Redefinición de los orígenes: artistas del caribe hispano en New York [1] .

YOLANDA WOOD
Dra. en Ciencias del Arte. Profesora Titular de la Universidad de la Habana


Julio Valdez, Tocando fondo

 

La orientación multiculturalista de los supuestos postmodernos en las sociedades industriales desarrolladas, con altos índices de población inmigrante, como  ciudad de Nueva York, redefine en el nuevo medio social las procedencias de los emigrados caribeños y sus identidades originales. Los géneros y las etnias, en una macroescala clasificatoria, tienden a reordenar, tanto a nivel del discurso como la práctica artística, la nacionalidad de origen en el nuevo contexto de recepción neoyorquino.

Esto contribuye esencialmente a la difuminación del espacio Caribe, tanto por factores etnolingüísticas como raciales. Ambos polarizan las expresiones artísticas en Nueva York, ya bajo la macroidentidad latina o bajo el sello de afro-american arts.

El incremento de la población latinoamericana en Nueva York ha dado lugar a una denominación genérica en expansión, identificada como latina o hispana, empleadas indistintamente para referirse a los emigrados procedentes desde “el sur del río Bravo hasta la Patagonia”, incluidas las tres mayores islas de las Antillas.

Hoy “de cada once americanos uno es latino, siendo la población latina de 22.35 millones de habitantes en Estados Unidos” (14,s/p). Esta denominación por su magnitud física y su significación en el contexto de recepción, ha adquirido la fuerza de una macroidentidad cultural.

  Su uso como globalización identificadora de la producción artística de origen latinoamericano, fragmenta al Caribe en sus fronteras lingüísticas, toda vez que fuera de la acepción latina, homologada a hispana, quedan expresamente excluidos los anglófonos y francófonos del Caribe, aunque  estos últimos  son también el origen latino.

 Estos grupos, sin embargo, tienen una representatividad importante en la sociedad neoyorquina, aunque no comparable numéricamente a la Hispana. De las múltiples lenguas que se pueden escuchar en Nueva York, resalta con especial énfasis el español,”Estar en las calles de Nueva York es como estar en el Caribe”, dice una expresión común entre los turistas latinoamericanos que visitan Manhattan (58,8) porque los acentos más identificables son los de Las Antillas mayores, Puerto Rico, República Dominicana y Cuba.

En otros condados de Nueva York, como Queens, parecería estar en Sudamérica por la presencia de colombianos, ecuatorianos, argentinos y peruanos. En definitiva en Nueva York “hay una inmensa cantidad de latinos que participan a todos los niveles de la actividad económica, política y cultural”(14,8)

 Según datos publicados por el Daily News, procedentes del Departamento de Planificación de la ciudad Puerto Rican New Yorker en 1990 y el Profliles of the Hispanoic Population, publicado por la Rama Étnica e Hispana de División de Población del Buró del Centro de Washington DC, los diez grupos más grandes de hispanos en Nueva York en 1990, en orden de significación numérica eran puertorriqueños, dominicanos, colombianos, ecuatorianos, mexicanos, cubanos, salvadoreños, peruanos, panameños y hondureños.

Los crecimientos más importantes de la población, entre 1980 y 1990, según la misma fuente, se produjeron en las migraciones procedentes de El Salvador, México, República Dominicana y Perú.

De los territorios hispánicos del Caribe los más numerosos en Nueva York son los puertorriqueños con 40,3% de asentamiento en el Bronx, y son los dominicanos los de mayor población en Manhattan (41,6%) en contraste con el 18,4% de residentes puertorriqueños en ese condado. Estos últimos, sin embargo, tienen los mayores índices de pobreza sobre todo entre la más reciente población inmigrante.

De un modo u otro, los artistas del Caribe hispano, en su condición de latinos, encuentran un espacio expositivo y de estudios especializados dentro de la denominación mayor de Arte Latinoamericano, de artistas latinos o de origen latino, y de artistas hispanos o de origen hispano.

En 1976 se celebró la gran exposición del Institute of Hispanic Art donde fueron expuestos 47 artistas en una muestra selectiva de latinoamericanos residentes en Nueva York. En ella cerca de 20 artistas eran de origen hispano-caribeño.

