Para la comprensión de las problemáticas artisticas del arte chileno actual, consideramos pertinente publicar en la sección Debates este texto que no estuvo incluido en el dossier del número anterior de Arteamérica

Nos volvimos fuertes y nos trepamos como changos… [1]
15 Artistas contemporáneos en Chile 

Álvaro Cárdenas Castro * 

De quienes escribo

No es el intento por construir una especie de ensayo que logre calzar todas las piezas de un mismo juego. El correspondiente desorden insolucionable es para mí la clave de poder escribir. En esta oportunidad considero a 15 artistas visuales chilenos, pero no todos ellos podrían estar ligados a alguna tradición que los determine como tales. Chile es el territorio en que nacieron, pero es una palabra que los afecta indistintamente. Sus influencias, motivaciones y posibilidades de expansión superan la realidad local, pertenecen a un siglo en ciernes, interconectado, y quizás por ello suene paradojal que sean parte de manifestaciones aisladas y perdidas (de allí lo insolucionable del momento). Nuestra historiografía del arte podrá depararles una mayor complejidad de análisis en el futuro, pero para ello deberá superarse el penoso estado de producción de la crítica actual y su magra circulación, incluyendo la todavía escasa valoración de las publicaciones digitales y el privilegiado uso de Internet. Creo que para el escribiente el texto es la enfermedad y sus influencias son sus síntomas. No escribo sobre lo que no quiero escribir, ni por compromisos más allá de los puramente creativos y comunicativos. Cualquiera de estos artistas es capaz de alimentarme esos aspectos y el resultado, aunque mucho tiene que ver con el enfrentamiento con mi propia historia, no hubiera sido posible sin el intercambio que tuve con cada uno de ellos y con sus obras. La incapacidad de comprender el absoluto de sus trabajos me proporciona al menos la oportunidad de escribir un texto incapaz de ser descifrado en su totalidad. Así me desquito un poco y por cierto, dejo a otros la posibilidad de seguir descubriendo.

Andrea Ugarte

Si las líneas vienen y van, sin fijarse un propósito más que brotar y avanzar por la hendidura, es el fluir inconciente quien marca el final, y las separaciones (cuando ya todo ha sido separado). Sin querer hacer fronteras las fronteras están, y nunca habrá final que no sea un comienzo. Ellas podrán no ser definitivas, pero existen, y para la línea es parte de su condición delimitar territorios, crear oposiciones entre el antes y el después. Cuando muchos de nosotros tuvimos la ocurrencia de hacer una primera línea, o un primer punto, no entramos en razón del suceder de contrariedades de puntos y líneas que nacen, con formas semejantes pero con diferentes sentidos. Toda articulación conlleva en definitiva un conglomerado de desarticulaciones. Del mismo modo en que todas las a suenan distintas según los contextos en que se lea, cada elemento que se repite asume una nueva individualidad.  

Andrea Ugarte, dibujante, reflexiona sobre el acto mismo de dibujar más que otorgar un significado específico a su trabajo. Para ello cuenta con la existencia de un espectador que construya su propio relato: “El arte, como lenguaje del suceder, genera la proliferación tanto de elementos como de significados, logrando un espacio de detención en que éstos se comunican por medio de la percepción de quien los encuentra. Esperando que de esa percepción surjan infinitos desencadenamientos y nuevos espacios de detención, es que parece imposible dejar de crear. Hacer obra es el motor para seguir intentando comprender”. [2] El dibujo, su expansión en el espacio, sería una constatación del vacío sobre el cual toma lugar. Cada acción, cada pensamiento, nace de aquella conciencia de estado. La línea, la mancha, el punto, son expresiones, fugas, centelleos, dentro de un gran marco que le otorga soporte y cuestiona lo presente y ausente en el lugar. Todo lo que vemos y escuchamos, que originalmente no estaba preparado para ser visto y escuchado, da cuenta de sistemas de sentidos que parten de estructuras más o menos primarias: 

