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| Performance de Y. Ruiz y G. Posada - Proyecto Magdalenas en el Cauca |
El arte es impotente, el arte no arregla nada, Las representaciones
de la violencia en el arte se configuran de maneras distintas,
ya sean como alegorías o evocaciones del hecho violento,
como operaciones de metonimia al retomar objetos y vestigios,
como montajes de documentos o como reconstrucciones poéticas,
buscando visibilizar y generar reflexiones en torno a una
situación que ha ido pasando por el tamiz y el control de
la información oficial. El arte como memoria de dolor, tal
y como lo han manifestado algunos creadores –Doris Salcedo
particularmente– contribuye también, aunque sea de manera
efímera, a hacer visible las deudas de la justicia. En escenarios
donde los familiares no han podido recuperar los cuerpos
y no ha sido posible realizar rituales de despedida me interesa
preguntarme cuál es el lugar del arte que trabaja sobre
las ausencias y la memoria de los muertos. En un texto
de 1917 –“Duelo y melacolía”–
[1]
que ha sido punto de referencia para
sucesivas reflexiones, Sigmund Freud planteaba la problemática
del duelo, entendido éste como la manifestación de un estado
penoso por algún afecto perdido: “la reacción frente a la
pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga
sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc”.
[2]
En la concepción freudiana del trabajo
de duelo se plantean distintos tiempos o etapas. Después
del instante traumático en que se pierde el ser amado, se
produce un segundo momento de introversión de la libido
en la que se intenta elaborar lo perdido, pero no es hasta
que se libera la libido respecto a lo perdido, y se produce
la posibilidad de ligarla a otro objeto del deseo, que aparece
la última etapa con la cual se da por terminado, según Freud,
el proceso de duelo. Abraham y Torok
[3]
desarrollaron también reflexiones sobre
el duelo proponiendo la figura de la cripta como representación de una “parálisis
que mantendría el duelo en suspenso”.
[4]
En lugar de producirse la introyección
a través de la cual el objeto perdido es dialécticamente
absorbido permitiendo cerrar el trabajo de duelo, se produce
una incorporación
en la que el objeto permanece alojado, “invisible pero omnipresente”,
manifestándose de forma críptica y distorsionada,
y produciendo “una tumba intrasíquica
en la que se niega la pérdida”. La teoría de la cripta quedaría ligada a lo espectral al designar, en palabras de
Idelber Avelar “la manifestación residual de la persistencia
fantásmica de un duelo irresuelto”.
[5]
La figura del “duelo irresuelto” busco
entenderla como el duelo suspendido, en aquellos casos en
que ni siquiera se han creado las condiciones para iniciar
el trabajo de duelo. La dimensión doblemente traumática
producida por la desaparición o pérdida de un ser querido
bajo las condiciones de muerte violenta, no permiten ni
la aceptación de la muerte ni la realización del trabajo
de duelo. Esta situación de los duelos irresueltos o suspendidos
tal vez tendrían posibilidades de expresión en las prácticas
y en construcciones artísticas. Una vez más se exploraría
la posibilidad del arte para la manifestación de contenidos
traumáticos. ¿Cuál es, entonces,
la relación con el duelo en las sociedades actuales, particularmente
en Latinoamérica, marcadas por continuas desapariciones
y muertes violentas? ¿Cómo hacer el trabajo de duelo? ¿Cómo ejecutar “pieza por pieza”
ese “desasimiento de la libido” en relación a la persona
perdida? Qué sucede ante la ausencia del cuerpo con el cual
se suele establecer ritos de despedida; o ante la imposible
certeza de si la persona está viva o muerta, cuando ni siquiera
se tiene la constatación de la muerte por el reconocimiento
del cadáver, cuando no se le vio partir, y apenas se reciben
pedazos de cuerpo que deben ser tomados como representantes
dudosos de la pérdida. En todos los textos revisados, sobre
todo en aquellos producidos por la reflexión psicoanalítica
