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| Arte en Colombia (fragmento) - Marta Traba |
La necesidad histórica y hasta política Rafael Gutiérrez Girardot
[1]
Introducción: una declaración de principios
Aunque
ya en otros trabajos he utilizado el anterior fragmento
a modo de epígrafe, quiero volver a comenzar con él, puesto
que me parece doblemente pertinente: por un lado quiero
rendir un modesto homenaje al profesor Rafael Gutiérrez
Girardot (1928 – 2005), fallecido en Alemania; sin duda,
con su muerte, el pensamiento crítico en nuestro país
ha perdido a uno de sus más lúcidos y valientes intelectuales.
Por otra parte, quiero volver a suscribir el planteamiento
que el profesor Gutiérrez hace en este pasaje con respecto,
por supuesto, a la necesidad de una historia social de
las artes y, en especial, de la crítica de arte, en el
medio colombiano.
[2]
En
otros espacios y textos, he afirmado que en Colombia la
práctica de la crítica de arte sí ha existido y que, en
la actualidad, sigue existiendo.
[3]
Lo que no ha existido es su memoria, su historia;
sobre ella se extiende una amnesia sistemática y tenaz
que impide la construcción de una de las condiciones de
posibilidad fundamentales para la superación de esa recepción
subalterna del pensamiento artístico y crítico internacional
que indica el profesor Guitérrez, tan complaciente con
los saltos al vacío que nos obligan a dar los más recientes
procesos de dominación cultural y, sobre todo y más urgentemente,
para la configuración de un derrotero político alternativo
a la desfiguración del campo artístico que han impulsado
las últimas Ministras de Cultura, en especial la que actualmente
dirige esta cartera, y al escenario abiertamente adverso
a la cultura y a los creadores que el actual gobierno
nos está heredando, en particular, con la negociación
del Tratado de Libre Comercio a espaldas de la comunidad
de creadores y, en general, con su populismo de marcado
acento mesiánico y derechista. La intervención que tan amablemente me han invitado
a explorar los responsable de este evento, merece varias
consideraciones preliminares. En primer lugar amerita
una definición de la crítica de arte, por lo menos en
un nivel operativo; en segundo lugar, plantea la revisión,
así sea breve, de la bibliografía que ha intentado construir
la historia de la crítica de arte en Colombia; y, en tercer
lugar, implica el esbozo de una panorámica de su situación
actual. Dos definiciones de la crítica de arte Omar
Calabrese, autor del famoso libro La era neobarroca
(1987), plantea que dentro de los estudios históricos
sobre la crítica de arte, existen al menos dos posiciones
con respecto a su definición: en primera instancia, hay
una larguísima línea de investigaciones sobre la crítica
de arte en Europa, que incluye clásicos como Literatura
artística (1924) del profesor de H. E. Gombrich y
Julius von Shlosser, o Historia de la crítica de arte
(1936) del italiano Lionello Ventury, que define la crítica
de arte como “la literatura sobre el arte”.
[4]
En este sentido, la crítica de arte aparece
como una categoría general dentro de la cual estarían
comprendidas, como subespecies, la historia del arte,
la teoría del arte, la estética, las biografías de los
artistas, el comentario artístico elaborado para los medios
de comunicación, la curaduría, las opiniones que un profesor
de historia del arte transmite a sus alumnos a propósito
de una obra de arte, las informaciones y apreciaciones
que un guía de museos hace a su público, etc. Por supuesto,
la materia de estas historias se concentra en aquellas
subespecies con mayor dignidad cultural; sin duda, para
éstas es mucho más importante estudiar Vida de grandes
artistas (1550) de Giorgio Vasari y su incidencia
en la configuración de los fundamentos del pensamiento
y el juicio sobre la obra de arte en los siglos venideros,
que detenerse sobre el comentario del periodista cultural
de ocasión que apenas si puede articular con cierto grado
de suficiencia una noticia sobre la última muestra de
Fernando Botero. Por
otra parte, afirma Calabrese, existe una concepción de
la crítica de arte que está afincada en una definición
más restringida: la crítica de arte sería un hecho eminentemente
moderno, nacido en los tiempos de Diderot. De hecho, este
autor ilustrado es considerado como el primero en el ejercicio
el oficio de “crítico” o “guía” de la interpretación y
evaluación de las obras de arte coetáneas. Como corolario
de esta idea, la crítica, en tanto que arte de la interpretación,
se habría desarrollado hasta nuestros días, y estaría
profundamente enraizada en los procesos de expansión del
mercado burgués del arte, la aparición de movimientos
artísticos con poética concreta y vocación de militancia
cultural y, además, la divulgación multitudinaria del
producto estético en las culturas que, desde finales del
siglo XVIII, se podrían definir, con mayor o menor exactitud,
“de masas” –por lo demás, el crítico habría comenzado
a influir en la opinión pública en las páginas de los
periódicos, que por aquella época se empezaron a configurar
tal como los conocemos hoy y que, además, en los siglos
venideros ocuparon buena parte del espacio público en
las sociedades occidentales u occidentalizadas.