“El lenguaje figurativo presenta (…) cierta analogía con el lenguaje poético, en virtud de que tanto la palabra como la figura pueden ser consideradas como unidades significativas básicas. Podríamos extender también esta analogía al hecho de que unas y otras unidades son, en verdad, complejos significativos formados por la articulación de otros signos que no significan nada pero que contribuyen a la significación de ese complejo unitario: los fonemas, en un caso, la línea y los colores por el otro. Dos aspectos vienen a reafirmar la analogía entre la poesía y la pintura figurativa como lenguajes: una y otra instauran nuevas significaciones a partir de las unidades significativas dadas, sin destruirlas; es decir, partiendo de ellas y conservándolas, sin quedarse por otro lado en ellas (…) Lo que un color o línea significan - o más exactamente contribuyen a significar - no podemos saberlo a priori, justamente porque estos signos aisladamente no tienen un significado propio, literal. Lo que significan en un cuadro - figurativo o abstracto - sólo podemos saberlo a posteriori, es decir, cuando los encontramos constituyendo una unidad significativa (forma figurativa o abstracta) que por ser el producto de un acto de creación no podían ser previstos”. [3]  

El devenir de las líneas de Andrea Ugarte se da en el entendido de que la manualidad alcance una habituación que la artista encuentra en un estado neutro de pensamiento. Una calidad de trance en la que ya no es necesario pensar lo que se está dibujando, porque el dibujo comenzará a deberle más a una capacidad física y mental de la creadora que a lo específico de una técnica. Esta idea se constata para su examen de licenciatura: Andrea Ugarte ocupó una habitación blanca - desocupada de objetos - con un motivo vegetal hecho con lápiz grafito verde, tal como hacemos curso a una historia que se amplía en una hoja o en la virtualidad de la computadora. Tituló su memoria “Observaciones al borde del borde – dos – (el dibujo como huella de la acción de dibujar)” [4] , un trabajo teórico-literario como complemento a la experiencia visual del mismo nombre y que entrega un acercamiento de fondo a la travesía de la línea en el espacio y al ejercicio repetitivo como constancia minimalista: “4 paredes blancas, 1 techo, 110 lápices verdes, 6 horas diarias durante dos meses, una mano y una persona que dibuja con su mano unas seis horas diarias durante 2 meses con 110 lápices verdes sobre un techo y cuatro paredes blancas”. [5]

Lo cierto es que esta consecución, comparable a la idea del decorativo de un papel mural, podría catalogarse como un mero ejercicio de destreza, de obstinación o pura visualidad sino fuera porque aquí está en juego un cuestionamiento a la reproducción en serie. Andrea utiliza 10 motivos vegetales distintos que según su desenvolver multidireccional hacen que cada elemento no pueda tener réplica alguna. Sin embargo, en el conjunto se vuelven una cobertura homogénea. Por el contrario, la serialidad de un motivo mural decorativo (en apariencia idénticos los unos a los otros) consigue un rango homogeneizante pero sin necesidad de pensar en lo heterogéneo, ya que las diferencias entre uno y otro motivo tienen que ver con pequeñas fallas naturales del proceso maquinal. Son procesos radicalmente opuestos. 

“Sobre el porqué de los vegetales… por varias razones. Por creer que no puede existir nada más importante al primer impulso que la naturaleza misma. Por creer que si la verdad de la línea está en el movimiento, entonces el punto no es otra cosa que esa semilla reposando hasta germinar… finalmente, en la obra, los vegetales no existen, solo existe su contorno, la planta es un vacío… lo que importa no es la botánica del asunto, sino la esencia de crecimiento y expansión… El dibujo cubre las superficies como la capa de liquen”. [6]  

Luego de realizar el monumental trabajo de la habitación vacía, la artista es invitada a participar de “Comercio Ambulante”, una muestra colectiva itinerante ideada por el filósofo Jorge Sepúlveda, en el verano de 2004-2005. Cada participante debía colocarse en el papel del vendedor callejero ilegal que durante su jornada de trabajo sobrevive bajo dos perspectivas: vender sus exiguos productos y burlar la detención de los carabineros. El comerciante reparte sus productos sobre paños cuadrados o rectangulares en el pavimento que facilitan un escape rápido al unir las cuatro puntas de la tela. Entonces, la obra artística debía contemplar esa dicotomía presencia-ausencia como estado permanente de sujeto y objeto.  

