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| Gabriel Sierra - Hang it all - de la serie Madrastra Naturaleza, 2006-2008 |
Mediante este “Diploma de Museología y Diseño de Proyectos
Curatoriales” se capacitó, en la
ciudad de Medellín, durante buena parte del año 2008 y lo
que va del 2009, en dos cohortes, a las personas vinculadas
con la gestión cultural, de exposiciones o con los
museos, también a aquellas que administran colecciones. Esta
propuesta no había tenido precedentes en la ciudad, y abre
el camino para presentar, a corto plazo, un pregrado o una
maestría en museos y curaduría, como alternativa diferente
o complementaria a la oferta capitalina de la “Maestría en Museología y Gestión del
Patrimonio”, que propuso la Universidad Nacional,
Sede Bogotá. Una
de las razones que han suscitado este tipo de propuestas refiere
a que, en muchos casos, los profesionales de las industrias
culturales ejercen la curaduría
y la administración de museos, de un modo empírico, aunque
esta labor se puede, y se debe, profesionalizar. Diferentes
disciplinas complementan la labor museística, ya que cada
vez es menos habitual que los conservadores, museólogos, comisarios
o curadores tengan una formación exclusiva en historia del
arte o en arquitectura. En nuestro contexto
regional tenemos diversidad de profesionales que laboran en
los museos, y deben resolver de manera intuitiva el cómo se
hacen a sus colecciones o la calidad, tipo y número de
objetos que exponen en los recintos habilitados y que tienen
a su cargo. Los temas abordados
en este diploma apuntan a definir la especificidad y pertinencia
de un guión curatorial museológico y museográfico como antecedente
conceptual e investigativo a la producción de toda clase de
exposiciones; también se han incluido en los contenidos del
programa los temas de la conservación, investigación, selección,
difusión, exposición o catalogación de material artístico,
científico, arqueológico, étnico o histórico, material que
funge, en definitiva, como patrimonio cultural. Cada uno de los
cinco módulos que conforman el diploma tiene como propósito
proveer una selección de textos afines a cada módulo con el
fin de ofrecer un marco general sobre aspectos relacionados
con la curaduría. Los textos se eligieron por tener diversos
enfoques de profesionales de distintas latitudes, intentando
así dar un panorama de las visiones y los procesos del quehacer
curatorial y expositivo que se practica actualmente. Los participantes
del diploma han venido conociendo los procedimientos base
para la planeación y el diseño de exposiciones con una clara
intencionalidad didáctica y elaborarán un proyecto expositivo
final (un guión curatorial museológico y museográfico) destinado
a públicos específicos. Esto les permitirá articular sus propias
ideas con los conceptos sobre curaduría y museología adquiridos
durante el proceso, y los podrán poner en práctica con los objetos
de las colecciones que administran. Los aportes experienciales
de los miembros del diploma son muy enriquecedores, pues desde
la experiencia de cada uno se da un panorama muy interesante
respecto al ejercicio de la curaduría y la museología en
nuestra región. Se han propiciado espacios de diálogo y socialización
de estrategias mediante las cuales resuelven diferentes situaciones
propias de la cotidianidad de sus labores, en instituciones
culturales o museísticas. Entre los ejercicios más significativos
es de resaltar aquel en el que se han diseñado montajes expositivos
teniendo en cuenta diferentes lecturas de los objetos, a partir
de una intencionalidad ritual o emotiva, didáctica y lúdica;
además de integrar los conceptos en diseño concernientes a
la iluminación, las texturas y los colores. Otro ejercicio
consistió en hacer una lectura e interpretación de cinco objetos
disímiles, tomados de manera aleatoria de diferentes colecciones
del Museo Universitario (ciencias naturales, artes visuales,
historia y antropología). El espécimen embalsamado de un oso
perezoso, una pintura figurativa de un retrato al óleo y en
bastidor, un libro religioso antiguo, y unas cerámicas moche
fueron homologados y vinculados mediante un discurso curatorial,
a la luz del criterio dialéctico de diversos profesionales
y disciplinas. El objetivo principal fue re-significarlos,
recrearlos y escenificarlos en una exhibición después de plantear
la textura de los conceptos o cédulas que apoyasen las ideas
en común. Ideas que tuviesen en cuenta el ámbito cotidiano
de posibles visitantes, y que fuesen consistentes, más allá
del uso de juegos de palabras o de malabares verbales. Esto
obedece a que en muchos casos las colecciones que reciben
los curadores en sus sitios de trabajo comprenden acervos
de diversa naturaleza, y se encuentran con la situación de
que los objetos no conforman esas colecciones ideales, sino más bien insólitas
piezas que fragmentan saberes, momentos y geografías de manera
casi rizomática o anacrónica, y que demandan del curador toda
su audacia. Dicho curador debe llevar al visitante en un viaje
sensorial, imaginativo, racional e histórico, hacia la posibilidad
de poder conectar estos objetos mediante el puente que erigen
temas muy impredecibles, o tópicos bastante diversos, afines
al multiculturalismo, a la política, a problemas globales
o transnacionales, a la esclavitud, la teoría de la relatividad,
o la teoría de la evolución, de los fractales, de las revoluciones
científicas, del feminismo, de los nomadismos y migraciones,
de los cultivos hidropónicos, de la era espacial y la tecnología,
o de las cosmovisiones en diferentes culturas, etc. Todo lo
anterior se planteó con la idea de que hicieran una lectura
arriesgada, inédita y novedosa de objetos al azar, comentados
y relacionados mediante un criterio ingenioso. Este fue un
reto a la creatividad, intelecto y retórica de los curadores,
que eran desde hombres y mujeres de
ciencias duras hasta investigadores de las humanidades.
