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| Grupo Lunamar - Proyecto Lunamar - 2005-2007 |
Puede
que el potencial subversivo de las prácticas contemporáneas
se halle precisamente en que estas no se basan en ninguna
teoría en concreto, sino que se preocupan de las condiciones
de trabajo, de la producción de verdades y objetos culturales,
y de las formas mutables
de actuar en la sociedad.
[1]
Durante los últimos 4 años se
me ha presentado la oportunidad de profundizar en el estudio
de las prácticas artísticas contemporáneas que se suceden
en el Caribe colombiano. Ello ha ocurrido por dos hechos
concretos: primero, la beca que recibí del Ministerio de
Cultura en el año 2005 como premio a mi propuesta de Investigación
curatorial El Caribe nos mira, con la cual contribuí
a configurar el XI Salón Regional de Artistas del Caribe;
[2]
y un segundo premio por El desarrollo de estas dos investigaciones, entre otras, me
ha nutrido de una visión muy cercana a la dinámica cultural
artística de esta inmensa región de la costa norte de Colombia,
que se conoce mejor como el Caribe colombiano. Unida histórica y
socioculturalmente al gran Caribe, esta es una inmensa zona
de fronteras móviles marcada por migraciones constantes,
lo que configura un contexto de transculturación e hibridación
continuas. El sincretismo, el mestizaje de razas y de costumbres,
la instalación en la globalización, las secuelas de la diáspora
y el obligado nomadismo laboral contemporáneo, incuban una
situación de constante tránsito, de identidades flotantes
que generan nuevas estrategias de supervivencia y resistencia.
En correspondencia con lo anterior, las artes visuales que se
producen actualmente en el Caribe colombiano están signadas
por una gran diversidad, sin hierros estéticos ni escuelas
hegemónicas, en correspondencia con la gran complejidad
de expresiones socio-culturales que identifican a esta inmensa
región de ocho departamentos. Esta exuberante riqueza cultural,
las expresiones populares, los ricos procesos de intersubjetividad,
la permanente y fluida comunicación entre las gentes del
Caribe sientan las bases para que se creen colectivamente
múltiples relatos y cimentadas manifestaciones estéticas
de distintos matices. Esta gran multiplicidad y juego caleidoscópico de posibilidades
artísticas crea un campo de identificación cultural y genera
un gran ángulo de giro para que las prácticas artísticas
puedan moverse entre la emulación e inscripción dentro de
circuitos centralizadores y la creación de zonas limítrofes
con cultura propia de resistencia.
[5]
Contrariamente
al carácter marginal en otros ámbitos (político-económico),
en la región Caribe-colombiana se ha gestado un conjunto
importante de artistas que han aportado significativas obras
al acervo artístico nacional. Si bien se ha explorado casi
que por entero las técnicas, temáticas y tendencias plásticas
experimentadas a lo largo del pasado siglo –en principio,
con décadas de atraso hasta casi equipararse en desarrollo
a las nuevas propuestas de la plástica–, la tendencia general
ha sido la de producir Importantes individualidades: Leo
Matiz, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Cecilia Porras,
Noé León, Nereo, La aparición
del grupo El Sindicato tiene un carácter fundacional tanto
en métodos de concepción del arte y la obra, como de procesos
dinámicos ligados a una constante experimentación de procedimientos
plásticos y temáticos. Su accionar, al igual que el del
Grupo 44 que trabajó para la misma época, se constituye
en referente obligado para las expresiones de este tipo
en las generaciones siguientes. En la actualidad, y en una dimensión escópica,
sabemos que las prácticas artísticas han desmontado el edificio
formal y conceptual de lo que en un pretérito cercano se
entendía por arte y esto “se evidencia en las variaciones morfológicas
que este presenta, la desmaterialización del propio producto
artístico, el desmontaje de sus estructuras tradicionales,
la forma en que se esfuma la autoría de la obra de arte,
además del lenguaje postmoderno que, como diría Hal Foster,
forjó su discurso en la frontal crítica a la representación,
incorporándose a la línea evolutiva del arte en la medida
en que logra no ser un simple estilo epocal, sino una apertura
de recursos expresivos de gran variedad formal: instalaciones,
video y video instalaciones, murales, diaporamas, intervenciones,
acciones y performances”.
