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| Rafael Lozano-Hemmer- Caguamas Sinápticas, Subescultura 4 (frag.) - 2004 |
Para la teoría cultural y sus voces, la práctica del travestismo,
en tanto acto de negociación paródica, reconversión de la apariencia
exterior y subversión de paradigmas estabilizados por los discursos
autoritarios en una mezcla incomoda, supone una metáfora de lo
más elocuente para explicar procesos que tienen lugar en el panorama
del arte, la política y la cultura. Su convocatoria en el desmontaje
de ciertos procesos simbólicos marcados por la ambigüedad de sus
enunciados y la incongruencia fronteriza entre los estancos de
la realidad y la ficción, no ha hecho sino probar su alto poder
de rendimiento en su aplicación a fenómenos concretos del campo
artístico contemporáneo y sus (a ratos sórdidos) manejos institucionales.
En este sentido, viene a bien señalar que una de las características
más evidentes de ARCO es su condición travesti, o sea, su irrefutable
habilidad camaleónica –a veces peligrosa– de moverse entre situaciones
opuestas y hasta contradictorias, con la gracia que tributa el
buen camuflaje. Actuación, casi performática, que no sólo es privativa
de esta feria sino también de muchas instituciones culturales
españolas cuyas nomenclaturas de designación advierten más de
una paradoja y generan no pocos equívocos.
[1]
Sin ningún género de dudas, ARCO se sustenta sobre un diseño
operacional y unos perfiles estructurales sobradamente ambiguos
y deslizantes. De una parte, se define como una feria de arte
en el sentido más literal y duro de la compra-venta de objetos
que antes han sufrido el proceso habitual de convertirse en fetiches
coleccionables; de otro lado, su presunto espíritu y ansiedad
por aportar nuevas vías de investigación, renovados enfoques lectivos
para la práctica del arte y diagnosticar en lo posible nuevos
horizontes de comportamiento de los discursos estéticos, la homologan
–con las distancias presumibles, claro está– a las grandes y ya
clásicas bienales de arte en el resto del mundo, incluyendo aquí
las tenidas por periféricas. Esta dualidad de origen, que si bien y en un sentido favorable
puede conferir una mayor plasticidad a la feria y convertirla
no tan sólo en el burdo escenario de furtivas transacciones, complejiza
en mucho su recepción de cara a un público mayoritario no entrenado
en advertir, ni siquiera en percatarse, de que todo esa cartografía
planteada sobre la base de excesivas y arrogantes fragmentaciones
temáticas, geográficas, morfológicas y hasta conceptuales, son
el resultado de ejercicios especulativos (no siempre certeros
y lúcidos) de un grupo de comisarios y curators,
convocados para la ocasión. En los espacios de la feria se mezclan
con rabia tesis curatoriales, algo soberbias y por momentos esquivas,
con lo que me gustaría llamar zonas
blancas, entendiendo por éstas aquellas áreas donde no se
perciben o al menos se disimulan con más suerte las señas de los
comisarios, los nuevos gurús de turno en la mediación del gusto
y la elaboración de juicios de valor sobre el arte. No podemos negar que en la mayoría de los casos estos ejercicios
cartográficos con sus consecuentes parcelaciones del discurso
artísticos, (ya sea en virtud de criterios geográficos, plataformas
discursivas noveles, articulaciones estéticas comunes, poéticas
líderes, u otras razones de dudosa índole), provocan a ratos más
confusión e incertidumbre por su poder distraccional –previo pacto
mediático–, que sentido de coherencia y disfrute de las propuestas.
Cuando estos ejercicios curatoriales estimulan la capacidad de
disfrute y abren nuevas perspectivas de relación con el hecho
estético en sí y advierten de sus múltiples relaciones internas
con frecuencia ignoradas, entonces resultan más válidos y atendibles,
sobre todo cuando suponen un impacto crítico sobre quienes acceden
al azaroso terreno del arte contemporáneo. Sin embargo, viene
sucediendo como algo ya regular, que los mapas curatoriales propuestos
para el mega-espacio de la feria terminan por desviar la atención
del público del arte, generando un mar de dudas que muchas veces
son insalvables. Una rápida mirada, desde la complicidad concupiscente
de un ángulo voyeur,
a los rostros de muchos visitantes, aportaría suficiente información
para un ensayo de antropología social sobre la figura del despiste
inconfesado. ¿Hará falta replantear el modelo estructural de la feria a favor
de las voces de los comisarios?, ¿será en cambio prudente considerar,
desde un perspectiva crítica, hasta dónde resulta necesario un
ejercicio de especulación conceptual sobre la base de juegos semióticos
personales, que rara vez pueden ser corroborados en la práctica
misma del arte?, ¿sería prudente entonces demarcar a través de
un programa casi reglamentario las diferencias sustanciales entre
el comisariado dirigido hacia un centro de arte o una institución
cultural del tipo que sea y el que se piensa y diseña para el
espacio concreto de una feria de arte?, ¿resulta consecuente y
viable usar el espacio de la feria para escenificar tesis escriturales
que responden más a la arrogancia típica del universo ensayístico
que a la propia lógica de funcionamiento artístico?, ¿es acaso
tentador aprovecharse de una cobertura mediática como la que sin
dudas ofrece ARCO para proponer estrategias discursivas y declaraciones
programáticas con sello de autor, a espaldas de las verdaderas
motivaciones y fines concretos de la feria? En medio de estas
preguntas y con veintiseis
ediciones a cuesta, ARCO se pavonea con los recursos emblemáticos
que encarna la figura del travesti. Ensaya una actuación en la
que el doblez y la ambigüedad se explayan. Es feria y bienal a
un tiempo, espacio de negocios y de investigación, lugar de reflexión
exacerbada y de banalidad extrema. Es cara y cruz, rostro y máscara.