[5]
Cualquiera
de estos dos modelos, entonces, podrían determinar la
respuesta a la pregunta sobre la cuestión de la existencia
de la crítica de arte en nuestro país. Con seguridad,
si tomáramos la primera de las opciones, encontraríamos
que la crítica de arte en Colombia, ha existido y sigue
existiendo incluso en las formas menos institucionalizadas
o prestigiosas, en momentos particularmente críticos para
el campo del arte. Si tomamos la segunda opción, también
tendríamos que estar dispuestos a reconocer la emergencia
y consolidación de una práctica cultural fundamental para
la socialización de las artes y, en especial, de las artes
plásticas o visuales, desde el momento mismo en que los
salones de arte hicieron su aparición dentro del espectro
de las prácticas culturales impulsadas por las elites
intelectuales decimonónicas, sobre todo asociadas a sus
concepciones sobre el progreso y la civilización. Paradójicamente,
una gran cantidad de personas en Colombia, incluso fuertemente
comprometidas con las causas del arte y con un alto grado
de ilustración sobre sus avatares, han estado dispuestas
–y los siguen estando– a afirmar su tardío nacimiento
y su muerte prematura. Pareciera que la amnesia o el olvido
profundo fueran “necesarios” o “convenientes” para el
desarrollo del arte de la contemporaneidad. La mayoría
de estas personas, por otra parte, también están dispuestas
a afirmar que la crítica de arte nació y murió con la
obra que Marta Traba desarrolló en nuestro país. Al lado
de ella, aparecerían dos figuras más, la de Casimiro Eiger
y la de Walter Engel, de tal manera que esta práctica
cultural habría estado monopolizada por extranjeros y
se habría extinguido apenas abandonaron nuestro territorio
o murieron. En este sentido y por inferencia, pareciera
que las personas que sostienen esta tesis también estarían
dispuestas a creer que el pensamiento crítico no es propio
de los colombianos. Pero
lo cierto, lo abrumadoramente cierto, es que la historia
de la crítica de arte en nuestro país, tiene algo más
de un siglo de duración y comprende una larga nómina de
prestigiosos literatos y de autores menores, así como
de lúcidos artistas y, como toda tradición, también de
tozudos papanatas que se creyeron autorizados a hablar
y reflexionar públicamente sobre el arte, sobre todo para
movilizarlo, con egoísmo, a favor de sus intereses políticos. Bocetos para una historia de la crítica del arte en
Colombia Aunque
la historia del arte en Colombia ha estado mayoritariamente
concentrada en reflexionar sobre la obra de arte y las
aventuras artísticas de los creadores plásticos y visuales,
de forma marginal, también ha configurado un modesto pero
interesante corpus bibliográfico sobre este asunto;
dentro de éste se encuentran textos como Arte,
crítica y sociedad en Colombia: 1947-1970 (1991) de
Ruth Acuña,
[6]
“La crítica de arte en Colombia (1974 – 1994)”
de Carolina Ponce de León (1994),
[7]
y “Una
mirada a los orígenes del campo de la crítica de arte
en Colombia” (2004) de Carmen María Jaramillo.
[8]
Sin ninguna duda estos trabajos pueden considerarse
los pilares esenciales del pensamiento histórico contemporáneo
sobre las dinámicas de configuración y desarrollo de la
crítica de arte en Colombia, por lo menos con referencia
al siglo XX.
[9]
La
bibliografía sobre el siglo XIX, aunque escasa también
es fundamental: dentro de ella se encuentra el pequeño
ensayo titulado “Arte y crítica” que Gabriel Giraldo Jaramillo
publicó en su Bibliografía
selecta del arte en Colombia (1955);
[10]
Procesos del arte en Colombia (1998)
de Álvaro Medina, sin duda uno de los mejores libros que
sobre arte colombiano se han escrito en la últimas décadas
acerca de la transición del siglo XIX al XX;
[11]
y, por otra parte, El
Papel Periódico Ilustrado y la génesis de la configuración
del campo artístico en Colombia (2002), también de
Ruth Acuña.
[12]
Así,
en este corpus bibliográfico se pueden encontrar
las primeras hipótesis sobre las claves y los procesos
medulares de la historia de la crítica de arte en Colombia.