[7]
En la curaduría
Prácticas de ver potenciamos la entidad
llamada “obra de arte” como una práctica artística, como
proceso de construcción colectiva de imaginarios, deduciéndole
sentido a la ejecución “pura” individual. La ejecución artística
basada en la experiencia de lo social, de grupos humanos
visibles o no, propone hacer evidente los procesos de intersubjetividades,
relación y construcción de lo artístico en términos de vivencia
contextual.
[8]
Las obras “exponen los modos de intercambio social, lo interactivo a través
de la experiencia estética propuesta a la mirada, y el proceso
de comunicación, en su dimensión concreta de herramienta
que permite unir individuos y grupos humanos”.
[9]
A su vez, los curadores están al tanto y/o participan en la exploración
y participación para la puesta en escena y desarrollo colaborativo
de un discurso artístico, partiendo de planos conceptuales
y unas prácticas de
ver enfocadas
al campo del arte, así como de la convicción de que (…)no hay hechos, objetos, fenómenos, ni
siquiera medios de visualidad puros, sino actos de ver extremadamente
complejos que resultan de la cristalización y amalgama de
un espeso trenzado de operadores (textuales, mentales, imaginarios,
sensoriales, mnemónicos, mediáticos, técnicos, burocráticos,
institucionales…) y un no menos espeso trenzado de intereses
de representación en liza: intereses de raza, género, clase,
diferencia cultural, grupos de creencias o afinidades, etcétera.
[10]
Tarea ésta, orientada de manera más consecuente con las prácticas
artísticas contemporáneas que se suceden en el Caribe colombiano.
Por
otro lado, los conglomerados sociales urbanos tienen primacía
en tanto aglutinan experiencias e interacciones (subordinación,
hibridación, confrontación, negociación, coexistencia, simbiosis) de grupos disímiles producto de procesos de asentamientos y/o desplazamientos, además de ser los espacios sociales
en los cuales se instauran, de manera significativamente
inmediata y perceptible, los cambios en los ámbitos social,
económico, político, tecnológico y ambiental. Contextualmente,
las obras de arte que se forjan “producen espacios-tiempo
relacionales, experiencias interhumanas que tratan de liberarse
de las obligaciones de la ideología de la comunicación de
masas, de los espacios en los que se elaboran; generan,
en cierta medida, esquemas sociales alternativos, modelos
críticos de las construcciones de las relaciones amistosas”.
[11]
Por todo lo anterior, uno de los criterios fundamentales
para la selección de proyectos fue el relativo a la creación
colaborativa o colectiva, es decir que cada proyecto inscrito
en la curaduría Prácticas de ver
fuera el producto de una práctica artística dónde interviniera
más de una mente creadora. Por lo cual, desde el principio,
se plantearon cuatro posibilidades de participación de los
artistas: a. Grupo Interdisciplinario. (Grupo nuevo o ya existente de artistas y diversos profesionales de Ciencias Humanas) b. Colectivo de artistas. (Dos o más artistas, como agrupación nueva o ya existente) c. Mixto. (Uno o más artistas con comunidad urbana participante). d. Complejo. Conjunto de personas (no “artistas”) que conforman una Comunidad. Y
en su planteamiento conceptual la curaduría planteó dos
planos de consistencia: Encuentros y desencuentros urbanos Con
el transcurrir del tiempo, la ciudad se está volviendo una
especie de encrucijada donde percibimos que se concentran,
sintetizan y contradicen la mayoría de las dimensiones que
se afirman sobre una comunidad interpretativa; esto es,
redes del intercambio plural donde todos participamos en
la configuración de un país que aspiramos a vivir en común.
Una de las maneras de comprender lo que son las ciudades
como “acontecimientos públicos” es mirándolas como espacio de comunicación.
[12]
La ciudad como construcción mental colectiva, desde perspectivas distintas, se percibe y vive como verdaderos rizomas [13] desde donde se generan encuentros y desencuentros con sus consiguientes confluencias y choques. La
curaduría abre la posibilidad para identificar y hacer visibles propuestas en las que el espacio urbano es alternativamente tema,
insumo o escenario
[14]
o los tres, localizar
fenómenos actuales de emergencia de realidades específicas
en comunidades urbanas, sobre la base de la construcción
de estéticas de núcleos o grupos de individuos que como
tribus urbanas
[15]
se aglutinan en torno a identidades y a los
mismos intereses, persiguiendo “convertir, en último término, la experiencia
estética en una experiencia de interacción social”.