Andrea presentó para aquella ocasión “Inflables” considerando motivos vegetativos similares a los utilizados en anteriores trabajos y que ahora dibuja sobre un plástico que hace de soporte de la ‘mercancía’: unos conos de pvc transparente hechos para inflarse y desinflarse con facilidad y que recuerdan la indiscriminada venta callejera de objetos plásticos. Como algunos de los conos estaban igualmente ilustrados, su volumen y liviano peso les permitían desplazarse y jugar con el fondo vegetativo, logrando un efecto de profundidad y dinámico equilibrio entre producto y sostenedor. Hablamos de una disposición azarosa que libera y hace interactuar las líneas sobre distintos planos y en que los dibujos vegetales se nutren de otras especies dibujadas en las superficies. Es la resolución de un producto llevado al punto de lo improbable por las carencias del comerciante no apto para realizar ese tipo de alteraciones. Pero a la vez, considero que éste último, ya sea en la disposición de los objetos e incluso en su espeso amontonamiento, pareciera tener mucho sentido del encuadre y la composición, lo que volvería más dúctil una experimentación artística de este tipo.  

Casi un año después de aquella presentación reaparece como parte del colectivo ‘Los bártulos del boquete’ que integra junto a Rebeca Peña, Fernanda Urrutia y Javier Jurado. Realizan la exposición “Los objetos en la puerta” en galería Concreta del Centro Cultural Matucana 100. Andrea colabora con “Observaciones al borde del borde - tres - (festín)”, quizás su obra más valiosa hasta el momento. Un mantel de género a ras de suelo de casi 12 metros de largo, más de doscientos objetos de mesa pintados de blanco y luego dibujados con motivos vegetales, un banquete para cuarenta invitados que parecen brillar por su ausencia, son parte de un montaje avenido a la sobriedad y frialdad del lugar de exposición. Hablamos de un trabajo vigoroso, con un grado de minuciosidad que impresiona y que, sin embargo, a falta de un desarrollo crítico, nos pareciera haber sido un regalo para el olvido. Platos, cubiertos, alcuzas, botellas, fuentes, broquetas, mantequilleras, ollas, saleros, sacacorchos, etc., elementos de muy diverso diseño y calidad son anulados y armonizados ante la intervención de la pintura y el dibujo. Sea cual sea el objeto, ninguno contiene alimentos o bebida, por lo que se crea un rasgo de imprecisión temporal al no estar el banquete servido. La mayoría de los espectadores - al enfrentarse a esa ambientación de aura clásica - contextualizaban el festín hacia el pasado, pero saber “realmente” si la cena tuvo lugar es asunto de la imaginación de cada uno. 

Un aspecto relevante de la instalación es la aplicación uniforme del grafito sobre una zona del mantel quedando plasmada una gran mancha negra en una de sus cabeceras, lugar donde la artista aprovecha de colocar su firma sobre una servilleta. Con ello se busca ilusionar un quiebre, desconcertar nuevamente el contenido. ¿Qué pudo ocurrir en aquella zona oscura para que nos encontremos con un banquete perdido en el tiempo, desmemoriado e impoluto? No habrá respuesta. Sólo la presencia de una puerta interpretativa anudada, nuevamente, a los confines provocados por las líneas.  

