Casa de las Américas: evitar la tentación de la nostalgia

JORGE FORNET

“Esta revista cree, tal vez ingenuamente, en la existencia de una concepción de la vida hispanoamericana. Esta revista es una esperanza incierta y riesgosa de la posibilidad de cambiar la realidad.” Así se inicia el editorial del primer número (junio-julio de 1960) de Casa de las Américas. Con apenas cuarenta páginas, aquella entrega –que, como es natural, era solo un esbozo de la historia por venir– anunciaba ya la heterogeneidad de sus intereses y el alcance de sus pretensiones. 

Ese número germinal incluyó textos, entre otros, de Ezequiel Martínez Estrada, Miguel Ángel Asturias y Carlos Fuentes, así como de los cubanos Virgilio Piñera, Pablo Armando Fernández y César López, además de Antón Arrufat y Fausto Masó (quienes aparecían en el machón como “Responsables de la revista”). Leídos hoy, el más sorprendente de aquellos textos es “Un testimonio del Primero de Mayo”, crónica de Virgilio Piñera dedicada al desfile de ese día, un recuento personal desde que el escritor saliera de su casa en Guanabo a las cinco y media de la mañana hasta que, muchas horas más tarde, concluyera el desfile con un discurso de Fidel en la entonces denominada Plaza Cívica (“fea a matarse”, precisaba Piñera, “pero embellecida en esos momentos por la presencia del pueblo”).

Revista Casa No 211 - 1998
Revista Casa, No 107 - 1978

Casa de las Américas nació como órgano oficial de la institución de igual nombre tan pronto como esta comenzó a desarrollar su sostenida labor de alcance continental. No es casual que en aquel mismo año surgieran otros dos símbolos que han acompañado e identificado a la Casa hasta hoy: el Premio Literario y la editorial. De inmediato la revista se convertiría en referente cultural y órgano, a la vez, de la vanguardia literaria latinoamericana, en el que encontrarían espacio la mayor parte de los más sobresalientes escritores y pensadores de nuestra América y buena parte de los de otras regiones del mundo. En sus primeros números aparecía como directora de la revista Haydee Santamaría, aunque en verdad ella lo era de la Casa toda y no de la publicación, por lo que a partir del número 30 (de 1965), el primero oficialmente dirigido por Roberto Fernández Retamar, su nombre desapareció del machón a solicitud de ella misma.  

Un dato que ayuda a explicar la novedad de las propuestas con que Casa… se inició, el interés que despertó de inmediato y los nombres de quienes colaboraron en ella, es que tanto la revista como la institución misma fueron un epifenómeno de ese suceso mayor que fue la revolución cubana. Sacada de ese contexto se hace difícil entender el peso y prestigio que muy temprano alcanzó, y su papel en los debates más importantes de la época. 

Son infinidad las revistas que nacen en nuestro continente como expresión de urgencias, deseos, necesidades o ansias de establecer redes y formas de comunicación, como voceras de grupos o instituciones, como espacios donde se exponen y dirimen ideas y tendencias ideológicas y estéticas. Son muchas menos, en cambio, las que logran alcanzar los diez números, infinitamente más escasas las que sobrepasan los cien, y ni qué decir de las que logran sobrevivir hasta el doscientos. Presiones económicas de todo tipo, disoluciones de los grupos que las piensan y realizan, o pérdida de su razón de ser, condenan a la mayoría de ellas, pasado algún tiempo, a la extinción. Entre las veteranas, con más de 260 números de existencia ininterrumpida, se encuentra Casa de las Américas, cuya vitalidad solo puede explicarse porque va acompañada de aquella institución de la que forma parte y a la que se debe.  