[16]
El
concepto de construcción colectiva se encuentra implícito
en toda actividad humana. Son los individuos quienes conforman
el conglomerado y este los define como individuos en el
transcurso de este proceso en el que interactúan los factores
biológicos, psicológicos, ambientales, tecnológicos, políticos
y, englobando todo, culturales. Es
la summa de estas
“ciudades”, surgidas de los aportes enraizados en sus fenómenos
de asentamiento, crecimiento y desplazamientos, lo que nos
permite una elaboración más amplia de la visión de la misma
en la obra de arte. El identificar y proponer este tipo
de acciones en el campo plástico conlleva el reto de poner
en evidencia y confrontar procesos de construcción participativa
frente a la visión única y totalizante de la obra individual,
valorar y privilegiar los diversos aportes del trabajo colaborativo
en la construcción simbólica de la vivencia de lo social
urbano, potenciando el arte como reflexión y acción de acontecimientos
urbanos, donde se exploran otras formas plásticas de plantear
la producción artística, estructuras estéticas, narrativas
y procesos marginales que emergen y se hacen visibles. Por otro lado, la curaduría también posibilita la captación
de manifestaciones de nuevas formas de expresión y otros
canales de comunicación que parten de un accionar
y unas dinámicas urbanas, que en apariencia operan
fuera del territorio de Prácticas de ver La
dirección o las hojas de ruta de los proyectos seleccionados
apuntaba hacia el campo expandido del arte actual, con una
visión crítica que privilegia el análisis “de
los efectos performativos que de las prácticas del
ver se siguen en términos de producción de imaginario, teniendo
en cuenta el impacto político que tal producción de imaginario
conlleva (…) el reconocimiento identitario (…) la producción
de formas determinadas de subjetivación y socialidad.”
[18]
Se
repiensa el arte como Construcción y como Proceso, articulado
a estéticas emergentes de grupos sociales urbanos en entornos
precarios, que van construyendo discursos a partir de unas
prácticas nuevas que parten de las particularidades de su
entorno, creando en algunas ocasiones nuevos lenguajes y
técnicas. Si
revisamos los planteamientos de Walter Benjamín en “La obra
de arte en la época de la reproductibilidad técnica”,
[19]
podremos extrapolar el concepto de la pérdida
del aura de la obra de arte hacia la condición del artista;
la pérdida de su aura individual lo erige como aportante
válido, pero ya no de manera unilateral, aislada y excluyente,
sino como facilitador de
procesos de creación colectiva, ya sea en el plano colaborativo
con otros artistas o involucrando activamente al espectador
en el acto de producción artística. “El aura del arte ya
no se sitúa en el mundo representado por la obra, ni en
la forma misma, sino delante, en medio de la forma colectiva
temporaria que produce el exponerse”,
[20]
o realizarse. Privilegiando
lo participativo sobre la actitud egotista y totalizante
de la obra individual se enriquece el trabajo colaborativo;
se concibe el arte como fenómeno de construcción grupal,
social, evidenciando otras configuraciones y modalidades
plásticas para producir obras artísticas.
[21]
Algunas van más allá y se soportan exclusivamente
en procesos de participación de comunidades, activando ricos
fenómenos de intersubjetividad;
[22]
situando la experiencia en el espacio público;
arte como vivencia, reflexión y acción de acontecimientos
urbanos. En
un enfoque plástico específico, nos interesó, igualmente,
dar cuenta de modos nuevos de empleo de técnicas convencionales
que revelan los conflictos y soluciones del artista frente
a formas y procedimientos contemporáneos y a transformaciones
tanto tecnológicas y culturales como metafóricas. Igualmente,
de los métodos alternativos de procedimientos artísticos
y fusiones en las que ya no hay medios ni técnicas puras;
lo plástico hacia lo escenográfico, musical, lo visual hacia
lo sonoro; lo estático hacia lo móvil. Igualmente,
materiales que involucran la identificación de contextos
específicos; lo que está a la mano; la importación y/o desplazamiento
de procedimientos, en apariencia, “externos” al fenómeno
“artístico” producto de cambios tecnológicos asimilados,
lo mismo que la exportación de procedimientos hacia otros
terrenos, disciplinas y contextos. Algunos de los proyectos… Preocupado
por el desánimo de los Riohacheros, el alto consumo de alcohol,
el desorden urbano y otros problemas sociales, Tony Márquez
interviene la ciudad con el signo RH+,
pintándolo como graffiti, grabándolo en ladrillos que dona
para construir fachadas de casas y aún marcándoselo en la
piel del brazo con hierro candente a manera de expiación.