desde contextos marcados por experiencias de violencia y
desaparición sistemática de personas, se reconoce esta ausencia
como un obstáculo irreparable para la elaboración del duelo. En lugar de la muerte del padre, la problemática se ha desplazado en los tiempos actuales al trauma por la muerte del hijo, como ha planteado Jean Allouch. [6] El duelo se enfrenta hoy a lo que Allouch llama “la muerte a secas” y ante la cual el duelo es un acto –más que un proceso de trabajo– que reconoce una pérdida sin compensación alguna, pues el duelo sobre todo implica “perder a alguien perdiendo un trozo de sí”(401), en el sentido de que todo muerto se va llevándose un pequeño trozo de los que siguen viviendo. A partir de estas reflexiones de Allouch se han de pensar hoy los duelos ante la muerte violenta como actos sacrificiales que se ejecutan en los propios dolientes, a los que ningún trabajo de duelo puede ya recuperarlos de una pérdida que se ha iniciado con la absoluta imposibilidad del rito de despedida, y por ello mismo los enfrenta a lo irreconciliable. La cripta que aloja la persistencia fantásmica de un dolor irresuelto se instaura en el cuerpo de los dolientes. Los cuerpos de los deudos o familiares de víctimas también quedan internamente mutilados; la mayoría de las veces es en la soledad y el silencio que ellos intentan sobrellevar el duelo, como expresaron varias madres de desaparecidos en Puerto Berrío. [7] Más que “trabajo de duelo”, como planteara Freud, el duelo en estas condiciones son actos de sacrificio que implican ofrecer el cuerpo para alojar de manera permanente el dolor, internalizado, corporizado para siempre, nunca superado ni desplazado a otro objeto del deseo. Colombia es
un país surcado por En el cementerio
de Puerto Berrío, uno de los municipios que viven a la orilla
del río en el Magdalena Medio, puede leerse la palabra “escogido”
sobre algunos nichos donde se depositan cuerpos de NN. Se
trata de la señal escrita por aquellos que han seleccionado
a algún NN como depositario y posible otorgante de sus peticiones.
Imposibilitados de enterrar a muchos de sus familiares
ejecutados o simplemente desaparecidos en el río o en las
múltiples fosas comunes que rodean el territorio, algunas
personas han desarrollado la práctica de elegir una tumba,
preferentemente un muerto reciente y de diferente género.
Cuando el favor les ha sido concedido, el NN es renombrado
con apellidos familiares y se le colocan exvotos. Los beneficios
de estas rogaciones, según creen algunos habitantes de Puerto
Berrío, se deben a que los NN mueren de forma violenta y
acumulan, en algunos casos, una vida muy tormentosa.
[8]
Al no tener familiares que rueguen por
ellos, existe la creencia de que el NN agradece las oraciones
de los suplicantes que los atienden y por eso cumplen sus
deseos. Ese cuerpo mítico puede llegar a ser un cuerpo mágico
al cual se le depositan poderes para otorgar favores, y
los deseos-peticiones abarcan desde la aparición de un ser
querido, la curación del sufrimiento o la ganancia de dinero.
Teniendo en
cuenta que algunas de las peticiones a los NN son realizadas
por personas que nunca pudieron dar sepultura al cuerpo
de sus hijos, esposos o
hermanos, considero que a través de estos renombramientos
también se tramitan duelos postergados. El NN se vuelve
el depositario de una fe –la creencia en el otorgamiento
del milagro o favor expresado en los exvotos–, pero también
se vuelve el depositario del rito que permite tramitar el
dolor, pues el duelo sólo es posible bajo la premisa de
tener un cadáver o una sepultura. El artista visual
Juan Manuel Echavarría ha realizado al menos dos obras en
torno a las tumbas NN de Puerto Berrío. En la instalación
Death on de river
se incluyen diversas fotografías agrupadas en Las desapariciones
y las muertes violentas donde el cuerpo es eliminado o despedazado,
rompiendo los ritos de transición, generan escenarios donde
lo metonímico comienza tener función de representación.
