Las razones que mueven a una persona a llevar un
diario son variadas. Uno de los motivos más convincentes para
tal labor fue anotado por Edna Manley en 1960, cuando cumplió
60 años. Al adquirir en aquellos momentos plena conciencia de
que estaba entrando en la última fase de su vida, pensó que
debería escribir «el relato de la historia vivida», siempre
que pudiera recordarla verídicamente y, sobre todo, con un punto
de vista particular. Anotó, develando su sentir al respecto:
Me siento muy en sintonía con los surrealistas
para quienes el arte es un modo de vivir la vida. El relato
de esta historia formaría parte de la historia misma. Creo que
debe empezar por el final y recorrer el trayecto hasta el principio.
Sólo al desenvolverse desde el exterior, lo más cercano a una,
puede lograrse la perspectiva que conforma a los días iniciales.
Veinte años después, en agosto de 1980, el desarrollo
de estos pensamientos con las siguientes palabras:
[George] Lamming dijo que yo debería escribir una
autobiografía "a menudo he pensado en ellos pero no me
siento del todo capaz para hacerlo" la escena me resulta
demasiado vasta. Hay demasiados imponderables y mi punto de
vista tiende a ser muy parcializado. Mirando hacia atrás, recuerdo
cuánto sufrí por sentir temores profundos, una suerte de pánico
interior que era una reliquia de la niñez" pero hasta
hoy sufro por ellos.
De hecho, Edna Manley escribió cuatro «libros»
de diarios reunidos en un volumen por su nieta Rachel y publicados
en 1989 en Jamaica: La primera entrada se remite a febrero
de 1939, y la última, sin fecha, es breve y conmovedora: «Hace
tanto tiempo que no escribo aquí y han pasado tantas cosas,
que parece que apenas vale la pena retomar el hilo». Estas palabras
aparecen después de un comentario del 13 de diciembre de 1986.
Falleció el 10 de febrero del año siguiente, a los 89 años de
edad.
Varias veces, especialmente durante sus últimos
años, le recordó a Rachel que le había legado los diarios. Cuando
ésta le preguntaba qué debía hacer con ellos, Edna respondía
que ya lo sabría cuando llegara el momento. La amorosa edición
que su nieta hiciera de los diarios, reuniéndolos en un volumen,
es la respuesta que nos permite un contacto casi íntimo con
esta extraordinaria mujer, quien participó y fue comentarista
de décadas altamente significativas de la historia de Jamaica
y del Caribe todo.
Su presencia era de una sabia elegancia que parecía
venir, no de la ropa discreta que llevaba con soltura, sino
de adentro. Con una sonrisa casi tímida nos recibió, a los asistentes
al Carifesta 1976, en su casa, de la cual recuerdo sobre todo
el jardín suave y oloroso. Edna se movía de un grupo a otro,
con un comentario dulce y agudo a la vez ante las preguntas
que le hacían. Casi a pesar de ella, de su modo tranquilo y
afable, de su sentido del humor a flor de piel, se revelaba
su personalidad recia y segura.
La relevancia de Edna Manley no se limita a su
notable escultura. Nacida en Gran Bretaña en 1900, hija de un
misionero metodista inglés y de su esposa jamaicana, Edna estudió
arte en Londres; allí se casó con su primo Norman Manley, veterano
de la Primera Guerra Mundial y Rhodes Scholar. Cuando fueron
a vivir a Jamaica, tierra natal de Norman, ello significó para
Edna la entrada a una sociedad que «refleja la dislocación de
un pueblo de sus tradiciones y su cultura». Edna se unió a Norman
en una lucha que lo llevaría a ser el inicial Premier de Jamaica,
pero al mismo tiempo no cejó en una lucha para coadyuvar a la
fundación de un lenguaje artístico de lo que con el tiempo sería
una Jamaica independiente. Incansable en su propio trabajo creador,
también se esforzó por estimular a otros artistas que hicieran
posible una forma estética expresiva de las nuevas realidades
del país, semillas de una naciente cultura nacional.
Uno de los primeros pensamientos fue el de expresar,
en términos de las artes pláticas contemporáneas, la presencia
de los descendientes de africano, esclavizados hasta inicios
del siglo XIX, y de componentes raigales del pueblo caribeño.
Negro Aroused, una
talla de 1939, es una de las obras más conocidas entre las iniciales
de Edna. Al igual que en obras posteriores (recordemos su monumento
a Paul Bogle, de 1962, o Ghetto
Mother, de 1982, ambos en cemento fundido), las figuras
presentan las facciones del africano / a. Pero, por supuesto,
Edna Manley está bien alejada del empleo de este elemento figurativo
con un sentido folklórico y / o meramente descriptivo. Con razón
escribió en fecha tan temprana como febrero de 1939:
Tallar un negro no es viajar por un camino. Encontrar
el secreto de las tallas africanas, penetrar en la visión de
los mayas, salirse de sí misma para entrar en las ideologías
de otros pueblos no se fácil, pero eso es viajar por un camino,
bien duro, por cierto. Entonces, habiendo sentido experiencias
diferentes de las inmediatas propias, descubrir un mundo libre
donde uno puede escoger definitivamente una dirección sin sentirse
influido por castas ni consignas tradicionalmente férreas, eso
es viajar por un camino. Y aún más, perderse entonces en la
misma dirección del grupo al cual uno pertenece, y de ese modo
vivir para crear un canal por el cual su fuerza vital pueda
manifestarse mediante el medio de la forma, la escultura, el
lenguaje, la música.