En el trabajo
de clase, los miembros del diploma evidencian la creatividad
y múltiples recursos con los que desarrollan estrategias técnicas,
metodológicas e investigativas, la interpretación de objetos,
la valoración museológica de exposiciones y el diseño de guiones
curatoriales. Esta información retroalimenta el ejercicio
de la administración del patrimonio y dinamiza el trabajo
que hacen en sus instituciones, ofreciendo nuevas miradas
al oficio y perfil del curador, miradas que potencializan
el carácter creativo de sus funciones. La identidad y
visibilidad del curador (o comisario), del conservador y del
museólogo, dependen no sólo de su audacia e intuición, sino
también de una rigurosa metodología que se refleja en la calidad
de los montajes expositivos. Hoy día la función del curador
no es sólo la de coleccionar, conservar, comunicar y exhibir
un acervo; sino también la de incrementar la información de
los fondos a su cargo “al aumentar el conocimiento
científico en torno a una colección”.
[1]
Las labores de investigación en el ejercicio
curatorial ameritan la formación académica del curador a un
nivel más formal. Además se revierten en exposiciones exitosas
que generan un impacto cultural favorable al contexto sociocultural
de las regiones. El “Diploma
de Museología y Diseño de Proyectos Curatoriales”
tiene el propósito de involucrar a los alumnos en las
labores de investigación y curaduría, fundamentalmente en
los museos, a través del conocimiento de sus diversas facetas.
Dicha investigación tiene un papel central; con ella se inicia
el proceso de curaduría y abarca desde la determinación del
tema, la elaboración de los guiones y del cedulario o fichas
técnicas, la selección y documentación de las colecciones
y de los apoyos museográficos, hasta otras tareas como la
realización de catálogos, de guiones para interactivos, audioguías
o videos. Así mismo, las funciones de curaduría incluyen diferentes
actividades de apoyo para los departamentos de servicios educativos
o de difusión, tales como, participación en conferencias,
ponencias y cursos. Los conceptos de montaje, museo, conservación
e investigación del patrimonio cultural, perfil y funciones
del curador, se han transformado con el tiempo; adecuándose
a las necesidades de la sociedad. Uno de los principales
retos de la labor museológica es el de conocer e identificar
los principales procesos y métodos de investigación y documentación
que se llevan a cabo en las actividades de curaduría; también
el perfil y el rol del curador y sus estrategias comunicativas.
La experiencia
educativa del visitante de los museos es también una experiencia
lúdica y ritual. Hoy día el público es concebido como patrimonio,
al igual que los objetos del acervo del museo. Los estudios
de público apuntan a incrementar el interés de visitantes
cada vez más diversos y a propiciar el impacto cultural de
los montajes expositivos a razón de lecturas novedosas del
patrimonio. El espacio museal
tiene un potencial comunicativo, lúdico, dialéctico y semántico.
Es labor del curador interpretar las colecciones mediante
la construcción de discursos en los espacios expositivos,
empoderar al público al proporcionarle herramientas de lectura
para la comprensión y disfrute de presentes y futuras exposiciones
a visitar; por ello su labor reviste un carácter pedagógico.
Asimismo, el curador
debe tener una autoridad intelectual que legitime el carácter
y la condición museable de los objetos, debe trascender posiciones
tendenciosas que limiten, eliticen o restrinjan el acceso
a la información en sus exposiciones. En fin, interpretar
colecciones, favorecer la investigación y difusión de las
mismas; pero también reinterpretar los objetos dándoles nuevas
lecturas, respetando su valor ontológico e histórico. A partir
de dichos objetos el curador debe encontrar conexiones entre
saberes, mediante la trans e interdisciplinariedad. A razón de su
trabajo el curador debe actualizarse respecto las tendencias
en el arte, pero también las puede ir generando él mismo.