El duelo tendría que realizarse sin cuerpo, imponiendo la
creación de un orden otro que permita inscribir la muerte
de algún modo posible, poniendo ante los ojos algún objeto
que mitigue la ausencia. Ante estos escenarios me pregunto
cómo opera un arte que trabaja con vestigios de la violencia,
con ropas y objetos que pertenecieron a personas violentamente
desaparecidas, o acciones artísticas que ponen en la escena
pública el dolor de los otros, que trabajan con una memoria
del dolor. En relación a esta problemática, me interesa
presentar las acciones artísticas recientemente realizadas
por dos creadores colombianos: Erika Diettes y Gabriel Posada.
Comencé buscando
ropa u objetos de personas desaparecidas en Bogotá, para
después adentrarme en las zonas de conflicto visitando el
oriente antioqueño, el Caquetá, Medellín entre otras. En
este macabro recorrido, he tenido la oportunidad de entrevistar
a los familiares de las víctimas quienes al unísono son
la voz de un país que ya no sólo clama por el respeto a
la vida, sino que también ruega tener el derecho de poder
enterrar a sus muertos.
[10]
En un doble
registro, íntimo y público, Erika Diettes pone ante los
ojos imágenes de objetos que pertenecieron a personas desaparecidas
durante el conflicto armado en Colombia. Las creaciones
fotográficas de esta artista, quien construye sus proyectos
como trabajos de investigación y de campo, implicaron un
acercamiento a los familiares de las víctimas, al estado
de duelo en que muchos de ellos viven; y posteriormente
implicaron un trato casi ritual con prendas cargadas de
memoria, un diálogo silencioso donde los objetos parecían
pedir un tiempo para poder hablar: “Me
acuerdo que cuando los traje a mi estudio, los primeros
ocho días solamente bajaba y los miraba. No sabía por donde
empezar. Necesitaba encontrar el tiempo emocional, y un
poco el permiso del mismo objeto para ser fotografiado”.
[11]
El resultado de este encuentro tomó forma
en Río Abajo,
una instalación de quince impresiones digitales sobre vidrio
enmarcadas en grandes cajas colgantes. La exposición de
esas imágenes produce un efecto evocador por la inmediata
asociación entre el cristal traslúcido en que están impresas
las prendas fotografiadas y la referencia a las aguas que
se llevan los cuerpos. Los ríos colombianos, especialmente
el Cauca y el Magdalena, han sido rebautizados como los
cementerios más grandes de Colombia al volverse lugares
privilegiados para desaparecer los cuerpos de las víctimas
de la violencia. En esta instalación el cristal emerge como
escenario que inmoviliza las aguas y enmarca los objetos
en enormes tumbas translúcidas. El propio trabajo de construcción
de la obra implicó la puesta de la prenda en un escenario
de agua, involucrando también cierto procedimiento ritual,
como si la artista conjurara la muerte y el destino fúnebre
a través de la acción de sumergir en el agua, como si lavara,
los tejidos que alguna vez vistieron cuerpos. Es a través
de la propia materialidad de los elementos utilizados que
la violencia emerge. El cristal y la ropa generan un discurso
desde las texturas. El procedimiento de fotografiar e imprimir
sobre vidrio instala el vestigio documental en una trama
poética y un soporte frágil. En la instalación
de Erika Diettes, como en las obras construidas a partir
de vestigios que testimonian la violencia ejercida contra
las personas, el objeto documentado horada la dimensión
estética e inevitablemente hace aparecer las turbulencias en las que se trama la vida y la propia obra. Esas turbulencias determinan la materialidad,
la imagen y el discurso de un arte que parece empeñarse
en ser acto, y no objeto de perpetuación estética.
