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III Gabriela Rivera En la serie de
fotografías “Chica de calendario”
(2006) la artista Gabriela Rivera ha reciclado el concepto y la técnica
de las pin-up logrando un paralelismo de ingenuidad y espontaneidad
con una joven y contemporánea dueña de casa, la que accidentalmente
se expone a situaciones pudorosas dadas en el cotidiano qué-hacer.
El principio dominante que modela las categorías se ve contrapuesto
con la idealización/erotización del referente doméstico, la mujer,
que en el hogar todo lo hace y lo soluciona, pero que pese a ello
mantiene un estatus de libertad precario, predeterminado por las cuatro
paredes de la subyugación y el prototipo; parálisis reafirmativa de
los roles sociales en el cuerpo de la sociedad machista: “Pocas son las mujeres que no son esencialmente perras o sirvientitas
- entonces son hechiceras y hadas”, decía
Louis-Ferdinand Céline.
[25]
En las fotografías
se advierten los fondos planos y colores fuertes, rescatando el sentido
de artificialidad de las pin-up para lograr el resalte de la modelo-de-esposa
y por cierto, su condición fetichizada. Al interior de
esta situación aquella tan burda que liga la mercadería y los artefactos
del hogar con las fechas de celebración simbólica de los roles de
género (días del padre y de la madre en la rutina calendario) y en
general, de la vida doméstica. La iconografía publicitaria, acentuada
en los catálogos de las macrotiendas, condicionan los objetos que
hacen del trabajo pesado y, por ende, del beneficio del placer contra/para
los hombres (pesas, taladros / licor y tabaco), y el trabajo liviano
y otorgamiento del placer con/desde
las mujeres (planchas, lavadoras/cosmética y lencería).Esta conceptualización
es la que Rivera trata de desenmascarar a modo de contrarrestar al
aparataje desde el mismo aparataje.
[26]
Un mecanismo conceptual
contribuyente en nuestro largo y oneroso crédito evolutivo, pero determinante
a la hora de establecer el crecimiento de un tipo de arte femenino
propiamente tal, concientizado de sí mismo. Porque artistas visuales chilenas hay muchas, son acaso
la mayoría, pero no trabajando precisamente desde una conciencia diferenciadora
como sí aconteció en varios circuitos artísticos del continente hace
ya décadas.
[27]
La propia Gabriela
Rivera reconoce en una última entrevista: “Me carga la imagen de la típica dueña de casa… ese rol doméstico me parece
muy poco sexuado, así que debo tener algo de feminismo a nivel inconciente”.
[28]
Al respecto,
vendría bien considerar las palabras de la historiadora de arte mexicana
Raquel Tibol: “La identidad
diferente en arte no se da de manera constante y universal, y esto
se debe a que en el estadio del desarrollo espiritual del presente
y del pasado inmediato hay voces compartidas que pueden apreciarse
como sexualmente neutrales. Cierto radicalismo extremo podría calificar
lo indiferenciado o la neutralidad como deformaciones androcéntricas,
como un compromiso que requiere ser desenmascarado. Seguramente el
fortalecimiento de lo propiamente femenino y el consecuente debilitamiento
del predominio masculino y aun del machismo, le dará mayores espacios
a las imágenes indiferenciadas. Quizá lo indiferenciado gane terreno
cuando se logre en el futuro, en todos los órdenes de la vida, un
mayor equilibrio entre los géneros. Pero todavía lo que interesa es
que las artistas sean identificadas como mujeres y que a la vez entre
ellas mismas surja la necesidad de identificarse como tales”.
[29]
Mientras las artistas
mujeres tengan un valor muy secundario en el estudio de nuestra historia,
cuando el recato y el acomodo engrosen el trazo de lo decible, el
arte y la teoría diferenciada van a seguir siendo parte del anecdotario,
inconexas de su consecuencia, por tanto, inservibles. El contexto
político actual, cuestionablemente sensible a los asuntos de género,
permitirá que la oficialidad artística se vea forzada a una discusión
de este tipo y lo más probable es que termine entrampada en su falta
de argumentación. Sin una renovación estructural, lo que queda por
esperar es que nuevas generaciones de artistas e investigadores aborden
estas parcelas críticas por cuenta propia y no rehuyan la capacidad
de educar. La generación en su sentido amplio no es un asunto de edad,
sino de disposición e implica, naturalmente, tomar valor de otras
redes de pensamiento y acción social que se identifiquen con tales
iniciativas. Carola Izaga S. Nos ofreció durante
el año 2002 “Falologocentrismo”
como parte de una exposición colectiva en la sala de la federación
de estudiantes. En esta obra apreciamos una mujer desnuda que denota
una personalidad ambigua, sentada a la cabecera de una mesa, brindando
con lo que más bien parece ser… una copa de sangre… más que de vino
y que puede ser enlazada pictóricamente con la cosmética de sus labios.
Las tijeras abiertas en la parte superior derecha de la pintura nos
indican una posibilidad de lectura: la escisión del pene del personaje
que esta erguido a la izquierda, desnudo, bajo un aura de suplica,
con el rostro anulado y un par de alas que indican más bien una fuga
angelical. Sin su órgano difícilmente podamos llamarlo hombre.
[30]
Pero ¿cuál habrá
sido el preámbulo de este acontecimiento? Optaremos por la preparación
lógica de la dueña de casa, sumisa y maquillada a la espera del marido,
la mesa servida, la desnudez inevitable, las tijeras esperando su
turno para mutilar. Algo ocurrió. Sí. La liberación. Falologocentrismo.