Quisiera relacionar esta serie de obras de Andrea Ugarte con un cuento de Julio Cortazar que se llama, atinadamente, “Las líneas de la mano”: 

“De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hacia el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola”. [7]  

En este pequeño escrito presenciamos el trayecto de una línea que no se detiene ni da vuelta atrás, pero que en el camino depende de muchas circunstancias para llegar a destino. Nace desde las líneas de una mano que tira una carta sobre la mesa y culmina en las manos de un hombre que está a punto de suicidarse. El problema es el nudo. Las líneas de la mano parecen enlazar comienzo y fin de una historia y posibilidad de inicio y culminación de otra: “El último punto del dibujo y el punto final del texto, son tanto una puerta de salida como de entrada”. [8] Trazan el margen entre la vida y la muerte: “Parecía inevitable la necesidad de detención y recorrido - como una sola acción - en la búsqueda de una presencia a ambos lados de la línea. - uno - es aún la libertad, las esperas recorriendo las muertes repetidas de la orilla en la orilla…”. [9] Como ya sabemos, el dibujo de Andrea está ligado a la ampliación sostenida de territorio. Los motivos vegetales implican resoluciones, pero permiten pensar siempre en su progresión (como la condición de la naturaleza vegetal). La artista nunca borra lo que dibuja. Este accionar implica algunos errores de precisión, pero ésta se adquirirá en el mismo continuo de los segundos, minutos y horas de trabajo.  

No es de aquellas artistas que buscan ponerle la soga a sus proyectos. Pareciera que el fin llega por un compromiso curatorial determinado y no porque la obra lo esté exigiendo. 

La poética de Andrea Ugarte determina un paralelo en el que, en primer lugar, pensamiento creativo y acto de dibujar llegan a un punto de total cohesión, sin medidas contaminantes. Luego, está la posibilidad de que el espectador desarrolle un encuentro perceptivo a través de la neutralidad formal que otorga la gráfica, cualidad que resulta clave al momento en que éste desea resolver la obra escudriñando en las gavetas de su propia fantasía.  

El dibujo se ensancha por una corriente mental que reescribe el motivo vegetativo. Los ojos circundantes dibujan y construyen un rango de apropiación de sentido y mecánica. Y no tenemos noción de cómo fraguan los diagramas de aquel festín perdido, de aquella habitación vacía, de la inacabada orilla de mar y playa, de aquellos inflables rotativos. Encontrémosles un lugar de comprensión psíquica en la ciudad de nosotros mismos, y observemos, al borde al borde, las cercanías y lejanías en la ruta sin pronóstico del dibujo.

Alejandra Rojas Contreras

Es creadora de una pintura figurativa que podríamos aproximar a una corriente contemporánea de artistas identificados con la naturaleza y que han comprendido que son las pequeñas intervenciones en el paisaje las que entran en mejor alianza con el ambiente. Sobretodo hago referencia a aquel conjunto de cuadros de vegetales a escala natural pintados al óleo durante los años 2001 y 2002 y que Alejandra situaba en terreno junto a su modelo con la intención que tanto sistema social como sistema biológico entraran en reciprocidad a través del arte. Un prolífico periodo de experimentación en terreno ligado a su admiración por algunos representantes del land art y al estudio de la teoría de los sistemas de Bertalanffy, específicamente de los sistemas abiertos (como los biológicos y sociales) que se caracterizan por un intercambio constante con su medio para poder subsistir. Llamó especialmente su atención el concepto de homeostasis, que la ha guiado a diversas experiencias de intervención espacial marcadas por la incorporación gradual de elementos arquitectónicos: “A pesar de que diversos autores emplean esta palabra de forma ambigua y arbitraria, (la homeostasis) es un término utilizado por la biología para denominar los mecanismos de adaptabilidad y regulación que poseen los seres vivos para preservar la vida. Este concepto se ha aplicado, metafóricamente, también en diversas áreas sociales, como la psicología, la sociología y la filosofía definiéndolo, en términos generales, como la tendencia de cualquier sistema a buscar dinámicamente un equilibrio respecto a su medio, tanto interno como externo (…) Esta capacidad propia de la naturaleza, implícitamente supone un principio de evolución, de movimiento y por ello de un orden dinámico. El equilibrio se define como fuerzas contrarias puestas en armonía para conformar una unidad”, explica la artista. 

