discurso fáctico,
o en otras palabras, nos enseña su falencia como dato empírico y
documental, carácter con el cual progresivamente hemos, como sociedad,
asociado a la toma fotográfica. Y es que la copia revelada desde
el negativo, poco a poco, pasó de ser una imagen fidedigna a poseer
la faz de recorte de la realidad, tornándose la ilustración de un
momento, el acontecimiento congelado, incluso otorgándole
la potestad de objetividad absoluta, científica, material. Ahí es
donde una obra como la serie Panorámicas
anacrónicas –montada en el hall central de la Tesorería General
de la República,
Santiago de Chile– irrumpe con su sutil fuerza, enfrentándonos a
diversos momentos de un mismo lugar, el aeropuerto, empotrados en
una extensa continuidad de telas, que pareciera brindarnos una visión
panorámica del espacio y, sin embargo, gracias a la metonimia del
devenir, se nos muestra como relato. Nos encontramos, entonces,
frente a un recorrido/lectura de izquierda a derecha, en donde la
claridad del día nos conduce paulatinamente a la oscuridad más cegadora
de la noche, y en donde tal ceguera solamente se ve disminuida por
las luces que iluminan parcialmente la pista de aterrizaje. Allí
donde antes contemplábamos la presencia material de los objetos,
pronto aquellos se tornan siluetas veladas, manifestaciones ausentes
en el espacio, que únicamente ha logrado anidar sus residuos: las
luces y las sombras. Allí donde antes la fotografía denotaba su
verosimilitud, pronto demuestra su incapacidad, gracias al pincel
certero de Rodríguez, quien logra extraer los cimientos de la representación
documental, restándole su facultad de documento al momento en que
ensalza a la imagen como representación. Lo que observamos en la
última tela, en rigor, son exclusivamente pequeñas manchas y trazos
policromados sobre un fondo opaco; lo que nuestra inmediata operación
intelectual nos recrea, casi en un automatismo preconcebido, es
la visión nocturna de un aeropuerto.
La incapacidad de la imagen
fotográfica como documento o, mejor dicho, como recorte congelado
de lo real, posee también otras implicancias gracias a la emergencia
de las nuevas tecnologías, las cuales han generado nuevos modos
de engañar al ojo, a través de la simulación del movimiento por
medio del celuloide, o bien la apariencia de imagen armonizada en
la fragmentación minúscula de los pixeles en los medios digitales,
o incluso en las ínfimas partículas de luz de las pantallas del
televisor. De tal suerte, aquello que acontece casi como suceso
gracias al instruido pincel de Rodríguez o Cooper, aparece cotidianamente
–y veladamente– en el despliegue constante de la circulación de
las imágenes. Y es en aquella literalidad de la representación virtual
que el trabajo de artistas como Pablo Montealegre o Pablo Serra
se encauza: plasmar sobre la tela el nuevo modo de relación visual
con el mundo, la nueva forma del lenguaje visual, el cuerpo digital
y virtual de la imagen emancipada, que encarna en los colores fragmentados
de las pantallas que nos rodean.