La consagración del mundo a través del principio paternalista se ve
sobrepasado por el corte, que es el conocimiento del principio de
dominación. La sinécdoque nos permite comprender las dos edificaciones,
macho/hembra, a partir de un todo (el falo). Porque de aquello resulta
la historia andrócentrista, cuando los hombres decidieron-decidir
todo. Sin embargo, la obra tiene que situarse en dos planos: opresión
y liberación. Por algo la mujer brinda consigo misma dándole la espalda
al ente triturado que ha perdido toda capacidad de reacción, más allá
de que su aura prolongue cierta energía centrípeta. Pero también está
la posibilidad de que la mujer celebre por su macho, estando de espaldas
a su liberación, sin saber que la opresión es el alimento. Un plato
único, de falo y genitales, es la correspondencia. La capacidad del
dominio hacia la mujer a través de la reproducción, palabra que la
condena. Ya no entramos en la lógica de la mujer decidora de lo que
hace con su cuerpo (“el brindis por su propia sangre”). Incluso dudamos de la potencialidad
de su carácter cuando su mirada se inclina hacia el suelo, algo triste
y desesperanzada y las tijeras sólo permanecen en un plano superior,
abstracto. Entonces el personaje-hombre
más bien parece una especie de adoración superior, la costumbre. Luego que nos
presentara tan particular trabajo no hemos vuelto a tener noticias
de Carola Izaga. Su obra la podemos asociar a otras exponentes de
nuestras artes visuales quienes más allá de la posibilidad de ser
encasilladas en un arte de tipo feminista o de género han recibido
escasas propuestas críticas que procuren una discusión más a fondo
sobre estos conceptos. Esperamos, de todos modos, que en un futuro
cercano pueda depararnos nuevos “disparates” del estilo (si es que
ya no se la ha tragado la tierra). Daniela
Sepúlveda y Javier Jurado El tratamiento
con los objetos o materiales en desuso es una característica con la
que podemos relacionar a esta pintora y este escultor provenientes
de distintas universidades y que son desconocidos entre sí. No se
trata de hacer un uso del desecho bajo un prisma de arte ecologista
(aún cuando lo consiguieran), sino más bien tiene que ver con la preponderancia
que el soporte adquiere en el proceso de obra y de cómo la especialidad
se ve cuestionada a partir de este devenir. Ambos entienden el arte
desde una funcionalidad social: mientras Sepúlveda se permite hacer
frente a una tradición hermética que aleja la creación artística de
una asociatividad más extensa, Jurado se encuentra vinculado al movimiento
de arte y terapia, cualidades que colocan al espectador tanto en la
óptica de comprensión de la realidad, como de sí mismos y sus experiencias
de vida. Daniela Sepúlveda
ha considerado la participación de un receptor primariamente ajeno
a la obra de arte para la consecución de una singular producción que
ha tenido desde el año 2002 su mayor capacidad de desplante. El soporte
pictórico va asociado con la utilización de objetos del uso cotidiano
que pueden ser decodificados con cierta facilidad y comprometen una
participación directa del público. La misma artista lo comenta:
“El objetivo de mi obra, es justamente el provocar un cierto acercamiento
del espectador que no tiene instrucción artística, de modo que sea
capaz de establecer asociaciones, entre mi punto de vista –respecto
de situaciones contingentes y planteamientos plásticos– y, las asociaciones
que éste mismo pueda establecer entre la obra y sus propias vivencias
del mundo que lo rodea. La utilización de objetos de uso domestico como parte de la misma
obra, se debe principalmente a esta necesidad”.
En
“La Última Cena” ha tomado
como referente inmediato la popular pintura del Renacimiento que en
base al desarrollo del comercio ha logrado la paradoja de llevar la
academia a los sectores populares a través de la reproducción continua
sobre objetos, más allá de que el motivo religioso genere consensos
de otro tipo que determinan su consumo. Diremos que Sepúlveda encuentra
sus soportes materiales en la calle, desechos propiamente tales, como
en este caso una serie de bandejas plásticas típicas de los casinos
o locales de fast food,
lo que le permite insubordinar la pintura a la colgadura de una tela
y por cierto, dejar la obra a mano de una poética en aparición o del
azar. El soporte bandeja entra en conexión directa con el referente,
aunque los detalles que considera Leonardo –panes, cuchillos, vasija–,
que para la ocasión parecerían demasiado rústicos, son suplantados
por meriendas tradicionales, como peras, manzanas, el muy chileno
pan marraqueta, mas algunos cubiertos que actúan como despistes para
un receptor no lo suficientemente instruido en la obra original. El sentido de fatalidad (ya que cualquier
cena podría considerarse como la última) será una constante de las
realizaciones de esta autora, como así advertimos en “El imperio de los sentidos”(2002), dos imágenes –carnal y espiritual–
de una mujer recostada desnuda sobre las tablas de una cama que en
palabras de Daniela representan “la
pequeña muerte provocada por el orgasmo”, o en “Juguetes de tortura” (2002), macabras diversiones a escala de niños,
y “Mejor que arder” (2001),
donde una puerta de clóset es retocada como ataúd. En “Anverso y reverso”, díptico con el que obtiene el premio de excelencia
del concurso Arte en Vivo (Museo
Nacional de Bellas Artes, 2002), Sepúlveda escoge como pretexto “contemporáneo”
la muerte de la atractiva actriz chilena Carolina Fadic, víctima de
un tumor cerebral. Para ello se ocupa de pintar las radiografías de
su cráneo sobre unas planchas de acrílico. Buscando referencias adecuadas en el
imaginario popular y la tradición artística, este díptico propicia
una cita de la vanitas barroca y también presenta su símil en la representación
de la muerte como espectáculo vivo, tan elocuente en las tradiciones
populares americanas y en artistas mexicanos de la talla de Manuel
Manilla o José Guadalupe Posada, con sus ilustraciones humorísticas
de esqueletos. Esta vez el soporte, la plancha de acrílico, funciona
como especulum pues permite que el espectador,
cualquiera sea su procedencia, se refleje a la altura de la calavera
y alcance un grado de identificación con ella: “La muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica
o pobre, toda la gente acaba siendo calavera”, decía alguna vez
Posada. No deja de ser curioso que uno de los papeles que más identificó
la carrera profesional de Carolina Fadic fue “La rubia de Kennedy”,
una película de discreta calidad que trata una variable de la leyenda
urbana conocida como la autoestopista fantasma: aquellas personas
que aparecen en la carretera haciendo dedo y que al ser recogidos
por los automovilistas se comportan como seres normales hasta determinado
punto del camino, en el que desaparecen.