Al convertirse en un visionario de las futuras tendencias
que se están gestando en las dinámicas globales de la información
y del conocimiento. Pero igualmente, el curador debe evitar
generar discursos demasiado elaborados que distancien al público,
que puede ser lego en los temas que se va a encontrar en las
salas de exposiciones; ya que la labor curatorial no es cuestión
de batallar con el ego propio o ajeno, ni de crear códigos
crípticos sofisticados e ilegibles, o de configurar un lenguaje
que sea comprensible sólo para otros entendidos, sino que
consiste en trabajar para personas de diversas edades, niveles
intelectuales y socioeconómicos. Ahora bien, en
los catálogos de exposiciones el curador puede ser más “licencioso”
y hacer un derroche de erudición, donde se planteen diferentes
visiones que interpretan las colecciones. Un buen aparato
crítico en los textos curatoriales surge a partir del rigor
conceptual y científico, a la luz de una investigación cuyas
estrategias metodológicas han permitido no sólo describir,
valorar o contextualizar a los objetos sino interpretarlos
y acercarlos al ámbito cotidiano de los visitantes del museo.
Los curadores
tienen que dominar temas afines a la historia del arte, al
diseño, a la arquitectura, al manejo de la iluminación en
salas expositivas, y a la teoría del color, independientemente
que su labor se relacione o no con colecciones pertenecientes
a las artes visuales. El sentido estético de sus exposiciones
se revertirá en el éxito, permanencia y trascendencia de las
mismas en el imaginario y en la memoria de los visitantes.
Un corpus de obra
para una exposición amerita la reflexión y la homologación
de los objetos en un contexto artificial como es el del museo;
debe permitir hacer desplazamientos de dichos objetos, de
una sección del museo a otra. Es decir, se debe facilitar
la dialéctica de objetos disímiles, siempre y cuando estos
se complementen discursivamente; lo que implica la posibilidad
de exhibir en un mismo espacio piezas de diferentes colecciones
como antropología, ciencias naturales, historia o arte, siempre
y cuando todas conformen el discurso expositivo de manera
eficaz y elocuente. Esto se hará guardando siempre una consistencia
conceptual y una coherencia semántica, e integrándolas como
imágenes en un espacio museal. Curar no es sólo
colgar cuadros en un espacio expositivo con algún sentido
común o estético, sino hacer una lectura y relectura del sentido
que nos están ofreciendo esos objetos, y así reconstruir su
contexto, darles vigencia para el presente con proyección
al futuro; es potencializar el carácter semántico de las colecciones
respetando siempre los objetivos de la muestra, los núcleos
temáticos y los lineamientos tanto de un previo guión museológico,
como de las políticas de la institución museística. El código
ético y deontológico del museo debe regir todas las acciones
del curador. De esta forma,
el curador nos presenta y exhibe nuevas miradas de las colecciones,
es un artista más a la hora de orquestar diversidad de ideas
que configuran la lectura de objetos. El curador, además de
brindarnos una valoración y un panorama del arte, ejerce el
ejercicio crítico
[2]
que articula con su labor investigativa e historiográfica. Está
permeado por escuelas de pensamiento, y al leer sus exposiciones
leemos su formación teórica, ya que cita sus bases conceptuales
tanto en los textos, los objetos seleccionados, como las imágenes
que habitan el espacio museal y que él ha interpretado. La creatividad
y el riesgo de un discurso curatorial propositivo y novedoso
seducen al visitante y se hacen sugerentes para saber más,
para que éste salga transformado de una visita al museo. El
valor de una exposición radica en los aportes al conocimiento
y al entretenimiento; ya que un buen montaje permite que la
carga emotiva de la muestra y sus objetos desemboquen en un
aprendizaje significativo, en un contacto sensorial con objetos
cuya dramaturgia compositiva en un entorno museal genere sensaciones
y reflexiones en los espectadores. El museo no es sólo un
viaje en el tiempo, es un recorrido por la historia de las
ideas. Al ingresar a una exposición se da comienzo a una lectura
que podría hacerse diacrónica o anacrónica, desde la libertad
del recorrido o desde el disfrute sin pretensiones ni “camisas
de fuerza” conceptuales. El curador genera
un lenguaje expositivo que lo va identificando frente a un
público que le va reconociendo y siguiendo el rastro, un público
que va asimilando el proceso evolutivo y la impronta de su
lenguaje a través del tiempo. De esta manera, su intencionalidad
se apoya en un discurso curatorial que provoca la reflexión
de los espectadores. Pese a que el
curador trabaja a partir de objetos, en muchos casos disímiles,
y con diversidad de ideas, debe haber en la muestra expositiva
una textura visual coherente entre la narrativa del recorrido,
los textos, los objetos y las imágenes. Todo debe estar muy
bien orquestado. La exposición debe realzar el potencial de
dichos objetos mediante acentos expresivos sugerentes. Tanto el espacio
como los objetos se tornan polisémicos en el ámbito del museo.
