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Nuestra labor, en su mayor parte, es extemporánea y se
desarrolla incoherentemente sin producir casi nada perdurable que responda
al vigor de nuestras grandes facultades raciales. Apartados como estamos de las nuevas tendencias de sólida
orientación, a las que prejuiciosamente recibimos con hostilidad, adoptamos
de Europa únicamente las influencias fofas que envenenan nuestra
juventud ocultándonos los valores
primordiales: la anemia de Aubrey Beardsley, el preciosismo de Amán
Jean, el arcaísmo funesto de Ignacio Zuloaga, los fuegos artificiales
de Anglada Camarassa, los caramelos escultóricos de Bistofi, Queralt,
Benlliure,etc., todo ese artnouveau
comerciable, peligrosamente insinuante por su camouflage
y que tan espléndido mercado tiene entre nosotros(muy especialmente
el importado de España). De principios del siglo XIX a nuestros días, las manifestaciones
plásticas de España relevan una marcada decadencia; las últimas exposiciones
colectivas de Madrid, a las que concurrieron las fuerzas representativas
del arte contemporáneo, llenan el corazón de desencanto; arte literario
tradicional, arte teatral a manera zarzuela folklorista que por afinidad
de raza nos ha contagiado terriblemente. Sunyer, Picasso y Juan Gris,
tres españoles de genio y de su época, hace muchos años que tendieron
ávidamente los brazos a Cezanne y oyeron la voz cascada de Renoir. Felizmente surge en España un grupo de pintores y escultores que sienten la inquietud
del momento, inquieren, se libertan del peso enorme de su gran tradición
y se universalizan; grupo formado en su mayor parte por catalanes. Razonadamente acojamos todas las inquietudes espirituales
de renovación nacidas de Pablo
Cezanne a nuestros días: la vigorización sustancial del impresionismo,
el cubismo depurador por reductivo en sus
diferentes ramificaciones, el futurismo que aportaba nuevas fuerzas emotivas
(no el que intentaba aplastar ingenuidad el anterior proceso invulnerable),
la novísima labor revaloradora de “voces clásicas” (Dadá aún está en gestación); verdades
afluentes al gran caudal, cuyos múltiples
aspectos psíquicos encontraremos fácilmente dentro de nosotros mismos;
teorías preparatorias más o menos abundantes en elementos fundamentales, que han devuelto a
la pintura y a la escultura su natural finalidad plástica, enriqueciéndola
con nuevos factores admirables. Cómo principio ineludible en la cimentación de nuestro arte, ¡reintegremos a la pintura y a la escultura sus valores desaparecidos, aportándole a la
vez nuevos valores! ¡Como
los clásicos, realicemos nuestra obra dentro de las leyes inviolables
del equilibrio estético!; como ellos, seamos hábiles obreros; volvamos
a los antiguos en su base constructiva, en su gran sinceridad, pero
no recurramos a “motivos” arcaicos
que nos serán exóticos; ¡vivamos
nuestras maravillas época dinámica!, amemos la mecánica
moderna que nos pone en contacto con emociones plásticas inesperadas;
los aspectos actuales de nuestra vida diaria, la vida de nuestras ciudades
en construcción; la ingeniería
sobria y práctica de nuestros edificios modernos, desprovistos de complicaciones
arquitectónicas (moles inmensas de hierro y cemento clavadas en la tierra);
los muebles y utensilios confortables (materia plástica de primer orden). Cubramos lo humano-invulnerable con ropajes modernos: “sujetos nuevos”,
“aspectos nuevos“. ¡Debemos,
ante todo, tener el firme convencimiento de que el arte del futuro tiene
que ser, a pesar de sus naturales decadencias transitorias, ascendentemente
superior! II. Preponderancia del espíritu constructivo sobre el espíritu
decorativo o analítico. Dibujamos siluetas con bonitos
colores; al modelar nos interesamos por arabescos epidérmicos y olvidamos
de concebir las grandes masas primarias: cubos, conos, esferas, cilindros, pirámides,
que deben ser el esqueleto de toda arquitectura plástica. Sobrepongamos,
los pintores, el espíritu constructivo
al espíritu únicamente decorativo; el color y la línea son elementos
expresivos de segundo orden, lo fundamental,
la base de la obra de arte, es la magnífica estructura geometral de la forma con la concepción, engranaje
y materialización arquitectural de los volúmenes y la perspectiva de
los mismos, que haciendo “términos” crean la profundidad del “ambiente”;
“crear volúmenes en el espacio”. Según
nuestra objetividad dinámica o estática, seamos ante todo constructores,
amasemos y plantemos sólidamente nuestra propia conmoción ante la naturaleza
con su espejo minucioso a la verdad. Especifiquemos particularizando
sin ambigüedad la “calidad” orgánica de los “elementos plásticos” agrupados
en nuestra obra: creando materia consistente o frágil, áspera
o tersa, opaca o transparente, etc., y su peso determinado. La comprensión del admirable
fondo humano del “arte negro” y del arte “primitivo” en general, dio
clara y profunda orientación a las artes plásticas perdidas cuatro siglos
atrás en una senda opaca de desacierto; acerquémonos por nuestra parte
a las obras de los antiguos pobladores de nuestros valles, los pintores
y escultores indios (mayas, aztecas, incas, ect.), nuestra proximidad climatólogica con
ellos nos dará la asimilación del vigor constructivo de sus obras, en
las que existe un claro conocimiento elemental de la naturaleza, que
nos puede servir de punto de partida. Adoptemos sé energía sintética,
sin llegar, naturalmente, a las lamentables reconstrucciones arqueológicas
(“indianismo”, “primitivismo”,
“americanismo”), tan que de moda entre nosotros y que nos están
llevando a estilizaciones
de la vida efímera. Sobre su armazón consistente, caricaturemos, si es preciso,
para humanizar. Las teorías cuya finalidad plástica
es “pintar la luz” (“iluminismo”,
“puntillismo”, “divisionismo”), es decir, copiar simplemente o interpretar
analíticamente el ambiente luminoso, carecen de fuerte idealidad creadora,
única objetividad del arte; abandonadas teorías pueriles que de algunos
años a esta parte hemos acogido frenéticamente en América, ramas enfermas
del “impresionismo”, árbol podado por Pablo Cezanne, el
restaurador de lo esencial: “Hay que hacer del impresionismo
algo definitivo como la pintura de los museos”. III. Abandonemos los motivos
literarios, ¡hagamos plástica pura! Desechemos las teorías basadas
en la relatividad del “arte nacional”, ¡Universalicémonos!, que nuestra natural fisonomía racial y local aparecerá en nuestra obra,
inevitablemente. Nuestras escuelas libres son
academias al aire libre (peligrosas
como las academias oficiales en las que al menos conocemos a los clásicos),
colectividades en las que hay maestros que hacen negocio y se impone un criterio flaco,
que mata las personalidades incipientes. No escuchemos el dictado crítico
de nuestros poetas; producen bellísimos artículos literarios distanciados
por completo del valor real de nuestras obras. David Alfaro Siqueiros |
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