Sin objeción, al más reciente texto de Acuña debemos la
claridad sobre el momento fundacional de los procesos
de autonomización del campo del arte; es decir, la publicación
del periódico dirigido por Alberto Urdaneta, la fundación
de Al
texto de Medina, debemos las primeras hipótesis sociológicamente
sustentadas de la historia del arte en nuestro país, sobre
la relación entre el arte y la política al final del siglo
XIX y durante las primeras décadas del XX pero, sobre
todo, el rescate de los nombres y artículos de críticos
como Baldomero Sanín Cano, Jacinto Albarracín (Albar),
Max Grillo, Pedro Carlos Manrique, Rubén J. Mosquera,
Gustavo Santos y Roberto Pizano, entre muchos otros. Al
texto de Jaramillo Jiménez, debemos la primera periodización
de largo aliento que se haya planteado sobre los procesos
de configuración de la crítica de arte en el país, y el
primer contexto histórico de amplio alcance sobre la obra
de críticos como Jorge Zalamea, Enrique Uribe White, Luis
Eduardo Nieto Caballero, Germán Arciniegas, Daniel Samper
Ortega, Javier Arango Ferrer, Luis Vidales, Clemente Airó,
Juan Fride y Jorge Gaitán Durán, entre otros. A
la primera tesis de Acuña, debemos una de las pioneras
miradas abiertamente críticas sobre la obra de Marta Traba,
en particular en relación con el contexto cultural que
vio abrirse el Frente Nacional y la consolidación de una
nueva elite intelectual que militaría en la defensa del
arte moderno, en particular de la pintura abstracta, y
se atrincheraría, especialmente, en la emisora HJCK y
Finalmente,
al texto de Ponce de León debemos el más valiente, lúcido
y honesto análisis de la obra de críticos como Marta Traba,
Casimiro Eiger, Walter Engel, Antonio Bergman, Eugenio
Barney-Cabrera,
Francisco Gil Tovar, Germán Rubiano, Eduardo Serrano,
Galaor Carbonell, María Elvira Iriarte, Luis Fernando
Valencia, Darío Ruiz, Álvaro Medina, Antonio Montaña,
Alberto Sierra, Miguel González, Darío Jaramillo, Ana
María Escallón y José Hernán Aguilar. Estas
investigaciones, entonces, han fundado un proceso que,
al parecer, sigue un curso muy interesante. Cada vez más
investigadores e historiadores del arte están volcando
sus intereses sobre esta olvidada tradición y encuentran
que, sin lugar a dudas, la lista de críticos es larga,
y su obra, interesante, pero sobre todo que en ella existe
una clave definitiva para comprender los procesos contemporáneos
del arte.
[13]
La labor que queda por hacer está asociada
no sólo al rescate de sus textos sino al estudio de sus
ideas, por supuesto, desde una crítica a los excesos de
las jerarquías axiológicas poscoloniales de la historia
“moderna” del arte que, hasta ahora, han imperado en nuestro
país y, sobre todo, para la restitución crítica de su
lugar dentro de los “procesos del arte en Colombia”. El pasado más reciente: desde la cizaña hasta la web Ponce
de León, en su ensayo sobre la crítica de arte, que abarca
desde 1974 hasta 1994, describe los principales elementos
de la “crisis” que estaría viviendo la crítica de arte
a mediados de los años 90. Desde su perspectiva, el cierre
de los periódicos al discurso de los críticos estaría
planteando un doble vacío cultural, ni los creadores estaban
recibiendo un reconocimiento individual significativo
ni el público estaba teniendo la oportunidad de participar
en la contemporaneidad artística.
[14]
Después
del vació dejado por Traba, los críticos que heredaron
su legado, según la curadora, no habrían podido perpetuar
los espacios abiertos por la argentina ni consolidar los
procesos de formación de públicos para la artes que, desde
la década de los años 50, ella había impulsado. Esta situación
había sido el resultado de la confrontación de los críticos,
que durante las dos décadas anteriores no habían consolidado
las instituciones del arte fundadas por Traba, y tampoco
habían regularizado los procesos de construcción de audiencias
impulsados por ésta. Por el contrario, con su actitud,
ellos habían quebrado los procesos de socialización masiva
y democrática del arte, volviendo a encerrar al campo
del arte dentro de un círculo elitista y excluyente, que
lentamente había minado la legitimidad de las prácticas
artísticas contemporáneas dentro del imaginario colectivo. La
emergencia del arte conceptual, sumada a la consolidación
de contextos sociológicos diferentes a los que Traba había
conocido, habrían determinado, entonces, que críticos
como Rubiano, Serrano, Carbonell, González, Sierra y Valencia,
entre otros, proyectaran su trabajo desde ópticas diferentes,
incluso, llevando a protagonizar tácitos enfrentamientos
con la escritora del Cono Sur. Estos críticos, antes que
insistir en una labor de crítica sistemática y en la democratización
del acceso al arte a través de la construcción de las
condiciones de existencia para la autonomía de la experiencia
estética del público, habían optado por la organización
y difusión de eventos, atrincherados en los museos de
arte, desde un modelo de crítico-curador, abiertamente
contrario al que Traba había encarnado. Desde la perspectiva
de Ponce de León, el protagonismo, dentro del campo artístico,
durante los años setenta habría pasado de los artistas
a los eventos artísticos, es decir, en el fondo, a los
organizadores de éstos, concentrando los procesos de consagración
del artista en los departamentos de curaduría de los museos. Por
otra parte, según Ponce de León, a diferencia del modelo
de los críticos de arte internacionales modernistas como
Clement Greenberg o Harold Rosemberg, que habían luchado
hombro a hombro con los artistas que estuvieron bajo su
influencia, los críticos de marras habían optado por la
defensa de figuras insulares. Mientras los críticos colombianos
con formación académica, intentaban construir lecturas
y valoraciones con referentes teóricos canónicos dentro
de la historia moderna del arte (Worringer, Croce, Francastel,
Panofsky, Hauser, Gombrich, Read), y los empíricos planteaban
su tarea con un espíritu ecléctico y sensible a los dictados
conceptuales de las revistas internacionales de arte,
su tarea dentro del campo del arte, siempre apuntaba a
la defensa de un artista y no a la construcción de corrientes
o panoramas artísticos.
