![]() |
![]() |
|
||||||||
|
Joseph Beuys - Sled with Filter, (fragmento) |
Entre
sus mallas me siento dislocada John de Menil
y Dominique Schlumberger,
quienes habían contraído matrimonio en Francia en 1931, abandonaron
el país durante la Segunda Guerra Mundial y se instalaron en
Houston, Texas, Estados Unidos. Los de Menil
rápidamente se convirtieron en importantes defensores del arte
moderno y fungieron como anfitriones asiduos de los artistas,
científicos e intelectuales de avanzada. Durante la década de
los 50s y 60s promocionaron piezas a través del Museo de Arte
Contemporáneo y el Museo de Bellas Artes de Houston y fundaron
el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de St.Thomas
y el Instituto para las Artes en la Universidad de Rice. The Menil
Collection, institución creada para preservar y exhibir la
colección de arte de John y Dominique
de Menil, fue abierta por primera
vez al público en Junio de 1987, y es reconocida internacionalmente
no sólo por la calidad de las obras expuestas y la curaduría,
sino por el poderoso sentido ecléctico que la caracteriza. La
gran diversidad de estilos por los cuales la historia del arte
de la humanidad ha transcurrido, se difumina en los salones,
paredes, suelo, techo, y al parecer una idea cronológica del
tiempo predomina como hilo conductor, pero también hay un sentido
juguetón y placentero del contraste. La colección incluye obras
de las clásicas civilizaciones mediterráneas y el Imperio Bizantino
así como arte-factos etnográficos
procedentes de las corrientes artísticas de África, Oceanía
y el Noroeste Pacífico, pues los coleccionistas de Menil
reconocieron las “profundas conexiones formales y espirituales
que existen entre el arte contemporáneo y el arte de las viejas
culturas ancestrales”. La
gran fuerza visual de la exposición permanente está respaldada
por obras de arte europeo, que incluye autores de la corriente
surrealista tales como: Giorgio de
Chirico, Max
Ernst, René Magritte, Man Ray, e Yves
Tanguy; los cubistas y pintores de
la Escuela de París: Fernand Léger,
Henri Matisse y Pablo Picasso;
y, además, por valiosas piezas de algunos de los más conocidos
artistas del Pop, del Expresionismo Abstracto y del Minimalismo Con frecuencia
he leído en el programa que el museo ofrece sobre la organización
de exhibiciones paralelas y actividades especiales que dinamitan
la vida cultural dentro del propio edificio: conferencias, lecturas
de ensayos sobre temas histórico-artísticos, programación de
videos y filmes de renombrados creadores, y conciertos. Hoy
he visto anunciada en la primera página una exposición de Joseph
Beuys.* La
historia Al cabo
me sentí perdida, alzada y vuelta a caer como en un sueño. ¿Dónde
está la puerta de salida, o tan siquiera la puerta del baño?,
pregunté. Iba a echarme a llorar. Era tan fuerte. Era como estar
viendo y oliendo, saboreando y palpando; sintiendo bajo mi mano
una fuerza animal, y al final nunca supe si emanaba de mí, o
si yo era una mujer simplemente perdida, mareada, una esponja de sensaciones múltiples en aquel
lugar. Los salones amplios estaban cruelmente iluminados, como
para que uno pudiera percibir hasta el último detalle y no quedara
duda del suceso. Me
he convertido en un pequeño feto mientras camino de cubículo
en cubículo. Experimento, lenguaje que viene y va, motivo inconforme.
¿Cómo puede uno dejar de interactuar? ¿Cómo dejar de llorar? Actions,
vitrines, and environments,
de Joseph Beuys es un viaje a la semilla,
a la carnalidad, al individuo, vindicación del tiempo y de la
cera, nacimiento y muerte. La
acción impenetrable: un primer acto Joseph
Beuys llora frente a la multitud en acto solemne, inolvidable.
