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Carlos Garaicoa: Buenas tardes, creo que la presentación de Kevin Power aquí
es importante, pues su influencia en el circuito artístico y académico
del mundo hispanoparlante* hace bastante tiempo ha sido reconocida tanto por
universidades españolas, europeas, como de América Latina y Estados
Unidos. En Cuba ha sido profesor adjunto del Instituto Superior de Arte
de Kevin Power: Muchas gracias Carlos, es un placer estar contigo y doy las gracias
a la Casa de las Américas por la invitación, y a la Embajada de España.
Trataré de hablar y de mostrarles algunas imágenes sobre artistas y
problemáticas que son interesantes para mí en la actualidad. En las últimas dos décadas no hemos dejado de hablar de la llamada “muerte
del arte”, y aún más, si cabe, de la “muerte de Hoy el arte ha salido del marco y el resultado ha sido un discurso nuevo cuya
inseguridad es transferible al arte mismo. Los artistas llevan tiempo,
en efecto, abandonando lo que consideran el marco rígido de los géneros
artísticos. Géneros, a su modo de ver, demasiado restrictivos. Aún más,
el público adapta su mirada, igualmente rígida, frente a tal marco.
Cada género, constituye un marco capaz de definir lo que podría o no
convertirse en arte. Sin embargo, el marco solía servir para mantener
al espectador a una distancia pasiva, desde donde cumple su papel de
espectador culto. ¿Qué es lo que ha cambiado? Pues hoy en día, por el
contrario, la gente no quiere apropiarse de la cultura para sí mismos,
prefieren un espectáculo colectivo. Quizás lo que está sucediendo en
estos momentos es que no es tan importante producir cultura, como reproducir
la de otros tiempos. Creo que nuestros deseos se encaminan más hacia
una cultura que nos divierta y no que nos instruya. Queremos lo que
se denomina, con demasiada asiduidad, espectáculo o una cultura espectacular,
en la que podemos participar. En consecuencia, los artistas tienden
a reproducir la historia del arte como algo performático, un remake, quizás incluso un ready-made,
una mezcla de nostalgia y libertad cuya intención es el rechazo de la
autoridad histórica del arte. Supuestamente, los artistas eran responsables
del futuro, y los historiadores del arte, del pasado. El arte ha dejado de ser un asunto elitista. Ahora tiene que representar una
identidad cultural en un contexto en el que las instituciones no logran
hacerlo. El arte actual no crea conflictos, sino que garantiza más bien
una zona no conflictiva; y en consecuencia, a los expertos no les queda
terreno para orientarnos sobre su significado. Por extensión, donde
no hay expertos no hay necesidad de un público culto. Se ha eliminado
su función. Hay una complicidad en la que los artistas tienen que abrir
los nuevos espacios críticos urgentemente. Lo que está sucediendo es
que estamos llegando, o quizás hemos llegado, a un clímax de desarrollo
caracterizado por una explosión en el número de artistas y galerías.
Una cifra que siempre me deja con la boca abierta, es que en Como antes mencioné, el progreso como meta en el arte ha cedido su lugar al
re-make: la mera repetición
de lo que se ha hecho antes, pero de otra manera. De este modo, cualquier
nueva manifestación no es mejor, pero a la vez no es peor, que lo que
ya se ha hecho. Se presenta como una reflexión sobre el arte previo,
es decir, las apropiaciones. Algo por supuesto, que el arte anterior,
moderno, no ha podido hacer sobre sí mismo. Los géneros proporcionaron
un marco más o menos sólido y coherente, pero frente a una situación
de interdisciplinariedad, las distinciones entre género se han matizado
tanto que han dejado de existir. No hay un único y exclusivo método
o procedimiento para una disciplina académica como En el siglo XX, hemos vivido momentos de agudos enfrentamientos entre la crítica
y el artista. De hecho, los soviéticos rechazaron cualquier arte que
no reflejara la sociedad tal y como querían entenderla. Los Constructivistas,
por su parte, no se inmutaban por las metas del Partido y seguían el
camino del arte puro. Naturalmente, pagaron las consecuencias. Sólo
hay que pensar en el caso de Tatlin que terminó en la extrema pobreza,
enfermo y abandonado por el régimen. De otro lado, los nazis se asustaban
al ver la cara fea y atroz, y prohibieron las muestras de los artistas
expresionistas. En este caso, los artistas realistas y los expresionistas,
estaban haciendo un acto de rebeldía, en contra de la estatización de
la política y de la vida, mientras que los fascistas la celebraban.
