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Blanche |
Cada vez más me seducen los avatares
de la escena del Caribe hispano e insular, a cuya
vertiente alternativa he dedicado varias aproximaciones,
entre otras acerca de lo que denominé el “’¿otro?’
teatro puertorriqueño”, “el teatro dominicano en
busca de sí mismo” o sobre experiencias cubanas
de ahora mismo.
[1]
Ese sentimiento me anima a enlazar el
análisis de tres propuestas de artistas de la región:
You don’t
look like, del puertorriqueño Javier Cardona,
Pargo, los pecados permitidos, del dominicano
Waddys Jáquez, y Blanche Dubois, de la cubana Marianela
Boán. Se trata de tres montajes unipersonales
o casi unipersonales, pues si bien en el segundo,
Pargo...,
aparecen otros tres actores junto a Jáquez, sus
personajes están concebidos más como comodines que
solucionan problemas prácticos y transiciones, prescindibles
en el discurso central. Los tres montajes rehuyen
de algún modo la dramaturgia textual prescrita como
punto de partida, bien porque se trata de respuestas
personales frente a la inexistencia de una dramaturgia
útil, a juicio de estos artistas, para expresar
lo que se proponen, o bien porque se plantean el
teatro como un espacio verdaderamente integral de
confluencia y equilibrio de lenguajes. En consecuencia,
todos son exponentes de una dramaturgia de la representación,
en la que el texto se ha conformado en el proceso
creativo, y sitúan el cuerpo y su presencia como
un eje esencial para verificar problemáticas que
les son extremadamente cercanas. You
don’t look like, escrito, dirigido e interpretado por el
performero Javier Cardona, más que un texto teatral
es un guión o partitura de movimiento y situaciones,
que le sirve como pauta para ejecutar una acción
de denuncia contra los prejuicios racistas, clasistas
y sexistas de la sociedad colonial puertorriqueña,
como brillante metáfora de la manipulación de que
son objeto las identidades. En You
don’t look like, la palabra está reducida al
mínimo y asume una perspectiva narrativa, con elocuencia
e ironía.
[2]
El actor se desdobla en los múltiples
estereotipos posibles con que se concibe al negro
en un contexto afanado en blanquearse. Curiosamente,
las acotaciones de este texto están escritas en
primera persona, porque Cardona se ha limitado a
transcribir las acciones que ha generado –más que
actuaciones, porque el performero deliberadamente
hace coexistir o alternar presentación y representación--
y a fijarlas en indicaciones, como reacción visceral
frente a la postura discriminatoria de los medios
y la publicidad, que sólo conciben que un actor
negro como él pueda promocionar un nuevo dentífrico
desde la postura de una “misión civilizatoria”,
únicamente aceptado con simpatías desde la mirada
superior y perdona vidas. El ritual politizado se
apoya directamente en su propia vivencia, inscrita
en un contexto real específico, cuando fue convocado
a un casting para un anuncio de un nuevo dentífrico,
pero trasciende lo estrictamente personal al dirigir
los estímulos de afuera hacia un discurso artístico
que conjuga travestismo y danza, tribuna política
y acto catártico. El actor aparece con un pequeño
espejo de juguete y mientras se mira, le reclama:
“Espejito, espejito, quiero saber si yo tambien
soy...” La frase queda en suspenso y el adjetivo
sustantivado negro una y otra vez es postergado, porque
para el artista su esencia como ser humano ha sido
relegada por las visiones tópicas y folcloristas
acuñadas desde el poder y los medios: caníbal, rumbero,
cortador de caña, santero, rasta, basquebolista,
sirvienta, rapero, madama y rey mago –por supuesto,
Melchor. La palabra negro sólo se pronunciará al final de la representación, después de
haber transitado por todas estas construcciones
sociales problematizadas por la mirada racista. Veamos un fragmento del texto: Cuando llegué allí, me di cuenta
que todos los talentos, porque así los llaman en
ese ambiente, éramos... este... este... tú sabes...