[15]
Según
la curadora, en particular la tarea de los críticos empíricos
también habría significado la perpetuación de una falsa
contextualización conceptual del arte nacional en el ámbito
internacional, en tanto las lecturas de los nuevos teóricos
del arte siempre se habrían dado desde un conocimiento
parcial, por no decir desde una ignorancia relativa. En
lugar de constituir un verdadero y maduro cosmopolitismo,
estos críticos habrían perpetuado el snobismo teórico
y, por tanto, la condición subalterna del campo artístico
colombiano. Un
factor de primordial importancia para el análisis de la
situación de la crítica de arte durante las décadas de
los años 70 y 80, es la emergencia del proceso de diferenciación
de los oficios, profesiones y actividades dentro del campo
artístico: al nivel de los museos, había aparecido la
figura del curador con funciones claramente definidas;
al nivel del sector patrimonial, empezaron a formularse
las primeras políticas de preservación del patrimonio,
permitiendo la profesionalización del conservador; y al
nivel de otros sectores del campo del arte, los eventos
artísticos como En
este sentido, ante la ausencia de espacios institucionalmente
definidos para el ejercicio de la crítica de arte, los
críticos herederos de Traba habían optado por su vinculación
a los departamentos de curaduría de los recién inaugurados
museos de arte. Este proceso implicaría la interdicción
de su independencia y la movilización de los museos al
servicio de sus causas personales. Según Ponce de León,
en lugar de un corpus crítico, que ejerciera mediante
la confrontación de opiniones diversas, ideas y tomas
de posición, en el medio artístico colombiano de la década
de los 80, había prevalecido una animosidad con disfraz
intelectual. Todo el campo del arte, se había articulado,
entonces, alrededor de territorios y parcelas, generalmente
manipulado por estrechos círculos de poder que se armaban
alrededor de ciertos eventos rectores de la escena artística. Así,
desde la óptica de Ponce de León, después del trabajo
realizado por Marta Traba, quien había cohesionado conceptualmente
a un grupo de artistas, formado un público y, en este
sentido, abierto un espacio para el arte moderno, la crítica
ejercida posteriormente habría cancelado este lugar y,
en consecuencia, espantado al público y los artistas.
El modelo del crítico cizañero se había apoderado del
campo del arte, clausurando la posibilidad de continuar
con la legitimación de las prácticas artísticas al nivel
del imaginario colectivo. El panorama actual: metamorfosis y enfermedades de
una crítica a la carta La
primera mitad de la década de los noventa, entonces, estuvo
signada por una crisis generalizada de la crítica de arte
y, a través de ésta, de todo el campo de las artes plásticas
y visuales; el aislamiento del artista y, consecuentemente,
la pérdida del sentido cultural de su trabajo al nivel
colectivo, así como la perpetuación del carácter elitista
del mundo del arte y el cierre de todos los procesos de
formación de públicos para el arte, sumadas a la consolidación
de un mercado del arte ligado al lavado de activos, fueron
los principales síntomas de un proceso más profundo: la
crisis del esquema de poder y de la institucionalidad
que desde la década de los años setenta ha sosteniendo
a los funcionarios y artistas comprometidos con las causas
del arte moderno; es decir la apertura de un nuevo estadio
del campo del arte. Este
nuevo estadio está compuesto por varios procesos que corren
paralelos y, en muchos casos, fuertemente relacionados.