O al menos, no sólo eso. Hay una manera de implicarse en
este tipo de acciones, por parte de los creadores, que trasciende
e incluso determina el proceso artístico. (…) Una señora
me contó que cuando le dijeron donde estaba su padre lo
tuvo que recoger con una bandeja porque lo habían hecho
picadillo. No encontraba por ejemplo los dedos. Por eso
te digo, hay un punto a donde llegas y donde encuentras
que hay tanto sobre tanto, sobre tanto, en un exceso de
excesos que es difícil de traducir en palabras incluso por
el mismo llanto. El mismo llanto se queda corto. Por eso
hay como un ahogo de llanto. No es ni siquiera un llanto.
Me obsesioné por capturar ese ahogo del llanto. Es donde
ves a la gente inhalar pero se le olvida exhalar. Algo que
se queda como sin aliento. Me obsesioné por generar en imágenes
ese “silencio del dolor“. (E.
Diettes, “Río Abajo”, Tertulias) La imagen emerge
allí donde la palabra se traba, donde lo fragmentario –esos
instantes de silencio– son las huellas de una incompletud
irreemplazable, definitivamente imposible de rearmar. Didi-Huberman
analiza la emergencia de la imagen cuando el pensamiento
se detiene estupefacto y recurre a la visión benjaminiana
de la mónada o a la aparición del instante de verdad alegado por Hannah Arendt.
[12]
Ese silencio que atraviesa el arte en
el reto de poner ante los ojos e imaginar lo que parece escapar a toda representación.
En las obras realizadas a partir de documentos, testimonios
y vestigios de la violencia ejercida sobre el cuerpo de
una persona, se abren zonas de colisión que introduce el “doble
régimen” de la imagen cuando ella es expuesta a la mirada
de los familiares y sobrevivientes. Trasladando las reflexiones
de Didi-Huberman a situaciones de extrema violencia, de
pasadas y recientes masacres que se han venido realizando
en el contexto latinoamericano, el doble régimen que muestra
la tensión entre la imposible concreción en imágenes aquí,
de lo que ha sido vivido allí
por el otro, es también un efecto
de desgarro por la dimensión desmesurada y perturbadora
que esas imágenes suscitan ante los familiares a los que
no se les puede restituir ningún cuerpo. Si el silencio es lo que define el arte, como
ha expresado Doris Salcedo,
[13]
lo es por la tensión que bloquea al propio
acontecimiento de representación, por la imposibilidad de
expresar una realidad que rebasa todos los límites respecto
al cuerpo y a la vida, pero que pese
a todo, como insiste Didi-Huberman, hay que imaginar y compartir “como bien
y como tormento”.
[14]
La experiencia que suscitan estas obras también está acotada por los espacios
y contextos en los cuales se expone. La serie fotográfica Río Abajo fue presentada en Río Abajo propició a los familiares en duelo un momento de reencuentro
con una estela corporal, objetual,
puesta ante los ojos, del ser violentamente perdido.
