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| David Alfaro Siqueiros - El Coronelazo (fragmento) - 1945 |
A lo largo del siglo XIX
e inicios del XX, en México y tal como ocurría en Europa y el
resto de América, no sólo Latinoamérica, el consumo y distribución
del arte contemporáneo, se canalizaba a través de librerías, aparadores
de boutiques, casas
de antigüedades, locales comerciales alquilados para una exposición
específica, casas-habitación privadas transmutadas por breve tiempo
en galerías informales, etcétera. Por lo general, se trataba de
eventos organizados de manera aleatoria y circunstancial, en los
que no necesariamente el objetivo primordial era la realización
de transacciones de compra-venta. La escasez de espacios para
la exhibición del arte de factura reciente era, por decir lo menos,
proverbial. Además del mercado informal,
numerosas negociaciones comerciales de plástica contemporánea
se realizaban en el contexto de las exposiciones anuales de alumnos
de Si bien la circulación
de objetos artísticos adolecía de ciertas restricciones, puesto
que la mayoría de los espacios de exhibición no se dedicaban a
ello de manera permanente, ni los corredores de arte o dealers
eran profesionales, es posible constatar que un pequeño mercado
operaba de manera regular. Era evidente cierto interés por degustar
y consumir el arte contemporáneo local. Así mismo, la crítica
de arte, aunque reducida en comparación con la que se practicaría
en la medianía del siglo XX, también era una práctica regular
desde muchas décadas atrás.
[1]
Reitero: si bien de manera
fortuita se montaban exposiciones temporales en sedes no oficiales,
en cuyas paredes se colocaba la producción artística del modernismo
de inicios de siglo XX, es importante destacar que los emprendedores
gestores no pretendían limitarse a un círculo concreto de amigos
o conocidos, ya que las noticias de las inauguraciones se daban
a conocer en revistas y periódicos de la época, quienes, además
de adquirir imágenes para ilustrar sus impresos, convocaban con
frecuencia a concursos artísticos.
[2]
De cualquier forma, la moderada demanda interna explica,
en parte, la escasez de galerías o de establecimientos profesionales.
Sin duda, los hábitos de operación más frecuentes para hacerse
de obras –por parte de coleccionistas o interesados esporádicos–
era mediante trato directo
con los creadores. Por esa época, destaca
la activa participación de algunas librerías, siendo el prototipo
la muy renombrada Biblos, de la que era dueño el bibliófilo
y promotor cultural Francisco Gamoneda, no por casualidad uno
de los primeros coleccionistas del pintor José Clemente Orozco.
La relación entre el comercio de arte y las librerías como espacio
de exhibición y venta tiene su máximo exponente en Alberto Misrachi
Battino (m. en 1963), en cuya librería –instalada en el corazón
del centro histórico de la ciudad de México y a la que nombró
Central de Publicaciones– desde los años treinta se colocaron
para su venta, piezas de pequeño formato. De manera progresiva,
la importancia que fue cobrando la exhibición y comercialización
del arte hizo que Misrachi decidiera crear un espacio exclusivo,
Misrachi se profesionalizó
aunque no invirtió toda su energía comercial en el arte. En este
sentido, es un precursor que generosamente contribuyó a formar
a quien sí se desempeñó como galerista profesional: Inés Amor,
quien desde pocos meses después de su fundación, en 1935, dirigió
Consumo de un arte oficial A inicios de los años
veinte emergió aquel movimiento artístico que por tradición se
conoce como Escuela Mexicana de Pintura
[4]
y un incipiente mercado surgió alrededor de sus piezas
transportables. A pesar de contar con el apoyo del poderoso aparato
cultural estatal, fue casi unánime el inicial rechazo de la crítica
y de los usuales consumidores de arte, de manera que fue lento
y nada lineal su proceso de posicionamiento entre avispados miembros
de la sociedad que la aceptaron al grado de consumirla. Su mercado
al principio de concentró en un reducido grupo de la elite intelectual
y política, pero se fue ampliando hacia la burguesía en la medida
