El fenómeno
de lo popular, espontáneo, folklórico, despertó el interés de las
élites culturales desde el siglo XlX.
Momento en que el espíritu romántico, necesitado de evadirse del
aliento rancio, la rigidez y el refinamiento artificialmente construido,
acogió estas manifestaciones como la posibilidad de reencontrar
su verdadero yo, la esencia prístina del pensamiento humano, la
oportunidad de un renacer cultural. Este es uno de los momentos
en que la gran cultura, entronizada por siglos y siglos de reflexión,
frente a su propio agotamiento, sintió la necesidad de ver en el
lago algo más que su propio reflejo y se lanzó a la búsqueda del
otro.
Los románticos
se acercaron a lo popular, clasificaron y coleccionaron en los museos
todo aquello que motivó su interés durante el estudio de estas formas
culturales. Objetos seleccionados según sus propios patrones de
pensamiento, extrañados de su ambiente natural, despojados de su
funcionalidad ofrecían una visión parcial y ficticia de la realidad
que intentaron apresar. Recolocados como objetos artísticos, un
nuevo discurso los acompañó alejándolos de su interpretación original.
Iniciando así el gran cúmulo de conocimientos mutilados, enfoques
y análisis errados que poseemos hoy sobre el tema de la cultura
popular. Preciso es señalar que aún se emplea similar proceder en
muchas de las investigaciones y proyectos artísticos actuales vinculados
a ella.
Este “descubrimiento”
formó parte del proceso de revisión y redefinición de la cultura
occidental, de relativización de conceptos
otrora líderes, como desarrollo y evolución, cuyo
status de verdad absoluta se ha ido difuminando hasta borrarse por
completo en algunas áreas. La estrategia inclusivista
hegemónica adopta los patrones culturales periféricos, resignificándolos,
y de ellos toma lo que le es afín y puede explotar desde su visión.
Por tanto lo que busca no es reconocer la existencia de lo otro
como un identidad cultural diferenciada sino reconocerse a sí misma.
Es preocupante
la impunidad con que el saber elitista hace suyas las producciones
espirituales y materiales de las culturas populares, sin reconocer
realmente los valores de las mismas que con frecuencia desconocen
el funcionamiento de los mecanismos de control y explotación a que
están siendo sometidas. Estas culturas no tienen clara conciencia
de su existencia, ni poseen los medios para resistir adecuadamente.
En el campo teórico,
los intentos por apreciar esta situación, no digamos equilibrarla
o revertirla, son escasos e inseguros. Llegan desde estudiosos de
la cultura, formados en academias y museos, cuya perspectiva está
inevitablemente influenciada desde su base por los presupuestos
emanados desde el centro.
La llamada “Teoría
Poscolonial” persigue como objetivo romper con los
presupuestos colonialistas que guían muchos de los proyectos políticos
y culturales provenientes de Europa y Estados Unidos; aprende de
ellos y los transforma, para analizar los mecanismos de control
del poder hegemónico y organizar una resistencia cultural auténtica,
basada en sus propios términos. Frantz
Fannon, Aimé
Césaire, Roberto Fernández Retamar,
Fernando Ortiz y José Martí son exponentes del discurso poscolonial
en América. Esta búsqueda de las raíces y de la identidad se articula,
aunque no siempre de forma explícita, sobre el exterminio de los
aborígenes. En el caso específico del Caribe no existe un discurso
genuinamente nativo al ser esta un área de pueblos transplantados,
cuya matriz auténtica fue exterminada.
El no tener un
referente real y vivo de lo autóctono aborigen ha conducido a la
región caribeña a reconocerse en las prácticas, tradiciones y costumbres
llegadas con los diversos pueblos que han nutrido y conformado el
concepto de identidad cultural. Consideraciones oportunas
de ser señaladas pues el tema indigenista es piedra angular de la
cultura popular y continúa enriqueciendo el debate en torno a ella
–si bien es un fenómeno que se desenvuelve en su propio tiempo–,
con características muy particulares en cada zona geográfica.
Actualmente, la
cultura popular es un concepto que se extiende hacia todo lo no
hegemónico, que ha ido definiéndose a partir de lo que no es
con respecto a la cultura de élite, integrándose a ese otro
que tanto magnetismo posee en el mundo contemporáneo.
Lo popular se
asocia generalmente a la condición de periferia en oposición al
centro. Sin embargo esto es una distinción arbitraria y sin asidero
objetivo, pues la subalternidad se expresa
una condición de dominación de la que debemos tomar conciencia quienes
participamos en ella, elaborar las estrategias correspondientes
para nuestra afirmación cultural y propiciar el resurgimiento de
una producción simbólica propia. Los movimientos de recuperación
cultural e identitarios buscan romper
con estas relaciones de poder, enarbolando su cultura como algo
valioso frente a la hegemónica que pretende trasladar su ideología.
Subalterna, entonces,
no es un término apropiado para calificar una cultura, puesto que
es la expresión de una falsa relación de poder impuesta que no debe
ser perpetuada; donde las denominaciones son dictadas desde el centro,
y lo periférico se auto reconoce como marginal y subalterno al apropiarse
de los conceptos, terminologías y formas de pensamiento que pertenecen
a las culturas de élite. A través de estos filtros son estudiadas
las culturas populares, sin lograr en la mayoría de los casos una
aprehensión profunda del fenómeno.
Lo popular se
encuentra en una situación en la que todo su sistema simbólico está
siendo derruido, suplantado, trasvasado. Mediante la penetración
cultural se inhibe su natural desenvolvimiento y acelera su desintegración.
