Haití: los espíritus en la Tierra*



 

En la lengua fon hablada en Benin, la palabra vodun hace referencia a una potencia invisible, temible y misteriosa, capaz de intervenir en cualquier momento en los asuntos humanos. La deportación al Nuevo Mundo de millones de esclavos negros significó el transplante en América de creencias y prácticas africanas bajo diversas formas y denominaciones.

Los lwas son espíritus o genios sobrenaturales que pueden intervenir en el cuerpo de los individuos, pero también están presentes en todos los ámbitos de la naturaleza: en árboles, ríos y montañas; en el aire, el agua y el fuego. Los lwas del vodú establecen una red de correspondencias entre las actividades humanas, la agricultura, la guerra, el amor y diversos aspectos del mundo natural. Ofrecen un modo de clasificar los diferentes ámbitos del universo y la vida social. El orden y el desorden, la vida y la muerte, el bien y el mal, los acontecimientos felices e infelices. Estructuran el espacio y el tiempo, se hacen cargo de la existencia del individuo desde el nacimiento hasta la muerte como si sólo la escucha asidua de los mensajes que le envían pudiera permitirle conocer y realizar su destino.

El sol, sobre párpados donde laten sueños reanudados, sangra de girar al revés, fuera de las órbitas de nuestras alegrías. En un sobresalto total, convocando violencias indecibles, así como dolores alejados de su vana tranquilidad, el mundo estalla ante la mirada de los vivos. Los dioses sacuden la carga a los votos dispersos de los mortales, mientras que unas estrellas, que acaban de tornarse azules a las horas inciertas del día, abalizan emociones heredadas de ninguna parte, y sí de deslumbrantes fantasmas.

¡Legba! ¡Legba! ¡Oh!

La tierra tiembla al sentir derramarse sobre su caparazón la alegría plena del mundo. Se produce un acoplamiento perfecto entre los sonidos y los perfumes, un lenguaje tal de sentidos para honrar los vínculos entre el universo de los dioses y el de los mortales. Convocados a responder de su alegría, los lwas, en la vorágine de deseos contenidos, confirman su presencia.

La noche estalla en una apoteosis de fuego, iluminada con la fe y el fervor de las gentes liberadas de las angustias del mundo. Los creyentes voduistas descubren que, más allá del bien y del mal, existen por una alegría inefable, expresión de una infinidad de seres por los que son transidos y por los que se exaltan. Son la vida cósmica.

Esa vida es la que Luis Alcalá del Olmo ha captado en su diversidad, en su multiplicidad, en su infinitud, al poner de relieve sus sentidos y su unicidad en la expresión de la fiesta. A través de sus puntos de mira ha establecido momentos tan intensos que sitúa en la alquimia de las fotografías una celebración de la mirada. El lente del objetivo ha hecho más que ver. Ha poetizado la realidad mediante la magia de una extraña complicidad escalonada en grados de simpatía, que deja abolida la distancia entre curiosidad y connivencia. Las imágenes hablan. Cuentan. Significan. Se hacen concretas en los rostros, por adecuación entre el arte y la realidad, emociones siempre cercanas al éxtasis. Aquí, la alegría se viste de voluptuosidad. Allá, se sublima con una fuerza inmaterial. Cada emoción captada, reproducida en su esencia, se parece curiosamente a la expresión que la cámara da de ella, se objetiva, se torna sensación paralizada, en diferentes posturas, para la eternidad.


¿Se debería entonces hablar de la habilidad de Luis Alcalá del Olmo para asir lo inasible, entrando de golpe a la eternidad del placer? ¡No! Porque aquí nada parece unido a ninguna actividad humana. Emociones y sensaciones se enlazan en un ritual que las funde realizándose la simbiosis entre lo concreto y lo inmaterial. Surge de nuevo otra pregunta. De haber asido lo inasible, ¿no habría estado Luis poseído, en lo que dura un disparo de cámara, de una explosión de alegría interior que henchida de nuevas certidumbres lo ha llevado a un estado de goce infinito por lo que ha podido cambiarse a sí mismo para convertirse en un lwa?

Lilavois, Haití.
Tomado del texto Celebraciones, aún inédito.

* Esta muestra del fotógrafo español radicado en Puerto Rico Luis Alcalá del Olmo se inauguró el 9 de abril de 2004.



Fors: el límite de la memoria*

NAHELA HECHAVARRÍA POUMYRÓ
Lic. en Historia del Arte, Especialista de la Dirección de Artes Plásticas de la Casa de las Américas

Siempre que se intenta rememorar el pasado, ese tiempo “otro” tan evocado, presente en nuestras vidas, nos adentramos en un no-lugar susceptible de las más disímiles construcciones. José Manuel Fors, cazador de recuerdos por excelencia, ha hurgado, una y otra vez, en el universo incierto de la memoria con la paciencia y minuciosidad que caracteriza su quehacer.

