![]() |
Producciones
Doboch. El pretexto de un alias para un reporte desde la ciénaga* “Río está hondo, río está hondo,
GISELLE GÓMEZ PÉREZ & PRODUCCIONES DOBOCH Una opción decorosa para estos artistas que aún no cuentan con una galería o al menos con un dealer capaces de invertir en la producción de sus obras, podrían ser las becas; pero esa fatigosa y detectivesca aventura de pesquisaje, aplicación y espera de resultados, sobre todo en los terrenos de la -últimamente más- inasible Internet, es una alternativa real pero muy aleatoria con la cual no sugiero obsesionarse. Y créanme, si de algo estoy convencida es que cada vez son más los artistas, los proyectos por concretar, los espacios por conquistar y por tanto muy difícil encontrar paliativos para todos… pero también concurren un sinnúmero de engendros que en nombre de la cultura y sus más recientes apodos, absorben y lo (mal)gastan todo.
No obstante esta renuencia de Producciones Doboch a ser definido como un grupo, quiero detenerme en un aspecto que comparten los trabajos de los artistas que voy a tratar (porque grupo o no grupo a eso he venido) y que les diferencia de otras prácticas circundantes, aunque ellos no lo hayan fijado intencionadamente. Se trata de la tendencia a un tipo de obra de corte social, presta a la observación y el cuestionamiento de hechos cotidianos, aparentemente intrascendentes por el carácter que les imprime la periodicidad, la cercanía, y paradójicamente la ex profesa oscuridad en que se encuentran. Situaciones que una vez sacadas a la luz resquebrajan la unidireccionalidad de algunos discursos y relativizan argumentos que constantemente “engullimos” como axiomas. No son éstas precisamente las preocupaciones
más recurrentes de la plástica cubana por estos días. Quizás por un
lado estén la censura y la autocensura, los temores de hacer un arte
cubano estereotipado, local, contextual, las ínfulas de internacionalización
y la avalancha tecnológica (que no veo que una cosa excluya la otra,
pero para muchos al parecer sí) y por otro, los incipientes mecanismos
de comercialización surgidos dentro de la propia institución cubana
con la interpretación que sus oficiantes hacen de las supuestas necesidades
de un mercado internacional. El resultado en mi opinión es una obra
muy “sana”, enfática más en su visualidad que en su contenido al quedar
éste resumido continuamente en un ingenioso chiste, sin conflicto para
con esta zona de poder a la que muchos artistas han decidido plegarse
incondicionalmente. Y volvemos al tema de las alternativas y realmente
el artista cubano tiene en su territorio pocas, y todas, las mejores
y las peores, implican renuncia. Como es visible me cuesta evitar
este tipo de comentario que se aparta un poco de mi objeto de análisis,
pero no quise pasar por alto estas cuestiones debatidas constantemente
en el espacio privado de nuestras conversaciones, asuntos que inevitablemente
condicionan nuestra actitud ante el medio. Por otra parte es posible
que estos puntos, polémicos por supuesto, sólo quedaran esbozados, pero
siento que se trata de un terreno pantanoso, turbio, que al intentar
penetrarlo puedes terminar hundido, atrapado tanto por la cadena de
contradicciones que encuentras como por la falsa ilusión de poder llegar
al meollo y regresar aún con aire para describirlo. Ahora quiero detenerme en algunos aspectos de los trabajos de Henry Eric Hernández y Abel Oliva, realizados continuamente bajo lo que hemos dado en llamar Producciones Doboch. Los conflictos que en el plano de la recepción van teniendo estas obras y sus hacedores me han animado a las siguientes reflexiones. Examinando la obra en vídeo de Henry Eric Hernández encuentro que ha circulado alternativamente dentro del ámbito plástico cubano, signada quizás por esa inclinación hacia lo preterido que respiran sus trabajos. Después de Controversia con el ghetto (1999-2000), única obra exhibida en un evento oficial y totalmente público como lo es el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, vinieron nuevas producciones. Bocarrosa (2000) y Almacén (2001), documentales en los que comparte la autoría con Iván Rodríguez, más Sucedió en La