Digo, con excepción de la chamaquita que estaba
dirigiendo el casting. Entonces veía que todos los que
se estaban parando frente a la cámara hablaban como
que extraño. Enseguida pensé que podían ser nuyorricans,
lo confieso, o que tenían problemas de... de...
pronunciación... dicción... ¡qué sé yo! Pero, poco
a poco me voy dando cuenta que eso era exactamente
lo que quería la muchacha. “Mira a la cámara por favor” (Como
la muchacha, me dirijo a varios espectadores a quienes
entrevisto con un espejo de mano tipo Blanca Nieves,
como si estuviera grabándolos con una cámara de
video. A cada pregunta espero respuesta.) “Di tu nombre completo.” “¿Anteriormente has hecho algo
para la competencia?” “Okey, ahora vas a mirar fijamente
a la cámara y vas a decir unas líneas muy sencillas:
Bunga, bunga, agua.” “Recuerda el personaje... dale
más sabor... más... es el Caribe, más... ritmo.” Luego, por medio de imágenes fotográficas
proyectadas al fondo, el cuerpo del actor aparece
trasvestido y transformado en identidades colonizadas,
para revelar lo que la palabra posterga. Como afirma
Jossiana Arroyo, se trata de “...significantes y
órdenes socio-culturales que ‘representan’ ‘lo negro’:
la pobreza, el crimen, la violencia, lo sexual-erótico,
el ‘sabor’, la música, Tambandumba de la Quimbamba,
Juan Boria, el folklor”,
[3]
entre otros. La factura del simulacro es simple,
un tanto rústica, y conserva un visible aliento
de juego, que neutraliza cualquier distancia impuesta
por la mínima incursión tecnológica. El cuerpo se
deconstruye y se reconstruye en una danza fragmentada,
que respeta la naturalidad antes que la formalización;
los gestos son contradictorios y en apariencia desorganizados,
en la incorporación gradual y a la vez resistente
de la summa
de atributos de una visión alienada. Y el cuerpo
es también la vía de expansión, de liberación ontológica,
el instrumento de realización de las identidades
reales y múltiples que Javier Cardona
comparte o negocia: puertorriqueño, performero,
actor, bailarín, negro, gay, caribeño, dramaturgo,
eventual nuyorrican, independentista. Cardona confronta el poderosísimo
mundo publicitario al tomarlo con el mayor desenfado
como motivo argumental y al contraponer a sus imágenes
modélicas, plásticas e impolutas, lo descarnado
de los estereotipos que él mismo globaliza; parodia
el mercadeo suntuario resignificando los objetos
no teatrales que utiliza (el espejo, una mochila
escolar decorada con la bandera puertorriqueña,
sobrecitos de azucar regular y de dieta); confronta
también a la cultura oficial de su país, que, tras
falsas pretensiones igualitarias, tolera y fomenta
estereotipos. Y reivindica la estética de una cultura
popular,
[4]
con frecuencia disminuida por sus autopercepciones,
que entienden lo propio como pobre, pequeño, basto,
cafre o antiguo. En Pargo,
los pecados permitidos, el artista quisqueyano
Waddys Jáquez vertebra la performatividad narrativa
de los intercambios de terapia grupal y una espectacularidad
de cabaret de pacotilla para construir la sesión
patética y mordaz del Patronato de Recuperación
Global Organizado.