Para Erika, cuando no hay cuerpo ni lápida, esa
posibilidad “de ver algo, de verlo representado en
lo físico, es fundamental del duelo” (“Río Abajo”, Tertulias). Cuando el cuerpo no se ha despedido, probablemente
los objetos, las fotografías, las prendas, ayuden a este
propósito. En estos escenarios
donde faltan los cuerpos, irremediablemente escenarios del
detritus, de lo perdido sin ninguna restitución edificadora, el duelo
suspendido trasciende en otro orden, donde pareciera reinscribirse
la pérdida. Es
desde allí que pienso en la posibilidad de considerar algunas
prácticas estéticas en vínculo con el duelo, situación que
ya ha sido manifestada por algunos creadores. Llevo en mí el
secreto de un niño, una imagen, una persona muerta
que flota por el segundo río más importante de Colombia,
el río Cauca, lo ví un día hace más de 40 años como a las
siete de la mañana desde el puerto de Así expresa
Gabriel Andrés Posada las razones que le llevaron a realizar
el proyecto Magdalenas por el Cauca. No más muerte por los ríos de Colombia. Iniciado
como una deuda con la memoria bajo el influjo de una obstinada
imagen que retorna, y sitiado por una realidad donde la
muerte se ha vuelto cotidiana, Posada concibió el proyecto
como una experiencia que no se agotaba con la realización
de la acción. Planteada a partir de una residencia,
[16]
implicaba un proceso de socialización
en distintos municipios de la región que atraviesa el río
Cauca, convivir con la población rural, explorar el río,
hasta desarrollar talleres y construir con artesanos y pescadores
las balsas que conformarían la procesión final. La
convivencia en el espacio generó el encuentro con materiales
y vestigios que fueron determinando las acciones. El hallazgo
de unas ropas de mujer, intervenidas pictóricamente por
Posada, dio lugar a la primera acción del proyecto. Más
allá del deseo inicial de vestir las ropas encontradas y
de registrar en imágenes la acción, la realidad de un cuerpo
de mujer flotando sobre aquellas aguas situaba el acto al
margen de toda representación. Concebida
como land art,
o exposición efímera interviniendo un
paisaje, el domingo 2 de noviembre, día de los muertos,
se echó a andar la procesión de nueve balsas sobre uno de
los ríos que junto al Magdalena han cumplido la función
de ser inmensas fosas comunes. En el nombre de la acción
se explicitaba esta referencia. Sin
ninguna pretensión de permanencia, las balsas se realizaron
de guadua, con la ayuda de un pescador. Su fragilidad y
la decisión de abandonarlas en determinado momento a las
corrientes del río, establecía una asociación con el destino
de los cuerpos encontrados en esas mismas aguas. Tres de
las balsas llevaban a manera de velas, unas telas de gran
formato –de seis por tres metros, aproximadamente– en las
que se pintaron rostros de mujeres, cual alusión directa
a las Magdalenas que en los ríos de Colombia lloran a sus
muertos. Los soportes sobre los cuales se pintaron o bordaron
las imágenes fueron sugeridos por los propios desechos que
cargaba el río: “costales de fique y/o fibra plástica,
que además de ser basura sirve a los victimarios para “envolver”
sus víctimas cercenadas”(Posada). Todos los materiales utilizados
fueron propiciados por la naturaleza y los desechos del
lugar, o por la colaboración de las personas de algunas
veredas. Detrás de cada construcción había una historia, un rostro. Los emblemas
emergían desde obstinados trazos, o desde pequeños gestos
sólo visibles por la peculiaridad de la experiencia. La
procesión fue encabezada por dos Magdalenas
concebidas como homenaje a las mujeres de Trujillo, en el
Valle de Cauca.
[17]
La primera de ellas portaba una figura
emblemática en las prácticas de duelo, figura que desde
hace más de treinta años se ex-pone en los escenarios de
varias ciudades latinoamericanas. Otra de las imágenes fue realizada a partir de pequeños trozos de ropa
de mujer –ropa de luto– reunidos por el artista durante
su estancia en la región. En la vereda del Guayabito, Posada
conoció una señora que vivía en una curva del río, desde
donde veía pasar los cuerpos de las víctimas. En un cuaderno
ella anotaba las características de cada muerto y cómo iban
vestidos. Inspirado en el gesto silencioso y persistente
de aquella mujer, Posada dibujó su rostro sobre anjeo plástico,
distribuyéndolo en una gama de grises. En conjunto con varios
habitantes de la misma vereda se fueron pegando más de dieciséis
mil pedazos de ropas hasta bordar toda la imagen. La acción
colectiva de los habitantes del Guayabito, cosiendo, pegando
pedazos de ropas que habían vestido las mujeres del lugar
en duelo por sus familiares, fue como tejer un rosario de
penas para enjugar el propio dolor. En el orden figural, el emblema de la mujer como Magdalena que persiste
en la búsqueda de los seres perdidos parece inscribirse
en el territorio de lo simbólico, en tanto imagen de una
presencia portentosa, incluso convocante. En otro orden,
desde lo que ya no tiene cuerpo, comparecen los fantasmas;
desde el reino del luto ellos no tienen posibilidad de representación,
al menos, no ha buscado el artista ese estatus representacional
en la ficción. Las ruinas del cuerpo martirizado emergen
en los fragmentos corporales de las Magdalenas, en los lienzos
alegóricos del desmembramiento. Explícitamente
realizada como un gesto de duelo –“el proyecto Magdalenas
por el Cauca llora los muertos que a través de tantos
años han poblado los ríos de Colombia”, ha dicho su autor–,
fue una instalación fúnebre, “una exposición-procesión lenta
y conmovedora como una larga oración en el vacío” –en palabras
de Posada– insistiendo en la comparecencia de ese doble cuerpo que desde hace años representa
la parte más vulnerable y más violentamente embestida: las
madres y sus hijos, los muertos y sus dolientes. Una de las estrategias
recurrentes en los ensayos fotográficos sobre la desaparición,
es la incorporación de la metaimagen,
señalada por el fotógrafo argentino Julio Pantoja.
