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Ahora bien, podría decirse que parte de su producción documentalista y su
único largometraje De cierta
manera (1974) se insertan en un camino iniciado en los sesenta
que abogaba por el rescate de la cultura de antecedente africano,
cuyo decisivo aporte fue por largo tiempo minimizado u obviado. Incluso
en De cierta manera, donde
el discurso se erige desde la crítica a actitudes y deformaciones
del carácter, supuestamente por la influencia de códigos éticos de
las sociedades secretas abakuás y las antiguas condiciones de vida,
también se presentan la historia, los ritos y festividades de estas
sociedades que de otra forma no habrían sido expresados en el cine
de ficción. Pero sobre todo se hace referencia al hecho de que no
siempre un mero cambio de hábitat determina la transformacición de
las estructuras de pensamiento, proceso que tarda un poco más de tiempo.
Hay que considerar que la película se realiza en pleno apogeo de la
tendencia ateísta que permeó el pensamiento y la cultura cubana de
la década del 70. Sin embargo, la vocación antropológica que la anima
impidió que cayera en dogmatismos a ultranza, y aún con sus defectos
y su visión utópica,
[1]
este filme constituye un punto de anclaje crucial para
entender los setenta y la obra anterior de esta artista. La trama del filme se desarrolla a través de la indagación en los factores
que propician la marginalidad, donde el problema de las desigualdades
sociales y raciales se acentúa. El proceso de integración social,
rasgo fundamental del proyecto de nación que Para aquilatar la importancia de esta cinta –que se presentó póstumamente
en 1977– en un período tan escéptico, solo apuntar que inclusive la
joya cinematográfica que es La
última cena (1976) de Tomás Gutiérrez Alea (Titón) tuvo que esperar
un tiempo prudencial para exhibirse en Cuba, y casi no es hasta Cecilia,
de Humberto Solás, que se recupera esta visibilidad en el cine de
ficción, del trasfondo cultural-religioso de antecedente africano,
en tanto elemento conformador de la identidad nacional.
[2]
Sin embargo, es significativo que la búsqueda de Sara en sus documentales
se dirija a otras zonas de lo real-social, en contrapunto directo
con la acción del hombre y la mujer en una sociedad que ha sufrido
un vuelco rotundo en sus relaciones sociales y de poder. El documental como género y, sobre todo el realizado por el ICAIC en la primera
década (1960), respondía a un “encargo”
[3]
que definía el tema y no tanto la manera de enfocarlo.
De ahí que varios de los trabajos de esta cineasta apuntaran a temas
muy diversos: la fabricación y preparación del tabaco (Fábrica
de tabacos, 1962 y Excursión
a Vuelta Abajo, 1965); la historia contemporánea y sus antecedentes
(Historia de la piratería, 1963 y Isla del Tesoro, 1968); la maternidad (Atención pre–natal: Año uno, 1972) o los
accidentes automovilísticos (…Un
documental a propósito del tránsito, 1971). Sin embargo, en cada
uno Sara logró imponer una estética que hace particular y reconocible
su obra por el uso de la música, el trabajo con los intertítulos y
la ironía como detonador de múltiples significados. Por otro lado,
la utilización de la primera persona y el hecho de que fuese a un
tiempo guionista y directora presupone su compromiso, que va más allá
de la intención didáctico-informativa primigenia y trasciende, en
algunos casos, al plano de la investigación etno-sociológica. Existe otro conjunto de documentales que se orientan hacia lo social y la
indagación en una realidad que se presenta monolítica. Indiscutiblemente
Poder local, poder popular (1970) y Sobre horas extras y trabajo voluntario
(1973) hurgan en el deber ser de una sociedad en tránsito que construye
un nuevo grupo de pautas para su acción y gestión, aunque manteniendo
posturas patriarcales de ejercicio del poder. Sara tenía una sensibilidad particular para presentar problemas latentes en
el devenir social como la subestimación de la mujer en su ejercicio
laboral y los problemas que afrontaba al interior de sus relaciones