Sus lágrimas corren mientras se escucha ligeramente un fondo
musical, o quizá el himno de mi imaginación. Las voces parecen
mutiladas mientras el silencio penetra en el recinto, las gargantas,
los oídos de la gente. Opuesto perfecto, el micrófono está abierto
para cuando el hombre pueda decir unas palabras, pero la emoción
es más fuerte. Con su toalla enredada en el cuello y su palangana
llena de agua limpia se dirige a cada uno de los espectadores
y le lava los pies con devoción. La gente se exaspera, se mata
por alcanzar asiento en la primera fila. ¿Alcanza para todos?
¿Los asientos, el agua, la propia palangana? Uno por uno, una
y otra vez vuelve a la pila, al chorro ubicado al lado de la
escalera. Lava bien entre los dedos cual sagrado lavatorio,
no hay simulacro ni de vida ni de acción simbólica. Símbolo
imposible de descifrar. El hombre enjabona y enjuaga los pies
como Cristo hiciera alguna vez, no importan las llagas, las
espinas, las uñas, la maldad o la bondad, son espejismos. La
acción del buen vivir y no la política (hipócrita) del buen
vecino. Beuys es ahora un hombre como
el zapatero, o el sastre, o el lava-platos dedicado: cada uno
a su oficio. Su acción nace de la necesidad de hacer, de corresponder,
de dar más que de recibir, quizá en algo me recuerda a mi madre
cuando cuida su pequeña planta después del mercado, la protege
en invierno situándola junto al fogón, mira por donde pasa,
palpa el terreno para no hacerle daño, camina de un lado a otro
reclamando un lugar en la pared, como la oveja negra que busca
su rincón. Acto segundo: el material,
la gente, sensaciones diversas Un
material gelatinoso, plastilina o
cera está adherido a la pared. Son gruesas motas que hay que
retirar con la escalera. El artista sube y baja, arranca la
masa y la huella queda. Da lo mismo, la mancha produce el mismo
efecto que el propio cuerpo informe y abultado. La gente permanece,
¿la gente no se aburre?, tres, seis, diez largos minutos aproximadamente,
no he mirado el reloj, pero sé que ha pasado mucho tiempo. Estoy
frente a la pantalla y me quedo, me deslizo en el banco, pido
asiento como podría también pedir asilo, y pienso que voy a
echar raíces, que no puedo despegarme de mi tierra, pero es
sólo un banco sobre el que estoy sentada. Blanco y negro en
la pantalla, no hay sonido –nunca hubo–, uno está constantemente
imaginando voces, abriendo cerraduras, poniendo al corcel las
herraduras. ¿Qué dirá la gente que ha tenido la oportunidad
de ver a Joseph Beuys en cuerpo y
alma? ¿Qué pensarán? ¿Qué sentirán? Qué
rara sensación...Ahora uno se pone a fabular
como Aladino o el viejo genio de la lámpara, la lámpara de luz. Antes del Tercer Acto “Resulta
sencillamente imposible para los seres humanos exponer ante
el mundo sus intenciones creativas a través de otra manera que
no sea la acción”, dijo Beuys, quien en los tempranos 60s conoció del movimiento Fluxus, fundado por George Maciunas.
Inspirado en la poética de Fluxus,
que reclamaba la destrucción de las barreras existentes
entre el arte, la literatura, la música, el performance y la
vida diaria, comenzó a ejecutar sus Acciones mientras estimulaba a la audiencia a incorporar concientemente
el arte a sus actitudes o quehaceres cotidianos. Beuys
ligó de forma radical sus acciones a la teoría que atribuye
un valor fundamental al concepto de movimiento. Se dice
que antes de encontrar un camino en el mundo del arte, Beuys
fue piloto de aviación, herido cinco veces y luego capturado
por fuerzas británicas como prisionero de guerra; experiencias
que le llevaron a crear el personaje mítico en que se convirtió.