[18]
En esa metaimagen
se inscribe el doble cuerpo que visibiliza la desaparición.
Cuando José Alejandro Restrepo realiza Video Verónica insiste en un dispositivo
como “aparato de visión”, el cual deja traslucir no el rostro
de Cristo sino los emblemas luctuosos que portan las madres
de desaparecidos. La manifestación divina en el manto está
horadada por el dolor humano. La huella del ausente aparece
en los rostros de los vivos, en las fotos de las madres
portando imágenes vitales de sus hijos. Muchas de las
fotos de las Madres de Plaza de Mayo y de las Madres de
En estos procesos
en vínculo con el duelo, en los que el arte proporciona
un soporte físico concreto para hacer aparecer la imagen
del ausente dotándolo por un breve tiempo de corporeidad,
intervienen también aspectos de la micropolítica, en el
sentido de la revulsividad política de la subjetividad.
Son gestos de un dolor personal, íntimo, familiar. Pero
no es sólo que lo íntimo aparezca en los escenarios de lo
público sino sobre todo, que
la intimidad está horadada por la política y expresa
su revuelta: “la revuelta íntima” de la que habla Kristeva,
la que expone al ser a una “conflictividad insoportable”,
[19]
anterior a cualquier causa ideológica.
Cuando la política atraviesa las puertas de nuestras casas
y se instala en las relaciones amorosas, la politicidad
de lo íntimo pulsa ciertos actos y las revueltas personales
tienen explícitas connotaciones políticas. A estas manifestaciones
en el campo del arte ya se han referido el artista plástico
Lucas Di Pascuale, la periodista Gabriela Halac y la investigadora
Ana Longoni. Las preguntas: “¿Politicidad de lo íntimo?
¿Intimidad de lo político? ¿Políticas de la intimidad?”,
[20]
atraviesan los escenarios del arte actual
cuando éste expone memorias de dolor y expresa su inevitable
vínculo con los procesos de duelo suspendido. De distintas
maneras operan las prácticas artísticas cuando pensamos
sus posibles vínculos con los procesos de duelo. Desde habitar
recintos asociados a las cajas museables, hasta salones
de casas y centros comunitarios en las poblaciones en conflicto,
las obras de Erika Diettes trabajan en la visibilidad de
residuos metonímicos, produciendo un cuerpo residual que
aunque frágil actúa como lápida-testimonio. También por
visibilidad operan las instalaciones de Gabriel Posada,
pero resistentes a toda posibilidad contemplativa están
hechas para la desaparición y el desgarramiento de la propia
obra; se afirman apenas en el gesto de una efímera intervención,
constituyendo un cuerpo destinado a la rotura, al desgaste
y a la muerte. El arte como
figura de duelo es siempre una alegoría que opera a través
de los fragmentos respecto a aquello que irremediablemente
está reducido a la condición de trozo, vestigio de cuerpos
rotos, como si intentara un trazo residual, reescribiendo los restos sobre nuevas superficies, en su obsesivo decir que las heridas están abiertas.