Desde su surgimiento, la fotografía se erigió el medio más eficaz de apresar la historia, capacidad, por demás, inherente a su técnica. De esta forma, el retrato fotográfico con toda la carga de auto-representación que comporta devino, años más tarde, práctica habitual junto a las fotos familiares y de aficionados. En un afán por congelar momentos de la existencia personal o colectiva, de robar al tiempo un instante y perpetuar su acontecimiento, tomar fotos ha sido pasión, búsqueda, fin y necesidad del ser humano. 

A inicios de la década de 1980, Fors se acerca a la fotografía. Hasta la actualidad, con dos décadas de por medio, podemos trazar una línea coherente en su poética. Este creador, que venía de un búsqueda pictórica de lo matérico, representa en sus primeras imágenes la naturaleza, ambientes abandonados, ruinas [1] Sus series Cubo con hojarasca y Tierra rara fueron expresión de la continuidad de su indagación pictórica, en la fotografía, tratada como tema. Con Homenaje a un Silvicultor de 1985 Fors comenzó uno de sus grandes tópicos: la memoria y el paso del tiempo. Este homenaje a su abuelo “padre de la silvicultura cubana” da las coordenadas de lo que sería su método de trabajo. La exploración deviene “arqueológica” en tanto logra articular objetos, documentos e imágenes en un todo íntegro que permite re-construir el espacio de la memoria en un aquí y un ahora concretos. Sus series posteriores Retratos y Atados de memoria ratifican su desvelo por conservar y hacer de la historia familiar, narración única, a la vez que múltiple en su interpretación.  

Fors, quien estuvo presente en ese momento inaugural de los ochentas que fue la exposición Volumen I y en otras no menos importantes como Sano y Sabroso, se alejó, sin embargo, de las urgencias de un arte desafiante como el realizado por muchos de sus contemporáneos. Hubo quien lo calificó de rara avis [2] por su tendencia al intimismo, a explorar terrenos donde el individuo actúa lo más cercano a sí mismo. Una mirada que tenía que ver con lo doméstico y no con irrumpir el espacio público, la calle, tan característico de las propuestas de esos años. José Manuel Fors halló en los cofres antiguos, las fotos de sus antepasados, cartas y demás objetos personales, material para sus imágenes que presentadas individualmente o en mosaicos invocan al pasado y nos hacen comprender el presente. 

Las cartas, su presente entrega, explora el vínculo tremendamente íntimo que se establece a través de la correspondencia. Como se sabe, el género epistolar ha sido importante para la literatura por ser testimonio que roza, en ocasiones, lo secreto. Como confesión, las cartas comportan en sí mismas confusión: son escritas en un momento determinado para ser luego leídas, re-vividas en la lectura variable que da la distancia y el tiempo. Así, funciona en el mismo plano de la fotografía que es, entre otras cosas, depósito de lo “ya acontecido”. Ambas poseen una temporalidad intrínseca. De ahí la fascinación que ejercen en Fors. El artista intenta crear un espacio donde texto e imagen se interpenetran cual intrincados palimpsestos rememorativos. Las misivas enviadas por familiares y amigos en diferentes épocas, muchas acompañadas de imágenes que evocan otros lugares, alegrías y tristezas, le permiten re-editar su afición por la memoria. 

La obra toda de José Manuel Fors transita en el límite, allí donde explora “las huellas del ayer” intentando hallar alcances permanentes y una expresión de las problemáticas actuales. Dejarnos llevar por el misterio que emana de estas imágenes, fruto de intensas historias personales, parece ser la invitación que se nos hace.


* La exposición Las cartas del fotógrafo cubano José Manuel Fors se inauguró el pasado 26 de enero en el marco de las actividades por el Premio Literario Casa de las Américas 2004.

[1] Sánchez, Marta: “La obra fotográfica del cubano José Manuel Fors” en V Coloquio Latinoamericano de Fotografía, Centro de la Imagen, México, 1996, pp. 261- 264.

[2] Navarrete, José A.: “Fors en el centro de la tierra” en Encuadre, no. especial, marzo, 1993, p. 19.

Luis Alcalá del Olmo   Luis Alcalá del Olmo
     
Luis Alcalá del Olmo   Luis Alcalá del Olmo
     
     
 
José Manuel Fors José Manuel Fors
José Manuel Fors José Manuel Fors
José Manuel Fors José Manuel Fors
José Manuel Fors José Manuel Fors
José Manuel Fors José Manuel Fors
José Manuel Fors