Para el poeta
y escultor Javier Jurado los desechos contribuyen en la elaboración
de singulares formas escultóricas como parte de una serie en desarrollo
a la que ha nombrado “Del dicho al hecho”. Creemos que ciertos aspectos
del povera han dejado su huella en este artista,
sobre todo por aquella cualidad del uso desprejuiciado del material
y que es respetado en su individualidad pese a que la mayoría de las
recolecciones parecieran inservibles. Frascos, bolsas, botellas, maderos,
latas, papeles, espirales, cartones, plásticos, plumavit, en fin,
muy variados elementos son situados en la composición. Nos recuerda
la frase de Baudrillard “lo que no sirve para nada siempre puede servirnos”.
Así todo, no hay figuraciones consensuales percibibles en las
esculturas: por más que podamos creer visualizar algo, esto es sólo
producto de nuestras propias asociaciones mentales. Mi impresión es
que estas obras remarcan la gestualidad del ser humano en acciones
sencillas como atar, acumular, pegar, ordenar, seleccionar, etc.,
entendidas como maneras de organizar la vida. La historiadora
del arte y polifacética escritora Inés Matute realiza una interesante
asociación entre el povera y
la influencia del pensamiento Zen en el arte occidental y considero
que gran parte del ideario heredado por Javier Jurado puede adecuarse
a esta cita: “Para el filósofo
Zen, la obediencia a los ritmos sutiles y primordiales de la naturaleza
es un medio de integración en la vida universal. Cualquier diferencia
o manipulación humana, por pequeña que esta sea, crea una ruptura
con todo el universo. La unidad armónica sólo se consigue respetando
las cualidades de cada elemento. Partiendo de esta premisa, las propiedades
plásticas de los distintos materiales derivarán de las propiedades
físicas, rechazándose conceptos como “reconstrucción” o “intervención”.
Con el Arte Povera, Occidente retomará la preocupación por esta vibración
energética de cada material, por la potencialidad creadora de cada
sustancia en sí misma y por el modo de manifestarse de cada elemento.
Ya no hay protagonistas, y si los hay, éstos son los vínculos físicos
que se establecen entre cada material de la naturaleza, y no el material
en sí. Como en el jardín Zen, el devenir, lo accidental, marca las
relaciones entre los objetos. El Arte Póvera no se manifestará nunca
a través de productos acabados, y conceptos como “deshielo”, “condensación”
“descomposición” y “desgaste” serán fundamentales tanto en el proceso
creativo como en el resultado de la obra povera”.
[31]
Todo aquello será
paso para un resultado de fondo: la fotoescultura,
concepto que es necesario precisar pues ha sufrido varias mutaciones
a lo largo del tiempo, aunque siempre enlazado a la idea de que la
fotografía (imagen plana) adquiera la ilusión de tridimensionalidad.
Hagamos memoria. En primer lugar, consideraremos los resultados fotoescultóricos
de la segunda mitad del siglo XIX: “Fue
un intento sin porvenir, tan sólo mencionaremos el sistema ideado
hacia 1860 por el escultor François Willème (1830-1905). Consistía
en sacar simultáneamente 24 fotografías del modelo con sendas máquinas
colocadas a su alrededor. Los 24 clichés, proyectados y restituidos
al pantógrafo, permitían modelar 24 aspectos del personaje que luego
se reconstituían en una sola escultura. Hasta 1920, aproximadamente,
prosiguieron los intentos de fotoescultura en Estados Unidos y Japón”-.
[32]
Pasará mucho tiempo para que el
término reaparezca y se emplee para aquellas fotografías cuyo soporte
deja de ser el papel fotográfico sino que objetos de distinto tipo.
Técnica que derivó en una respuesta más comercial, permitiendo la
creación de un solicitado cúmulo de souvenir
que se venden por todo el mundo. Sin embargo, aquello no impidió el
crecimiento de un significativo número de artistas preocupados de
experimentar sobre ciertos efectos particulares de la fotografía en
el relieve del objeto. El año 2000, físicos de la Universidad de Salamanca
utilizan el término fotoescultura para denominar una técnica de la optometría, específicamente
para la fabricación de componentes microópticos que disminuyen ciertas
aberraciones oculares y permiten “la
resolución espacial de las imágenes del fondo de ojo”.