Por ejemplo, comparativamente hablando, en lo que concierne
a la visión genérica de la muestra, en la edición de 2005 se agradeció
el nivel de equilibro logrado entre los lenguajes y discursos
artísticos exhibidos, respecto a la hegemonía avasalladora de
los recursos y lenguajes provenientes del mundo audiovisual y
telemático reinantes en ARCO 04. Aquella pareció ser la feria
en la que, como condición para estar en ella, hubiera sido necesario
exponer proyectos y obras cuyas resoluciones formales estuvieran
mediatizadas por los diferentes registros del medio videográfico
y sus homólogos técnicos. En 2005, sin embargo se advirtió un aumento considerable de
la propuesta pictórica con todas sus modalidades al uso. Pintura
y más pintura, o pintura sobre pintura pareció ser el lema de
esa entrega, con todo y los guiños obvios que ello supone para
un tipo de coleccionismo conservador, sin el más mínimo complejo
de culpa y con declarado rechazo a todo tipo de riesgos. Los clásicos,
como llegó a plantearse en un principio, no brillaron por su ausencia
pero, y para bien, cedieron un terreno ya conquistado a propuestas
más jóvenes y menos conocidas, tanto de cara a los coleccionistas
como al público general. Sin demasiados alardes y con una presencia
nada desdeñable, menos aún sujeta a escamoteos posibles, los discursos
fotográficos (ya sean los tenidos por tradicionales o los que
se vinculan al hallazgo de nuevas formas de hacer expandiendo
los límites del género), hicieron sitio en el recorrido general
de ambos pabellones (7 y 9). Lo mismo habría que decir de la maltratada
instalación y de los muchos registros (algunos insospechados y
nostálgicos) de la poética objetual. Tanto la fotografía como
el objeto, este último validado por las premisas legitimadoras
del juicio crítico, no dejaron de desvelar su buena salud en un
panorama donde a cada rato se escuchan múltiples y antojadizas
declaraciones de defunción. Ya parece ser una moda o un claro
ardid para una fuerte y soberbia restitución posterior, el anuncio
premeditado de una muerte súbita. Relacionado con el orden estrictamente visual, siempre he pensado
que eventos de esta naturaleza, con una incuestionable cobertura
mediática muy amplia y una asistencia de público en extremo recurrente,
debieran estudiar, desde la mesura y el reposo, las relaciones
ciertamente complejas que median entre la calidad de una propuesta
y sus niveles o claros índices de efectismo. Cierto es que estamos
viviendo momento tremendos de banalización, fetichismos exagerados
y rotunda espectacularización de los productos culturales, incluyendo
en este sentido al arte mismo; pero las consecuencias de este
viraje ya están siendo notorias en múltiples registros del discurso
cultural contemporáneo. No se trata en modo alguno de que el arte
venga a suplantar la labor de otros frentes discursivos de hondas
implicaciones sociológicas y mayor compromiso político y cultural.
Sin embargo, habría que cuestionarse hasta qué punto la (re)producción
infinita de objetos (considerados obras de arte) deban seguir
el camino tan sólo del espectáculo retiniano previo abandono y
aborto de cualquier postura reflexiva o medianamente analítica.
La imagen cuya finalidad y propósito último se cifran en el más
lerdo de los goces retinianos será, quizás, vencedora en los terrenos
de la transacción bajo la nueva ideología del euro, pero hará
falta la convocatoria a otras visiones menos ilusas para re-escribir
el relato de un presente que tendrá (por fuerza de negación seudoposmoderna)
sus páginas de historia. Con razón explica Robert Storr, ante una pregunta que le formulara
Anna Maria Guasch, que en este mismo instante “estamos viviendo
la historia. Si queremos –entonces– dar testimonio de lo que está
ocurriendo y salvaguardarnos de las más nefastas de las posibles
consecuencias necesitaremos rotundas imágenes y un lenguaje incisivo
y eficaz”.