Habana (2002). Todos pudieron ser vistos durante Copyright [1] , y de ellos se apuntó: “otra vez asistimos a la disputa de la historia vs La Historia, donde la única alternativa posible de “happy end” reside en poner la cámara en las llagas de la oscura memoria insular, tratando de evadir lamentables veredictos terminales.” Son obras que “(…) le consagran su tiempo y espacios fílmicos a esos trasvestis que sin rencor se niegan al arrepentimiento, a quienes desconocen la privacidad de un hogar y, más que todo a los que prefieren sobrevivir en las calles entregados a la absoluta libertad de no tener nada” [2] . Para la fecha de publicación de esta revista ya estará terminado un nuevo capítulo de Sucedió… que gira en torno a la prostitución; también otro trabajo, más apegado a la línea del documento histórico, que pretende rescribir la vida de una joven miliciana cienfueguera, cuyo nombre bautizó espacios sociales antes de su suicidio. Es cierto que esa vocación por
la crónica asentada en Henry Eric y sus últimos trabajos tiene la singularidad
de no emitir evidentes juicios sobre las situaciones que enfrenta más
que aquel que implica elegirlos como relatos posibles, llegar hasta
sus protagonistas y dejarlos fluir. Ahora bien, a pesar de los crecientes
procesos de imbricación del arte con otras prácticas no vistas como
artísticas anteriormente y sus permutaciones con diferentes instancias
del saber, existe una recepción que ante estas obras continúa apelando
a caducas y restringidas definiciones del concepto de arte. De ahí que
para no despojar a Henry Eric de su status artístico y otorgarle el
de un mero reportero (de cualquier manera rara
avis en nuestro contexto) algunos espectadores le exijan una toma
de posición más profunda en su historia tanto en la forma como en el
contenido (categorías muy a tono con este tipo de crítica). Quizás ansían
reencontrarse con la mano manipuladora que generalmente acompaña a este
tipo de comentario social, como si no fuera ya violento penetrar estos
espacios, estas zonas que aunque públicas y habituales, suelen vagar
irrepresentadas. Presumo entonces que Henry Eric
no deposita su mayor interés y menos su finalidad en la aproximación
estética a estas historias “menores” que contienen los documentales.
Esta función del arte se desvela en ellos, pues bastante simple, casi
mimética, de escasos artificios lingüísticos en la construcción dramatúrgica
y en la edición, al tiempo que evita cualquier sobredimensión dramática
y esteticista
[3]
. Y es que toda su obra (documentales, intervenciones y hasta
su reciente proyecto La revancha, 27 episodios para la historia
de Cuba)
[4]
se inclina más a los predios de la Sociología y la Historia.
Desde una hacia la otra se mueve este artista, simplemente observa bien
en el presente y se sumerge continuamente en el pasado; de ambos vuelve
repleto. Pero se sabe cuán difícil es, con esta suerte de “patos
feos” que resultan sus hallazgos, penetrar los marcos, solo en apariencia
flexibles, de la institución Arte; y qué decir de esos trenes blindados
que son en nuestro entorno, aquellas sapiencias en mayúsculas. A mi juicio La
revancha… completa un ciclo importante en la obra de Henry Eric,
pues en ella se condensa además de una parte poco conocida de nuestra
Historia, una vasta recopilación del trabajo realizado en los últimos
años
[5]
. Sobre este proyecto aún en ejecución, nos dice: “Mi interés
(…) se centra en la edición de una obra-libro donde observo, cuestiono
y rehabilito sitios y sucesos –a mi parecer– puntuales en la historia
de la nación cubana, en los que desde 1998 he venido desarrollando intervenciones
artísticas a manera de terapia sociológica. A estos sitios les he llamado
ghettos culturales: espacios construidos por una
ideología y época determinadas, y luego transformados hasta quedar
en el olvido o sumergidos en la decadencia cultural -entiéndase ideológica,
económica, social.”
[6]
Por su parte los trabajos de Abel
Oliva también han padecido el descrédito receptivo, pero más que alguna
cualidad en sus obras -raras veces los indiferentes piden ver obras-,
la razón primaria de esta ignorancia ha sido su procedencia académica.