en que avanzaba la década de los treinta y ya para finales de
los años cuarenta se había fortalecido gracias a su amplia demanda
en sectores de clase media alta. La difícil aceptación
de un naciente movimiento estético es un fenómeno conocido; en
cualquier sociedad lo novedoso causa rechazo o al menos desconfianza,
de manera que sólo un grupo de audaces iniciados en arte lo patrocinan
y difunden hasta que se consolida como opción comercial y, en
parte por imitación, la burguesía en pleno se aboca a adquirirlo,
ya sin correr riesgos económicos o sin el temor de caer en el
ridículo por sus consumos culturales. Es así que el tránsito de
la marginalidad hacia la hegemonía de una propuesta artística
puede realizarse a largo plazo. En el caso de los pintores adscritos
al muralismo se invirtieron casi tres décadas en el proceso. En consecuencia, de entre
los años veinte a finales de la segunda guerra mundial, sustentar
el mercado de arte moderno mexicano fue una operación que recayó
prácticamente en el consumidor norteamericano. De hecho, desde
Ya en la década de los
cuarenta, con la articulación de la guerra fría como política
oficial, interna y externa, instrumentada desde el gobierno norteamericano,
el politizado arte moderno mexicano poco a poco fue colocado en
la marginalidad de sus consumos estéticos; fue entonces cuando
las clases altas mexicanas ocuparon el vacío dejado por los estadounidenses
y se dieron a la tarea de acumularlo y exhibirlo en sus opulentas
mansiones, con acentuado orgullo nacionalista. Si bien coleccionar arte
moderno, en sus inicios no reportaba beneficios económicos inmediatos
ni equivalía a adquirir de manera rápida prestigio o distinción
social, poco a poco se resignificó a la luz del nacionalismo oficializado
que el Estado mexicano se encargaba de apuntalar. De allí que
la burguesía local, al adquirirlo, hiciera suyas las bases de
una política cultural diseñada desde las altas esferas políticas.
Esto generó una de las transformaciones más radicales en cuanto
al tipo de consumo artístico. El gusto hasta entonces hegemónico
privilegiaba objetos de fácil degustación, por ser piezas de ornato
con temáticas ligth
y técnica pictórica que privilegiaba coloridos suaves y armónicos;
destacándose el prestigiado arte antiguo europeo, con predominio
del academicista y en géneros como el paisaje y las naturalezas
muertas. El auge del nacionalismo y la repulsa a la tradición
eurocentrista contribuyó de manera esencial a tal transmutación
del gusto doméstico. Estado-mecenas v.s mercado
libre Como ya destaqué, el movimiento
muralista fue prohijado por un mecenazgo oficial que permitió
a los pintores realizar múltiples proyectos en espacios públicos,
contribuyó a prestigiarlos dentro y fuera del país y, por supuesto,
los promocionó como la cumbre del arte nacional, estrategia a
través de la cual el régimen posrevolucionario buscaba fortalecer
su imagen política y legitimar su ejercicio de poder. No obstante, aunque desde
la esfera oficial se respaldó directamente la producción de murales
en edificios públicos, no intervino más que circunstancialmente
en las áreas de comercialización o adquisición de la producción
plástica en formatos transportables. Por ello, los creadores tuvieron
que adoptar sistemas mixtos: algunos, como Orozco, priorizaban
la ejecución de murales por encargo pero destinaban una parte
de su producción en óleo a un mercado que en la mayoría de los
casos apenas podía coadyuvar a la satisfacción de sus necesidades
básicas, pero con lo cual podían dedicarse exclusivamente a la
creación artística; en otros casos (Antonio Ruíz o Julio Castellanos)
daban prioridad al desempeño de puestos en la burocracia cultural
o educativa, dentro de las dependencias oficiales, marginando
su trabajo artístico y con ello manteniéndolo casi en el ámbito
de lo privado. No obstante, la mayoría, realizó incursiones temporales
en la administración pública y prefirió mantenerse independiente
una vez que la comercialización de su trabajo alcanzó cierta estabilidad:
José Chávez Morado, Roberto Montenegro, Rufino Tamayo, entre ellos.