Con similares características el Museo del Bronx presentó “El espíritu latinoamericano, arte y artistas en los Estados Unidos (1920-1970)”. La exposición  tenia el propósito de “documentar y examinar la participación de los artistas latinoamericanos en la vida cultural de los Estados Unidos y demostrar el gran alcance de esa participación”, por eso en el criterio de selección se tuvo en cuenta que los artistas tuvieran “una carrera artística sustancial y prolongada en los Estados Unidos que incluiría exposiciones, becas, reseñas críticas”. (48,7)

Estos criterios revelan una cierta tendenciosidad en los fundamentos selectivos de las muestras, pues se trata de la presentación de artistas latinoamericanos que son residentes en Nueva York, o tienen una vida artística compartida o muy intensa en esa ciudad. En el caso particular del Caribe, las propuestas expositivas presentadas desde la región son muy limitadas, o prácticamente inexistentes.

Más recientemente el Museo del Bronx expuso desde octubre de 1994 a enero de 1995. “Cartografías, 14 artistas latinoamericanos” en la que dos artistas cubanos (José Bedia y Marta María) estuvieron presente. Un mes antes, en septiembre de 1994, la Merill Lynch Campus Art Gall de N.J. presentaba “Ventanas de nuestra cultura, la visión hispánica”. Era un conjunto de obras de artistas de Puerto Rico, México, Colombia y Argentina, y la exposición proponía “que al asomarnos por las diversas ventanas, estas nos muestren el fruto y la esencia de nuestra herencia hispana”. (34, s/p)

Otras exposiciones colectivas integran sólo artistas del Caribe como la que entre noviembre y diciembre de 1994 tuvo lugar en Douglas Cooley Memorial Art Grall en Oregon, bajo el título de “Arte inquisitivo, tres artistas americanos contemporáneos de descendencia latina”. En ella tomaron parte Ernesto Pujol (de origen cubano) Freddy Rodríguez (de origen dominicano) y Juan Sánchez ( de origen puertorriqueño).

La curadora de la exposición, Inverna Lockpez, expresaba en las palabras al catálogo que “en los Estados Unidos la mezcla de nacionalidades y razas ha producido nuevos conceptos culturales. Esta nueva cultura no es una reducción de la anterior, sino un proceso acumulativo en el cual nuevas prácticas   se forman reteniendo los elementos vitales de las tradiciones y costumbres originales”. (14,6)

En diciembre de 1994 la Galería Carib Art en Broadway inauguró la muestra “Realismo, abstracción y magia en Latinoamérica”. La exposición incluía entre los artistas de México, Santo Domingo y Cuba, a Gessner Armand de Haití, lo que resulta en general muy poco frecuente.

Esta Galería se propone un proyecto de divulgación y proyección de artistas del Caribe que pudiera llegar a convertirse en una importante posibilidad para las expresiones artísticas caribeñas en Nueva York.

Otras galerías como la INTAR-que presentaba en el mes de diciembre de 1994 las obras de dos artistas caribeños, Consuelo Castañeda y Quisqueya Henríquez- ha tenido también una apertura importante al arte de la región. Mientras que otras excelentes galerías neoyorquinas como la Lelong y la Frumikim-Adams, representan a artistas importantes como Ana Mendieta, Arnaldo Roche-Rabel y José Bedia.

En la proyección del arte latinoamericano en Nueva York habría que destacar de manera muy especial el Museo del Barrio en Harlem que acaba de cumplir sus 25 años de fundado en 1994. El balance de acción cultural del Museo es impresionante. Si bien en sus primeros momentos se orientó hacia el arte puertorriqueño, ha logrado una proyección más latinoamericana desde hace unos años.

Su labor sistemática, sus valiosos fondos y archivos, hacen clave esta institución en la divulgación del arte latinoamericano en Nueva York, y en este encuentran su espacio los artistas del Caribe hispano residentes en esa ciudad y otros que desde las islas son invitados a participar en proyectos expositivos conjuntos.