Uno de estos procesos es el relevo generacional que se
empezó a gestar desde los primeros años de la década de
los noventa y ya para el arranque del nuevo siglo estaba
plenamente consolidado. Los nombres de nuevos críticos,
curadores y artistas empezaron a desplazar de la escena
del arte a los protagonistas indiscutibles de momentos
anteriores; quienes nunca han dejado de concentrar poder,
por cuanto se instalaron en los cargos y funciones más
fuertemente institucionalizados del campo –piénsese, por
ejemplo, en la curaduría del Museo Nacional de Colombia,
en la del Museo de Antioquia o en la jefatura del servicio
cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores– y siguen
manteniendo una relación indirecta con la administración
del arte contemporáneo a través de su pertenencia a las
juntas de adquisiciones de los bancos y fundaciones coleccionistas.
[17]
Así, los nombres de María Iovino, José Ignacio
Roca, Jaime Cerón, Carmen María Jaramillo, Ana María Lozano,
Mauricio Cruz, Jaime Iregui, y más recientemente, Fernando
Uhía, Andrés Gaitán, Catalina Vaughan, Fernando Escobar,
Gabriel Merchán, Lucas Ospina, Pablo Batelli, Pedro Falguer
y Ricardo Arcos-Palma, entre otros, empezaron a dominar
la escena crítica, y ya para el comienzo del nuevo siglo
estaban absolutamente consolidados dentro de los procesos
de construcción pública del sentido del arte. Esta
nueva generación de autores, a
lo largo de la última década, ha venido protagonizando
una silenciosa pero notoria rebelión en contra de la dictadura
que los literatos, y en especial los poetas, han venido
ejerciendo en forma larvada e institucional a lo largo
y ancho del campo cultural desde principios del siglo
XX. Aquí
vale la pena hacer un pequeño excurso histórico: los historiadores
de la intelectualidad en nuestro país, han venido revelando
las formas en que los “letrados” participaron en los procesos
de construcción y legitimación de las estructuras de dominación,
en particular de los poderes políticos y económicos; en
este sentido, también han mostrado las formas de hegemonía
que han tenido expresión en el campo de la cultura. Es
de particular interés para nuestro tema, el estudio de
la función que jugaron los literatos y poetas en la construcción
del discurso que sostuvo en el poder a las elites de Desde la década de los
años setenta, las instituciones que fue configurando esta
autonomía han sido, entonces, dirigidas por literatos
o por funcionarios comprometidos en algún sentido, muchas
veces consanguíneamente, con las causas literarias. A
partir de la presidencia de Belisario Betancourt, la estructura
del poder dentro del campo cultural fue definida hegemónicamente
a favor de los literatos. No es casual que dos figuras
que en aquel período fueron entronizadas en sus cargos
hoy continúen ejerciendo sin ningún problema: por supuesto
me refiero a Gloria Zea y a Darío Jaramillo. De la primera,
no creo que sea necesario agregar nada; en cuanto al segundo,
es importante señalar que ha ejercido la más significativa
gestión para el campo de las artes plásticas desde La
nueva generación de críticos, entonces, se ha revelado
en contra del poder cultural monopolizado por los que,
con Ángel Rama, llamaríamos letrados.
[19]
Su origen está signado por las teorías, problemas
y lenguajes del ámbito específico de la historia y la
teoría del arte. No
es casual que explícitamente hayan cerrado filas al último
y tal vez más risible llamado al orden que los literatos,
en cabeza de Andrés Hoyos, han impulsado desde la revista
El malpensante. Bien sea que hayan hecho oídos
sordos al trasnochado y anacrónico anticonceptualismo
del fracasado novelista o que tácitamente se opongan a
Benhur Sánchez, Héctor Abad Faciolince, Juan Gustavo
Cobo Borda, Antonio Caballero, o al incuestionable Darío
Jaramillo, no sólo con respecto al tipo de obras que defienden,
sino al desaliñado descuido con que escriben y al tipo
de espacios en donde publican. Mientras a los afamados
y respetados escritores
se recomiendan los libros monográficos cuidadosamente
editados para los públicos más exclusivos de nuestra sociedad,
nuestros nuevos críticos abren, la mayoría de las veces
con sus propios medios, los espacios públicos para sus
discursos. En
este sentido, los libros que María Iovino ha logrado publicar
son un ejemplo de independencia intelectual y autonomía
institucional. Tanto Óscar Muñóz: volverse aire
(2003) como Fernell Franco otro documento (2004)
constituyen las dos principales producciones bibliográficas
que se han editado en nuestro medio, no sólo por las perspectivas
desde las cuales se han abordado allí la obra de los dos
artistas caleños, sino por la voluntad explícita de definir
un espacio propio y autodeterminado por la investigación
crítica y curatorial. Otro
de los procesos paralelos que definen el nuevo estadio
de la historia de la crítica de arte está signado por