Hoy en día parece ser que lo que queremos celebrar es la banalidad de
una cultura de espectáculo y ensalzar los beneficios de una cultura
consumista. Quiero dejar absolutamente
claro que estoy tratando de analizar una situación y este análisis no
implica ni mucho menos darse totalmente por vencido. La complicidad
con una sociedad de consumo no implica la desaparición de una crítica
aguda dirigida en contra la misma. Se trata de desarrollar nuevas estrategias.
En el año 1955, Hoffman en su discurso inaugural de Otro momento clave para entender el papel del arte y de la historia del arte,
fue la muestra de Richard Hamilton en Londres en 1956, es decir, un
año después de esas declaraciones de Hoffman. Esta exposición se llamó
This is Tomorrow (Esto es mañana), hay
también un disco de jazz de Onet Coldman con el mismo título, un free jazz rompedor. Esta muestra proclama
la necesidad de un arte abierto a la cultura popular, es decir, absolutamente
contrario a la visión de Hoffman en Documenta que veía al pop art como contracultura. Pero éste no
fue una afirmación contracultural, sino más bien la definición fronteriza
entre high y low, es decir entre arte elitista y arte popular. Aquí tenemos el
momento histórico en que entra Europa se encuentra desde este momento desplazada a un segundo lugar, desde
el cual reacciona más que actúa. Sólo entonces los dos hemisferios toman
un curso simultáneo, pero se veía perfectamente que uno de los dos podía
quedarse y por supuesto fue el norteamericano. Entre las muchas razones
significativas, había una y era que las dos ofertas dependían en el
fondo del mismo mercado cuando sólo había lugar para una. A la medida
que la creación artística seguía acelerándose para responder a una demanda
cada vez más rápida y altamente caprichosa, la historia del arte escrita
se tornó inevitablemente más caótica. Se vio obligada a dar respuestas
continuas e improvisadas en el esfuerzo de mantenerse al día en lo que
estaba sucediendo. Sin embargo, el ritmo de cambios se hizo más corto
aunque paradójicamente se seguía aceptando el modelo establecido basado
en una relación histórica que parecía afincar de forma absurda algo
que con toda probabilidad no iba a durar más de dos o tres años. Quizás
el gesto más extravagante fue la aplicación desesperada de todas las
etiquetas “neo” a una serie de gestos mercantiles, más que movimientos,
en los años ochenta. Estoy refiriéndome a La nueva Historia del Arte en los noventa, que está empezando a fragmentarse
afortunadamente, ha americanizado, como era de esperar, los temas y
las metodologías. Esta pertenece al sistema americano por el poder de
distribución y las ventajas lingüísticas del inglés como idioma global.
Ahora, la crítica latinoamericana se erige como uno de los bloques de
resistencia más fuerte y más claramente articulados que hay
hasta que la crítica asiática imponga su voz –cosa que pronto
va a suceder, si no es que ya está sucediendo. Por mi parte, no estoy
muy seguro que se pueda narrar las dos aventuras, la europea y la norteamericana
en los mismos términos, y aún menos, por supuesto, la historia completa
del Modernismo latinoamericano, acabado o no, pero siempre tan particular
de un contexto tan específico. Tampoco hay que olvidar que las narraciones
de un país también se fragmentan étnicamente, regionalmente, ideológicamente,
etc. Lo que si es cierto es que los intercambios artísticos en el contexto
norteamericano siguen a una escala masiva, nunca conocida hasta ahora.
Sin embargo, los artistas involucrados mantienen visiones muy distintas
de lo que hacen, de cómo entienden la historia, de lo que significa
su obra y de cómo se interpelan uno a otro. La cultura occidental reclama
para sí misma la idea de libertad, con su ceguera habitual y ahora insultante.