Estas cuestiones, aunque son abordadas por algunos teóricos, son
en realidad ajenas a la teoría del arte hegemónico, pues los teóricos
latinoamericanos y caribeños manejan estas mismas terminologías
y tratan de refuncionalizar las ideas
del “centro”. No obstante, es preciso no pecar de un excesivo nominalismo
y reconocer que el cuestionamiento de estos conceptos y su supresión
del lenguaje teórico pudieran implicar también el no reconocimiento
de la problemática que ellos señalan. Es necesario primeramente,
o al menos en un proceso paralelo, realizar una transformación objetiva
sobre la realidad.
A esta dualidad
centro-periferia se superpone la de campo de pertenencia-campo de
referencia. Lo propio se asienta sobre la tradición, costumbres
y objetos vinculados a un territorio que ha sido contexto de la
gestación y desarrollo de una cultura, por lo tanto, además de ser
un espacio físico, representa un espacio simbólico y encarna los
ideales de esta cultura, la representa e identifica. Estos lazos
que unen al individuo a un territorio específico son los que engendran
las identidades más fuertes, más enraizadas. Las teorías modernas
y postmodernas han servido a la cultura hegemónica como una eficaz
herramienta para la expansión europea, al pretender abolir las fronteras
físicas entre las naciones y desjerarquizar el papel del espacio
físico en la conformación de la cultura; con ello pretenden diluir
las identidades existentes en estos espacios. Así se abre camino
a la suplantación cultural.
En toda esta dinámica,
el arte desempeña un papel fundamental en cuanto a la conformación
del universo visual que poseen y defienden determinadas culturas.
En esta nebulosa, el papel emancipatorio
de la obra de arte se debilita. El ejercicio crítico es cada vez
más divorciado de su entorno con tendencia a seguir los patrones
universales impuestos por la teoría
postmoderna, por lo que la obra misma resulta cada vez más
descontextualizada. La postmodernidad
a la vez que sirve de instrumento para la instalación de los patrones
culturales hegemónicos en todo el mundo, pretende lograr una cultura
homogénea, unívoca, y dinamita esta pretendida unicidad
al relativizarlo todo. No existe
una norma cultural o artística, la norma es que no hay norma. Esto,
a la vez que propicia la inclusión de toda una heterogeneidad cultural,
que es también aparente, reafirma la incertidumbre en que se encuentra
hoy el rumbo de la humanidad.
A pesar de todas
las discrepancias, podemos sacar en claro que, en todo caso, la
distinción centro-periferia adjudica a los territorios comprendidos
en esta categoría, ciertas características no particulares de esos
espacios, los coloca en una condición de atraso cultural que no
es del todo cierta y contribuye a reafirmar la posición de poder
de la cultura hegemónica, que se cree con el derecho de establecer
significados y significantes, sin tomar en cuenta el discurso del
otro –muchas veces ausente– que por no dominar el lenguaje y las
estrategias de esta cultura dominante no puede defenderse en sus
términos. Sencillamente no posee espacios donde manifestarse o cuenta
con una teoría poco elaborada que no le permite desentrañar la situación
en que se encuentra. Razones estas que en ningún caso justifican
el proceder imperial de la cultura hegemónica.
Los críticos de
la subalternidad se limitan a rebatir
el discurso hegemónico con argumentos más o menos débiles, pero
lo esencialmente dañino es que no se preocupan de estimular el desarrollo
de una teoría propia que les permita explicar y validar lo que les
rodea. No logran organizar un discurso sustentado sobre el despliegue
natural de la espiritualidad y las formas propias, un discurso que
contextualice el fenómeno de manera adecuada.
Muchos de ellos se manifiestan ante la cultura dominante en su condición
de periféricos y se esfuerzan por ser reconocidos en sus espacios
y admitidos dentro de esta élite de favorecidos con lo que legitiman
ese centro y reafirman la condición de subalternidad
de las culturas y pueblos que supuestamente representan.
Estas confrontaciones
son necesarias, pero resultan insuficientes cuando se juegan tan
solo desde la mesa del “centro”, pues este para ser reconocido requiere
de una subalternidad que se legitime como
tal y represente el papel del otro, necesario al juego engañoso
de la cultura dominante, que se nutre de un aparente pluralismo.
Por otra parte “carnavalizar la diferencia” aporta a la cultura hegemónica
este necesario flujo de novedades que alimenta su ego, la hace sentirse
superior, y proporciona cuantiosos ingresos al mercado. Además de
la confrontación con el “centro” que debe tener siempre la intención
de refutar la supuesta universalidad de mucho de sus patrones, no
debe olvidarse del diálogo interperiférico, pues esta acción irá señalando el camino
hacia lo verdaderamente universal.
La subalternidad
es frecuentemente refutada mediante acciones políticas, muy limitadas
en su eficacia porque el resto de las esferas de la sociedad y el
mercado no propician el florecimiento de lo propio, que debe ser
capaz de trascender los condicionamientos económicos, políticos
y sociales para lanzarse al orbe.
Dada la proliferación de imaginarios estéticos de
la postmodernidad se hace necesario una
alianza entre el arte culto y el arte popular. Alianza en la que
los ilustrados deberán abandonar su elitismo y las masas recuperar
el control de su sistema simbólico, rechazando las representaciones
folkloristas que de sus tradiciones y costumbres hace la cultura
dominante, llevando a cabo un verdadero proceso de descolonización.
Este diálogo entre la tradición y la modernidad permitirá a los
sectores populares reconstruir su cultura y arribar a su propia
modernidad.