Queda claro que el patrocinio
estatal –por lo general mediante encargos concretos o vía becas
encubiertas–
[6]
no podría ser
la única fuente de ingresos de los creadores plásticos, en ninguno
de los casos, aunque cabe destacar que con su apoyo contribuía
a que éstos no se sujetaran exclusivamente a sus inconsistentes
ventas al público. Por otro lado, a través de sus contratos con
diferentes instituciones gubernamentales, los artistas obtenían
renombre y visibilidad social. En la práctica, el patrocinio oficial
se sostuvo, con altibajos, hasta apenas transcurrida la medianía
del siglo, si bien en el discurso oficial se mantuvo hasta finalizar
la centuria pasada. Lo que escasamente se practicó fue el consumo
estatal del arte contemporáneo para la consolidación de las colecciones
públicas. El afamado pintor Diego
Rivera lamentó la dependencia del artista al mercado tanto como
la falta de adquisiciones estatales, esto a pesar de que su producción
no adolecía de falta de demanda y que se le acusaba de fabricar
a destajo, prioritariamente con criterios económicos. En una entrevista
de 1956, después de un viaje a Todo artista
es libre de vender sus cuadros a quienes quiera y como quiera
y hay galerías destinadas a la venta. Ése no es, ni mucho menos,
el mercado central para los artistas soviéticos. Un cuadro realizado
para una exposición es pagado y posteriormente el Estado dispone
de él. Las exposiciones recorren incesantemente todo el inmenso
territorio de Poco antes, David Alfaro
Siqueiros había explicado que si bien la burocracia soviética
adquiría una abultada porción de la producción de sus artistas,
un buen porcentaje permanecía embodegada. Y, en cuanto al panorama
nacional, manifestó su rechazo e indignación por la apremiante
situación vivida por la mayoría de los pintores mexicanos, quienes
sobrevivían en condiciones económicamente precarias, salvo algunas
excepciones. Exige, por consiguiente, un mayor compromiso gubernamental
y reitera su rechazo al comercio libre.
[8]
No obstante, la distancia entre el discurso
y los hábitos de funcionamiento de éste y algunos otros pintores
era abismal: gustaban de satanizar el mercado pero en realidad
trabajaban prioritariamente para él. Ciertamente por tales
condiciones, predominantes hasta mediados de los años cuarenta,
la mayoría de los artistas no lograron acumular un capital que
les garantizara solvencia económica por largos periodos, a pesar
del éxito, prestigio y reconocimiento que hubieran alcanzado dentro
del imaginario colectivo. Por su parte, la no disposición de presupuesto
para adquisiciones públicas llega hasta el día de hoy. Y eso a
pesar de que por aquellos años se trataba de precios bajos, si
los comparamos con los que alcanzaron pocos años después. Transformación del gusto
social Si bien el mecenazgo estatal,
como ocurre por lo general en materia de cultura, resultó insuficiente
para favorecer la producción artística de la época, no fue del
todo ineficaz en cuanto al fortalecimiento del mercado nacional.
No obstante, quienes modificaron el status quo fueron los compradores locales.
En una entrevista realizada en 1965, la galerista Inés Amor, declaró:
“Actualmente el comprador mexicano consume el cincuenta y hasta
el setenta por ciento de la producción pictórica, pero fue surgiendo
muy paulatinamente, muy tímidamente”.
[9]
La transformación del
gusto colectivo a favor de la corriente moderna, tuvo como consecuencia
inmediata una reorientación de la demanda. No obstante, esto ocurrió
cuando el movimiento moderno estaba en franca decadencia y no
pudo realizar una necesaria renovación en sus lenguajes plásticos
ni en sus anquilosadas temáticas. A partir de 1946 se consolidó
el mercado interno de arte moderno. Al finalizar 1946 señala entonces el
inicio del “gran auge” del mercado del arte interno. También marca
el inicio del periodo presidencial de Miguel Alemán, sexenio en
que se reajustaron las estrategias de difusión y divulgación del
arte, tanto en el ámbito local como internacional. Precisamente
entre 1947 y 1949, en el recién creado Museo Nacional de Artes
Plásticas, se realizaron las magnas exposiciones retrospectivas
de los considerados, desde aquel entonces, “cuatro grandes” pintores
mexicanos, lo que significó su consagración nacional.
[11]
La confirmación del poder simbólico del museo ubicado
en el Palacio de Bellas Artes, convertido en el
espacio de exhibición de mayor prestigio y poder legitimador en
el territorio nacional, ocurrió también durante ese sexenio. Otra de las diversas formas
en que se manifestó la protección oficial al sector artístico
fueron las reformas tributarias de 1947, que prohibieron la importación
de cierto tipo de piezas de arte –en concreto, pintura al óleo–,
y limitaron el ingreso de gráfica, al adjudicarle un impuesto
del 40% sobre su valor de compra, lo que contribuyó a que la burguesía
local se concentrara en los productos nacionales. Las autoridades
culturales apoyaron la reforma. La relación difusión-mercado no
escapaba a los funcionarios del INBA, quienes a raíz de la fundación
del citado instituto, decidieron ocuparse de la divulgación cultural:
“Lo que por años y años había venido sucediendo en México [era
que] los músicos componían piezas y los pintores pintaban cuadros
para guardarlos en un cajón (…). Se daba (…) el caso absurdo de
que el Estado gastaba gran cantidad de dinero en formar artistas,
y ni un centavo en hacer posible que éstos encontraran mercado”.