la recepción y adaptación de la crítica a los nuevos medios,
en particular a la web. La emergencia de espacios
en la red como Ojotravieso, Columna de arena,
Esfera pública, y el mas reciente blog de
discusión de Catalina Vaughan, entre otros, que además
de reconfigurar la definición de lo público de forma generalizada,
profunda y global, también implicaron una redefinición
de las formas de producción y recepción del arte, del
discurso crítico, así como del tipo de artista y de crítico
que hasta ese momento había dominado el panorama. Es
posible que el repliegue y práctica desaparición de la
crítica del arte de los medios de comunicación tradicionales
se deba al desprestigio que ésta acumuló en las pasadas
décadas, tal como lo señala Ponce de León; pero sin duda
otro factor que contribuyó a tal repliegue, es la redefinición
de la esfera pública que, bajo la hegemonía del neoliberalismo
rampante que ha dominado políticamente al mundo en los
últimos 35 años, ha logrado, en nuestro país, la reconfiguración
de las industrias de la comunicación en los términos de
una monopolización y concentración del uso público de
la razón. Que la crítica de arte en nuestro país, entonces,
reaparezca en la web, un medio sociológica y antropológicamente
ambiguo, pero sin duda mucho más adaptable a los usos,
retóricas y condiciones de libertad que ésta supone, no
es extraño. El
“encierro” de la crítica de arte en la web, no
sólo ha determinado la reconfiguración de los espacios
públicos en los que normalmente había sido escenificada;
ha supuesto, por otra parte, la ampliación de sus temas,
la renovación de sus objetos de reflexión, el replanteamiento
de sus tipos de escritura, y, más profundamente, la refundación
de las nociones de autor crítico, de los modelos de crítico,
que hasta ahora habían sostenido su práctica. Por otra
parte, y esto es talvez lo más importante, también ha
suscitado un replantemiento de las relaciones éticas y
políticas entre autor y lector que sostenían a la crítica
de arte “tradicional”. El
encierro del campo del arte en sí mismo ha dado como resultado,
entonces, que los objetos de reflexión de la crítica también
hayan ido cambiando. De la escritura sobre la obra de
arte y los procesos creativos del artista, se pasó a la
reflexión sobre los supuestos institucionales e ideológicos
del campo del arte. Aunque los tópicos consuetudinarios
de la crítica nunca han perdido sentido y siguen existiendo
con plena validez, la práctica de la crítica de arte se
fue concentrado mayoritariamente en la reflexión sobre
los presupuestos políticos y sociales del arte. El discurso
sobre las políticas culturales, la discusión sobre el
papel del artista, del crítico y el curador, en las dinámicas
de legitimación de museos, salones, galerías, colecciones,
grupos creativos, la reflexión sobre los procesos de gestión
de todas las instituciones de canonización pública de
la imagen del artista o del prestigio de la obra de arte,
así como la problematización radical de la exclusiones
sostenidas por las burocracias más conservadoras del Estado
y de la empresa privada y por los privilegios de clase,
han empezado a circular como acciones absolutamente válidas
dentro de la práctica crítica. Así
mismo, en este
nuevo estadio, dentro del discurso de la crítica ha cobrado
plena legitimidad el corpus teórico “posmoderno”.
Aunque no se pueda hablar de una apropiación menos alienada
o de una recepción menos subalterna que en estadios anteriores,
sí es típico de la crítica contemporánea de arte, el hecho
de que sus protagonistas hayan asimilado de forma más
o menos generalizada ciertos formatos académicos de escritura
asociados a este corpus. El discurso crítico rebosante
de alusiones y guiños inteligentes, así como de citas
totalmente torpes o esnobistas a Foucault, Guattari, Derrida,
Lyotard, Danto, el martirizado Benjamin, y más recientemente
a los autores canónicos de los estudios culturales y postcolonialistas
(Edward Said, Homi Babba, etc.), no sólo en la forma de
argumentos de autoridad, sino en la forma de construcción
de contextos ideológicos. Da la impresión de que estamos
ante una crítica preocupada explícitamente por sus propios
fundamentos. Por
otra parte, las relaciones entre autor y lector, dentro
de este nuevo estadio de la historia de la crítica se
han modificado profundamente. Gracias a la naturaleza
tecnológica de los nuevos medios, el crítico de arte ha
abandonado con mucha celeridad el carácter mesiánico y
la vocación pedagógica de la crítica anterior; paralelamente,
el lector ha aceptado con mucha rapidez un papel activo.
Antes que un discurso autorizado, auto-validado y monológico,
los críticos contemporáneos escriben siempre con una conciencia
aguda sobre sus interlocutores. Podría decirse que ahora
más que nunca su escritura siempre está sobre el cuadrilátero.
