Valoraciones de lo popular

JENNY CARTA SUÁREZ
Licenciada en Historia del Arte


Grupo productor mestizo - Árbol de la Vida (fragmento) - México - 1993

 

El fenómeno de lo popular, espontáneo, folklórico, despertó el interés de las élites culturales desde el siglo XlX. Momento en que el espíritu romántico, necesitado de evadirse del aliento rancio, la rigidez y el refinamiento artificialmente construido, acogió estas manifestaciones como la posibilidad de reencontrar su verdadero yo, la esencia prístina del pensamiento humano, la oportunidad de un renacer cultural. Este es uno de los momentos en que la gran cultura, entronizada por siglos y siglos de reflexión, frente a su propio agotamiento, sintió la necesidad de ver en el lago algo más que su propio reflejo y se lanzó a la búsqueda del otro.  

Los románticos se acercaron a lo popular, clasificaron y coleccionaron en los museos todo aquello que motivó su interés durante el estudio de estas formas culturales. Objetos seleccionados según sus propios patrones de pensamiento, extrañados de su ambiente natural, despojados de su funcionalidad ofrecían una visión parcial y ficticia de la realidad que intentaron apresar. Recolocados como objetos artísticos, un nuevo discurso los acompañó alejándolos de su interpretación original. Iniciando así el gran cúmulo de conocimientos mutilados, enfoques y análisis errados que poseemos hoy sobre el tema de la cultura popular. Preciso es señalar que aún se emplea similar proceder en muchas de las investigaciones y proyectos artísticos actuales vinculados a ella. 

Este “descubrimiento” formó parte del proceso de revisión y redefinición de la cultura occidental, de relativización de conceptos otrora líderes, como desarrollo y evolución, cuyo status de verdad absoluta se ha ido difuminando hasta borrarse por completo en algunas áreas. La estrategia inclusivista hegemónica adopta los patrones culturales periféricos, resignificándolos, y de ellos toma lo que le es afín y puede explotar desde su visión. Por tanto lo que busca no es reconocer la existencia de lo otro como un identidad cultural diferenciada sino reconocerse a sí misma.  

Es preocupante la impunidad con que el saber elitista hace suyas las producciones espirituales y materiales de las culturas populares, sin reconocer realmente los valores de las mismas que con frecuencia desconocen el funcionamiento de los mecanismos de control y explotación a que están siendo sometidas. Estas culturas no tienen clara conciencia de su existencia, ni poseen los medios para resistir adecuadamente.  

En el campo teórico, los intentos por apreciar esta situación, no digamos equilibrarla o revertirla, son escasos e inseguros. Llegan desde estudiosos de la cultura, formados en academias y museos, cuya perspectiva está inevitablemente influenciada desde su base por los presupuestos emanados desde el centro. 

La llamada “Teoría Poscolonial” persigue como objetivo romper con los presupuestos colonialistas que guían muchos de los proyectos políticos y culturales provenientes de Europa y Estados Unidos; aprende de ellos y los transforma, para analizar los mecanismos de control del poder hegemónico y organizar una resistencia cultural auténtica, basada en sus propios términos. Frantz Fannon, Aimé Césaire, Roberto Fernández Retamar, Fernando Ortiz y José Martí son exponentes del discurso poscolonial en América. Esta búsqueda de las raíces y de la identidad se articula, aunque no siempre de forma explícita, sobre el exterminio de los aborígenes. En el caso específico del Caribe no existe un discurso genuinamente nativo al ser esta un área de pueblos transplantados, cuya matriz auténtica fue exterminada.  

El no tener un referente real y vivo de lo autóctono aborigen ha conducido a la región caribeña a reconocerse en las prácticas, tradiciones y costumbres llegadas con los diversos pueblos que han nutrido y conformado el concepto de identidad cultural. Consideraciones oportunas de ser señaladas pues el tema indigenista es piedra angular de la cultura popular y continúa enriqueciendo el debate en torno a ella –si bien es un fenómeno que se desenvuelve en su propio tiempo–, con características muy particulares en cada zona geográfica.  

Actualmente, la cultura popular es un concepto que se extiende hacia todo lo no hegemónico, que ha ido definiéndose a partir de lo que no es con respecto a la cultura de élite, integrándose a ese otro que tanto magnetismo posee en el mundo contemporáneo.  

Lo popular se asocia generalmente a la condición de periferia en oposición al centro. Sin embargo esto es una distinción arbitraria y sin asidero objetivo, pues la subalternidad se expresa una condición de dominación de la que debemos tomar conciencia quienes participamos en ella, elaborar las estrategias correspondientes para nuestra afirmación cultural y propiciar el resurgimiento de una producción simbólica propia. Los movimientos de recuperación cultural e identitarios buscan romper con estas relaciones de poder, enarbolando su cultura como algo valioso frente a la hegemónica que pretende trasladar su ideología.  

Subalterna, entonces, no es un término apropiado para calificar una cultura, puesto que es la expresión de una falsa relación de poder impuesta que no debe ser perpetuada; donde las denominaciones son dictadas desde el centro, y lo periférico se auto reconoce como marginal y subalterno al apropiarse de los conceptos, terminologías y formas de pensamiento que pertenecen a las culturas de élite. A través de estos filtros son estudiadas las culturas populares, sin lograr en la mayoría de los casos una aprehensión profunda del fenómeno.  