[5]
Desde su condición de dominicano que
vive en Nueva York, Jáquez,
[6]
que se pasa la vida en una yola aérea,
[7]
moviéndose entre la media isla que es
la República Dominicana y la gran manzana, recrea
el lado oscuro de la migración al norte. La pieza,
construida en la gran urbe y estrenada en Santo
Domingo es, por dentro y por fuera –en la construcción
de la mirada de añoranza al pasado de sus personajes,
y en las condiciones de representación y encuentro
con su público--, una experiencia migratoria problemática
y singular. Waddys conforma un híbrido singular
que se nutre tanto de las tradiciones del solo
performance, el stand
up comedy y la tradición de exploración corporal
y antropológica del teatro latinoamericano. El show
de miserias presenta cuatro pobres seres del submundo
nuyorquino: María Cuchivida, la muchacha que subida
a una mata de guayaba vio partir hacia el Norte
uno por uno a sus ocho hermanos, reclamados por
el más grande, que los pidió a todos menos a ella,
porque era mayor de edad. Hastiada del desamor de
su madre, Candela, muerta en un fuego, se fue con
su amiguita Emperatriz “pa’ Holanda”, a trabajar
de niñera... a amamantar niños de entre veinte y
cincuenta años con un clavo en una media panty,
hasta que logró llegar junto a la Estatua de la
Libertad con un pasaporte robado. Entre toques de
crack, marihuana y alcohol, la vida entera
up and down,
poeta frustrada de la adolescencia, piensa que “vivir
cada día es una hazaña, una guerra que nadie gana”
y le aterroriza volver la vista atrás. Papichío
Domínguez, el irresistible “Matatán de Borohol”,
que ha cumplido quince años “siendo vecino de Superman,
batichica y la mujer maravilla”, el bacán que salió
de Quisqueya la bella como polizonte, en un furgón
dentro de un barco mercante,
[8]
para pegar botones en una factoría y
para pagar un año por la muerte de Modesta, con
la maleta “abajo e la cama echándole ropa y juntando
el pasaje pa’ volvé”; recuerda la despedida de la
madre: “...mi hijo cuídate y déjate de ‘ta de rebusero,
que lo guapo’ mueren con zapato, y hablando de zapato
yo calzo ocho y tu hermana Iluminadita nueve y medio,
en teni’ [...] al que se meta contigo arráncale
la cabeza... Vete con Dio’!”. El mismo que ataviado
en satín amarillo canario ha asumido la divisa de
la doctora González: “recuperarse es caminal [caminar]
el re[s]to de la vida en una cuelda [cuerda] floja”.
El tercer personaje es Zaza, la reina sempiterna
del submundo del barrio, harta de su reinado, es
protuberante y grotesca, una bomba de sensualidad
tropical, un aborto de la naturaleza, según decía
su abuelita dominicana, de nombre Intervenida, que
la enseñó a que nunca dijera que no. Es un compendio
de la “cultura popular” y una víctima de la banalidad
globalizada. Y por último Pasión Contreras, “un
viento loco de aguacero” que siempre sabe controlarse,
un ser nacido y crecido por azares del destino en
un país, un tiempo y un cuerpo ajenos, protagonista
de un cross
over hacia el sexo femenino, portadora de siliconas
e implantes, un ser que se impone sobre el desprecio,
convencida de que es “una mujer hermosa, encerrada
en el cuerpo de una mujer fea”, y de que se merece
el cielo, porque, como afirma, “sin darme cuenta,
aquí construí mi propio infierno”. Cada uno está marcado por la condición
de desplazados, buscavidas, luchadores de la calle
y la sobrevivencia; cada uno es una construcción
pintoresca que combina tragedia y humor, con un
lenguaje plagado de giros locales, ingeniosas ocurrencias
de la sabiduría popular, frases seudofilosóficas
y referencias culturales de la peor secuela globalizadora,
apoyadas por la música latina. El trabajo físico
del actor, con sus sorprendentes entradas, confiere
a la representación una dinámica visual, a través
de la peculiar partitura de comportamiento que incorpora
para cada uno. Waddys ha anotado en su cuerpo la
esencia gestual, el palpitar agónico de lo mucho
que ha visto en los barrios pobres de la República
Dominicana y a lo largo de la calle 42 de Nueva
York, y ha reconfigurado paradigmas –el cuerpo rítmico
de Papichío, que se mueve siempre en clave de un
guaguancó que no se deja caer, y los tics y los
vaivenes incesantes de los drugqueens, el cuerpo entrenado para el acecho, la huida o el golpe;
la energía disgregada, descontrolada de Pasión Contreras.
[9]
Jáquez interactúa creativamente con
los diseños del artista plástico Hochi Asiático,
que modelan por fuera con estridencia y brillantez
--sobredimensionadas como corresponde a la carencia
profunda--, lo que el actor consigue con su sorprendente
versatilidad. Waddys es negro, como los cuatro
personajes que caracteriza, y curiosamente esa condición
no se hace explícita en el texto, excepto cuando
Papichío alude a su madre como “una mujer blanca
de Santiago”, en evidente postura de otredad subalterna.
