![]() |
“Esta revista cree, tal vez
ingenuamente, en la existencia de una concepción de la vida hispanoamericana.
Esta revista es una esperanza incierta y riesgosa de la posibilidad
de cambiar la realidad.” Así se inicia el editorial del primer número
(junio-julio de 1960) de Casa
de las Américas. Con apenas cuarenta páginas, aquella entrega
–que, como es natural, era solo un esbozo de la historia por venir–
anunciaba ya la heterogeneidad de sus intereses y el alcance de sus
pretensiones. Ese número germinal incluyó textos, entre otros, de Ezequiel Martínez Estrada, Miguel Ángel Asturias y Carlos Fuentes, así como de los cubanos Virgilio Piñera, Pablo Armando Fernández y César López, además de Antón Arrufat y Fausto Masó (quienes aparecían en el machón como “Responsables de la revista”). Leídos hoy, el más sorprendente de aquellos textos es “Un testimonio del Primero de Mayo”, crónica de Virgilio Piñera dedicada al desfile de ese día, un recuento personal desde que el escritor saliera de su casa en Guanabo a las cinco y media de la mañana hasta que, muchas horas más tarde, concluyera el desfile con un discurso de Fidel en la entonces denominada Plaza Cívica (“fea a matarse”, precisaba Piñera, “pero embellecida en esos momentos por la presencia del pueblo”). Un dato que ayuda a explicar
la novedad de las propuestas con que Casa…
se inició, el interés que despertó de inmediato y los nombres de quienes
colaboraron en ella, es que tanto la revista como la institución misma
fueron un epifenómeno de ese suceso mayor que fue la revolución cubana.
Sacada de ese contexto se hace difícil entender el peso y prestigio
que muy temprano alcanzó, y su papel en los debates más importantes
de la época. Son infinidad las revistas
que nacen en nuestro continente como expresión de urgencias, deseos,
necesidades o ansias de establecer redes y formas de comunicación,
como voceras de grupos o instituciones, como espacios donde se exponen
y dirimen ideas y tendencias ideológicas y estéticas. Son muchas menos,
en cambio, las que logran alcanzar los diez números, infinitamente
más escasas las que sobrepasan los cien, y ni qué decir de las que
logran sobrevivir hasta el doscientos. Presiones económicas de todo
tipo, disoluciones de los grupos que las piensan y realizan, o pérdida
de su razón de ser, condenan a la mayoría de ellas, pasado algún tiempo,
a la extinción. Entre las veteranas, con más de 260 números de existencia
ininterrumpida, se encuentra
Casa de las Américas, cuya vitalidad solo puede explicarse porque
va acompañada de aquella institución de la que forma parte y a la
que se debe. Ampliamente
estudiada en diversos lugares del mundo, abordada en libros, tesis,
coloquios y homenajes, es poco lo que pueda añadirse sobre Casa
de las Américas en tan pocas líneas. Remito al lector, como síntesis actualizada y autorizada
de su faena editorial, al reciente y enjundioso acercamiento leído primero
en un Encuentro de Revistas Caribeñas y publicado después por Roberto
Fernández Retamar bajo el aséptico título de “Sobre la revista Casa
de las Américas” (Casa de las Américas núm.
258, 2010, pp. 3-9).
[1]
Al
hacer un balance del quehacer de la publicación, quien ha sido su
director durante más de cuarenta años mencionaba números dedicados
a estudiar a Bolívar, a Martí, a la presencia de África en América,
al V Centenario de lo que denomina el Cubrimiento de América, al Ese amplísimo espectro se
completa con las centenares y centenares de colaboraciones de narradores,
poetas, ensayistas y científicos sociales de Al final de su trabajo sobre
la publicación, escrito hace ya la friolera de quince años (“La revista
Casa de las Américas, 1960- Entre las muchas entregas
memorables con que ella ha contado se encuentra el número doble que
dedicó en Otros acercamientos resultan
un tanto más sorprendentes. Aunque preocupada sobre todo en temas
concernientes a nuestra América, la revista ha escapado con cierta
frecuencia de ese ámbito, por lo que no es de extrañar que en los
primeros años de la década del setenta, el Pato Donald, Corín Tellado
y las Selecciones del Reader’s
Digest se asomaran, inesperadamente, a sus páginas, solo
que lo hicieron de la mano de estudiosos reunidos en un número en
el que se analiza el papel de los medios masivos como transmisores
de ideología, en especial desde los centros imperiales. Otro número
de esa época se había centrado en la estética, la semiótica y las
relaciones de ambas con el marxismo, en textos de autoridades como
Julia Kristeva, Jan Mukarovsky y Yuri Lotman. En ambos casos se trataba
de una apertura del espectro temático, de un acercamiento –sin abandonar
la perspectiva y el contexto latinoamericanos– a debates de más amplio
alcance. A la vez, el abierto perfil
latinoamericano y caribeño de la publicación no ha impedido dedicar
varios números a países que no entran dentro de esa área geográfica.
Uno de ellos está dedicado a España, cuya cercanía cultural es innegable.
Por su parte, Canadá y los Estados Unidos integran el plural Américas
que ostentan tanto el nombre de la institución como el de la revista,
y es lógico que encontraran un espacio de reconocimiento y difusión
entre nosotros. En el caso de Canadá, con frecuencia olvidada por
los latinoamericanos, se dedicó un número a las letras de ese país;
así como se consagraría otro a los latinos en los Estados Unidos,
ante el hecho innegable de que varias decenas de millones de inmigrantes
de tal origen están modificando el perfil demográfico, económico,
político y cultural de ese país. Al insistir en el carácter
literario y de pensamiento de la revista suele pasarse por alto, injustamente,
la importancia que en ella se le ha concedido a la gráfica, desde
sus primeros años, lo mismo en el diseño de la propia publicación
que en las ilustraciones a las que da acogida de forma habitual. Si
bien algunos números han incluido pliegos fotográficos con obras pertenecientes
a las colecciones de Finalmente, uno de los mayores
desafíos de una publicación como esta, con una labor tan extensa,
un catálogo tan imponente de colaboradores, y un pasado tan influyente,
recordado y estudiado, es evitar la tentación de la nostalgia. Por
esa razón la revista se ha empeñado en actualizar de manera permanente
sus colaboradores y lectores. Como parte de ese sostenido proyecto
de renovación, por ejemplo, en 1994 dedicó un número a cuarenta narradores
y poetas mexicanos menores de cuarenta años, y un lustro después consagró
otro a jóvenes escritores cubanos que nunca hubieran publicado en
sus páginas. Pero más allá de esos momentos excepcionales, lo importante
es que cada nueva entrega trae consigo ideas, textos y autores que
enriquecen el ya nutrido acervo de la publicación. No es un dato menor,
por otro lado, que desde hace diez años la revista esté disponible
en el sitio web de la institución, como forma de multiplicar sus lectores
potenciales. Cuando se han editado más de cuarenta mil páginas, es
grande la tentación de hablar en pasado. Sin renunciar a este, orgullosa
de él, Casa de las Américas (como la propia institución que la sostiene)
tiene entre sus objetivos permanentes, en cambio, proyectarse al mañana.
[1] Una versión digital de este texto puede encontrarse en www.casadelasamericas.org/publicaciones/revistacasa/258/roberto.pdf
[2]
Como una suerte de eterno retorno, mientras escribo
estas líneas –y en clara deuda con aquella entrega– el número 263
pretende retornar al tema a propósito de la declaración de 2011,
por parte de
|
|
||||||||||||||