El ser graduado de actuación en el ISA y no de la especialidad que se
espera provenga un artista plástico, frecuentemente entorpece su dialogar
en el medio. Bastaría intentar graficar la gestión burocrática (avales,
reuniones, comisiones y finalmente hasta una rúbrica ministerial) que
debería seguir el artista para
conseguir un espacio donde exponer dentro del circuito de instituciones
y galerías que conocemos, porque no basta la opinión supuestamente autorizada
de un especialista de las mismas para concretar un proyecto, aunque
extrañamente se animan a opinar. Y mucho menos intente, dicho creador,
acercarse a aquellas instancias destinadas a la comercialización: en
esas, aunque valdría más la pena por el espacio con que cuentan, el
trámite es más escabroso. Pareciera que han leído literalmente a Arthur
Danto cuando esgrime que arte es todo aquello que en un marco institucional
se reconoce como tal; saboreando el carácter excluyente que llega a
primera vista. Repito que el arte y la teoría desde hace más de medio siglo abogan por la apertura, la contaminación entre géneros, el cruzamiento de lo diverso, en fin…, y acá (las universidades, las instituciones que rigen la cultura, la crítica, uno mismo) seguimos cerrando círculos, trazando límites, etiquetando procesos. ¿Conviene acaso ésta incoherencia entre tanta teoría postmoderna por un lado (discurso al parecer demagógico que inunda revistas, coloquios, mesas redondas etc.,) y por otro, el accionar totalmente moderno para sostener un sistema institucional más “hermético”, pero no menos obcecado? Entonces bien podría Abel Oliva
renunciar a su instrucción escénica ya que le trae tanto conflicto,
pero no es por la vía de la negación que llegamos a la tolerancia. Su
formación en un teatro experimental, antropocéntrico, de investigación
más que de representación
[7]
, le abrió las puertas hacia zonas fronterizas entre éste
género y la plástica, singularizando sus incursiones en el
performance, el happening o la propia intervención pública. En A la vuelta del Transvida (2000) se explicita este tránsito en su
obra. Como un corregidor de escena
el artista concibió, organizó y dirigió la acción; aquella “puesta en
escena que convirtió al espacio público en vigía de cada una de las
vidas de los ancianos que revivieron el pasado en la medida que bailaban
un danzón sobre las huellas inertes del recorrido del tranvía”
[8]
. Pero el show
provocado, por demás raro en un contexto que tiene por norma otro tipo
de meeting, era sólo un fragmento del proceso concebido. Para Abel y
su actual metodología de trabajo este tipo de obra deviene casi siempre
objetual, y aquí es donde se impone
la presencia del espacio galerístico; ya no como instancia legitimadora
y aurática que suelen ser las salas de exposiciones, sino por su necesaria
existencia física para instalar la pieza y dialogar con ambos (obra
y espacio) al mismo nivel.
Con
los chicos felices de Robin Hood
[9]
(2002-2003), Abel Oliva retoma su interés por fenómenos
relacionados con problemáticas sociales del contexto cubano actual;
situaciones que enrolan, casi sin escapatoria, a una gran masa ciudadana,
acuñándole hábitos que definen identitariamente el comportamiento social.
A
partir de una fase interventiva en la que el artista documenta sonoramente
los pregones que gritan los vendedores ambulantes por diferentes barrios
de La Habana, el proyecto progresa de la crónica sonora a la instalación
y de ésta a la producción de una serie de serigrafías que Abel pretende
comercializar al precio del producto que la misma contiene representado.
Ésta revalidación de una tradición sonora considerada por algunos estudiosos
cubanos como elemento de valor folklórico y etnológico, extinguido como
consecuencia del desarrollo social, cobra su mejor expresión en la manera
que ha sido concebida para la exhibición, pues recurre a la traspolación de un fenómeno propio
de la periferia a una zona céntrica y concurrida de la capital, donde
usualmente no sucediera este tipo de incitación al intercambio comercial,
o por lo menos el referido a estos productos, y donde además fuera inadmisible
la irrupción de sus llamados chicos felices. “Me interesa -dice Abel-
el extrañamiento que pudiera provocar en el público esta sustitución
de lo abiertamente legal por lo consabidamente ilícito. Supongo una
recepción confundida ante el desplazamiento espacial de la experiencia
que protagonizan cotidianamente en sus hogares, ante el dudoso derrumbamiento
del límite entre lo permitido y lo prohibido.”