En este contexto el protagonismo del papel del mercado emerge como el
heredero universal de la historia. Quizás deberíamos preguntarnos si es positivo o no exportar el arte occidental
al mercado del este de Europa y también preguntarnos por qué atrae tanto
la cultura occidental a la gente que vive allí o en otras partes del
mundo. Esta atracción deriva del hecho de que ha sido inaccesible en
Europa del Este y resulta irresistible, mientras que no se dan cuenta
de hasta qué punto no responde a sus exageradas esperanzas. Estamos
en una situación en que apenas podemos distinguir entre cultura y mercado.
La cultura en estos momentos es el cuarto negocio mundial, es decir,
la cultura es negocio. Los dos fenómenos son omnívoros y no hay manera
de discriminar entre uno y otro. El mercado se adapta y se ajusta. Por
ejemplo, en Rusia el arte progresivo, aislado durante tantos años de
un contacto público, se ha convertido ahora en algo casi tan oficialista
como el arte estatal anterior. Sus mecanismos siguen las mismas pautas
que las del mercado occidental. Una mera extensión menor hasta que se
desarrolle un mercado comparable. Sin embargo, la cultura occidental
no puede seguir expandiéndose gratuitamente en esos espacios sin enfrentar
a preguntas a las que en este momento no puede contestar. La identidad
occidental no quedará igual, una vez que haya perdido de vista la imagen
del enemigo real. Y de hecho ya hay algunos candidatos. Sobre todo,
Occidente no tiene derecho a sentirse elegido para representar una cultura
unificada. Las disparidades entre Este–Oeste no pueden ser eliminadas
sin dar lugar a nuevas diferencias y límites, los que cambiarán a su
vez al Oeste, este proceso ya está claramente en marcha. Hubo un momento
en que la disensión caracterizaba a los artistas vanguardistas, quienes
se dedicaban a atacar la cultura como signo de una burguesía educada.
Hoy en día, el disentimiento se encuentra más bien entre la audiencia
del arte, la cual exige que el arte represente las demandas de las minorías
y que los historiadores reescriban una narración en este sentido. Cuanto
más los grupos de minorías no reconocen la herencia cultural como suya
propia, menos están dispuestos a aceptar la imagen oficial de la misma.
No hace falta subrayar el hecho de que lo que nosotros llamamos Esta postura ya no se mantiene. En los EEUU de los años sesenta, los grupos
de minorías (feministas, los gays, afroamericanos, indios, etc) sospechaban
que la historiografía oficial había sido inventada. Exigieron una revisión
y, literalmente, desterraron otras narraciones de la modernidad. Los
intereses regionales reclamaron una revisión semejante. Estos tres factores
–feminismo, raza y regionalismo– tienen inmensas repercusiones pues
suceden a distintos ritmos y no forzosamente en el mismo orden de importancia,
según la cultura particular. En Latinoamérica, estos factores a menudo siguen sin narrarse de forma adecuada.
Es decir, en Argentina se mira muy poco lo que está sucediendo a nivel
de las poblaciones indígenas. Mientras que en Paraguay, por ejemplo,
en el Museo del Barro con la dirección de Ticio Escobar, se expone con
la misma importancia el arte popular, el arte indígena y el arte contemporáneo,
las tres vertientes artísticas que se están produciendo al mismo tiempo.
También debería añadir que el arte global que reclama la representación
de todas las culturas del mundo no puede hacer otra cosa que contribuir
a la desintegración de Hans Heisenberg argumenta que sólo Occidente elabora la retórica de “lo Universal”,
un concepto que no reconoce diferencias entre lo lejano y lo cercano,
y que sigue siendo un concepto absolutamente abstracto y no aplicable.
La tendencia de Occidente es esforzarse para asimilar todo lo que le
ponen en cuestión, concibiendo Davis Crint
quiso convertir el museo en la representación política de
la sociedad y lo atacó frontalmente como refugio agotado de un arte
herméticamente sellado. Criticó el empleo neoconservador del museo como
puesta en escena de un arte elitista, y también lanzó una crítica en
contra del Postmodernismo como el redescubrimiento de las viejas genealogías
del arte y una vuelta hacia un continuo interrumpido de un arte museológico.