Revista Casa, No 116 - 1979
Revista Casa, No 121 - 1980

Ampliamente estudiada en diversos lugares del mundo, abordada en libros, tesis, coloquios y homenajes, es poco lo que pueda añadirse sobre Casa de las Américas en tan pocas líneas. Remito al lector, como síntesis actualizada y autorizada de su faena editorial, al reciente y enjundioso acercamiento leído primero en un Encuentro de Revistas Caribeñas y publicado después por Roberto Fernández Retamar bajo el aséptico título de “Sobre la revista Casa de las Américas” (Casa de las Américas núm. 258, 2010, pp. 3-9). [1] Al hacer un balance del quehacer de la publicación, quien ha sido su director durante más de cuarenta años mencionaba números dedicados a estudiar a Bolívar, a Martí, a la presencia de África en América, al V Centenario de lo que denomina el Cubrimiento de América, al 98, a la lucha por la independencia de Puerto Rico, a los sucesos de Chile (tanto la victoria de la Unidad Popular como la tragedia del pinochetazo), al triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua, al bicentenario de la independencia de Haití, a Cultura y Revolución en la América Latina, a la situación del intelectual latinoamericano, a la mujer, a la nueva poesía, a la nueva crítica literaria, al imperialismo y los medios masivos, a los chicanos, a la mayor parte de los países de nuestra América, incluyendo la zona del Caribe. Igualmente –recordaba Retamar– la revista ha rendido homenaje a figuras como el ya mencionado Martínez Estrada, el Che, Fernando Ortiz, Juan Marinello, Haydee Santamaría, Efraín Huerta, Nicolás Guillén, Julio Cortázar, Manuel Galich, José Lezama Lima, Ángel Rama, Eliseo Diego, José Antonio Portuondo, Florestan Fernandes, Octavio Paz, Cintio Vitier, Darcy Ribeiro, Camila Henríquez Ureña, Roque Dalton, Paco Urondo, Fayad Jamís, Luis Rogelio Nogueras, Raúl Hernández Novás, Roberto Matta o Mario Benedetti, y ha conmemorado los centenarios de Rubén Darío, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Gabriela Mistral, César Vallejo, Pablo Neruda, Alejo Carpentier y Raúl Roa.

Ese amplísimo espectro se completa con las centenares y centenares de colaboraciones de narradores, poetas, ensayistas y científicos sociales de la América Latine y el Caribe, Europa, Asia, África y los Estados Unidos, que han aparecido en la revista a lo largo de más de cinco décadas. No puede perderse de vista, por otra parte, que ella ha sido con frecuencia espacio de discusiones y propuestas, y contexto de legitimación de nombres e ideas. Uno de sus números legendarios, el 26, de 1964, coordinado en buena medida por Rama (de quien se publica un iluminador estudio) estuvo dedicado a la Nueva Novela Latinoamericana, e incluyó textos, entre otros, de Carpentier, Cortázar, Onetti, Sábato, Fuentes y Vargas Llosa. Es evidente que se estaba gestando –y la revista venía a dar fe y a impulsar a la vez ese fenómeno– uno de los momentos más estruendosos de nuestra historia literaria, que tendría en la Casa un punto de referencia fundamental. 

Revista Casa, No 122 - 1980
Revista Casa, No 155-156 -  1986

Al final de su trabajo sobre la publicación, escrito hace ya la friolera de quince años (“La revista Casa de las Américas, 1960-1995”, publicado conjuntamente con otro de Ambrosio Fornet en el volumen La revista “Casa de las Américas”: un proyecto continental), Luisa Campuzano daba un consejo de lo que debía ser una revista, no por saber hacerlas, decía, sino por lo “aprendido revisando las treinta mil páginas de todas las épocas de Casa”. Los casi sesenta números aparecidos desde entonces añadirían otras once mil páginas. Las más de cuarenta mil acumuladas a lo largo de su historia convierten a la revista en una suerte de enciclopedia que puede leerse no solo como testimonio de cada uno de los momentos en que ha visto la luz, sino también como una obra de referencia y consulta obligada para entender infinidad de temas, y comprender la historia (intelectual o no) de nuestro Continente. 

Entre las muchas entregas memorables con que ella ha contado se encuentra el número doble que dedicó en 1966 a un tema de candente actualidad, bajo el título de “África en América”, el cual incluyó textos de Fernando Ortiz, Nicolás Guillén y Aimé Césaire, a los que se añadían otros debidos a Jacques Roumain, Frantz Fanon y Malcolm X. [2] En otro extremo de intereses podría mencionarse el número que dedicara, en 1967, al centenario del nacimiento de uno de los mayores poetas de la lengua. Previamente la Casa había convocado un Encuentro con Rubén Darío, al cual asistieron varias decenas de escritores. Discusiones sobre la obra del autor de Cantos de vida y esperanza y sobre la poesía en general, así como lecturas de poemas propios, animaron las sesiones de ese “homenaje vivo”, como se le llamó en su momento. Homenaje que encontraría cabida y mayor repercusión en las páginas de la revista. Ambos ejemplos –un número centrado en cuestiones esencialmente sociopolíticas; otro interesado en lo más valioso del quehacer poético de entonces– permiten descubrir la amplia gama de intereses de Casa.