Me pregunto si es que ya se asume contenida, como
parte de la condición de estos dominicanyork, o es que el performero también está jugando irónicamente
con el conflicto de autorreconocimiento de la mirada
oficial dominicana, que ve a la población mayoritaria
del país, de mestiza a negra, como “india”, y así
lo hace constar en los respectivos documentos oficiales
de identidad. En Blanche
Dubois, la cubana Marianela Boán elige a la
protagonista de Un tranvía llamado deseo, un rol por el
que confiesa una vieja fascinación, admirada por
la fuerza del carácter que se oculta tras su precaria
fragilidad, y por la voluntad de Blanche en defender
su pasado, su utopía, y ciertos valores sutiles
de la vida personal perdidos en los avatares con
la historia. Marianela encontró tras esos rasgos,
referentes cercanos de mucha gente y el personaje
le sirvió para construir una presencia, que entre
la parábola y la pieza didáctica, fabula el relato
de sus identidades cambiantes. El dibujo del personaje puede leerse
como una mujer de clase media, refinada y mundana,
que se sumó voluntariamente a las transformaciones
de la Revolución, que se esforzó por agradar a los
otros e insertarse en un contexto diferente, en
medio de un debate entre sus valores y los nuevos
que irrumpían con la nueva vida y el proceso de
socialización creciente, para ella no todos agradables
ni de fácil asimilación. Blanche se mueve entre
el rechazo a lo diferente, como resistencia desafiante,
y una elección que conlleva sacrificio, desconcierto
y aprendizaje hacia sus convicciones. Es la misma
mujer que luego, en su madurez, súbitamente ve descolocados
ciertos pilares esenciales de su identidad moral
y política. Y que cansada, abdica y es derrotada.
Desde otra perspectiva, la también artista del performance
Deborah Hunt la ha percibido como una “mujer salvaje
en una caja”, con “la bandera que nunca cubre el
cuerpo”.
[10]
Las escasas frases que utiliza
la performera, entresacadas del texto de Tennessee
Williams, a veces como palabras aisladas, se han
editado con un sentido fragmentario que las desdibuja
de la fuente original y las recontextualiza, y el
personaje conocido se transforma en pretexto, que
a pesar del aviso del título, no revela claramente
su identidad hasta pasados varios minutos, cuando
la mujer que sale del cajón vertical forrado en
rojo intenso en el que ha estado aprisionada cabeza
abajo, finalmente se define ante el público, después
de una ardua batalla para incorporarse a lo de afuera,
entre avances a rastras y tambaleos, pausas y retrocesos.
Es Blanche, la elegante mujer de las gafas de sol
que coquetea y se mueve con afectación, y también
pudiera ser Blanquita, como quizás le hubieran llamado
sus compañeras del batallón de milicias revolucionarias.
O luego, es la mujer sin nombre que de vuelta de
todo, desesperada y colgada del teléfono, apremia
a la Western Union por una ayuda económica que espera
con ansiedad y no llega. A diferencia de sus trabajos anteriores
con su grupo DanzAbierta, El
pez de la torre nada en el asfalto y El
árbol y el camino, en los que la contradicción
fundamental se expresaba a nivel proxémico en un
desplazamiento constante de los cuerpos arriba-abajo,
en acciones de caerse y levantarse, aquí el movimiento
es atrás-alante, dentro-fuera, con variantes de
traslación a nivel del piso o con el cuerpo erguido,
que se mueve en un tipo de baile diferente, deliberadamente
trunco, imperfecto. Coreográficamente, se esboza
una movilidad horizontal no lineal ni unívoca, que
operará como un doble juego de fuerzas centrífuga
y centrípeta, y que madurará en el próximo trabajo,
Chorus perpetuus,
visto en Monterrey en el Encuentro pasado. Y esa
es la pauta que seguirá la mujer que no puede liberarse
fácilmente de viejas ataduras, teme a lo que la
vida social le impone, y transita el doloroso y
difícil proceso de asimilar los cambios. Y al final,
cuando enarbola los símbolos de sus valores permanentes,
por más que lo son, no le sirven para orientarse
en el nuevo contexto. La reflexión dolida, y a la
vez irónica y mordaz en el subrayado patetismo burlesco
que por momentos le imprime la actriz, apunta a
contradicciones esenciales de la realidad y a posiciones
diversas frente a ellas. La dramaturgia de los objetos es
minuciosa. El cajón-baúl es matriz, me pregunto
si espacio de seguridad o metáfora de la Isla, pero