Las pinturas de Alejandra representan una naturaleza intervenida por el ser humano. Son árboles y arbustos ornamentales, plantas de interiores, jardines y cultivos, o frutos y hortalizas de los que aprovecha sus estados de descomposición natural o aquellos flancos que le interesan lineal y cromáticamente. La dedicación y prolijidad de esta artista la ha hecho constructora de un ciclo vital pareciéndonos sus telas parte de un jardín botánico que va de especie en especie, motivada por el verde, todo el tiempo el verde, pero con tantos matices. Ya sean malamadres, filodendros, aralias o repollos, la energía sensorial que expelen estas creaciones, el movimiento ondulante de sus hojas, ramas y tallos, hacen de aquellas poseedoras de una rara abstracción figurativa a la que no podemos encontrarle demasiada parentela al interior de nuestra tradición pictórica. 

En ocasiones nos parece ver en la obra de Alejandra una búsqueda de la naturaleza boscosa a través de acercamientos a troncos, ramas y follaje, pero aquello es resultado de la abstracción de lugares mucho más comunes de los que creemos. No entra en consideración de esta artista una paisajística imaginaria e inhabitada, porque sus cuadros contemplan siempre el tránsito de las personas y el equilibrio formal con el ambiente. Digamos que son alteraciones armoniosas que gravitan en la mirada del paseante a plena luz del día, y en las que éste debe aprender a respetar y apreciar con criterio tanto lo artístico como lo natural.  

El arte tiene la capacidad de poder estabilizar la propia necesidad espiritual del ser humano y corregir, simbólicamente, lo que hay de error en la naturaleza. Como afirma un personaje de los cuentos de Poe: “En el más encantador de los paisajes naturales siempre se hallará una falta o un exceso, muchos excesos y muchas faltas”. [10] Mi intención no es iniciar otro debate en torno a la filosofía de la naturaleza y lo sublime del romanticismo. Lo que me interesa rescatar es el reconocimiento del defecto como partida para la búsqueda del equilibrio. Dice Alejandra: “La idea de ausencia y presencia cobra relevancia, debido a que la ausencia está dada por lo que, visualmente, percibimos que hace falta en aquel espacio y la presencia por la instalación de las pinturas con relación a esa ausencia. Como lo afirma Debray, ‘representar es hacer presente lo ausente’. La ausencia está subrayada por cuadros que indican presencia”. Defecto como presencia, virtud como ausencia, las pinturas intentan corregir el error natural de la naturaleza o del espacio, aunque sólo sea en el breve instante de una intervención. [11]  

Para terminar, una propuesta de encadenamiento. En una serie autorretratos de Alejandra Rojas creo visualizar el paso hacia una personificación vegetalizada, forma mayormente subjetiva del entendimiento de la homeostasis. En el primero de ellos un rostro pálido pareciera replegarse como si estuviera en un estado de semi-mortandad, afectado por su medio. Evidentemente, no es un rostro que pudiera parecernos normal. De tendencia expresionista, los rasgos están notoriamente alterados -ojeroso, cadavérico y pétreo- en la inestabilidad de un ser enfermo. Como su postura es alzada, también lo podemos entender como un estado de germinación en peligro. Luego tenemos una figura más estandarizada y frontal, de facciones más definidas, que pareciera mirarnos con inquietud. En ella la artista da gran importancia a la luminosidad como elemento estabilizador. Tenemos finalmente una cara sonriente que cobra un notorio sentido abstracto: plena de vitalidad adquiere cierta rugosidad y redondez impropia muy similar a la de un fruto o vegetal. Es que posiblemente la mano de la artista, a través del ejercicio permanente de ejecución, haya prolongado objetivos paralelos de la representación vegetal hacia el autorretrato, contagiándolo de una fuerza surreal en donde los opuestos se estabilizan mimetizándose. Me parecía interesante consignar esta metamorfosis, pues la figura humana en esta pintora aparecerá en muy pocas oportunidades en el resto de su obra.