La denominación generalizada también de afro-american se extiende al Caribe como resultado de la propia configuración etnohistórica de esta región. En la actualidad los territorios de colonización francesa, holandesa e inglesa, presentan una población predominantemente negra por el carácter plantador de las sociedades establecidas por el poder colonial.

La gran demanda de mano de obra para la producción agrícola que requería la incipiente industria europea, dio lugar a un traslado sistemático y masivo de hombres procedentes de África hacia las islas del Caribe.

El status absentista del propietario inglés, francés y holandés y los limitados procesos de mestizaje en comparación con los territorios de poblamiento hispánico en el Caribe, explican el predominio del hombre negro en las pequeñas islas antillanas y Jamaica, donde tuvieron un fuerte arraigo las ideologías modernas sobre la negritud y la ancestralidad africana.

Este factor racial pudiera explicar la más frecuente presencia de las expresiones artísticas caribeñas de origen jamaicano y haitiano principalmente, en esa zona de referencias visuales con el negro Nueva York.

Al revisar los currículum de algunos artistas de estas procedencias, residentes en esa ciudad, aparecen sus participaciones en colectivas como “Ideo-syncretism, Diasporic Creolization” en la Gallería Cavin-Morris de Manhattan, donde se integraban obras de Kofi Koyiga, Keith Morrison y Rene Sbout. En Texas, 1989, la exposición “Black art, ancestral legacy”, reunió a artistas de las islas antillanas cuyas reseñas aparecieron también en el libro publicado por el Dallas Museum of Art, The visionary presence of African-American art (1989).

El Museo of Fine de Boston incluía  1988 a artistas del Caribe en su muestra “Massachusetts Masters, Afroamerican artists”. Y algunos de ellos participan como miembros de la Association of African-American artists. En 1985 el Center of African Art de Nueva York realizó la muestra colectiva “Sets, series & Ensembles” en la que tomaron parte artistas africanos y caribeños como también en “The African Diapora Museum” del City School de Nueva York.

Los comentarios críticos sobre las obras de estos artistas, refieren las relaciones entre África y el arte del Caribe, intentando establecer una línea de correlación directa entre ambos, la que se refuerza en ocasiones con las opiniones de los propios autores, “África me hizo confidencias sobre lo que debo hacer”, ha dicho el artista jamaicano Kofi Koyiga.

No cabe la menor duda que África deja un legado de ancestralidad histórica  a la cultura caribeña que necesita ser evaluado en las coordenadas específicas del proceso de transculturación y de interculturalidad de esta región, ya que las cadenas culturales africanas quedaron fracturadas en el trasplante y la de deculturación. Quizás por eso muchos artistas hayan optado por el reencuentro necesario con África y sus artes, tanto físicamente como intelectualmente.

Los soportes de materialidad que hacían expresas las morfologías del arte africano, quedaron barriadas de las plantaciones donde se impusieron nuevos rigores de vida al esclavo. Sólo lo que pudo conservarse en la memoria, sobrevivió. Y hoy el artista caribeño indaga y recompone esa memoria, y le da expresión, valiéndose de las morfologías visuales de la modernidad y de sus propias indagaciones sobre el arte de África.

Así al Caribe le quedan estrechas, por su propia complejidad formativa-histórica, las reducciones redefinitorias de sus expresiones artísticas a latinas o afro-americanas en el contexto de Nueva York. Una y otra tienen en común que son categorías de marginalidad en el espacio de recepción. A ellas accede el artista por su propia condición de existencia en Nueva York, y desde ellas, comentaba Silvio Torres, por ser “una sociedad dividida de acuerdo a raza, clase y cultura, una comunidad adquiere su merecida representación en la medida que se le reconozca como grupo de presión”. Y añade que aún así se quedará en el margen  por un buen rato “como se ha quedado la puertorriqueña que lleva más de un siglo y como se ha quedado la chicana que lleva más de siglo y medio”.

A los aspectos señalados habría que añadir los orígenes innominados de muchos artistas en la información que acompaña a las obras en las exposiciones, así como los problemas de las autodefiniciones de identidad de los propios artistas. Lo que significa denominarse puertorriqueño habiendo nacido en los Estados Unidos, considerarse cubano siendo residente hace más treinta años en ese país o añadir “american” a cualquiera de los gentilicios caribeños, lo que tampoco se hace explicable sino fuera por la propia autodefinición de “american” predominante en los Estados Unidos lo que en el fondo significa ser ciudadano de un continente.

