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Las nuevas
formas de expresión, incluyendo al arte de la acción o performance,
aunque no excesivamente ovacionadas,
no difieren de las artes clásicas. Con ligeras variantes, tanto un libro
como una opera o una performance, conservan el esquema comunicacional
clásico: emisor–mensaje–receptor. Aunque la naturaleza de los mensajes
varíen frenéticamente al son de los adelantos tecnológicos, en el campo
de la comunicación, los emisores y receptores somos siempre los mismos,
es decir, nosotros. Pese a que, en algunas circunstancias o corrientes
artísticas definidas, los papeles se confundan, como cuando el artista
asiste (o no) como público a la creación de su proyecto a cargo de los
espectadores, se trata de un abanico abierto que va desde la expectación
pasiva, como en algunas formas del cine o el teatro, a la participación
desenfrenada del happening. Lo curioso
del arte de la acción es que, en general, el emisor (o artista) se confunde
con el mensaje ya que se incorpora al sentido en tanto instrumento expresivo,
es forma y contenido a la vez. Es decir, la obra se hace visible y desempaña
retinas gracias al cuerpo del artista que con sus acciones va “escribiendo”
(o “pintando”, como se quiera decir) su discurso artístico. La confusión
la trajo Jackson Pollock con su Action Painting, ¿cuál era la obra:
sus contorsiones alrededor de la tela en tanto iba derramando el óleo
o los cuadros finalmente colgados en la pared? La crítica consolidada
diría que los cuadros, por supuesto...sin embargo, de su danza con pomos
nació el Gutai japonés de mediados de los 50s., una de las piedras angulares
del arte de la acción de hoy día. Otro poco de confusión nos la aportó
Ives Klein con las Antropometrías de 1960: cuál fue la obra,
los movimientos que instó realizar a sus modelos al son de la música
y los aplausos del público o las telas manchadas con el azul de las
pinceladas de sus cuerpos desnudos? ¿En dónde deberíamos buscar el sentido,
en la acción o en sus consecuencias? La confusión no es menor ni ocultable.
Nada menos que la inestable relación entre el designata y el designatum
(el Ceci n´est pas une pipe de
René Magritte). En estos vericuetos
se perdió más de un joven artista teórico intentando crear y verbalizar
un lenguaje de la acción ( Sin embargo,
es así cómo esas extrañas acciones o movimientos aparentemente indescifrables
que realizan los accionistas
o performers funcionan como mediadoras entre el mundo y el hombre, generando
polisemias múltiples, es decir, infinidad de opciones significativas,
llevados a cabo a través de procesos retóricos en nada diferentes a
los habituales en las demás artes: metáforas, metonimias, sinécdoques,
oximorones, etc., ante los cuales, al espectador sólo le cabe interpretar
algún significado posible, de acuerdo a su nivel de conocimientos y
experiencia personal o, en otros casos, participar, más o menos activamente,
en la confección del sentido. La suma de
lenguajes confluyendo en una sola obra se hizo realidad con la aparición
de la performance (la multimedia fue posterior). Pero no a la manera
de una ópera musical, en la cual cada arte conserva su contenido, es
decir, la música, la danza, el vestuario o el decorado pueden ser separados
sin pérdida de información como en el poema ilustrado, en el que el
texto verbal no se ve alterado por lo visual. En la performance confluyen,
no sólo los signos de los diferentes lenguajes con toda su carga expresiva,
sea del tipo que sea, sino también, toda una gama de elementos técnicos
propios de los diferentes soportes que aquellos signos suelen conjurar,
tales como sonidos, luz, oscuridad, movimientos, fuego, agua, papel,
ruidos, etc., y otros no tan discernibles como el lugar, el clima, la
temperatura ambiente, la hora del día, la edad promedio o las aspiraciones
del público, etc., puestos allí para conformar esa totalidad de expresión
artística, la performance. El deslumbrante
surgimiento de nuevas zonas de estudio, ocurrido como consecuencia del
retroceso del caos y avances del conocimiento, ha sido fundamental para
establecer estos puntos de vista. Sobre todo: el descubrimiento de unidades
supra-estructurales que engloban a todos los lenguajes (semiótica):
las mismas leyes, procesos, estructuras, la misma funcionalidad de los
signos, los soportes, el ruido, etc. Tan sutiles como el polvo en el
aire son los matices formales que marcan diferencias entre los diversos
lenguajes. Toda conformación sígnica es un “texto” así haya sido pintado,
escrito, danzado, cantado, accionado, etc. El siguiente paso fue descubrir
la necesidad de la actividad experimental a nivel de los lenguajes para
examinar sus posibilidades expresivas y su grado de competencia a la
hora de conceptuar artísticamente la experiencia humana o lo desconocido
a nivel de conocimiento. El arte de la acción no ha quedado al margen
de estas condicionantes. No se pueden separar las áreas de la actividad
humana en estancos separados, son inequívocamente inter-influyentes.