también fardo, féretro, tribuna, escondrijo útil,
biombo, caracol de la babosa. La bandera negra de
ribetes dorados es símbolo de rebelión, aliento
épico y persistencia de la utopía –no puedo sustraerme
al recuerdo de ciertos gestos de la paradigmática
Madre Coraje de Helen Weigel, vista en un viejo
video del Berliner Ensemble, ni a la cita del ballet
Avanzada, en el que Alicia Alonso danzaba enarbolando una bandera
roja. Conjuntamente con el empleo del conocido tema
musical del corto documental de Santiago Álvarez
Now, precursor
del video clip, estos signos visuales despiertan
infinitas asociaciones. El diploma raído que enuncia
“Otorgado a: Blanche Dubois por su destacada labor”,
colocado ante nuestros pies en el proscenio, junto
a una camisa de miliciana que será usada por la
mujer, provocan un multívoco diálogo con la vida
cotidiana del pasado y el presente. Danza y teatro se funden en un
lenguaje nuevo, activo en el diálogo con la realidad,
como en las otras piezas. Las tres propuestas se
conectan también en el uso del cuerpo y, a través
de él, el gesto cotidiano o social, el movimiento
y su organización en un lenguaje. Lo que Marianela
Boán –quien ha aportado también una estimable teorización
sobre su trabajo--, ha llamado danza
contaminada, se emparienta de cerca con las
búsquedas de Javier Cardona y con las bases físicas
de la exploración de Jáquez. Coincidentemente, You don’t look like y Pargo,
los pecados permitidos, son propuestas alternativas
a la crisis estructural del grupo teatral en esta
época, una situación que ha generado en actores
la potenciación de capacidades de escritura, elaboración
de partituras o guiones, concepciones escénicas
y otras. Marianela aprovecha al máximo las posibilidades
de estabilidad de que puede disponer como profesional
del teatro cubano y desarrolla las potencialidades
individuales de sus seis bailarines.
[11]
En las tres experiencias resumidas,
el espacio público es el ámbito de definición y
desarrollo de las contradicciones, en cada caso
portadoras de una vocación política consciente,
por lo que la escena se convierte en un ruedo provocador,
en una plaza de debate para el espectador. La migración,
el fenómeno de los desplazamientos humanos, antigua
vía de interrelación en la región caribeña, y cada
vez más una manifestación de magnitud global, es
matriz nutricia y eje de discusión, pues si en Pargo..., el devenir de las historias personales
de los cuatro inmigrantes la sitúan como motivo
causal de inevitable fatalismo, en You
don´t look like, la mirada de afuera es vista
como omnipresencia de legitimación, y la alusión
a seres de otras islas vecinas del Caribe, se reapropia
del componente de movilidad mencionado, que define
la génesis de este área regional, hacia la cual
Puerto Rico siente una compleja filiación de pertenencia.
En Blanche Dubois, la protagonista se ubica,
en el contexto de las migraciones políticas y económicas
cubanas, del lado de quienes se quedaron, un ángulo
quizás mucho menos considerado y estudiado, pero
vivo en la perspectiva central de otros montajes
cubanos, como Weekend en Bahía o Delirio habanero, de Alberto Pedro y Miriam Lezcano (Teatro Mío),
o mucho más recientes, como El
baile, de Abelardo Estorino (Compañía Hubert
de Blanck), o El enano en la botella, de Abilio Estévez-Raúl Martín (Teatro de la
Luna). Propuestas como estas activan mi
interés en indagar en los vínculos entre teatro
y performance, porque se trata de expresiones híbridas,
que entienden la dramaturgia como organización de
acciones y que no distinguen entre el teatro y la
danza, el empleo de la palabra o el gesto. No se
atienen a los paradigmas conocidos, ni respetan
la linealidad ni la continuidad temporal, consideran
activamente a los espectadores, y proponen un juego
subversivo e intertextual del lenguaje que se apropia
de expresiones populares para fundirlas con la norma
literaria. Y sobresalen también porque, inspirados
en aquel performer “que sabía ligar el impulso corpóreo a la sonoridad”, y
que andaba en el camino hacia el cuerpo
de la esencia, quieren también construir su
relato de un instante focalizado aquí
y ahora, afirmar su presencia y su voz en
un tiempo como este, en permanente crisis. Como
espacios de resistencia humana frente al mercado
global dominado por los medios, asumen una deliberada
perspectiva conceptual y un compromiso con la vida,
el arte y la sociedad en que se inscriben.