Lo popular se encuentra en una situación en la que todo su sistema simbólico está siendo derruido, suplantado, trasvasado. Mediante la penetración cultural se inhibe su natural desenvolvimiento y acelera su desintegración. Estas cuestiones, aunque son abordadas por algunos teóricos, son en realidad ajenas a la teoría del arte hegemónico, pues los teóricos latinoamericanos y caribeños manejan estas mismas terminologías y tratan de refuncionalizar las ideas del “centro”. No obstante, es preciso no pecar de un excesivo nominalismo y reconocer que el cuestionamiento de estos conceptos y su supresión del lenguaje teórico pudieran implicar también el no reconocimiento de la problemática que ellos señalan. Es necesario primeramente, o al menos en un proceso paralelo, realizar una transformación objetiva sobre la realidad. 

A esta dualidad centro-periferia se superpone la de campo de pertenencia-campo de referencia. Lo propio se asienta sobre la tradición, costumbres y objetos vinculados a un territorio que ha sido contexto de la gestación y desarrollo de una cultura, por lo tanto, además de ser un espacio físico, representa un espacio simbólico y encarna los ideales de esta cultura, la representa e identifica. Estos lazos que unen al individuo a un territorio específico son los que engendran las identidades más fuertes, más enraizadas. Las teorías modernas y postmodernas han servido a la cultura hegemónica como una eficaz herramienta para la expansión europea, al pretender abolir las fronteras físicas entre las naciones y desjerarquizar el papel del espacio físico en la conformación de la cultura; con ello pretenden diluir las identidades existentes en estos espacios. Así se abre camino a la suplantación cultural.  

En toda esta dinámica, el arte desempeña un papel fundamental en cuanto a la conformación del universo visual que poseen y defienden determinadas culturas. En esta nebulosa, el papel emancipatorio de la obra de arte se debilita. El ejercicio crítico es cada vez más divorciado de su entorno con tendencia a seguir los patrones universales impuestos por la teoría  postmoderna, por lo que la obra misma resulta cada vez más descontextualizada. La postmodernidad a la vez que sirve de instrumento para la instalación de los patrones culturales hegemónicos en todo el mundo, pretende lograr una cultura homogénea, unívoca, y dinamita esta pretendida unicidad  al relativizarlo todo. No existe una norma cultural o artística, la norma es que no hay norma. Esto, a la vez que propicia la inclusión de toda una heterogeneidad cultural, que es también aparente, reafirma la incertidumbre en que se encuentra hoy el rumbo de la humanidad.  

A pesar de todas las discrepancias, podemos sacar en claro que, en todo caso, la distinción centro-periferia adjudica a los territorios comprendidos en esta categoría, ciertas características no particulares de esos espacios, los coloca en una condición de atraso cultural que no es del todo cierta y contribuye a reafirmar la posición de poder de la cultura hegemónica, que se cree con el derecho de establecer significados y significantes, sin tomar en cuenta el discurso del otro –muchas veces ausente– que por no dominar el lenguaje y las estrategias de esta cultura dominante no puede defenderse en sus términos. Sencillamente no posee espacios donde manifestarse o cuenta con una teoría poco elaborada que no le permite desentrañar la situación en que se encuentra. Razones estas que en ningún caso justifican el proceder imperial de la cultura hegemónica.  

Los críticos de la subalternidad se limitan a rebatir el discurso hegemónico con argumentos más o menos débiles, pero lo esencialmente dañino es que no se preocupan de estimular el desarrollo de una teoría propia que les permita explicar y validar lo que les rodea. No logran organizar un discurso sustentado sobre el despliegue natural de la espiritualidad y las formas propias, un discurso que contextualice el fenómeno de manera adecuada. Muchos de ellos se manifiestan ante la cultura dominante en su condición de periféricos y se esfuerzan por ser reconocidos en sus espacios y admitidos dentro de esta élite de favorecidos con lo que legitiman ese centro y reafirman la condición de subalternidad de las culturas y pueblos que supuestamente representan.  

Estas confrontaciones son necesarias, pero resultan insuficientes cuando se juegan tan solo desde la mesa del “centro”, pues este para ser reconocido requiere de una subalternidad que se legitime como tal y represente el papel del otro, necesario al juego engañoso de la cultura dominante, que se nutre de un aparente pluralismo. Por otra parte carnavalizar la diferencia” aporta a la cultura hegemónica este necesario flujo de novedades que alimenta su ego, la hace sentirse superior, y proporciona cuantiosos ingresos al mercado. Además de la confrontación con el “centro” que debe tener siempre la intención de refutar la supuesta universalidad de mucho de sus patrones, no debe olvidarse del diálogo interperiférico, pues esta acción irá señalando el camino hacia lo verdaderamente universal. 

La subalternidad es frecuentemente refutada mediante acciones políticas, muy limitadas en su eficacia porque el resto de las esferas de la sociedad y el mercado no propician el florecimiento de lo propio, que debe ser capaz de trascender los condicionamientos económicos, políticos y sociales para lanzarse al orbe. 

Dada  la proliferación de imaginarios estéticos de la postmodernidad se hace necesario una alianza entre el arte culto y el arte popular. Alianza en la que los ilustrados deberán abandonar su elitismo y las masas recuperar el control de su sistema simbólico, rechazando las representaciones folkloristas que de sus tradiciones y costumbres hace la cultura dominante, llevando a cabo un verdadero proceso de descolonización. Este diálogo entre la tradición y la modernidad permitirá a los sectores populares reconstruir su cultura y arribar a su propia modernidad.


Herón Martínez- Árbol de la Vida - Puebla - México - 1975   Teodora Blanco - Mona - Oaxaca -1974
     
Anónimo - Capilla - Perú - 1972   Grupo productor mestizo - Árbol de la Vida - Metepec, México - 1993