Así,
por ejemplo, el tríptico Sin título –Interuniversitaria: “Suspender, apagar, reiniciar”–
de Montealegre, suscita un singular relato de miradas cruzadas entre
los personajes allí retratados, miradas dificultadas por la posición
de los personajes, narración cimentada en la metonimia de tres momentos
superpuestos, y en ese sentido, inexorablemente ligada a la obra
de Rodríguez. Pero también surge como la propia fragmentación de
la mirada contemporánea, que en la elaboración del tríptico, a través
de notorios pixeles, supone la imposibilidad de apreciar la obra
en una relativa proximidad con la tela, muy por el contrario, hemos
de alejarnos cada vez más para poder divisar la escena, y solamente
en la medida en que la escena pertenece ya al espacio físico que
la enmarca, y bastante similar a la obra de Cooper, aquella se aprecia
en su plenitud. Exclusivamente cuando se ha diluido en el espacio,
la representación hace su aparición; al momento que ingresa directamente
armonizada, la imagen como tal se presenta. Y si bien Pablo Serra,
al igual que Montealegre, incursionó en el lenguaje de los pixeles
sobre la tela en su obra Soy la
herida y el cuchillo, en donde retrata una imagen icono de la
cultura Pop –Batman y Robin escalando un edificio en la serie de
televisión de la década de los ´60– también ha experimentado con la fragilidad de
la gama cromática televisiva, que mediante un efecto óptico nos
hace creer en una diversidad de colores que no es tal, sino simplemente
un reducido conjunto de luces entremezcladas. Así, una obra como
Carta magna –montada en
la muestra “Purgatorio”, sala Juan Egenau, facultad de artes de
la
Universidad de Chile–
define su posición desde el problema propio del ejercicio pictórico,
es decir, el color, pero a través del filtro de la imagen televisiva,
medio que ha engendrado un nuevo horizonte representacional, y también
un nuevo código paradigmático de observación. Presenciamos en la
obra de Serra la ligereza propia de lo sumamente mundano, y a la
vez la retórica heroica, furtiva y murmurante, que acaece en la
transmisión televisada del fútbol. El ejercicio pictórico de la
traducción mortecina del blanco y negro fotográfico, se ve permeado
por las tonalidades que dan cuerpo a la carta de ajuste de las transmisiones
de televisión, influenciando el tinte particular de cada franja.
La otrora mirada fotográfica, la pasada visión catódica de los primeros
aparatos de televisión y el color eternamente presente de los nuevos,
conviven en la tela, ásperamente fracturadas.
Y así como Serra aborda
la imagen fetiche televisada, manifestando el pugilato tácito entre
la representación pictórica y los nuevos medios, una obra como Versión no-oficial del desnudo masculino
–Interuniversitaria: “Suspender, apagar, reiniciar”– del artista José Pedro Godoy, alude al
pertinente ingreso de cierto tipo de representaciones al mercado
de circulación de las imágenes, mediante su inscripción en las esferas
institucionales de contemplación: el cuerpo masculino como objeto
de deseo. Y es que tal fisonomía, el desnudo frontal de aquel y,
en consecuencia, la manifestación directa del miembro masculino,
ha sido relegada indiscutiblemente al reverso oculto del sello de
imágenes en circulación, atiborrada de maravillosas y hermosas representaciones
de la desnudez femenina. Y cuando el cuerpo del hombre ha ingresado
en la estatuaria o en el bastidor, en el mural, en el cine y la
televisión, siempre ha ocultado sus “zonas pudendas” o, lisa y llanamente,
ha menoscabado el tamaño de aquel órgano que, hasta en la escritura,
nos puede resultar grotesco: el pene. De tal suerte, Godoy rescata
aquellas imágenes masculinas desde los obscuros rincones de la pornografía,
que se desplazan libremente por el ciberespacio, pero también desde
aquellas representaciones mitológicas plasmadas en la tradición
pictórica occidental, entablando un diálogo seriado, industrial,
que busca rescatar en la musculatura, en la pose, en la carne y
en el, a veces desmedido, tamaño del sexo, aquello que la representación
cauterizada en el imaginario colectivo comúnmente no ve... el deseo.
Siluetas en circulación,
aspectos que se inscriben y se tatúan en la mirada desapercibida,
perfiles que decantan fetiches de nuestras sociedades, en las obras
de estos artistas chilenos toman un nuevo rumbo. Senderos elaborados
a partir de una conciencia incorporada, que destaca la impotencia
de la imagen como documento, y en ese sentido, también la fractura
ocultada, pero que persiste, entre el verosímil visual y lo real
material. El mundo entonces, sumido en el establecimiento de la
imagen emancipada y del deseo excitado de los sentidos atestados,
no se desangra, sino mejor dicho, se fragmenta permanentemente.
* Teórico e Historiador del Arte de
la
Universidad de Chile.