Otros acercamientos resultan un tanto más sorprendentes. Aunque preocupada sobre todo en temas concernientes a nuestra América, la revista ha escapado con cierta frecuencia de ese ámbito, por lo que no es de extrañar que en los primeros años de la década del setenta, el Pato Donald, Corín Tellado y las Selecciones del Reader’s Digest se asomaran, inesperadamente, a sus páginas, solo que lo hicieron de la mano de estudiosos reunidos en un número en el que se analiza el papel de los medios masivos como transmisores de ideología, en especial desde los centros imperiales. Otro número de esa época se había centrado en la estética, la semiótica y las relaciones de ambas con el marxismo, en textos de autoridades como Julia Kristeva, Jan Mukarovsky y Yuri Lotman. En ambos casos se trataba de una apertura del espectro temático, de un acercamiento –sin abandonar la perspectiva y el contexto latinoamericanos– a debates de más amplio alcance.  

Revista Casa, No 258 - 2003
Revista Casa, No.252 -2008

A la vez, el abierto perfil latinoamericano y caribeño de la publicación no ha impedido dedicar varios números a países que no entran dentro de esa área geográfica. Uno de ellos está dedicado a España, cuya cercanía cultural es innegable. Por su parte, Canadá y los Estados Unidos integran el plural Américas que ostentan tanto el nombre de la institución como el de la revista, y es lógico que encontraran un espacio de reconocimiento y difusión entre nosotros. En el caso de Canadá, con frecuencia olvidada por los latinoamericanos, se dedicó un número a las letras de ese país; así como se consagraría otro a los latinos en los Estados Unidos, ante el hecho innegable de que varias decenas de millones de inmigrantes de tal origen están modificando el perfil demográfico, económico, político y cultural de ese país.  

Al insistir en el carácter literario y de pensamiento de la revista suele pasarse por alto, injustamente, la importancia que en ella se le ha concedido a la gráfica, desde sus primeros años, lo mismo en el diseño de la propia publicación que en las ilustraciones a las que da acogida de forma habitual. Si bien algunos números han incluido pliegos fotográficos con obras pertenecientes a las colecciones de la Casa o a otras que se han exhibido en sus galerías, lo más usual es que esas obras ilustren tanto el exterior como el interior de la publicación. Muchos de los más notables pintores, grabadores, fotógrafos y artesanos de nuestra América han encontrado sitio, con sus creaciones, en las páginas de la revista, las cuales, a su vez, han brindado espacio a la crítica de arte. De Francisco Toledo y José Luis Cuevas, en México, hasta Roberto Matta y Antonio Berni, en Chile y Argentina, respectivamente (para ceñirnos a los extremos norte y sur de la América Latina), son decenas y decenas los artistas cuyas obras han enriquecido a Casa de las Américas. Es ya un lugar común reconocer, entre la pléyade de diseñadores que se han encargado de ella, la labor de Umberto Peña, quien le dio desde mediados de los sesenta, y durante dos décadas, el perfil con el que suele identificársele.

Finalmente, uno de los mayores desafíos de una publicación como esta, con una labor tan extensa, un catálogo tan imponente de colaboradores, y un pasado tan influyente, recordado y estudiado, es evitar la tentación de la nostalgia. Por esa razón la revista se ha empeñado en actualizar de manera permanente sus colaboradores y lectores. Como parte de ese sostenido proyecto de renovación, por ejemplo, en 1994 dedicó un número a cuarenta narradores y poetas mexicanos menores de cuarenta años, y un lustro después consagró otro a jóvenes escritores cubanos que nunca hubieran publicado en sus páginas. Pero más allá de esos momentos excepcionales, lo importante es que cada nueva entrega trae consigo ideas, textos y autores que enriquecen el ya nutrido acervo de la publicación. No es un dato menor, por otro lado, que desde hace diez años la revista esté disponible en el sitio web de la institución, como forma de multiplicar sus lectores potenciales. Cuando se han editado más de cuarenta mil páginas, es grande la tentación de hablar en pasado. Sin renunciar a este, orgullosa de él, Casa de las Américas (como la propia institución que la sostiene) tiene entre sus objetivos permanentes, en cambio, proyectarse al mañana.


[1] Una versión digital de este texto puede encontrarse en  www.casadelasamericas.org/publicaciones/revistacasa/258/roberto.pdf

[2] Como una suerte de eterno retorno, mientras escribo estas líneas –y en clara deuda con aquella entrega– el número 263 pretende retornar al tema a propósito de la declaración de 2011, por parte de la ONU, como Año de los afrodescendientes.