[12]
Además, la injerencia
directa de la burocracia cultural, en buena medida se articuló
a través del Salón de Binomio mercado-coleccionismo Cuando el mercado se fortaleció
y logró ser sostenido de manera primordial por las adquisiciones
de los consumidores internos, de manera natural se elevaron los
precios, según la ley de la oferta y la demanda. Como ya mencioné,
el mayor número de compradores –aunque muchos eran esporádicos–
responde al hecho de que en México fue consolidándose, como clase
social, un sector que se había enriquecido gracias a las condiciones
económicas generadas en el periodo posrevolucionario. También los políticos
y funcionarios públicos ocuparon un lugar especial por sus consumos,
aunque es necesario deslindar que formaron sus acervos como particulares,
no como miembros de la alta burocracia estatal, ya que desde sus
esferas de poder prácticamente no promovieron la creación de partidas
presupuestales para la adquisición de piezas y el fortalecimiento
de las colecciones oficiales. De esta forma, dichas
colecciones dependían para su incremento de algunas donaciones
o compras ocasionales, gracias a ofrecimientos a bajos costos
de familiares de artistas o coleccionistas particulares que buscaban
afanosamente la inclusión de sus posesiones en museos públicos.
Fuera de políticos de la élite,
los consumidores sistemáticos del arte realizado en México fueron
miembros de la burguesía comercial, financiera e industrial. Aquí
considero pertinente remarcar que los grupos sociales bajos y
medios, en la práctica, no se involucraron con el consumo artístico.
Ahora bien, el afianzamiento
del mercado interno hacia mediados de siglo, no tuvo como consecuencia,
ni inmediata ni mediata, el surgimiento de un sector claramente
distinguible de coleccionistas que se involucrara de manera intensa
en la consolidación de aquellas políticas culturales implementadas
desde las altas esferas del poder público; o que se comprometiera
con el fortalecimiento del ámbito artístico local más allá del
préstamo temporal de sus posesiones para su exposición pública,
como había ocurrido en estados Unidos durante el boom
del coleccionismo privado, desde finales del siglo XIX y la primera
mitad del XX. Así, de manera individual,
aunque no aislada, sólo algunos coleccionistas, aparte de formar
su colección, buscaron aplicar diversas estrategias para la difusión
y fomento del arte: Anita Brenner, Alberto J. Pani, Marte R. Gómez,
Carlos Pellicer, Alvar Carrillo Gil, entre otros. Los escasos
intentos de organización en colectivos que implicaran una participación
activa en la vida cultural y artística de México, como Ya en los cincuenta y
sesenta, seguían dominando el mercado los productos del trasnochado
arte moderno y pocos fueron los coleccionistas o compradores esporádicos
que dieron el giro y aceptaron los movimientos de vanguardia,
algunos de ellos de corte abstracto, que agruparon numerosos artistas
bajo el genérico de Ruptura:
Lilia Carrillo, Manuel Felguérez, José Luis Cuevas, Fernando García
Ponce, Pedro Coronel, Arnaldo Cohen, Arnold Belkin, Vlady, Roger
Von Gunten, etcétera. Las instituciones que
proporcionaron los espacios de exhibición para las manifestaciones
que rompían con la corriente moderna fueron las galerías privadas,
ya que la posición de la burocracia cultural estatal, por muchos
años, fue ambigua y hasta contradictoria con relación a las nuevas
propuestas. Por algunos lustros, no sólo se vivió la elección
entre el arte figurativo y el abstracto como una disyuntiva, también
lo fue el hecho de que se desdeñó la compra de arte contemporáneo
por el de los muralistas, décadas después de que las propuestas
de éstos perdieron la fuerza que caracteriza a todo movimiento
en su fase inicial. Por otra parte, desde
el país vecino del norte voces autorizadas exigían, para ellos
y para México, un arte ajeno a problemáticas sociopolíticas, siguiendo
una estrategia de poder.