afectivas. Pese a que con Entre otras cosas, esta incursión en el territorio pinero le sirvió para realizar
tres documentales Isla del Tesoro
(1969) Una isla para Miguel
(1968) y el citado En la otra Isla. El discurso versó sobre
los procesos que allí se gestaban y sobre todo presentó personajes
tipo que le sirvieron para enunciar algunas realidades al margen del
proceso revolucionario, y necesarias de integrar: una joven hija de
un disidente confeso, los adolescentes con serios problemas de conducta
y pésimas condiciones de vida en campamentos de reeducación, por citar
sólo algunas. La cineasta apuesta por el reconocimiento de estas realidades
y la obligación de indagar las causas de actitudes incomprendidas
desde fuera, para valorarlas en su propio rasero. Y todo desde un
lenguaje sencillo, ni complaciente ni edulcorado. Cuando particulariza
la situación de Miguel, un joven cuya extracción social es más que
humilde, Sara se introduce en las circunstancias de su vida, con la
pasión de la antropóloga y la socióloga que empíricamente fue, y nos
mueve a la comprensión antes que a la indiferencia. He ahí la fuerza
de su obra creativa, su impronta. Pero también la mirada hacia las comunidades negras y el aporte de su cultura
a la identidad nacional es explorada en varios de sus documentales
desde ópticas disímiles. Al hurgar en la historia y las tradiciones
culturales–religiosas que acompañan a la emigración de importantes
etnias africanas en el Caribe y concretamente en Cuba, la cineasta
muestra el gran mosaico que es la cultura cubana y reevalúa el lugar
reservado a cada una de sus raíces. De esta forma, Iré
a Santiago (1964) o…Y tenemos
sabor (1967) participan de este afán por redimir un componente
cultural –el africano– decisivo para entender aspectos identitarios
relevantes como puede ser la música. Si en Iré
a Santiago la directora apunta la permanencia de una raíz cultural
en la llamada Tumba Francesa de los negros emigrados haitianos, en
…Y tenemos sabor, realizará uno de los más profundos estudios que
el cine y los medios audiovisuales han llevado a cabo acerca de los
instrumentos en la música popular bailable desde sus inicios con los
diferentes complejos musicales (el guaguancó, el son, la conga, etc),
y las tipologías de los conjuntos (septetos tradicionales, jazz bands)
hasta la actualidad. Asistimos a la conformación paso a paso de la
música popular cubana y a una parte de nuestro acervo cultural. Indiscutiblemente la obra documentalística de Sara Gómez tributa entera a
su largometraje De cierta manera
donde la directora ensaya los aciertos de sus trabajos anteriores
y canaliza preocupantes que antes vimos esbozados y aquí trata de
referir en su dinámica. Sin embargo, la frescura y espontaneidad de
los entrevistados en sus documentales constituyen un testimonio que
deja a la luz aspectos de las relaciones sociales en * Conjunto de documentales seleccionados: Atención
pre–natal: año uno (1972), Excursión
a vuelta abajo (1965), Sobre
horas extras y trabajo voluntario (1973), Poder
local, poder popular (1970), Historia
de la piratería (1963), Isla
del Tesoro (1969), En
la otra Isla (1968), Iré
a Santiago (1964), Una isla para Miguel (1968), …Un documental a propósito del tránsito
(1971), …Y tenemos sabor
(1967) y Fábrica de Tabacos (1962).
[1]
Por ejemplo, la película aboga por una sociedad donde la igualdad se de en
varios frentes (social, racial, de género) como la base en la que
ha de trabajar e integrarse para construir el futuro, aquel ideal
del “hombre nuevo”.
[2]
Vale destacar que por esos años se produjo un cine que recreaba hechos históricos
sobre la esclavitud como fueron los filmes El otro Francisco (1974), El
rancheador (1976) y Maluala (1979) del director Sergio Giralt.
[3]
Es conocida la importancia que el nuevo gobierno revolucionario adjudicó a
los medios audiovisuales, en especial el cine, como imagen de
[4]
Juan A Alvarado Ramos: “Relaciones raciales en Cuba. Notas
de investigación”. Sin urna
de cristal. Pensamiento y cultura en Cuba contemporánea. CIDCC
“Juan Marinello”, |
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