Mariel Sanhueza

Dibujante, grabadora, pintora y videísta, posee una considerable producción que recoge vertientes del cómic, el arte callejero y el eclecticismo de la ciudad de Santiago. Asume la gestualidad del graffiti con un trazo veloz y nervioso, acaso una reproducción del stress cotidiano que problematiza en escenas de interiores, específicamente en hogares de clase media, donde las situaciones de bizarría violenta son metáfora de la falta de vigor comunicativo y una educación deficitaria. A esto sumamos un dibujo de rasgos infantiles que provoca la impresión de entropía y disparidad, pero que mantiene un control formal a través de recursos tales como las verticales y horizontales de los muebles o la angulosidad de las paredes de las casas. La disposición de los mismos objetos en el plano la asociamos al sentido de orden y ornamentación que tanto identifica a las familias modestas, pese a que nunca extrañaremos de la vista algún objeto electrodoméstico de culto que tanto asociamos a las tarjetas de crédito, las multitiendas y las deudas eternas.

Mariel ha creado una considerable cantidad de seres calamitosos que adquieren en la alienación de sus existencias un tipo de extrañeza que los vuelve completamente inútiles. Han perdido conocimiento de cosas esenciales y viven sobre el absurdo. Su obra Sin título (2003) es un claro ejemplo de ello. Nos encontramos con tres personajes sentados en una mesa que son incapaces de advertir los usos de una simple cuchara. Entre ellos parecen debatir qué poder hacer con ella. Aún cuando sus vestimentas se acercan a la formalidad de burócratas oficinistas, el estado general del cuadro es regresivo, rudimentario. Los rostros más bien parecen muertos. Hay un vacío general en la escena que sólo quiebra una especie de pera o manzana amarilla mordisqueada, elemento que permitiría recordar un gesto de primitivismo muy natural del cotidiano. Sin embargo, uno de los personajes trata de acercar su mano a la fruta con un temor funesto.

En la obra “Qué estai haciendo” (2004) tenemos la limitación de un sujeto que lucha contra sus propios monstruos en la impotencia de no saber cómo pelar una fruta al borde de una mesa. Su angustia crece al verse sorprendido por una mujer con el cuchillo agarrado al revés y que lo recrimina por ello. La pared de la izquierda es el resultado de toda aquella actividad sicológica. Advertimos la sombra aterradora del hombre con sus gruesos contornos. Al lado, un reflejo de su cabeza por debajo de la figura más difusa de la mujer (un espejo imposible). Ella podría ser su madre o su esposa, un ente inmaterial, un fantasma sin piernas, o la prolongación de los propios terrores del hombre enfrentado a su inutilidad. Pese a ello, luce una carterita roja que le otorga una gracia bastante especial. Son características banales que le gustan adicionar a Mariel con bastante frecuencia. Los trazos sobre el soporte madera son rasgados y discontinuos, y están las partes de collage, de colores intensos en el caso del jugo y las naranjas cortadas por la mitad, una ironía de lo que no pudo solucionar el sujeto.

Como son comunes las frutas en el hogar, Sanhueza no puede olvidarse de ellas tan fácilmente. Éstas le servirán sobretodo como focos pictóricos. Por ello suele recortarlas del brilloso papel couche de revista.

Mariel es creadora de otros tantos trabajos de técnica mixta en los que podemos darnos una mejor impresión de sus cruces productivos e influencias. Su presentación de obra más completa se produjo el año 2004 en la histórica galería Bech de calle Alameda. La muestra se llamó “Edulcorante artificial”, un llamado de atención para las superficialidades que invaden a un gran sector de la población chilena, como el consumismo desbordado en el que las personas - en palabras de la artista - “buscan satisfacción e ilusamente algún tipo de comunicación o de expresión en los objetos”, pero también podría entenderse como una reflexión sobre “el nuevo sabor” que ha adquirido la práctica pictórica en la actualidad luego de pasar por tanta denostación teórica.

En sus cuadros apreciamos una dedicada disposición de elementos alejados del argumento principal; decorativos de todo tipo, como peluches, fruteros, juguetes, muebles de baratija, maceteros plásticos; y muchas otras particularidades que dotan de gran encanto y perplejidades a sus trabajos: cuadros dentro del cuadro, ampolletas que cuelgan sin lámparas, ventanas con cortinillas bordadas, aparatos eléctricos dispuestos en la centralidad del living, etc. Creo que estas características la califican como una gran observadora de los submundos que pueblan la realidad y le sirven para dotar de mayor atmósfera sus preocupaciones sociales, estéticas y plásticas.  