*
Este texto forma parte de una investigación en proceso
en torno a la problemática de los cuerpos expuestos y
las prácticas de duelo, la cual se desarrolló bajo la
modalidad de una estancia posdoctoral en el Posgrado de
Historia del Arte de [1] “Duelo y melacolía” fue el segundo texto de Freud sobre la problemática del duelo, que ya había abordado por primera vez en 1915, en “De guerra y muerte. Temas de actualidad”. Ambos textos están incluidos en Obras Completas, Volumen 14, Amorrortu, Buenos Aires, 2003. [2] Ibíd., p.241. [3] Nicolas Abraham y María Torok: Cryptonymie: Le verbier de l’homme aux loups. Aubier-Flammarion, Paris, 1976.
[4]
Idelber Avelar: Alegorías de la derrota: La ficción postdictatorial
y el trabajo del duelo, Cuarto Propio, Santiago de Chile,
2000, p.19. [5] Íbid., p. 20. [6] Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca, Ediciones Literales, Buenos Aires, 2006. [7] En octubre de 2008 realicé un viaje a Puerto Berrío, en el Magdalena Medio de Colombia, como parte de la investigación sobre la problemática de violencia, arte y duelo. [8] Esta es la opinión expresada por María Victoria Uribe en la conferencia sobre el tema, y cuya grabación fue proporcionada por Carlos Sepúlveda. Pero también es la opinión de algunas de las personas que nos acompañaron al cementerio durante la visita a Puerto Berrío en octubre de 2008. [9] Esta obra de Echavarría formó parte de la exposición Destierro y reparación realizada en el Museo de Antioquia, Medellín, en septiembre y octubre de 2008, con curaduría de Alberto Sierra, Juan Alberto Gaviria, Jaime Cerón y Conrado Uribe.
[10]
Erika Dientes y Gabriel Posada: Proyecto ‘ACE. Arte gráfico, diseño y nuevos medios. http://www.proyectoace.com.ar/index.htm
[11]
“Río Abajo”. Tertulias
fotográficas, blog de Juan Calle, 7 de noviembre de
2008. http://tertuliasfotograficas.blogspot.com/2008/11/erika-diettes-ro-abajo.html [12] Georges Didi-Huberman: Imágenes pese a todo. Memoria visual del Holocausto, Paidós, Barcelona, 2004, pp. 56-57. [13] Guerra y Pá. Simposio sobre la situación social, política y artística en Colombia. Daros-Latinoamérica, Zürich, 2006, p.128. [14] Ibíd., n.12, p. 133. [15] Todas las citas que de aquí en adelante utilizo para referirme a esta acción son de Gabriel Posada y están tomadas de la información directamente proporcionada por él, y de la página del proyecto: www.magdalenasporelcauca.com. Agradezco al artista toda la documentación y las imágenes facilitadas. [16] Este proyecto contó con la tutoría de Yorlady Ruiz y con el apoyo del Ministerio de Cultura a través de una Residencia Artística Nacional 2008. [17] “(…) esas mujeres que cargan en su memoria la masacre atroz ocurrida en esa población entre 1989 y 1995 y que hoy, gracias a su valor y dignidad se la muestran al Mundo”. Del texto proporcionado por el artista. [18] “Los hijos. Tucumán. 20 años después”, Revista Teatro al Sur, No. 19, Agosto 2001, pp. 9-12. [19] Julia Kristeva: El porvenir de la revuelta. F.C. E, Buenos Aires, 1999, p.18. [20] Ana Longoni: “La politicidad de lo íntimo. Homenaje a Tosco”, Teatro al Sur. Revista Latinoamericana, No. 19, edición especial V, agosto de 2001, p.18. |
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