[2]
Lo que equivaldría a decir imágenes con trasfondo, sin engañosos ardides
conceptuales y recurrentes poses de ultra-modernidad. No se piense
por ello que ARCO ha estado ajena a la imagen soberbia y cuestionadora,
de declarada inclinación revisionista. Las ha habido y mucho,
pero la sensación de efectismo generalizado parece imponerse sobre
la elocuencia de obras que merecen ser escuchadas por medio de
un altavoz.
[3]
Ese ánimo espectacular que parece ser el amante perfecto de
este tipo de acontecimientos culturales, suele encontrar infinidad
de fórmulas para solventarse. Las nociones del exotismo y las
rarezas con denominación de origen subalterno, resultan de las
más usadas para atraer a un tipo de espectador deseoso de suplir,
con la mirada al arte, la imposibilidad de un viaje, aún en clase
turista. Habría entonces que preguntarse con absoluta honestidad
si este tipo de propuestas, que presuntamente se ocupan de espacios
que habitan bajo el signo de la marginalidad o bajo la hegemonía
de lo exótico, presupone un interés por satisfacer inquietudes
estrictamente artísticas o alimentar nuevas perspectivas de perfil
etnográfico. En este sentido, la edición de 2005, tomando como
país invitado a México (bajo la asistencia curatorial de Carlos
Ashia y Julián Zugazagoitia), generó un nivel de expectación que
tuvo su correlato en la sonada apertura mediática, con unos índices
de rendimientos hasta ahora inéditos. La sola inclusión con sello
protagónico de México por vez primera en la historia de la feria,
suposo ya una garantía de concurrencia de público más allá del
ejercicio de persuasión publicitario. No podemos ignorar que los
enunciados del tipo ‘”arte transnacional”, “diálogo intercultural”,
“estética de filiación etno/antropológica”, “cruces identitarios”,
“multiculturalidad”, o “sabor latino” arrastraron tras su oferta
un maremoto de diletantes e intelectuales astutos a la caza de
nuevos nombres y obras que luego serían correctamente fetichizadas. La perspectiva multiculturalista a la que nos tiene acostumbrados
ARCO, se intenta conseguir con la concurrencia (en algunos casos
no tan feliz) de galerías provenientes de contextos culturales
distantes. El acento geográfico resulta una nota de referencia
obligada (fragmentaciones aparte), en lo tocante al recorrido
por los pabellones. El panorama multicultural de la feria reconocía
propuestas traídas desde el lejano Extremo Oriente, sustantivando
las iniciativas de América Latina (Caribe incluido), pasando por
ejemplos puntuales de realidades más o menos complejas como la
canadiense, la irlandesa y la noruega, inestablemente representadas
según la opinión de algunos de sus comisarios. El desvelo por la otredad y su consecución a toda costa no queda
solo en los planteamientos estructurales y estratégicos del programa
general de la feria. Las secciones habituales y otras inéditas
han sido también escenarios para la caza de lo que se sospecha
exótico. Así visto, Nuevos Territorios (ARCO 05), antiguamente nombrado bajo los epígrafes
de Cutting Edge o Futuribles, han dejado el camino expedito
para la emergencia no solo de propuestas artísticas (que de ello
se trata), sino también de nuevas posturas vacilantes y de autolegitimación
respecto de lo diferente. La operatoria de representación en este
caso apela al carácter global y su presumible relación con lo
local. Y justo en esa apelación radica su espíritu de dispersión
incuestionable. En la propia nómina extendida de comisarios involucrados
en estos apartado (tantos casi como galerías incluidas), pudiera
hallarse alguna de las causas de estas miradas divergentes. Muchas
perspectivas críticas cruzadas que, lejos de orquestar un mapa
bajo unas coordenadas más o menos coherentes, desvela un tejido
transido por la atonía. Sin demasiados jolgorios, y en medio de
ese escenario, es posible advertir un predominio de lo pictórico
que hace entonces la suerte de relato estructurador que alcanza
a orientar al examen crítico. Este recorrido desde los enunciados
de la pintura y sus infinitas posibilidades de existencia, desde
el cuadro tradicional, pasando por la reflexión de énfasis ontológico
sobre el medio, hasta la pura autorreferencialidad discursiva,
sirvió para especular nuevos horizontes de comportamientos y reformular
la idea de que la pintura no ha muerto, ya que en verdad viene
muriendo hace varias décadas. Si partimos entonces del hecho de comparar esos Nuevos Territorios con lo ofrecido por anteriores ediciones, no resulta
difícil colegir que no aportan una modificación radical, contentiva
de nuevas miradas, de nuevos descubrimientos, de nuevas estrategias
de representación y visibilidad para la producción simbólica de
estas áreas. Hay muchas zonas de éstas que ya han sido presentadas
en España, no solo en ARCO, sino en otras ofertas expositivas,
por lo que la promesa de novedad sabe un tanto a eufemismo. Una nota distinta, o al menos con otras sonoridades, la aportó
el programa ARCO 05 Latino, comisariado por Antonio Zaya. En éste
se amalgamaron (valga la metáfora como reflejo de una realidad
cultural que el comisario ha estudiado en profundidad) galerías
provenientes tanto de islas caribeñas como de los mega-estados
continentales, incluidos México y Brasil. De este modo, se esbozó
un diálogo cruzado entre poéticas de diferente origen que, con
alguna excepción, alcanzaron unos parámetros de coherencia llegando
incluso a establecerse ciertos puentes de conexión entre unas
obras y otras a pesar de estar inscritas en galerías distintas.