[10]
Es en este depósito de expectativas
en el público siempre activo que exige Abel Oliva, que Los
chicos felices…se enlaza con sus obras anteriores. Y podría ser
a la vez una de las tantas características distintivas entre estos trabajos
y los de Henry Eric Hernández, casi siempre tendientes, aún en las intervenciones
públicas, a un entorno más privado, desde la confesión de un trasvesti,
la ritualidad de una exhumación o la queja de un homeless. Bienvenidas sean estas y otras
diferencias, contrastes, oposiciones…, pues anuncian que hay modos infinitos
de hacer seriamente el arte, aún cuando nos movemos sobre su
peligrosa ciénaga, amparados bajo el mismo y apetitoso alias:
Producciones Doboch. *Este texto fue publicado en la Revista Arte Cubano No. 2-3 del 2003 [1] Exhibición de vídeo que curé junto a la Lic. Suset Sánchez durante enero-febrero del 2002, en el Centro Cultural de España en La Habana. [2] Héctor Antón Castillo. “Copyright, o el ‘derecho a la copia’ tras una larga espera”. En: Revolución y Cultura, n.4, 2002, La Habana, p.60 [3] Ante la última producción fílmica de Fernando Pérez pude comprender la fatalidad de estos excesos. Suite Habana, de la que dudo que alguien se cuestionara su apriorística existencia como obra de arte, es quizás el más cercano ejemplo de lo que Henry Eric no desea estética ni narrativamente.
[4]
Para realizar este proyecto
Henry Eric Hernández obtuvo en el 2002 la beca que otorga la Fundación
J. S. Guggenheim.
[5]
Las imágenes que componen el libro-obra intentarán reconstruir
la historia y sus cambios a través de ciclos vitales, disolviéndose
conceptualmente el dato histórico en el dato artístico. Éstas imágenes
se apoyarán con una crónica que detalla cronológicamente los sitios
escogidos (1788 – 1959) y los sucesos que ejercieron cambios sobre
ellos, en contrapunteo con las intervenciones realizadas por mi entre
1998 y el 2001. (Henry Eric Hernández. Fragmento de la memoria del
proyecto que envió como aplicación a la beca.) [6] Henry Eric Hernández. Fragmento de la memoria del proyecto que envió como aplicación a la beca. [7] Me refiero a la enseñanza recibida bajo las interpretaciones que sus maestros cubanos (Vicente Revuelta, Victor Varela, Boris Villar u Orestes Pérez) hicieron de las técnicas, metodologías, y poéticas de los mesías de la Historia del teatro ( Stanislavski, Jerzy Grotowski, Antonin Artaud, Anthunes Filho, Eugenio Barba, entre otros) [8] Suset Sánchez Sánchez. Palabras al Catálogo de la Exposición Norias de la Comarca (2002) de Abel Oliva.
[9]
Los
chicos felices de Robin Hood, se apropia de la conocida anécdota
literaria para abordar el fenómeno del mercado “negro” cubano. La
agudización de la crisis económica en Cuba posterior al colapso de
la Europa del Este afianzó en gran medida la existencia de esta forma
de subsistencia y nos legó una suerte de actitudes codificadas y personajes
tipos que inundaron el imaginario colectivo. Robin Hood, como le llaman
a este personaje real, múltiple e imprescindible, es un busca vida
aceptado por la masa al que el cubano de hoy está obligado a recurrir.
Su principal radio de acción son los establecimientos estatales, y
aunque la mercancía es muy diversa, la mayor demanda reside en los
productos de primera necesidad. (Fragmento de la memoria proyecto
del artista)
[10]
Abel Oliva. (Fragmento de la memoria proyecto
del artista)
|
|
||||||