[33]
Pues bien, para
Javier Jurado la fotoescultura es el resultado de las fotografías
ampliadas de sus esculturas de desecho, a las cuales recorta del papel
dándoles forma e individualidad, por lo que nos queda un producto
plano, de aspecto frontal macizo, y que puede ser colgado para alguna
exhibición. Con esto se detiene en la idea de que tanto el ojo fotográfico
como la mirada humana sólo son capaces de advertir una faz de la escultura:
más allá del sentido de perspectiva que nos permite advertir la tridimensionalidad,
nunca podremos ver la obra como totalidad. La operación se radicaliza
al crear una escultura a través de lo que no podemos ver como escultura.
Jurado ironiza con todo aquello. Se podría pensar que entrega una
solución salomónica, a una inquietud un tanto obsesiva de la fotografía
y aún, a pesar de que la escultura no pretenda la bidimensionalidad
(si fuera por ello dejaría de ser escultura) en cierto aspecto la
arrastra a esa condición. Esto se complementa con el cuestionamiento
del soporte fotográfico como verdad de la imagen, una referencia a
la restricción del acercamiento a la obra en el estudio académico
de la escultura (al menos la mayor parte de las veces) hecho a través
de libros, fotocopias, diapositivas y digitales que son, finalmente,
imágenes planas. Un valor anexo es que a escultura de desecho no sólo
deviene en un objeto fotográfico-escultórico, sino que también posibilita
un efecto pictórico a través del colorido de sus diversos materiales.
“Vivan las circunstancias y sus amigas las circunferencias”, dice en uno de sus poemas Javier Jurado. Hace algunos
años una profesora de lengua española nos hacía entender a algunos
compañeros de universidad la característica de un verso de Jorge Díaz
donde se mencionaba la palabra “piojo”: “Pi-ojo:
es el diámetro de la circunferencia, o sea, de la tierra. Quiere decir,
el ojo del mundo”. Más recientemente he podido leer en un admirable
libro de Magnolia Rivera: “El
círculo simboliza la unidad, la perfección, la totalidad, el absoluto,
el destino, la eternidad, la protección y el vínculo. Representa al
tiempo, a la palabra, al ojo que todo lo ve, a la matriz fecunda,
a lo celestial. El círculo está representado por una serpiente que
se muerde la cola, por un caracol, un árbol, una copa, la rueda, la
flor, el cero, el Sol y su ciclo, el oro, el fuego, etcétera…”.
[34]
A través de esto
quisiera rescatar el asunto de las ‘circunstancias’, motor de desarrollo
de las historias de todos, pero de las cuales sólo podemos recoger
una porción, por más que ocurran en un mismo ver y suceder redondo.
Las fotoesculturas de Jurado asumen esa naturaleza esencial y nos
inclinamos a creer que son creaciones capaces de dar cuenta de la
diversidad. Existe una valerosa desvergüenza por juntar elementos
tan dispares entre sí, blandos, sólidos, transparentes, opacos, frágiles,
vigorosos, macilentos, pesados, pero que sin embargo pueden entrar
en consonancia tanto en el recorrido escultórico como en la superficie
uniforme de la fotoescultura.
Así todo, nos advierten que nada puede ser conocido en su totalidad,
que intentar hacerlo sería algo inútil. En especial estas obras remiten
a un gesto del que hice mención anteriormente: intentar organizar
el mundo, quizás de re-organizarlo mediante otros fundamentos
–políticos, sociales, estéticos– que nos resulten necesarios. Reconocer
que las alternativas e hibridaciones tan presentes en la época actual
necesitan de una construcción no-totalitaria del pensamiento y la
vida es una manera de aceptar la idea de que siempre estamos desechando
o recolectando algo de nosotros mismos por cualquier lugar en el que
andamos. Isabel Santibáñez, Lila Mejías y Lorena San Martín “Tierras desarraigadas” es la creación
colectiva de tres artistas provenientes de la pintura y la cerámica.
Fue expuesta en su versión definitiva el año 2003 en el antiguo hospital
San José, espacio convertido hoy en un centro para la calidad de vida
y la cultura. Partiendo de un
ejercicio de desplazamiento de Marcel Duchamp, quien en 1919 encierra
en un frasco el aire de la ciudad de París, esta instalación es resultado
del montaje simétrico de 3.000 tubos de ensayo rellenos con tierras
arcillosas de la comunidad mapuche de Peleko, ubicada en la sureña
región de la Araucanía. Esta zona suele ser escenario de graves conflictos
territoriales entre los pueblos indígenas y las empresas forestales
a cargo de la tala de bosques milenarios para la construcción de centrales
hidroeléctricas, caminos, u otras obras de ingeniería. Como sabemos,
la tierra, la naturaleza en su conjunto, representan el sentido vital
de aquellas sociedades y el largo historial de disputas acumulado
no puede más que refrendar la impotencia de la descendencia ante la
usurpación de su hábitat natural, vena cava para cualquier raza. “Tierras desarraigadas” se localiza en
la radicalidad de las experiencias artísticas de denuncia, al dejar
como constancia que siempre serán los pobres y las minorías los utilizados
como conejillos de indias para un mejor sistema de explotación. El
desplazamiento de las tierras hacia un lugar impropio nos vuelve a
la memoria de aquellos indígenas, miembros de esas comunidades en
conflicto, que en los últimos años han viajado hasta Santiago y se
han desperdigado sobre las calles con sus rituales, gritos y proclamaciones
guerreras, provocando la atención y el desconcierto de la población
capitalina. El célebre sacerdote Martín Gusinde (1886-1969) escribe
en “Pero no puedo
menos de confesar que durante toda la redacción de este estudio me
ha acompañado y estimulado constantemente el ardiente deseo de contribuir
con este modesto trabajo a despertar vivos sentimientos de simpatía
hacia la raza araucana y a difundir entre nosotros la idea de que
tenemos la estricta obligación de ayudar a nuestros indígenas quienes
tenemos tanto que agradecer. ¡Cuántos de los elementos de su cultura
viven aún en la cultura de nuestra nación chilena! ¡Cuántos de estos
rasgos peculiares pueden reconocerse aún en nuestro pueblo! El eco
de sus clamores de angustia y desesperación por la mísera situación
a que se ven reducidos, llena tantas veces las columnas de los diarios
y se apaga por desgracia; a manera de eco sus caciques y representantes
vienen a la capital, pidiendo amparo y reclamando sus derechos naturales
y legítimos; se les despide con vanas esperanzas que jamás se realizan”.