En consecuencia, y gracias a la ausencia del control editorial
y de la autocensura ideológica propios de la prensa y
las revistas, la mayoría de la crítica se escribe sin
mucha autorregulación intelectual: no sólo campea la mala
ortografía y el más espantoso de los estilos, también
las polémicas suelen caer en los más bajos términos. De
todas maneras, a pesar de la democratización relativa
del acceso al discurso público sobre el arte, la crítica
no ha podido superar su aislamiento con respecto a las
audiencias más amplias. La horizontalización de las relaciones
supuestas por la práctica de la crítica ha corrido paralela
a la ultraespecialización y ultrasegmentación de los públicos
del arte. La crítica ya no está jugando el papel de validación
colectiva de la obra de arte. Cada institución cultural,
privada o pública, a través de sus funcionarios de relaciones
públicas, convoca a un grupo de personas siempre muy regular;
se podría decir caricaturescamente que hay arte para los
estratos 5 y 6, para los estratos 3 y 4, para los jóvenes,
para los viejos, para los ejecutivos, para los ciudadanos
de primera y los de segunda –nunca para los de tercera–,
para los intelectuales, etc. La crítica, en este panorama,
solamente se ocupa de una parte del arte académico. Por
último, este aislamiento ha determinado que el valor político
del discurso de la crítica sea cada vez más insignificante.
No es extraño que el cinismo de los funcionarios haya
crecido proporcionalmente a la capacidad de discusión
política de la crítica. Aunque en Bogotá y algunas de
las capitales de departamento, el panorama cultural empieza
a verse positivamente afectado por los procesos de institucionalización
de las políticas de participación democrática, fundadas
por Para
cerrar este panorama, es importante recordar, en el paisaje
de los años noventa y el arranque del siglo XXI, la consolidación
de dos espacios alternativos, que si bien es cierto, nunca
se plantearon como opuestos a los programas del Banco
de Por
otra parte, en este panorama no se puede olvidar la única
revista de artes que sigue circulando e insistiendo en
una crítica académicamente sustentada pero versátil y
políticamente equilibrada: Arte en Colombia (Artnexus),
en este sentido, a estas alturas se ha constituido en
un patrimonio colectivo de la crítica de arte colombiana
que se proyecta al campo del arte al nivel latinoamericano,
no sólo como espacio de información sino de reflexión
con pautas internacionales. Esta publicación, igualmente,
es el espacio en el que han continuado su labor crítica
autores como Germán Rubiano y en el que se ha consolidado
la de Ivonne Pini, Marta Rodríguez y Natalia Gutiérrez.
Supongo
que el capítulo más contemporáneo de la historia de la
crítica de arte en Colombia lo protagonizan los premios
de crítica de Bogotá,
Ciudad Universitaria Bibliografía
Acuña Prieto, Ruth Nohemí. Arte, crítica y sociedad en
Colombia: 1947 - 1970. Departamento de Sociología,
Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de
Colombia, Bogotá, 1991. (tesis sin publicar) Giraldo Jaramillo, Gabriel. Notas y documentos sobre el arte en Colombia. Editorial A. B. C., Bogotá, 1954. Giraldo Jaramillo, Gabriel. Bibliografía selecta del arte en Colombia. Editorial A. B. C., Bogotá, 1955. Gutiérrez, Natalia. Cruces:
una reflexión sobre la crítica de arte y la obra de José
Alejandro Restrepo. Instituto Distrital de Cultura y Turismo,
Bogotá, 2000. Gutiérrez Girardot, Rafael. Temas y problemas de una
historia social de la literatura hispanoamericana.
Cave Canes, Bogotá, 1989. Jaramillo
Jiménez, Carmen María. «Una mirada a los orígenes
del campo de la crítica de arte en Colombia» en Artes.
Jursich, Mario –compilador-. Casimiro Eiger.
Crónicas de arte colombiano: 1946 –1963. Bogotá, Banco
de Malagón,
Ricardo. «Roberto Pizano: artista, crítico y promotor
de arte» en Textos. Documentos de historia y teoría. Programa de Maestría en Historia
y Teoría del Arte y Medina, Álvaro. Procesos del arte en Colombia. Colcultura, Bogotá, 1978. Noriega Hederich, Luis Alfonso. La mirada semiótica: hipótesis sobre prácticas interpretativas de orientación semiótica e interpretación crítica. Departamento de Literatura, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1994. (tesis de pregrado sin publicar) Ponce de León, Carolina. «La crítica de arte en Colombia (1974 – 1994)» en El efecto mariposa. Ensayos sobre arte en Colombia 1985-2000. Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Bogotá, 2004. Rubiano Caballero, Germán. «Los críticos, sus escritos y sus aportes» en Gran enciclopedia temática. Norma, Bogotá, 1996, tomo V, p. 522 y ss. Serrano, Eduardo. Un lustro visual. Ensayos sobre arte contemporáneo colombiano. Tercer Mundo, Bogotá, 1976. Serrano, Eduardo. Cien años de arte colombiano 1886 – 1986. Museo de Arte Moderno de Bogotá, Bogotá, 1985 Urrego, Miguel Ángel. Intelectuales, Estado
y Nación en Colombia. De *
Este trabajo fue originalmente leído en el evento de
lanzamiento del II Premio de Crítica de Arte del Ministerio
de Cultura de Colombia, realizado en el Auditorio Marta
Traba de *
* William Alfonso López Rosas (1964) es comunicador social,
literato y magíster en historia y teoría del arte y
la arquitectura; actualmente es profesor del Instituto
de Investigaciones Estéticas de [1] Rafael Gutiérrez Girardot: Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana, Ediciones Cave Canem, Bogotá, 1989, p.21. [2] Es importante reconocer que esta historia social de las artes en nuestro país tiene algunos antecedentes fundamentales que podrían encontrarse en los textos de Eugenio Barney-Cabrera, Gabriel Giraldo Jaramillo, Marta Traba y, sobre todo, en Procesos del arte en Colombia (1978) y Los años veinte y treinta (1995) de Álvaro Medina; tal vez los dos libros más abiertamente comprometidos con esta perspectiva, no sólo por el rigor metodológico que exhiben sino por la interpretación teórica a través de la cual vincula las prácticas artísticas con el contexto político y social.