Hoy en día, la mayoría de los museos no tratan de resistir
las presiones de una sociedad de consumo. El arte del museo puede ser
cualquier cosa y los museos tienen un papel pasivo, entrando así en
una relación peligrosamente íntima con el mercado. El museo consagra
artículos de consumo que se comercian simultáneamente en las ferias
del arte. Las instituciones ayudan a promocionar en un contexto en que,
a menudo, el arte no logra convencer en sus propios términos. La sociedad
europea depende de una cultura de privilegios y está resuelta a dar
crédito al arte si lo merece o no. Los precios sirven de índice de prestigio
y a menudo impiden al museo el poder comprar obras que ha promocionado
en su propia programación, lo que sucede con frecuencia. Los precios
están sujetos a las leyes del mercado y el arte aparece como mero artículo
de consumo con el cual podría especular cualquier persona, que es lo
que están haciendo. También los precios legendarios pueden entenderse
de otra manera como símbolos viables de un viejo mito de arte, símbolos
auráticos, ya perdidos por el arte mismo. Son consecuencia de una atención
que el arte mismo no logra despertar y lo remitifica. Cuando entramos
en el teatro del arte hoy, nos enfrentamos a dos tipos de demandas muy
distintas: la necesidad de información y el deseo de sorpresa. La primera
demuestra una falta de percepción sobre lo que está sucediendo en el
arte actual y lo que quiere decir. Una situación difícil de analizar
o valorar. Las exposiciones son textos enérgicos y nunca, o casi nunca,
información real, promocionan obras. La definición del arte contemporáneo
necesita, forzosamente, el horizonte de su propia historia, ya que es
esta historia quien lo explica. En un clima en que predominan los valores
mercantiles, el museo es un contenedor de los valores simbólicos, y
son estos valores los que suelen fascinarnos. Los museos son, demasiadas
veces, ferias de arte con los objetos de moda, y responden a las visiones
cambiantes de una escena artística atomizada. Sin embargo, siguen padeciendo
la falsa compulsión de canonizar lo que compran como si fuera el último
estado de las cosas; mientras que en el fondo solo sirven al mercado
de arte que se aprovecha directamente de esa canonización. Hay nuevas narrativas que rechazan plegarse a un sola Historia
del Arte predominante, la diversidad exposiva de nuestro mundo se encuentra
reflejada en la diversidad de opiniones e ideas. La mayoría, sin embargo,
siguen controlados por la cultura de medios de masas. Así vivimos una
tendencia, cada vez más notable, hacia una cultura no oficial en la
cual el concepto de arte es tan incierto como la creencia en el sistema
de una sola Historia del Arte. Tristemente, lo marginal no suele sobrevivir
y es por naturaleza vulnerable a la exportación. Del otro lado, suele
reproducirse. Las grandes narrativas maestras se han terminado y la historia
del arte contemporáneo no resiste ninguna representación de este tipo.
Los artistas liberados del peso de Como dice Baudrillard, la gente del Tercer Mundo constituye
el lado imaginario de la cultura occidental, y viceversa. El arte contemporáneo sigue siendo una experiencia nueva
en muchas culturas y tiene que ganar su espacio. Los ochenta y los noventa
han sido momentos de cambios sociales y culturales radicales, creando
generaciones que no tienen padres en su propio contexto. Muchos artistas
jóvenes han tenido que mirar afuera para encontrarlos, sabiendo que
para hacer un arte de interés ha que “matar al propio padre” de forma
consciente o no. Este momento es de retos tremendos y la situación es
magníficamente abierta y cerrada a la vez. Muchas gracias * Kevin
Power ha sido subdirector del Museo Nacional Centro de Arte Reina
Sofía, de Madrid, y actualmente es catedrático de Literatura Norteamericana
en
[1]
East Village y Chelsea son vecindarios de Manhattan
en la ciudad de Nueva York.
[2]
La exposición con el título Pablo Palazuelo:
1995-2005, se presentó en el Museo Nacional Centro de Arte Reina
Sofía en los meses de octubre de |
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