[15]
Tal demanda se cubrió con el surgimiento del expresionismo
abstracto, fundamentalmente en Nueva York, y la presentación de
jóvenes artistas mexicanos en las exposiciones que nuestro país
diseñaba para el exterior, sea desde la línea estatal, con exposiciones
oficiales, o desde el ámbito comercial, con las galerías como
eficientes instauradoras de un nuevo mainstream: Antonio Souza, Juan Martín, Prisse, Proteo, Pecanis. Es
evidente que se impuso un cambio generacional y estético. La mayor dependencia de
los creadores hacia el mercado es probablemente un fenómeno de
los sesenta a la fecha, tanto como la lenta y difícil aceptación
hacia las nuevas vanguardias artísticas, patrocinados por una
nueva generación de marchands,
coleccionistas, críticos de arte y funcionarios culturales. Pero
esa es otra historia. * Investigadora del Cenidiap-INBA.
[1]
Para este tema véase, Manuel F.
Álvarez: Las pinturas
de
[2]
Un registro documentado de tales
eventos puede verse en Fausto Ramírez, Crónica de las artes plásticas en los años de López Velarde. 1914-1921,
México, IIE-UNAM, pp. 70, 82, 86, 91, 98-99, 106.
[3]
Véase: Geller, Luis,
Alberto J. Misrachi. El galerista. Una vida dedicada a promover
el arte de México, Edición de
Sylvia Misrachi, México, 1998, 201 p.
[4]
Cabe destacar que durante
la primera mitad del siglo XX predominó la concepción de una
escuela, con características comunes que uniformaban la producción
de los artistas; no obstante, la revisión historiográfica de
las últimas tres décadas ha confirmado que no existió tal, y
que dicho movimiento artístico fue mucho más heterogéneo de
lo que sus publicistas aceptaron.
[5]
Véase Jorge Alberto Manrique y Teresa
del Conde, Una mujer en
el arte mexicano. Memorias de Inés Amor, México,
IIE–UNAM, 1987, Colección
Cuadernos de Historia del Arte, núm. 37, p. 271.
[6]
A través de su registro en la nómina
cultural, por lo general dentro de la infraestructura del INBA,
para garantizarles un salario, aunque sin que tuvieran que desempeñar
funciones específicas.
[7]
Raquel Tibol, “Catorce
preguntas a Diego Rivera al regreso de
[8]
Raquel Tibol: “Formalismo
y formulismo. La polémica de Siqueiros en Europa”, México en
[9]
Blanca Haro, “Inés Amor y su gigantesco trabajo
de treinta años por la pintura mexicana”, Siempre!,
3 junio 1965, núm. 623, pp. XIV-XV
[10]
A principios de los
cincuenta el crítico de arte Antonio Rodríguez resumió así la
situación: “En Hollywood se establece un nuevo Santo Oficio
que investiga las simpatías ideológicas de los artistas, Chaplin
es expulsado de los Estados Unidos por comunista, los esposos
Rosenberg son electrocutados sin pruebas, en obediencia a un
plan general de terror; se establece el régimen de McCarthy.
En Estados Unidos se llevan a efecto conferencias y congresos
de directores de museos, jefes de galerías de arte y de críticos,
para imponer el abstraccionismo”; en “Balance de la pintura”,
Siempre!, 19 de diciembre de 1953, Vol. 3, núm. 26, pp. 44-45.
[11]
En 1947, las exposiciones
de José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, al año siguiente
la de Rufino Tamayo, y en 1949 la de Diego Rivera. Para ese
tema véase mi artículo: “Un palacio para el
movimiento pictórico mexicano. Coordenadas históricas de su
exhibición”, 70 años de artes plásticas en el Palacio de
Bellas Artes, México, Conaculta-INBA,
2004, p. 49-75.
[12]
Carlos Chávez: Dos años y medio del INBA, Dirección General,
Subdirección Departamento Administrativo-INBA, México, 1950,
p. 27.
[13]
Francisco Reyes Palma:
“Aproximaciones: 50 años de artes plásticas y política en México
(1934-1984), Plural. Revista cultural de Excélsior, México, parte I, núm. 200, mayo de 1988, p. 43.
[14]
Llamamiento a los artistas de México, Frente Nacional de Artes Plásticas, 1952. Microfilm
del archivo Fernando Leal del Cenidiap-INBA.
[15]
Véase a Serge Gilbaut,
De cómo Nueva York robó la idea del arte moderno, Mondadori,
Madrid, 1990, p. 342. |
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