Todas estas intervenciones despiertan diversas interrogantes
sobre la significación del símbolo: Río-Hacha positiva,
Raza Humana positiva, otro grupo paramilitar, nueva banda
musical… El artista construye una especie de bitácora
con fotografías, dibujos, grabados y diversa documentación
sobre los cuentos e historias, opiniones y hasta insultos
que se desencadenan en los riohacheros sobre estas intervenciones.
El
grupo Lunamar, del departamento del Magdalena, conformado
por los artistas Alejandra Díaz, Javier Mejía, Lourdes Duran,
Jenny Ramírez, John Quintero, Marta Rosario Pérez, Oscar
Leone y liderados por El colectivo San Andrés liderado por el artista rasta Elario Faiquere convierte el espacio expositivo del Salón en un lugar para tener una
experiencia gustativa visual. Ellos consiguen los ingredientes,
cocinan, sirven estéticamente e invitan a comer al público
asistente un exquisito Rondón, el plato típico y tradicional
de la cocina sanandresana. Más que una simple receta de
cocina, el Rondón es un ritual de encuentro, un plato
multicultural, unión de la tierra y el mar, y en torno a
él se reúne la familia y se integra la comunidad para degustar
y pasarlo bien. Convirtiendo literalmente la cocina en Arte,
este colectivo apunta a estimular estéticamente todos los
sentidos del espectador y extiende los límites del arte
a campos inexplorados, más allá de la convenciones. “Más
Rondón es más integración y menos violencia” parece resumir
la propuesta del colectivo San Andrés. Los
artistas del grupo Zeitsgeist de Valledupar (Jaider Orsinis
Uribe, Aida Vinchira, Rafael Manjarés, Jose Luis Cote concentra en su pintura la intensidad de vivencias
familiares. Su asunto es visceral, afectivo, humano. La
grave enfermedad pulmonar de la madre del artista genera,
además de la parcial incomunicación, la presencia de otros
seres extraños en la casa, el vacío expectante entre la
vida y la muerte, la fe y el ritual mismo de vivir. Las
enfermeras que deambulan por la casa son sus modelos, habitan su
vida y se convierten en cómplices de un proceso para el
cual no fueron contratadas, sanan y posan, le entregan hojas del diario clínico, ahora
soporte pictórico, mientras la madre envía mensajes mudos
de vida y de lucha. Todos estos planos de realidad, como
Oleadas de Silencio,
se conjugan en composiciones pictóricas calculadas, aun
a la manera de la pintura renacentista, pero ahora con ayuda
del computador, definiéndose al final en el trazo y en el
gesto. Utilizando lenguajes gráficos como el de las historietas, el Pop, la publicidad
y la ilustración de textos escolares, los artistas del colectivo
Circorígidos (Diana Casalins, Susana Baca y Julio del Valle)
difunden sus imágenes no por el circuito tradicional de
la galería, sino por Internet mediante el blog del grupo.
Las inquietudes de la sexualidad, la bohemia urbana, los
conflictos de género, el desarrollo de la sensualidad, los
signos de la identidad de la adolescencia y otros tópicos
propios de la juventud son explorados en imágenes que recorren
el ciberespacio y retornan a las manos de los creadores,
para volver a circular nuevamente impresas de mano en mano
–con destino incierto– por los lugares de concentración
de multitudes. Circorígidos
es un alegato contra la permanencia de las cosas y en
pro del fluir, de lo evanescente, del instante, lo fugaz,
lo que se apura velozmente, pero que convertido en arte
perdura en la memoria. El
colectivo L.S.A. conformado por los artistas Lucy Yemail,
Salomón Caraballo y Con una instalación configurada a manera del redondel de las plazas de
toros y con un círculo de pitones amenazantes, Aldo Hollmann
alude a la insólita pasión de muchos habitantes de su región
sucreña por el cruento espectáculo de la fiesta brava. Las
fotografías que yacen encharcadas nos ilustran sobre las
cicatrices que dejan en el cuerpo de algunos sabaneros el
ritual de “gozar” enfrentando a las bestias para que el
“respetable” público disfrute embelesado de la masacre.