Su escultura siempre tiene que ver con las realidades
sociales y espirituales de Jamaica, transmutadas en un legítimo
lenguaje plástico. Este cambia formalmente a lo largo de los
años: «Nunca trabajo a partir de lo que veo sino de lo que siento»,
escribe en septiembre de 1982. Su lucha, a partir de la década
del 30, se centra siempre en propiciar "y crear ella misma"
un arte jamaicano, ya que en aquellos años, como recuerda en
1981, «todo estaba inspirado en lo británico». Este sentimiento
la acompaña en todo momento, aunque sentía, durante sus visitas
a la Gran Bretaña con Norman, que «supongo que para los ingleses
yo era una rareza: a pesar de mis raíces jamaicanas, yo no lo
parecía». (Esta entrada corresponde a lo que escribe en agosto
de 1985).
Sorprendentemente, al menos para nosotros, Edna
siempre se consideró «una artista menor». Alude, por primera
vez a esta apreciación en 1941, de la siguiente manera:
Escribo esto como una artista muy menor. Los artistas
menores son esenciales y valiosos porque, al cristalizar tempranamente,
logran una «realisis» completa, mientras las mentes mayores
están en un estado de proceso aún no logrado.
Esta línea de pensamiento recorre el año 1941 y
es una de las clases fundamentales de su discurso sobre el concepto
de la vida, como apuntaré más adelante. En septiembre de ese
año, ella anota:
Pues no existe nada en el fracaso, nada en el éxito,
nada en la juventud, nada en la vejez, nada en las multitudes,
nada en la soledad, nada en el dolor, nada en la paz, sólo la
gloria del andar infinito.
En cuanto a la creación artística y la fecha específica
de sus autores, Edna escribe en 1940, en otra de las claves
de su análisis teórico, las ideas siguientes que son de particular
interés en esos momentos de la historia de Jamaica:
El contacto con la vida, por un sórdido y brutal
que sea, es esencial. Pero sólo es posible a través de la conciencia
creadora, no hay otro modo. Para el artista, la ausencia de
percepción del ser humano corriente le hace pensar que él (el
ser humano corriente) sólo ve a los hombres como árboles que
caminan. Y al ser humano corriente le parece que el artista
se niega ver a los hombres de otra manera. Y ambos tienen razón.
El hombre corriente observa al artista, ese pobre diablo, y
se pregunta cómo puede respirar, viviendo bajo el agua; mientras
el artista mira desde sus profundidades vidriosas y, con un
esfuerzo por comprender la habilidad del hombre corriente de
habitar un ilimitado terreno repleto de sustancia respirable,
se tumba en la superficie, ¡muerto de susto!
El espectro del arte sentido como parte esencial
de su vida se abre a la comprensión se la música (de Brahms
y Prokofiev a los trovadores Cudjoe), de la literatura (de Eliot
y García Márquez a Walcott), de la cinematografía (Chaplin),
y, por supuesto, de las artes pláticas (de Picasso y Epstein
a los artistas contemporáneos jamaicanos). Debe hacerse una
mención especial a la notable personalidad de Rex Nettleford,
amigo cercano y colaborador suyo en el empeño de lograr una
cultura nacional contemporánea. En cierto sentido, a la obra
teórica de Nettleford llevó a Edna a una comprensión más profunda
de movimientos como el de los Rastafari. También es el autor
de un libro comprensivo, Manley
and the New Jamaica, que fue el primer Premio «Maurice Bishop»
otorgado por la Casa de las Américas en 1985. Nettleford fundó
y fue la figura principal de la excelente National Dance Theatre Company de Jamaica,
habiendo sido él también Rhodes Scholar.
Norman Manley murió en octubre de 1969; Edna escribe:
«Y la gloria y el dolor de nuestra vida en común "qué mundo
tan, tan vacío" ¿ porqué él no dejó que yo me fuera con
él?» Mas sigue manteniendo un activo interés en los asuntos
nacionales y mundiales: el apartheid, otras formas de discriminación;
la interferencia política de los Estados Unidos; Fidel Castro.
En octubre de 1977 anota:
Así que Castro vino, conquistó y se marchó. Una
semana bien única" y lo interesante es que fue Michael
(Manley, hijo de Edna y Norman, y, como éste, Premier de Jamaica)
quien tuvo el atrevimiento y la inteligencia de invitarlo […]
Ha cambiado el cuadro en mil maneras y ha dejado a la oposición
"y con ello quiero decir las fuerzas del mal, en un nivel
de intensidad, y el conservadurismo en otra" con un arma
menos para la lucha. El gran coco, el monstruo, el diablo, el
hombre maligno "y llega con una sabiduría asombrosa, con
calidez, con encanto, con sentido común. Lo he visto todo con
fascinación. Es un hombre con una mente de primer orden, tiene
mucho de poeta, y siempre con esa cualidad de amor, amor por
y comprensión de la gente.
Madre y abuela cariñosa y atenta, Edna Manley nunca
abandonó su labor artística. A pesar de los problemas económicos
y una salud quebrantada, mantuvo siempre su interés en los asuntos
de la nación y del mundo; supo, además, adaptar las técnicas
y los métodos prácticos de su arte a sus capacidades físicas.
Experimentó felizmente con otros medios y estilos escultóricos
y trabajó directamente el pequeño formato. Había editado Focus, la primera revista literaria que tuviera éxito en Jamaica;
hizo dibujos para libros y poemas, y siempre enseñó y alentó
a los artistas jóvenes. Como señala Rachel Manley en su introducción,
estos diarios no sólo son la narración de una larga y fructífera
vida sino asimismo el testamento de esta mujer para recordar.
Me gustaría citar la frase que su amado padre pronunciara en
su lecho de muerte, y que Edna repetía a menudo: «¡Oh, el poder
y la gloria y la maravilla de todo!»