El arte de la acción ha venido, como toda nueva formación artística,
a cuestionar “lo ya sabido en arte” y a promover nuevas perspectivas
de expresión a nivel simbólico. Difícil será
la tarea de desentrañar esta suma de ideas y conceptos en ordenadas
estanterías de palabras, en caminos seguros. Apenas si estamos seguros
de que el cuerpo es el instrumento expresivo por antonomasia, el pincel,
el lápiz. También sabemos que el arte de la acción es un arte de expresión escénica,
es decir, un arte formalmente similar al teatro u otras artes escénicas
como la danza o la ópera, en las cuales la conjunción de lo espacial
y lo temporal es decisiva. La única diferencia entre ambas es que en
el teatro el artista (o actor) “representa” a un personaje y, en cambio,
en la performance el artista se “presenta”. Menuda
diferencia. El accionista es el instrumento de su propio arte (aunque
en puridad lo es en todas las artes, en última instancia), sólo que,
en este caso, no se puede separar de la obra. La documentación, ya sea
escrita, fotográfica o videística, no hace otra cosa que confirmarlo.
En tanto el público permanezca en su papel de espectador, la performance continuará siendo
una expresión artística; si interactúa con el artista, el evento pudiera
transformarse en un ritual en donde existe todo un abanico de opciones
que van desde la actitud pasiva (como en el teatro) hasta la máxima
participación, como sucede en las ceremonias religiosas o en los bailes
populares. Hoy día,
aunque a regañadientes, la performance es un arte establecido y aceptado
por el sistema artístico aunque su índole fronteriza y desacralizadora
aún despierta desconfianzas y recelos en muchos: se trata, nada menos,
que de una expresión artística directa, no intermediada por ningún otro
instrumento que no fuere el propio artista (su propio cuerpo), que da
cuenta de la realidad. Así, el arte vuelve a sus carriles y deja de
ser un objeto con “valor de cambio” para volver a ser un objeto (o concepto)
con “valor de uso”, un reflejo de la conciencia social e instrumento
de conocimiento e intercambio de ideas. Incluso (quisiera firmarlo)
instrumento de cambio. Parodiando a Marcel Duchamp podemos decir que
la performance proviene de la vida y no del arte porque ha sabido amalgamar
el sentir popular llamando la atención sobre las arbitrariedades del
poder, hablándonos de la solidaridad y la cohesión social en torno a
ideales compartidos y, también, a sentidos de la vida postergados por
la creciente indiferencia que impulsa el neoliberalismo rampante.
La fuerza
de la performance se dispone, sobre todo, en la novedad de sus medios
e instrumentación, en su lenguaje disruptivo que cuestiona al resto
de los lenguajes artísticos interpelándolos y en su inviabilidad, en
su imposible querer y no poder, en su índole utópica, el choque permanente
entre el deseo y la realidad enfrentados al agotamiento de los predicados
políticos e institucionales, el discurso adormecedor de los media. |
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