[35]
Una creación compacta,
la tierra, es burocratizada por unos pocos en nombre de los intereses
de la mayoría para así poder quitársela a sus habitantes originarios,
quienes no tienen derechos de reclamación más que desde las propias
leyes de los usurpadores: “Puede
plantearse que los conflictos entre el pueblo mapuche y el Estado
chileno durante las últimas tres décadas evidencian una sostenida
y soterrada disputa por el territorio. Dos representaciones simbólicas
y discursivas de un mismo espacio se confrontan político y semánticamente:
la nomenclatura de la ‘IX Región de la Araucanía’ versus el mapuchemapu;
la provincia de Arauco versus la identidad lafkenche; los cultivos
forestales versus los rehues y ayllarehues mapuches; la modernización
de la frontera versus la demarcación y reconstrucción de la Wallmapu
del Wallmapu. Son territorialidades y actores confrontados y en transformación”.
[36]
En el contexto
del espacio de arte los tubos de ensayo simbolizaban el aislamiento
o destrucción de los elementos de determinada genética social y actuaban
como receptáculos fagocitadores de las tierras, siendo que son un
instrumento de la lógica experimental “civilizadora”. Las arcillas,
que suelen tener una consistencia blanduzca por la característica
lluviosa del sur de Chile, aparecían rígidas e infértiles en función
de los tubos, pero daban cuenta de riquísimos coloridos, lo que nos
hacía pensar en la multidiversidad de las expresiones que alguna vez
constituyeron el Ad Mapu. El cuerpo instalativo, homogéneo y calculado,
se organizaba en base a la incomunicación de sus componentes; y todo
aquello ocurría dentro de ex hospital, como si ciertos padecimientos
se hubieran quedado para siempre en ese lugar. Porque vivimos
inmersos en un centralismo concluyente (casi un tercio de la población
chilena vive en Santiago) es que a veces somos incapaces de comprender
los grados de insensibilidad, precisamente hacia aquello que desconocemos.
La progresión de los acontecimientos políticos ha desestabilizado
gran parte de los fundamentos esenciales de las comunidades originarias,
algunas de ellas extintas durante el siglo XX en base a la racionalidad
heredada desde lo que se ignora. Hoy en día, las necesidades energéticas
de una nación avizoran nuevos estados de alerta. Las ambiciones descomedidas
del transnacionalismo empresarial condicionan el camino hacia una
modernización invertebrada, en consideración del ‘progreso’ y la ‘inversión’
en beneficio de unos pocos y donde las creencias de las minorías suelen
ser oscurecidas y aplastadas. El ritmo de vida dinámico que hace casi
un siglo atrás era idealizado por la creación artística de vanguardia
ahora se ha vuelto en reversa a la luz de una insostenible depredación
del ecosistema. Por ello es que esta obra sostiene una calma que le
permite al observador ponerse contacto con el mundo en que vive, pero
que quizás no descubre. Digamos que el arte se hace carne de una realidad
a la que parecen arrancarle los ojos. Celebraremos otro
día internacional de la raza. No será más que el incordio de una agenda
noticiosa inconmutable. Las comunidades indígenas irán dispersando
sus costumbres arrastradas hacia cualquier lugar, hacia la tierra
prometida, o hacia la tierra de nadie. Porque el egoísmo es fuerte
todavía. Carlos Zúñiga En septiembre
de 2003, con ocasión de los 30 años del tristemente célebre golpe
de Estado en Chile, Carlos Zúñiga presentaría una de las obras más
interesantes de aquella temporada en el circuito artístico nacional:
“Souvenir S, M, L, XL”, como parte del Salón de Estudiantes realizado
en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago. Una caja de acrílico
sobre un plinto que en su interior recogía una camiseta de algodón
tipo souvenir con la leyenda
¿Dónde Están? Dicho entramado
resulta concluyente a la hora de analizar una circunstancia histórica
especialmente feraz. Una pregunta enunciativa de pasado y futuro,
una sociedad marcada por la interrogante presente. El lugar del cuerpo
social. Sí, ante los desaparecimientos políticos, en circunstancias
que hasta ahora la pregunta permanece de pie. Sí. Las distintas generaciones,
las viejas, las nuevas, cruzadas por la imposibilidad. Por ello la
etiqueta congrega las S, M, L y XL entendidas desde los tamaños usuales
que tienen estas prendas de vestir. Una sola camiseta, un solo tamaño,
una sola categoría. Chile, más allá de todos sus prodigios, puede
darse el lujo de salir al mundo con el recuerdo lacerante de aquellos
años. Hoy, cuando el tiempo de la transición democrática ha igualado
el curso implacable de la dictadura, y los muertos están más perdidos
y más muertos. Zúñiga ha construido
con mucha astucia una obra de alto contenido político, aún cuando
la mayor cantidad de experiencias de este tipo no logren cuajar contemporáneamente.