Con su obra Pasos por recoger, el artista denuncia lo bárbaro, lo atroz de estas prácticas sociales
y el atraso espiritual de un grupo “humano” que se alegra
y divierte solo cuando los muertos y heridos anegan con
su sangre la tierra colombiana. El Grupo B2 (Tania Blanco y Ramiro Blanco) emplaza en el espacio público
libre de la ciudad una construcción en ladrillos que recuerda
a una celda y le instalan cuatro puertas que los artistas
han negociado en sus visitas a penitenciarías de la región
Caribe- colombiana. *
Conferencia impartida por el autor en * Artista visual, curador y profesor de
[1]
Valeria Graciano: “Intersecciones del Arte,
la cultura y el poder: Arte y teoría en el Semiocapitalismo”.
Estudios Visuales,
[2] Muestra que itineró por seis ciudades del Caribe y culminó en Bogotá haciendo parte del 40º Salón Nacional de Artistas de Colombia.
[3]
Gabriel Acuña Rodríguez es artista visual natural de Barranquilla,
egresado del Programa de Artes Plásticas de
[4]
Con esta última se participó, en su propio espacio,
en el 41º Salón Nacional de Artistas en la ciudad de Cali
en noviembre-diciembre de 2008. [5] Néstor Martínez Celis: “Una Mirada al Arte del Caribe colombiano”. EL Heraldo, Revista Dominical, 23 de julio de 2006, pp. 2-5. [6] Álvaro Medina: El Arte del Caribe Colombiano. Gobernación de Bolívar, Cartagena, 2000, p. 60.
[7]
Magalys Espinosa: “Curaduría por qué y para
qué”. www.arteamerica.cu/3/dossier/espinosa.htm#_ftnref1. [8] Considerando que, aún ciertas obras de carácter intimista encierran una experiencia emocional-cultural, ligada al contexto social. No hay individualidad sin sociedad. [9] Nicolás Bourriaud: Estética Relacional. Adriana Arango Editora, Buenos Aires, 2006, p. 51.
[10]
José Luis Brea: Estudios
Visuales, [11] Nicolás Bourriaud, Op. cit., p. 53. [12] Carlos E Guzmán Cárdenas: “Descubriendo la ciudad como acontecimiento de consumo cultural”. www.innovarium.com-CulturaUrbana-CiudadCGC.htm
[13]
Deleuze, Guattari y junto a ellos Eco, proponen
el rizoma en el que cada calle puede conectarse con cualquier
otra. Se carece de centro y periferia y no hay salida
pues son potencialmente infinitos. De ahí que el rizoma
se exalte como lugar de conjeturas. Los rizomas serían
en propiedad las figuras imaginarias para abordar los
laberintos simbólicos de las zonas urbanas latinoamericanas.
Armando Silva: “
[14]
José Ignacio Roca. Catálogo
de la exposición [15] Michel Maffesoli: El tiempo de las tribus. El declinamiento del individualismo en las sociedades de masas. Icaria, Barcelona, 1990.
[16]
, Víctor Burgin, citado por Juan Martín Prada:
“La enseñanza del arte en el campo interdisciplinar de
los estudios visuales”. Estudios
Visuales, [17] , Juan Martín Prada. Ibíd., p. 135. [18] José Luis Brea. Op. cit.
[19]
Walter Benjamín: “La obra de arte en la época de la reproductibilidad
técnica”. www.dialogica.com
[20]
, Nicolás Bourriaud, Op. cit., p. 73. [21] Se puede llamar Arte colaborativo al proceso por el que un grupo de gente construye las condiciones concretas para un ámbito de libertad concreta y al hacerlo libera un modo, o un racimo de modos de relación, es decir libera una ‘obra de arte’.
[22]
Al plantear la intersubjetividad
como sustrato, puede enfrentarse a la razón monológica
occidental, que exalta lo individual y la subjetividad
como sus valores últimos, incluso cuando esos valores
se viven a través de una experiencia colectiva. Valeria
Graciano: “Intersecciones del Arte, la cultura y el poder:
Arte y teoría en el Semiocapitalismo”. Estudios Visuales, |
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