Cuando se leen cuidadosamente las denominaciones que acompañan a algunas grandes obras en los Museos de Nueva York, es posible percatarse de lo complejo de todas estas redefiniciones. Así por ejemplo los datos que acompañan a Marcel Duchamp (1887-1968) dicen, “Vivió algo más de 30 años en EU. American. Born in France”. O en el caso de Brancusi, Constantino (1876-1957), precisa “Francés. Born Romania. To París 1904. Naturalizado french citizen 1951.

Las comunidades de origen caribeño han incrementado su presencia en Nueva York en los últimos 30 años. Con excepción de los puertorriqueños que iniciaron su asentamiento temprano en Estados Unidos desde la primera mitad del siglo XX, las restantes migraciones son más recientes y de origen económico disímil.

La cubana, posterior a 1980, como la dominicana, puertorriqueña y haitiana de los últimos 10-20 años, responden a una crisis económica de la que el Caribe no logra salir.

En este programa general no es idéntica la situación de las expresiones artísticas en Nueva York, y ello influye, considerablemente, en los perfiles de identidad de esta producción, aunque toda ella esté distinguida en la otredad de los márgenes.

En la actualidad plástica del Caribe en Nueva York coexisten desde la paradigmática Jungla de Wifredo Lam en el MOMA hasta las versiones callejeras de los graffiti y los murales públicos en los barrios. En la gama diversa de esas manifestaciones artísticas se hace difícil reconocer una sucesión de generaciones, porque diferentes son las motivaciones que condujeron a los artistas a residir y crear en Nueva York adonde llegaron en diferentes momentos y con diversos niveles de preparación y reconocimiento artístico.

Pudieran agruparse para su estudio de diversa manera.

Para los propósitos de estas anotaciones y comentarios se tomarán en cuenta las poéticas de los artistas caribeños residentes en Nueva York valorando imperativos socio-estéticos, estéticos-artísticos-comunicativos que contribuyan a definir los perfiles de identidad, tomando en cuenta además el momento y el modo en que se insertan a la sociedad neoyorquina. Desde  este enfoque se puede distinguir varias agrupaciones de artistas en Nueva York:

Artistas que se instalaron en Nueva York entre los años 1950 y 1960, y que hoy continúan residiendo y trabajando en esa ciudad.

Niños y jóvenes inmigrantes que se formaron como artistas en los Estados Unidos y hoy producen su obra en Nueva York.

Artistas que nacieron en los Estados Unidos, de padres de origen caribeño, y producen su obra en Nueva York.

Artistas  que realizaron sus estudios en los países caribeños de origen y hacen estancias de estudio en Nueva York o tienen intenciones de trabajar o exponer en esa ciudad.

Artistas  que han formalizado su inserción en la sociedad neoyorquina y arriban con un currículum profesional competente.

Artistas que viven en otros estados de la Unión pero tienen un status de reconocimiento en el mundo artístico en Nueva York.

Autodidactas y creadores de murales callejeros.

La recuperación de las expresiones artísticas caribeñas en Nueva York, es un ejercicio de reordenamiento  y reagrupación de sus artísticas y obras, dispersas y reclasificadas dentro del mundo artístico de esa ciudad. Aunque complejo, vale la pena el esfuerzo de indagación, porque más allá de las redefiniciones de origen, a nivel del discurso crítico o de la práctica artística que operan como velo o coraza de las identidades originales, reaparecen, con diversa hondura, las vibraciones etno-culturales de las tierras de origen.

Se trata de la existencia de una “geografía interior”, según el artista puertorriqueño Néstor Otero, conservada por los creadores caribeños en una ciudad donde parece reunirse el mundo entero y desdibujarse el contorno de los territorios.


[1]  Texto publicado en:  Artistas del Caribe Hispano en New York. Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1997

Ernesto Pujol, Cunas y tijeras, 1993 José Morales, Puente
Julio Valdez, Tocando fondo Ernesto Pujol, Sostenes y sayas, 1993