No hacía falta más que la llaneza. Pero resulta que la vitrina es
capaz de encerrar una polera y ésta se encierra en una sala, y ésta
a su vez en un museo y éste en una institución, y así seguir. Entonces
la pregunta permanece asfixiada en un rincón de la cultura, como esas
muñequitas rusas que salen y salen de sí mismas, porque así es la
angustia de la pregunta, que confronta la memoria de todo aquel que
la quiere o la siente perdida en algún recoveco del espacio. Sin embargo,
no hay tema, no hay contexto del que se haya debatido más en nuestros
casi doscientos años de historia. Es la cicatriz perenne de todos
nuestros lugares. Y Zúñiga saca una frase trillada para decirnos tanto
y que le sirve para su celebración personal del acontecimiento. ¿Dónde
están?... en la irreductibilidad de la propia interrogación, palpitante,
resonante. Aquí no se ha hecho la operación facilista de entregar
un objeto a raudales, no por la búsqueda formal de cierta hierática,
sino porque en la multiplicidad el objeto perdería su efecto identitario.
Esta camiseta no es un panfleto. Frustra cualquier capacidad de denuncia
que haría prontamente de la pregunta una simple una anécdota de manifestación.
No. La pregunta no es de nadie y es de todos al mismo tiempo. Lo que
interesa es abandonarse a la conciencia más patética de la que casi
nadie desea hablar. La multiplicidad es para el que observa a la obra
y luego sale a la calle. Allí los observa a todos… todos los portes
posibles. En “Desaparecido”, video digital del año 2005,
Carlos Zúñiga se sitúa en una estructuración análoga. Esta vez es
la presencia silente de un personaje en la nieve que con pintura blanca
y un rodillo intenta esconder una huella. Esta obra se desenvuelve
en el contexto del mover/remover tan propio de nuestra sórdida historia
de búsquedas. Reconoce el artista
una cita al paisaje en diagonal del romanticismo alemán, a la que
intentaré agregar, brevemente, otros elementos comparativos con dicho
estilo. Por lo pronto, la introspección silenciosa de la escena que
podría asociarse con el anonimato y el secreto que trae consigo el
personaje, aun cuando podamos experimentar sonoramente la operación
plástica de blanqueo. También nos parece que el lugar está en consonancia
con un retiro o refugio ideal del cotidiano, dado en la sensación
de lejanía de las cumbres nevadas. Considero más específicamente la
obra de C.D. Friedrich, quien casi nunca pintaba de frente a sus personajes
y se hizo célebre con su paisajística de hielos e insondable soledad.
Artistas románticos como Friedrich realzan la presencia del hombre
frente al sepulcro como una situación de belleza primordial, aunque
manteniendo una ambientación sombría, escenario donde se manifiesta
con riqueza la subjetividad. En ese aspecto hay una diferencia en
“Desaparecido” ya que la pista sepulcral es acogida por un lugar blanco
y transparentado. Tal vez, una ironía de Zúñiga. Lo inconmensurable
del espacio romántico lo relacionamos con la inaccesible verdad que
arrastra las culpas del sujeto en la nieve y lo empequeñece en la
refriega consigo mismo, en su soledad política fertilizada por los
propios temores, y cuando el blanqueo no podrá finalmente convertirse
en alivio. Por ello es que la huella quedará nuevamente descubierta
en las circunstancias del desenlace. Más allá de las
apariencias que denotan las referencias crudas de la realidad, no
dejo de pensar que las obras de este artista están supeditadas a un
inquieto humor negro que refleja una estrategia de constitución creativa
bastante particular. Juega con las imposibilidades, con los fríos
calces, con los deseos frustrados
[37]
, con la sucia
pulcritud. Su lenguaje crece con nervios de acero, muy ponderado,
quizás dando crédito a su labor primaria como diseñador. Y aunque
la recomendación mayor murmure silencio, indiferencia y olvido, la
expresión contemporánea desmonta su lógica siendo reflejo de la implacable
verdad. Aquella visión que nos parece incólume al fondo de la trizadura. Claudia Vásquez Es una artista
que ha desarrollado acciones de arte e intervenciones urbanas en la
constante de provocar al insano proceder de la jornada y las existencias
atosigadas por la monotonía. Estas experiencias conllevan el intento
por dar mayor claridad a los hábitos reflexivos que constituyen lo
que se hace, se dice o se piensa, cifrados sobre estados alienados,
desalentados e indiferentes. Para ello recurre con frecuencia a frases
sacadas del pensamiento y la literatura universal, a las que otorga
distintos soportes y que deben acoplarse a determinado espacio político,
en el entendido de que todo lugar puede llegar a ser político.
[38]
Lo que busca
Claudia con sus obras son quiebres, respiros, salidas, conmociones,
distracciones, que puedan ser calificadas de tan diversa forma como
quienes las encuentran, y les conceda la posibilidad de enfrentar
la jornada y realidad con otra disposición comprensiva.
Fue en ocasión
de las elecciones presidenciales del año 2005 que Claudia Vásquez
repartió 300 serigrafías –a modo de volante de propaganda política–
a los automovilistas de tres arterias santiaguinas en el último día
oficial de campaña. Sin embargo, lo que se entregaba era un producto
de muy distinta factura, una mica impresa con una serie de revelaciones
que sacaban de contexto el acto mismo de repartir un panfleto, provocando
un desacomodo de las relaciones burocratizas o dejadas llevar por
la lógica. Me parece relevante
insertar el texto central de dicha acción de arte para obtener una
mejor impresión de su resultado: En época de deliberaciones EL MIEDO ES EL
ARMA MÁS ELEGANTE. TUS MANOS NUNCA ESTÁN DESPROLIJAS. AMENAZAR CON
UN DAÑO FÍSICO ES GROSERO. INFLUIR, EN CAMBIO,
EN LAS MENTES Y EN LAS CREENCIAS, JUGAR CON LAS INSEGURIDADES COMO
SI FUESEN LAS TECLAS DE UN PIANO. MUESTRA TU CREATIVIDAD EN LAS PROPUESTAS.
