Explorar nuestra colección desde la individualidad de países con
una tradición artística tan asentada como Argentina siempre resulta
una experiencia enriquecedora.
La vanguardia argentina
de las primeras décadas del siglo XX fungió como hito para la Historia del Arte Latinoamericano
de la mano de increíbles intelectuales y artistas de la época.
Sin embargo, a partir
de los años sesenta descuella una nueva generación de artistas que
vinieron a renovar el panorama artístico argentino introduciendo,
conforme a los tiempos que se vivían, otras maneras de ver y concebir
el arte condicionadas por la toma de posición de muchos creadores
frente a la Institución Arte
y a los gobiernos de turno, lo que se denominó el Itinerario del ´68.
Esta radicalización
de algunos de los artistas −militantes
o no− trascendió al terreno de los
contenidos de las obras, destacando figuras como Ricardo Carpani
(Trelew, 1973), Antonio Seguí (Dictador II, 1964) o algunas series como
la de Juanito Laguna de Antonio Berni.
De igual forma, el grupo
la Nueva Figuración introdujo una mirada mucho más
fresca en el campo de la pintura, a ella pertenecieron Ernesto Deira, Rómulo
Macció, Luis
Felipe Noé y Jorge de la
Vega, sentando el camino que años después explotaría
Ana Eckell en su pieza El
otro yo y el Dr. Merengue 2 (1982)
o Rafael Bueno en la obra Con los ojos bien
abiertos (1983).
Pero es el campo del
happening, la intervención
pública y los enviroments que el arte argentino de las décadas 60 y 70 alcanzó
una mayor eficacia comunicativa, muy conectada con el contexto y
la huella de dos
extensas dictaduras militares acaecidas en los intervalos 1966-1973
y 1976-1983.
Por
desgracia este rico e interesante material solo es posible recuperarlo
a partir de fotos y la memoria de algunos de sus autores. No obstante,
conforman un acápite bien importante dentro de la historia del arte
en ese país.
Igualmente, desde fines de los 70 y durante la siguiente
década se desarrollaron también las líneas del abstraccionismo,
la geometrización y el arte cinético en figuras como Julio Le
Parc, León Ferrari (Troca, 1980) o Luis Quesada (El Arcoiris, 1986).
Asimismo, la pintura onírica o
fantástico-intimista (Guillermo Roux),
y entre otras vertientes los trabajos de Liliana Porter quien comenzó
con una indagación de las tensiones espaciales dentro del cuadro
(Arruga, 1970) para ya
en los ochentas derivar hacia una búsqueda más intimista, en la
que la memoria es clave para entender su propuesta.
La fotografía también cuenta con un espacio
muy especial dentro de la Colección Arte
de Nuestra América, destacándose el fotodocumentalismo
y la foto de prensa como un espacio de fuerte confrontación y denuncia
a finales de los años setenta y durante el proceso de democratización
en los 80.
Entre los fotógrafos más destacados presentes
en la colección sobresalen Diego Goldberg, Guillermo Loiacono, Daniel
García, Horacio Mucci, Roberto Pera y
Silvio Zucheri.
Ya en la década de 1990, la serie Desaparecidos, Premio Adquisición en la
6ta edición del Premio de Ensayo Fotográfico Casa de las Américas
1996, apuntaba a la necesidad de recuperar la memoria de aquellos
que desaparecieron víctimas de la barbarie durante las dictaduras,
pero también sirvió de homenaje discreto y no menos sentido que
aquel que la literatura, el cine y el teatro argentino contemporáneos
continúan rindiendo a los caídos y a la historia reciente de ese
país.