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Álvaro Cárdenas. Teórico e Historiador del Arte. Estudió en la Universidad de Chile.
Contacto: alvarocardenas@yahoo.com


[1] No hay frase que por el momento pueda estimar más. Pertenece a Lola Álvarez Bravo, en realidad “me volví fuerte y me trepé como chango” decía al recordar sus primeros pasos en la fotografía y de cómo tuvo que enfrentar la desconfianza del medio profesional. Ver en: Elena Poniatowska, Todo México, Tomo II, Ed. Diana, México, 1995, p. 41. De todos modos asocio esta frase, quizás caprichosamente, a la letra de una canción de Luis Alberto Spinetta en el proyecto Pescado Rabioso: “Lo peculiar de nuestro gran calabozo / es esta especie de terror por el bosque. / La risa no podrá surgir / a menos que te subas al árbol”.

[2] Andrea Ugarte, Observaciones al borde del borde – dos (El dibujo como huella de la acción de dibujar), Tesis de Licenciatura en Artes, PUC, diciembre, 2003, p. 5.

[3] Adolfo Sánchez Vásquez, cap. “La pintura como lenguaje”, Cuestiones estéticas y artísticas contemporáneas, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 2ª Edición, 2003, p. 121 y ss.

[4] Segunda parte de una serie que comenzó con Observaciones al borde del borde – uno – (ayer bajé al mar) en la idea de dibujar la línea que queda entre el mar y la playa. Esta obra, no expuesta aún, pretende representar una orilla de 15 metros de largo a partir de 365 dibujos de lápiz a tinta sobre papel.

[5] Andrea Ugarte, ob.cit.,  p. 22.

[6] Ibid., pp. 7 y 21.

[7] Julio Cortazar, Historias de cronopios y de famas, Ed. Alfaguara, México, 2001. De este cuento existe una animación creada por Anya Medvedeva y Sébastien Chevrel y que podemos ver en www.bornmagazine.org/projects/linesofhand/ .

[8] Andrea Ugarte, ob.cit., p. 5.

[9] Observaciones al borde del borde – uno – (ayer bajé al mar), notas.

[10] Edgar Allan Poe, “El dominio de Arnheim, o el jardín-paisaje”, Cuentos/2, Ed. Alianza, México, pp. 147-164. Nota del traductor, Julio Cortázar: “Este cuento constituye la mayor aproximación de Poe a la naturaleza, profundamente modificada por su especial visión y por su idea  - que Baudelaire recogerá - de que la confusión de lo natural debe ser reparada por el artista” (p. 513).

[11] La obra de Alejandra Rojas que ha logrado mayor coherencia conceptual en este aspecto es “Conciencia de Unidad” (2004), intervención de la capilla del Campus Oriente de la Universidad Católica de Santiago. Esta construcción teocéntrica de alrededor de 1930 fue encargada por la Congregación de los Sagrados Corazones al arquitecto J. Lyon, quien se inspiró para ella en una abadía románica. Si bien la capilla se encuentra al centro de todo el conjunto arquitectónico, su aspecto externo es tremendamente tosco y frío, y para los caminantes resulta bastante indiferente. La artista colocó cuadros verticales de representaciones del cielo armonizando con las columnas exteriores del edificio. Con ello buscaba que los elementos áridos de ladrillo y cemento del muro exterior del ábside (“la tierra”) se identificaran con el aspecto etéreo de las pinturas (“el cielo”) adquiriendo así una dimensión simbólica, pues la llamada Casa de Dios debiera ser la comunicación entre ambos estratos. Como dice la artista: “en la mirada del espacio, surgiría la necesidad de volver a una unidad visual, es decir, provocar una síntesis generadora de totalidad”, la que se logra al menos por unas cuantas horas.

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