FUERZA LA ANSIEDAD A NIVELES TORTUOSOS O SOCAVA SUAVEMENTE LA CONFIANZA
PÚBLICA. EL PÁNICO CONDUCE A LOS REBAÑOS HUMANOS HACIA LOS DESPEÑADEROS;
UNA ALTERNATIVA ES LA INMOVILIDAD INDUCIDA POR EL TERROR. EL MIEDO
SE ALIMENTA DEL MIEDO. PON EN MARCHA ESTE PROYECTO EFICAZ. LA MANIPULACIÓN
NO SE LIMITA A LA GENTE. LAS INSTITUCIONES ECONÓMICAS, SOCIALES Y
DEMOCRÁTICAS PUEDEN SER CONMOCIONADAS. QUEDARÁ DEMOSTRADO QUE NADA
ES SEGURO, SAGRADO O SANO. NO HAY DESCANSO DEL HORROR. LOS ABSOLUTOS
SON COMO EL MERCURIO. LOS RESULTADOS SON
ESPECTACULARES.
[40]
¿Cuál es el contexto
que otorga valor a esta escritura? Sabemos que las campañas políticas
son muy onerosas e invasivas. Se refleja en los carteles, pendones
y pinturas en las calles; en los comerciales y spots de los medios
de comunicación; en la baratija de todo tipo que se regala; en las
fuentes de trabajo temporal que se generan; etc.
Pero diremos que este exceso de influencias no propone una
gran discursividad. Es un lenguaje de lugar común, sobreexplotado,
hasta populista, y pareciera que las propuestas no son el eje por
el cual se articula la búsqueda de partidarios y votantes. En cambio,
el texto de Holzer puede inmiscuirse en el punto donde se engendra
la toma de decisiones (y con una estrategia sencilla –Non multa sed multum! = No muchas
cosas, sino mucho): EL MIEDO. Porque el miedo consigue que el
voto sea el báculo, con él muchos enfrentan el presente: miedo a la
delincuencia, miedo a perder el empleo, miedo al pasado dictatorial,
miedo a la desestabilización, miedo a los extremismos, miedo a la
fuga de inversionistas, miedo a caer de clase, etc. Pareciera que
en el mejor manejo mediático de estos aspectos es donde se marca la
diferencia, aunque pocos se cuestionan el simulacro permanente del
miedo. El asunto es conectar
aquel instante de motivación que proporciona un mensaje y cuán débiles
son los pensamientos para dar credibilidad a gestos salidos desde
intencionalidades desconocidas. El temor deforma, descentra, y por
ende, se presenta un deseo de estabilidad que determina una toma de
decisión, pero limitada a la propia capacidad de entendimiento. La obra de Claudia
Vásquez no se sostiene sólo por hacer una buena cita a través de un
objeto atrayente. Lo crucial es desempeñar un papel de mediadora y
salir a la calle como una brigadista de campaña, podría decirse… de
la campaña de Holzer. El suceder de esta acción podría considerarse
performático ya que ocurre en el sitio y momento adecuado, más determinante
aún cuando está presente el hacer por qué y no el hacer por hacer,
manifiesto de la débil frontera entre arte y vida. Anteriormente
hice mención a que esta artista suele dispersar pequeñas lecturas
por la ciudad, por lo general sobre placas de madera y plantillas
estáticas. El texto se instala y deja llevar a su propia suerte: mismo
suceder de los escritos de Holzer, determinados mediante un contexto
de apropiación de escrituras para luego ser reciclados y movilizados
por otros receptores como parte de una cadena comunicativa imprevisible. Cuando aparentemente
las decisiones más substanciales se obstruyen por el diario acontecer
y somos presos de presiones, del ‘mal menor’ o de la propia ignorancia,
resulta conveniente poner atención a este tipo de experiencias. No
es enfrentarse a ciertos tipos de elecciones, sino que la elección
sea en sí misma una posibilidad. Estamos rodeados
de montajes burdos, pero el miedo es un montaje profundo. Álvaro
Cárdenas. Teórico e Historiador del Arte. Estudió en la Universidad
de Chile.
[25]
Citado por Julia Kristeva en Poderes de la perversión, Ed. Siglo XXI, México, 1998, p. 209.
[26]
La historiadora del arte Whitney Chadwick escribe:
“Durante las postrimerías de la década de 1970
y comienzos de los 80, cierto número de artistas, hombres y mujeres,
trataron de descentrar el lenguaje dentro del orden patriarcal,
exponiendo los modos en que las imágenes se codifican culturalmente,
y renegociando la posición de las mujeres y las minorías como
“otras” en la cultura patriarcal. Algunas de esas estrategias
eran feministas, y otras formaban parte de los discursos posmodernistas
más generalizados. Su eficacia como intervenciones y su potencial
para cambiar las estructuras de la mirada y la consunción de imagen
siguen pareciéndonos controvertidas. Los ‘truismos’ de Jenny Holzer
y las yuxtaposiciones de imágenes fragmentadas con pedazos de
texto de Barbara Kruger son parte de su decisión de apropiarse
y deconstruir el lenguaje dominante de los medios de comunicación
de masas y la publicidad. Al igual que otros artistas que desplegaron
sus críticas, Holzer y Kruger consideran que al criticar una tradición,
deben emplearse los códigos de esa misma tradición”. En:
Whitney Chadwick, Women,
Art and Society, Ed. Thames and
[27]
Resultaría poco cuestionable decir que nuestra historiografía
ha sido mucho más benevolente con aquellos artistas que se han
declarado desde el género homosexual, o simplemente homosexuales,
que con las escasas artistas chilenas con concientización de género.
