Dada
la cada vez más acentuada expansión de los límites otrora
establecidos entre los campos del conocimiento y su paulatino
quiebre, resulta posible creer en la actualidad que el arte
podría invadir otros espacios del saber instituido y hasta
adjudicarse nuevas funciones; sin embargo, el tipo de relaciones
que viene estableciendo con otras esferas, parece estar
generando ganancias mutuas. Si tomamos en consideración
los vínculos establecidos entre el arte y la ciencia o el
arte y la tecnología, observaríamos cómo, si bien en ellos
la creación artística ha encontrado nuevas fuentes para
la renovación de sus discursos, la estructuración de nuevos
lenguajes y el enriquecimiento de su aparato epistemológico,
el arte ha sido por su parte terreno propicio para repensar,
en términos éticos, los efectos a veces deshumanizadores
de métodos y procedimientos, descubrimientos y avances que
ostentan tales disciplinas.
Relacionados
con el universo de las ciencias, y más específicamente con las ciencias médicas, dos aspectos han tenido una importante presencia
en la producción simbólica de los últimos veinte años: la
enfermedad – mental y corporal- y el ámbito hospitalario.
En este sentido podrían resultar paradigmáticas, entre otras,
algunas obras de Mapplethorpe,
Leonilson, Hannah Wilke, Arias Gaviria y Nazareth Pacheco,
quienes han llamado
la atención acerca de la experiencia del dolor, el nivel
de intolerancia y los prejuicios que suelen desatarse ante
la aparición de una epidemia, la identidad conflictual del
enfermo o la necesidad artificialmente creada de someter
el cuerpo humano a procesos de corrección mediante la cirugía
estética, por sólo citar algunos aspectos.
Sin
alejarse del mencionado universo, el trabajo de la colombiana
Libia Posada aporta otras reflexiones de similar naturaleza.
Esta autora comenzó a alternar el ejercicio de la medicina
con el de la pintura a inicios de los años noventa. Sin
lugar a dudas, ambas actividades se revelaban desde entonces
como parte integral de una experiencia de vida, pero el
carácter independiente de sus respectivos desenvolvimientos
atrapaba a la artista en un conflicto que logró resolver
ya entrado el segundo lustro
de la década, cuando vislumbró que de acuerdo con
su sensibilidad, sólo la creación artística le ofrecía el
espacio existencial adecuado para configurar y objetivar
el mundo de sus preocupaciones ideoestéticas, generando
a partir de ese momento zonas de contaminación entre ambas
prácticas a través de instalaciones e intervenciones espaciales
exentas, no obstante, de todo viso autobiográfico.
Libia
actúa generalmente interviniendo sitios, transformando
lugares, creando espacios metafóricos alusivos al
ambiente clínico no sólo en su pulcritud, asepsia y frialdad
sino mediante la inserción de escasos elementos procedentes del repertorio
médico y/o o farmacéutico (aparatos, documentos, rótulos,
envases de medicamentos y otros objetos) que dialogan con
el entorno y con el espectador.
En ningún caso tales elementos recargan el espacio,
por el contrario, el vacío es coprotagonista esencial y
catalizador de sensaciones aún en aquellas propuestas donde
la artista acude a la serialización de estirpe minimalista
para resignificar y redimensionar, desde una postura sutilmente
subversiva, una determinada situación. Así, lo que podría
interpretarse como símbolo de una patología o condición
individual a través de la jerarquización de un elemento
aislado, trastoca su significado en la repetición modular
y permite pensar en una conducta colectiva,
extendida socialmente.
En
la obra de Libia los significados se desplazan de un terreno
a otro sin dificultad. El uso de textos, por ejemplo, y
sobretodo de los alistados bajo el rótulo “Indicaciones”,
acusan ciertas coincidencias de lenguaje e intereses entre
instancias de poder diferenciadas
por su radio de acción: la clínica, la sociedad,
la política. No por casualidad en “Terapia respiratoria
aguda”, su más reciente exposición, la autora superpone
al imaginario recogido en cajas de petri la palabra desplazamiento,
la cual, por cierto, añade al conjunto otro significado
acorde al uso contextual del término en Colombia con
relación al fenómeno de “los desplazados”. Estas
pequeñas cajas de cristal – comúnmente utilizadas en los
laboratorios para análisis de cultivos – encerraron en esta
ocasión imágenes de gente alienada,
demente, fragmentos de cuerpos enfermos y nombres
de patologías físicas, psíquicas y sociales. Aquí la artista
acude a la tropologización metafórica y confiada en el potencial
asociativo del espectador, apunta hacia la urgente necesidad
de someter la sociedad toda a un sostenido proceso de examen,
al mismo tiempo que coloca en tela de juicio el poder ejercido
desde las ciencias biomédicas, o comenta acerca de la ignorancia
e ingenuidad del paciente.
Libia
ha comenzado a incursionar en el terreno de las acciones
plásticas. Cuando en 1999 presentaba la muestra titulada
“Camisas de Fuerza” en el Museo de la Universidad de Antioquia,
el público era incitado
a utilizar estas prendas de vestir en un acto que implicaba
ya un cierto despliegue performático. Ahora, en la sala
central del área que ocupo su última exposición, fueron colocados quince cilindros
de oxígeno, mascarillas e instrucciones para el uso, mientras
dos enfermeras asistían al espectador dispuesto a interactuar,
sometiéndolo a terapia respiratoria. Aplicada fuera de su
contexto habitual y a personas no identificadas con la condición
de paciente, esta práctica devenía experiencia simbólica,
y al dilatarse el campo de la acción a través de su nuevo
“emplazamiento” y tipo de receptor, se dilataba también
el alcance de su efecto,.dejando entrever la necesidad de
“oxigenación” colectiva. A su vez, la autora renunciaba a la excentricidad
propia del performance, limitándose a diseñar una probable
situación de la cual ella no participaba y que no quedaba
restringida a la actuación de un sujeto único. Algunos de
los cilindros de oxígeno estaban sellados con tapas metálicas
y guardaban una rara semejanza con lo que podría ser una
bala gigante. El carácter dual de este tipo de objeto, conjugado
con la presencia de una mesa quirúrgica ubicada hacia el
centro, otorgó al espacio un carácter ambiguo, entre sala
de hospital y cámara de tortura.
A
través de desplazamientos semánticos Libia Posada ha construido
efectivas metáforas visuales que articulan dos realidades
perturbadoras: la clínica y la social. Sus obras, inquietantes
antídotos contra la indiferencia y “el desapego”, muestran
cómo aún hoy algunos creen en la capacidad crítica y redentora
del arte.