Así, los objetos deben ser homologados iconográfica y textualmente
en el espacio expositivo mediante el establecimiento de giros
dialécticos, metáforas, metonimias, analogías, imágenes poéticas,
contrastes, comparaciones, diferencias, similitudes, demostraciones,
desplazamientos, cruzamientos y coincidencias. Las obras que
pueden parecer aburridas y que se hacen indispensables para
completar una lectura e interpretación curatorial, llegan
a verse interesantes si el curador sabe encontrar en ellas,
además de nuevas lecturas o resignificaciones, un potencial
semántico que permita detonar elementos formales o fenomenológicos
que complementan las cargas rituales, emotivas, conceptuales
o perceptivas de otras obras. En lo posible,
el curador debe nacer virgen a los prejuicios, reinventar
sus propios métodos y tener una mente en extremo abierta a
cambios y a nuevos paradigmas curatoriales y conceptuales.
Apoyarse, para las interpretaciones de objetos y contextos,
en diferentes disciplinas que enriquecen el desarrollo de
un oficio, más allá de sus funciones instrumentales o prácticas.
El curador también debe poder anticipar o prever qué posibles
sensaciones o reacciones suscitarán las obras y la disposición
espacial de las mismas en la exposición; debe intuir qué le
va mejor a los objetos y al espacio, qué puede mejorar la
factura y presentación de las exhibiciones. Cuando un curador
interpreta objetos compromete su reputación, credibilidad
y criterio; al legitimar trabajos de mala calidad o ejercicios
que no proponen nada nuevo ni aportador, probablemente no
tendrá chance de generar un impacto favorable en el público,
ni de hacer una propuesta curatorial que propicie a su vez
evoluciones perceptuales y cognitivas interesantes. En el campo de
las artes visuales, tanto aquel curador que es independiente
como el que está adscrito a entidades oficiales, debe dejar
claro en sus montajes expositivos que entendió a cabalidad
las propuestas de cada artista(s), y que las puede hacer comprensibles
a su público, pero sobre todo por qué son interesantes y fue
importante incluirlas en una escenificación museográfica.
El rol del curador implica ejercer este oficio con un ojo aguzado y con una visión anticipatoria de tendencias y cambios en las ideas de las sociedades humanas. Con respecto a su perfil, lo ideal es que tenga una rica cultura visual y que sea creativo, que nos presente lecturas novedosas de los objetos desde un lenguaje propositivo y una formalización museográfica universal. Sin embargo, el talento del curador, como en el caso de los artistas, es innato, incluso puede llegar a ser mejor curador alguien que estuvo al margen de la academia, o de una educación formal en el ramo, que un museógrafo ilustrado. Pero aun así ese talento debe pulirse, cultivarse y desarrollarse, de manera que refleje y legitime su autoridad intelectual. *
Máster en Estudios de Arte. UIA México D F. [1] Beatriz Berndt León Mariscal: La investigación y la profesión del investigador en un museo de arte mexicano. Algunas consideraciones, Instituto Nacional de Antropología e Historia –INAH– CONACULTA, Universidad Iberoamericana, México D.F., 2005, p. 13. [2] Respecto a los antecedentes históricos del ejercicio de la crítica de arte, he aquí algunos datos interesantes que nos refiere Omar Calabrese en su libro Cómo se lee una obra de arte: “En definitiva, Diderot habría sido el primero en ejercer el “oficio” de crítico o “guía” a la interpretación y evaluación de las obras de arte contemporáneas a él; un oficio que, después, se habría desarrollado ininterrumpidamente hasta nuestros días. […] desde el texto de John Richardson, en 1719, “El arte de criticar en materia de pintura”, que constituye la parte más interesante de su Tratado de la pintura. Richardson intuía ya el estatuto ambiguo y peculiar de la crítica de arte. De hecho, sostenía que el juicio sobre una obra de arte se fundamenta en la ciencia del conocedor […] Pero este juicio sirve para establecer otro: el de la bondad y calidad de la obra misma. […] Benedetto Croce […] no encontraba en la crítica más que una aproximación al valor del arte, en sí mismo “inefable”, en tanto que la crítica es palabra, traducción verbal de la obra y, por ello, traición a la misma; útil para el conocimiento conceptual, no, sin embargo, para la “intuición pura” que es el fundamento del arte. Por esa razón (me estoy refiriendo a los Problemas de estética, de 1910), Croce consideraba la utilidad de los métodos de la crítica, aunque denunciaba sus limitaciones, declarándola, sobre todo, una práctica lingüística”. Tomado de Omar Calabrese: Cómo se lee una obra de arte, Cátedra, Signo e imagen, Madrid, 1993, pp. 7-10. |
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