Desplazamientos

IBIS HERNÁNDEZ ABASCAL
Lic. Historia del Arte, por la Universidad de la Habana. Curadora de la Bienal de la Habana


Registro 3

 

Dada la cada vez más acentuada expansión de los límites otrora establecidos entre los campos del conocimiento y su paulatino quiebre, resulta posible creer en la actualidad que el arte podría invadir otros espacios del saber instituido y hasta adjudicarse nuevas funciones; sin embargo, el tipo de relaciones que viene estableciendo con otras esferas, parece estar generando ganancias mutuas. Si tomamos en consideración los vínculos establecidos entre el arte y la ciencia o el arte y la tecnología, observaríamos cómo, si bien en ellos la creación artística ha encontrado nuevas fuentes para la renovación de sus discursos, la estructuración de nuevos lenguajes y el enriquecimiento de su aparato epistemológico, el arte ha sido por su parte terreno propicio para repensar, en términos éticos, los efectos a veces deshumanizadores de métodos y procedimientos, descubrimientos y avances que ostentan tales disciplinas.  

Relacionados con el universo de las ciencias, y más específicamente con  las ciencias médicas, dos aspectos han tenido una importante presencia en la producción simbólica de los últimos veinte años: la enfermedad – mental y corporal- y el ámbito hospitalario. En este sentido podrían resultar paradigmáticas, entre otras, algunas obras de  Mapplethorpe, Leonilson, Hannah Wilke, Arias Gaviria y Nazareth Pacheco, quienes  han llamado la atención acerca de la experiencia del dolor, el nivel de intolerancia y los prejuicios que suelen desatarse ante la aparición de una epidemia, la identidad conflictual del enfermo o la necesidad artificialmente creada de someter el cuerpo humano a procesos de corrección mediante la cirugía estética, por sólo citar algunos aspectos.   

Sin alejarse del mencionado universo, el trabajo de la colombiana Libia Posada aporta otras reflexiones de similar naturaleza. Esta autora comenzó a alternar el ejercicio de la medicina con el de la pintura a inicios de los años noventa. Sin lugar a dudas, ambas actividades se revelaban desde entonces como parte integral de una experiencia de vida, pero el carácter independiente de sus respectivos desenvolvimientos atrapaba a la artista en un conflicto que logró resolver ya entrado el segundo lustro  de la década, cuando vislumbró que de acuerdo con su sensibilidad, sólo la creación artística le ofrecía el espacio existencial adecuado para configurar y objetivar el mundo de sus preocupaciones ideoestéticas, generando a partir de ese momento zonas de contaminación entre ambas prácticas a través de instalaciones e intervenciones espaciales exentas, no obstante, de todo viso autobiográfico.  

Libia actúa generalmente interviniendo sitios, transformando  lugares, creando espacios metafóricos alusivos al ambiente clínico no sólo en su pulcritud, asepsia y frialdad sino mediante la inserción  de escasos elementos procedentes del repertorio médico y/o o farmacéutico (aparatos, documentos, rótulos, envases de medicamentos y otros objetos) que dialogan con el entorno y con el espectador.  En ningún caso tales elementos recargan el espacio, por el contrario, el vacío es coprotagonista esencial y catalizador de sensaciones aún en aquellas propuestas donde la artista acude a la serialización de estirpe minimalista para resignificar y redimensionar, desde una postura sutilmente subversiva, una determinada situación. Así, lo que podría interpretarse como símbolo de una patología o condición individual a través de la jerarquización de un elemento aislado, trastoca su significado en la repetición modular y permite pensar en una conducta colectiva,  extendida socialmente.  

En la obra de Libia los significados se desplazan de un terreno a otro sin dificultad. El uso de textos, por ejemplo, y sobretodo de los alistados bajo el rótulo “Indicaciones”, acusan ciertas coincidencias de lenguaje e intereses entre instancias de poder diferenciadas  por su radio de acción: la clínica, la sociedad, la política. No por casualidad en “Terapia respiratoria aguda”, su más reciente exposición, la autora superpone al imaginario recogido en cajas de petri la palabra desplazamiento, la cual, por cierto, añade al conjunto otro significado acorde al uso contextual del término en Colombia con  relación al fenómeno de “los desplazados”. Estas pequeñas cajas de cristal – comúnmente utilizadas en los laboratorios para análisis de cultivos – encerraron en esta ocasión imágenes de gente alienada,  demente, fragmentos de cuerpos enfermos y nombres de patologías físicas, psíquicas y sociales. Aquí la artista acude a la tropologización metafórica y confiada en el potencial asociativo del espectador, apunta hacia la urgente necesidad de someter la sociedad toda a un sostenido proceso de examen, al mismo tiempo que coloca en tela de juicio el poder ejercido desde las ciencias biomédicas, o comenta acerca de la ignorancia e ingenuidad del paciente.    

Libia ha comenzado a incursionar en el terreno de las acciones plásticas. Cuando en 1999 presentaba la muestra titulada “Camisas de Fuerza” en el Museo de la Universidad de Antioquia, el público  era incitado a utilizar estas prendas de vestir en un acto que implicaba ya un cierto despliegue performático. Ahora, en la sala central del área que ocupo su última  exposición, fueron colocados quince cilindros de oxígeno, mascarillas e instrucciones para el uso, mientras dos enfermeras asistían al espectador dispuesto a interactuar, sometiéndolo a terapia respiratoria. Aplicada fuera de su contexto habitual y a personas no identificadas con la condición de paciente, esta práctica devenía experiencia simbólica, y al dilatarse el campo de la acción a través de su nuevo “emplazamiento” y tipo de receptor, se dilataba también el alcance de su efecto,.dejando entrever la necesidad de “oxigenación” colectiva.  A su vez, la autora renunciaba a la excentricidad propia del performance, limitándose a diseñar una probable situación de la cual ella no participaba y que no quedaba restringida a la actuación de un sujeto único. Algunos de los cilindros de oxígeno estaban sellados con tapas metálicas y guardaban una rara semejanza con lo que podría ser una bala gigante. El carácter dual de este tipo de objeto, conjugado con la presencia de una mesa quirúrgica ubicada hacia el centro, otorgó al espacio un carácter ambiguo, entre sala de hospital y cámara de tortura.            

A través de desplazamientos semánticos Libia Posada ha construido efectivas metáforas visuales que articulan dos realidades perturbadoras: la clínica y la social. Sus obras, inquietantes antídotos contra la indiferencia y “el desapego”, muestran cómo aún hoy algunos creen en la capacidad crítica y redentora del arte.

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