[3]
Me estoy refiriendo a la ponencia “Los públicos
de la crítica de arte: apuntes sobre la historia de
una práctica cultural localizada”, que presenté en el
V Seminario Nacional de Historia y Teoría del Arte,
organizado por [4] Cf. Omar Calíbrese: Cómo se lee una obra de arte, Cátedra, Madrid, 1993; p. 7. [5] Cf. Ibíd. [6] Ruth Nohemí Acuña Prieto: Arte, crítica y sociedad en Colombia: 1947-1970, Departamento de Sociología, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá (tesis inédita), 1991. [7] Publicado en Carolina Ponce de León: El efecto mariposa. Ensayos sobre arte en Colombia 1985-2000, Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Bogotá, 2004, p. 213 y s. s.
[8]
Carmen maría Jaramillo Jiménez: “Una mirada
a los orígenes del campo de la crítica de arte en Colombia”,
Artes.
[9]
Dentro de la bibliografía sobre la crítica
de arte en nuestro país, es importante inventariar,
además, las recopilaciones de la obra de tres figuras
claves de la crítica de arte del siglo XX: me refiero
a Marta Traba (Emma Araujo, –Compilador.: Marta Traba,
Museo de Arte Moderno de Bogotá - Planeta, Bogotá, 1984),
Casimiro Eiger (Mario Jursich, –Compilador.: Casimiro
Eiger. Crónicas de arte colombiano: 1946 –1963.
Banco de
[10]
Gabriel Giraldo Jaramillo: Bibliografía
selecta del arte en Colombia. Editorial A. B. C.,
Bogotá, 1955, p. 7 y s.s. Un año antes, en 1954, Giraldo
Jaramillo publicó un breve comentario titulado “La crítica
de arte en el siglo XIX” (en Notas
y documentos sobre el arte en Colombia. Editorial A. B. C., Bogotá; pp. [11] Álvaro Medina: Procesos del arte en Colombia. COLCULTURA, Bogotá, 1978.
[12]
Cf. Ruth Noemí Acuña Prieto:
El Papel Periódico Ilustrado y la génesis de
la configuración del campo artístico en Colombia.
Programa de Maestría en Sociología de [13] A las anteriores listas, habría que agregar, entre muchos otros, los nombres de aquellos artistas que ejercieron o han ejercido la crítica de arte –Ricardo Acevedo Bernal, Francisco Antonio Cano, Rafael Tavera, Marco Ospina, Luis Alberto Acuña, y más recientemente, Bernardo Salcedo, Beatriz González, Mauricio Cruz y Fernando Uhía. Por otra parte los nombres de Carlos Medellín, Juan Gustavo Cobo, Arístides Meneguetti, Juan Fride, Eduardo Márceles Daconte y Carlos Jiménez. [14] Cf. Ponce de León, op. cit.; p. 215. [15] Cf. Op. cit.; p. 234. [16] Cf. Op. cit.; p. 236.
[17]
Un texto que resume de forma particularmente
ejemplar la trayectoria de los protagonistas de momentos
anteriores lo ofreció recientemente el periódico de
distribución gratuita Arteria; en el destacado
que anunciaba la entrevista que José Ignacio Roca hizo
a Alberto Sierra Maya, dice: “Desde hace más de tres
décadas Alberto Sierra Maya ha sido el motor principal
del medio artístico antioqueño. Curador del Museo de
Arte Moderno de Medellín, editor de
[18]
Cf. Miguel Ángel Urrego: Intelectuales,
Estado y Nación en Colombia. De [19] Cf. Ángel Rama: Ciudad letrada, Ediciones del Norte, Hannover, 1984.
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