Es común que las artistas mujeres digan no sentirse discriminadas
para dar la impresión de “estar a la par” con los artistas hombres,
o también no sentir la necesidad de expresar el género (ni siquiera
oral o literariamente), pero aquello es en la mayoría de los casos
poco creíble en una sociedad tan marcadamente sexista y machista,
y en donde derechos básicos de las mujeres son vulnerados por
el conservadurismo de los principales grupos de fe, los partidos
políticos que controlan el parlamento y la pésima estructura educacional
pública que es una de las peores en el continente. Si bien en
estos momentos tenemos una mujer como presidenta, el tema del
aborto (penalizado en Chile en todas sus formas desde 1989) no
es tema de la agenda del gobierno. En lo más específico, agregamos
la casi nula presencia de bibliografía de mujeres artistas y teoría
feminista en los programas de estudios artísticos universitarios,
como la falta de profesionales docentes especialistas en asuntos
de género que provoquen una renovación de las cátedras más elementales
de la actividad.
[28]
Diario “Las Últimas Noticias”, Santiago, Chile, jueves
10 de agosto de 2006.
[29]
Ver en: Raquel Tibol, Ser y ver. Mujeres en las artes visuales, Ed. Plaza & Janés, México,
2002, pp. 15-16.
[30]
No puedo dejar de mencionar el muy mediatizado caso
de la mujer ecuatoriana Lorena Bobitt quien aduciendo continuos
maltratos por parte de su esposo, el Sr. John Wayne Bobitt, una
noche de junio de 1993, en el Estado de Virginia, después de haber
sido violada por su alcohólico marido, se dirigió a la cocina,
agarró un cuchillo y luego procedió a cortarle su pene. Este caso,
defendido por las feministas más radicales como un completo ejemplo
de valor, cayó en la paradoja más absoluta, porque a Bobitt fue
posible reimplantarle su pene, su esposa fue absuelta pero internada
en un centro de rehabilitación, y luego que firmó el divorcio,
John Wayne se hizo rico y famoso a costa de la realización de
películas pornográficas donde él y su miembro mutilado eran los
protagonistas.
[31]
Estos artículos aparecieron en las ediciones Nos 10,
11 y 12 de la revista virtual de literatura y creación contemporánea
www.espacioluke.com , de noviembre y diciembre
de 2000 y enero de 2001.
[32]
Información obtenida del artículo “Introducción a la
estereoscopia” de Francisco Perales López. Disponible aquí.
[33]
Ver detalles en: http://www.puntex.es/veryoir/200/sumario200.htm
.
[34]
Magnolia Rivera, Trampantojos.
El círculo en la obra de Remedios Varo, Ed. Siglo XXI, México,
2005, p. 13.
[35]
Citado por el arqueólogo Mario Orellana Rodríguez en
“La personalidad científica y humanística de Martín Gusinde” (p.
15), introducción al libro del propio M. Gusinde Expedición
a
[36]
Víctor Toledo Llancaqueo, Pueblo Mapuche. Derechos colectivos y territorio: Desafíos para la sustentabilidad
democrática, Ed. Programa Chile Sustentable, Chile, 2005,
p. 18.
[37]
Como ocurre en “Selección natural” (Sala Juan Egenau,
2005), juegos del tipo columpio, resbalín y sube y baja, trabajados
en madera de pino, que en un principio iban a ser expuestos en
un museo interactivo infantil. Las obras tenían la particularidad
no funcionar adecuadamente a las pretensiones de los niños.
[38]
Su último trabajo “De cuerpo presente”, desarrollado
durante la 1ª Bienal de Performance Deformes
en el MAC (2006), incluyó una frase del neurobiólogo chileno
Francisco Varela: “La vida
misma parte desde el cuerpo, no como un objeto del mundo, sino
como un cuerpo donde habito pero no soy yo, pero al mismo tiempo
soy yo y yo habito, pero que no está identificado con la totalidad
que puedo ser”. La inscripción se hizo en el hall del museo
con harina blanca utilizando una plantilla en tres idiomas (español,
mandarín e inglés). Durante la performance un funcionario del
museo termina barriendo la instalación.
[39]
Hace algunos pocos años un informe de
[40]
Nota de la artista: “El siguiente documento se presenta como cita del trabajo “Inflammatory
essays” realizado por artista norteamericana Jenny Holzer entre
los años 1979/1982. J. Holzer escogió una serie de ensayos, los
cuales imprimió e instaló a modo de postres callejeros en los
muros de la ciudad de Nueva York. Algunas de las fuentes de estos
ensayos son los escritos de Mao Tse-Tung, John Birch, Emma Goldman,
entre otros. Los ensayos tienen un contenido urgente, de acuerdo
a su autora; se trata de respuestas de individuos a situaciones
urgentes que no permiten una reflexión detenida”. Una excelente oportunidad para conocer la obra de
Jenny Holzer al español la encontramos en un sitio habilitado
luego de su retrospectiva organizada en la ciudad de Buenos Aires
en mayo-julio de 2000: http://www.proa.org/exhibicion/holzer/. |
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