Esto sin desatender que las apelaciones como arte latino, arte
marginal y más…, deben partir del hecho de considerar el uso de
tales nomenclaturas con declarada voluntad taxonómica, dado que
esbozarla en calidad de premisa analítica puede resultar rabiosamente
peligroso y conceptualmente vago. A fin de cuentas, estas producciones
pueden ser disfrutadas y entrar en un diálogo voraz con la cultura
contemporánea sin la exigencia de pasaportes y certificados de
origen.
[4]
Con mucho, y pese a cualquier desliz de los que aquí se han
comentado, nadie estaría en plena capacidad de juicio si intentara
negar la valía de esta feria. Sorteando el peligro que se supone
le merece ArtBasel (en sus dos versiones, Suiza y Miami), y confirmando
una voluntad introspectiva revisionista y de auto-corrección típica
del mejor de los travestis, ARCO continúa con fuerza por el escabroso
camino de promover, divulgar, generar y dimensionar la importancia
y el valor del arte contemporáneo, abriéndose en lo posible a
nuevas realidades y modelos inéditos de comercialización y de
mercado. Veamos, entonces, qué nuevos atuendos exhibirá en sus
próximas incursiones por la pasarela de la sedición
y el espectáculo.
[1]
En este sentido valdría la pena reparar, por
ejemplo, en una nomenclatura tan ambiciosa y contradictoria
como es la que reza: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
Sospecho que una buena parte de las críticas que se le han leído
sobre esta institución y su presunto carácter conservador y
poco arriesgado en términos curatoriales, se apoyan en esta
misma ambigüedad. Un museo nacional tiene unas funciones muy
claras y una demanda social muy específica, que no tiene porque
someterse a homologaciones de este tipo. Un centro de arte,
en cambio, tiene otras y muy concretas funciones que pueden
distar en mucho de las de un museo nacional, apostando más por
el arte y las prácticas culturales más contemporáneas y operando
sobre la base de otros mecanismos de representación y exhibición
del arte. Desde este punto de vista no sorprende entonces que
esta institución continúe siendo la diana de muchas miradas
revisionistas y sanciones críticas de perfil duro.
[2]
Tomado de entrevista a Robert Storr, Catedrático
de Arte Moderno del The Institute of Fine Arts de
[3]
En la edición de 2005, para seguir
con este ejemplo, y con el ánimo de evitar equívocos como el
que denuncia que si una obra se basa en la mofa y el comentario
de tono radical es de hecho un signo gratuito, quiero solo referir
aquí tres propuestas que desde ideologías y formulaciones distintas
devolvían a la mirada rotundas lecturas abiertamente críticas
y emancipadoras. Fueron, en aquella ocasión, las obras del uruguayo
Martín Sastre, del venezolano Alexander Apóstol y del artista
dominicano Jorge Pineda. Los tres, con apelaciones a medios
y lenguajes contrapuestos, fueron capaces de elaborar una propuesta
que, sin dar un espaldarazo al hedonismo de la apariencia, conseguía
llamar la atención sobre fenómenos álgidos relacionados con
las controvertidas relaciones de poder centro-periferia, cultura
ilustrada vs. cultura popular, consagración del aura-carnavalización
mediática, violencia infantil, desaciertos del discurso poscolonial
y parodia de la cultura contemporánea.
[4]
Consúltese al respecto mi texto Del
silencio al grito, publicado en ABC de ARCO, No. 1, 10 de
febrero de 2005. |
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