-
[1]
“La escena puertorriqueño vista desde fuera/dentro”,
Conjunto n. 106, La Habana, mayo-agosto
1997, pp. 3-12; “Quince voces en busca del teatro
dominicano”, Conjunto n. 116, La Habana, enero-marzo
2000, pp. 2-21; “Mover la palabra, ritualizar
el gesto”, Revolución y Cultura n. 1/2001, La Habana, enero-febrero, época V,
pp. 45-48, y “Chorus
perpetuus: bailar la plenitud del hombre”,
Conjunto
n. 124, La Habana, ene-.abr. 2002, pp. 58-61.
[2] El texto puede consultarse en la revista Conjunto n. 106, La Habana, mayo-agosto 1997, pp. 47-49. Y en Saqueos. Antología de producción cultural (Dorián Lugo, ed.), Puerto Rico, 2002, s.p.
[3] Cf. Jossianna Arroyo: “Espejito, espejito: raza y formación de identidades puertorriqueñas en You don’t look like, de Javier Cardona”, Saqueos. Antología de producción cultural (Dorián Lugo, ed.), Ob. cit., s.p. [4] “La estética popular oriunda, que escapa a la uniformante ‘modernidad’ de los medios, se tilda de jíbara –por campesina, de cafre –por africana--, de charra –por mexicana--. Lo nacional se ve anacrónico y lo autóctono vulgar, nunca tan importante como lo que se predica en las revistas y en las pantallas de cine.” Cf. Yanis Gordils: “Los Teatreros Ambulantes y la estética del espejo prismado”, inédito. Se trata de un valioso estudio sobre el proyecto teatral desarrollado entre 1986 y 1990 por Rosa Luisa Márquez y Antonio Martorell con estudiantes, entre ellos Javier Cardona. El título del ensayo alude al espejo –de juguete-- como objeto recurrente en la exploración de autorreconociemiento del grupo. Y referido al creador que nos ocupa, apunta: “El logro esencial es re-velarse a sí mismos y aprender a llamar cada cosa por su nombre para compartir su nombre verdadero con el prójimo. Javier, por ejemplo, descubrió que es negro y que es hermoso como la deidad Ogún en el proceso de personificar al bicolor José Clemente del cuento de Ana Lydia Vega Otra maldad de Pateco.” [5] El significado de las siglas se comparte con la noción de pargo como servicio sexual remunerado. [6] A diferencia de otra performera de origen dominicano, Josefina Báez, que se autocalifica como dominicanyork con un propósito de legitimar y dignificar el gentilicio en su performence Dominicanish, Jáquez se considera como “un dominicano, punto, que vive en Nueva York, punto”. Cf. Josefina Báez: Dominicanish, a performance text, Graphic Art, New York, 2000, y William Vargas: “Los finales felices pasaron de moda”, entrevista a Waddys Jáquez, Oh! Magazine, revista de El Listín Diario, Santo Domingo, 8 de septiembre de 2001. [7] Aludo y parafraseo a Luis Rafael Sánchez, en su notable ensayo “La guagua aérea”, Editorial Cultural, Río Piedras, 1994. [8] Es significativo como Mary Louise Pratt en su conferencia magistral “Globalización y transculturación”, impartida en el Tercer Encuentro Anual del Instituto Hemisférico de Performance y Política, (Lima, julio 2002) anota como toda globalización empieza en la alteración de los factores de movilidad humana, con los desplazamientos cada vez más frecuentes de los sujetos excoloniales hacia sus antiguas metrópolis –que aunque necesita esta diáspora no necesariamente se muestra favorable a ella--, y refiere cómo en los 90 aparece un relato de reciclaje de los archivos de viaje del siglo XVIII, con personajes polizontes y naúfragos. [9] Cf. Mónica Volonteri: “Pargo o la irrupción de la verdad”, Conjunto n. 123, La Habana oct.-dic. 2001, pp. 70-73. [10] Deborah Hunt: “Mujeres laborando”, En Rojo, Claridad, San Juan, 9 al 15 de marzo de 2001, p. 19. [11] Además de haber incorporado en su desempeño la actuación y de cantar, como en Chorus perpetuus, algunos de los integrantes de DanzAbierta, como José Antonio Hevia y Grettel Montes de Oca, se han iniciado en la coreografía estimulados por la directora. |
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