Cuenta la historia que luego de que el avión que piloteaba se
estrellara, el artista había sido rescatado por un grupo de
tártaros nómadas que lo encontró a punto de morir, sus heridas
curadas con grasa animal y su cuerpo protegido con fieltro.
El material crudo, impresionante como puede ser un yacimiento
mineral re-descubierto, se convierte en medio, el medio en idea,
la idea en el objeto artístico. Tercer
acto La
última acción proyectada en la pantalla es I like
America and America
likes me. Beuys
ha aterrizado en Estados Unidos, es cubierto de pies a cabeza
con una capa de fieltro, colocado en una camilla y llevado en
ambulancia hasta la galería (la alarma espanta a los transeúntes
en la calle). Nunca pone el artista los pies en tierra firme,
ni observa el camino de ida o de regreso. Llega a la galería
y alguien lo conduce hacia una inmensa jaula en la que convive
con un coyote durante tres días. Juega, se desplaza, se esconde
del animal tras la tela, lo asusta. Allí está Beuys
con su sombrero inseparable viviendo a través de los poderes
místicos del chaman, dialogando con la fuerza y la energía,
el instinto del coyote que re-acciona a cada una de sus provocaciones.
El
recorrido sigue... Y
nadie habla, ni la mujer de al lado, ni el viejo del sobretodo
negro, y pienso traer a mis alumnos, pienso en sus posibles
preguntas, en su estremecimiento, y en que quizá es la primera
vez que visiten un museo. El
lodo semihúmedo, compacto, reposa dentro de la caja de cristal
al lado del teléfono, el trineo sobre la repisa, una especie
de plataforma rectangular bajo una luz azul, oh
perdón, en realidad la luz tiene otro color, amarilla, tal vez
blanca, no lo sé. Yo la he visto azul, y forma parte de la escenografía.
El fieltro está adosado en la parte superior y sobre él, una
linterna como la de los exploradores. En silencio pido a mis
alumnos que escriban un poema, una frase de amor. Somos los
actores, los pioneros, los descubridores del nuevo –que también
es viejo– mundo. El mundo que se descubre una y otra vez. Las
formas, los nuevos conceptos, fundamentos de la vida, como dijera
Beuys, están llorando afuera, esperando
por nosotros para ser creados, o imaginados tan siquiera. Muchos
de los objetos que Beuys utilizó durante
la realización de sus acciones, se convirtieron luego en esculturas
independientes. Rosa para la Democracia Directa está
sola, aislada en un costado de la galería. La flor no se marchita
dentro del cilindro de vidrio, o beaker,
como acostumbrábamos a llamarlo en las clases de química. Permaneció
sobre el buró, dentro de la Oficina de Información, mientras
duró el debate entre el artista y los visitantes de la galería.
Pero ni el viejo espectador, ni la mujer de al lado, ni mis
alumnos, ni yo, somos parte del performance, o de la puesta
en escena, todos formamos un elenco post –en pos de algún detalle
que se escapa– que mira de lejos perdido desde la colina, el
observador sin nombre, callado y tímido, aplastado frente al
rostro sin retoques, puro, único y legal, ante la ferviente
postura de la idea. El
carácter abierto, público de las Acciones de Beuys
queda un tanto relegado en las Vitrinas. La acción aquí
es más contenida, intuida casi, pero por ello con más poder.
En 1972, el artista barre las calles de la parte este de Berlín,
y exhibe la basura recopilada en la galería René Block.
Luego en 1985, coloca el mismo material como digna escultura
tras el cristal de una vitrina: arena, papeles, viejos manifiestos
despedazados, letreros, piedras, botellas, latas, y encima una
gran escoba roja. Tras el cristal hay un sonido, uno aguza el
oído por si acaso, hay que estar atento, poco a poco un himno,
una melodía que al parecer uno conoce va saliendo con lentitud
del desperdicio. Otras
vitrinas pueden verse disgregadas a través del espacio: Objetos
dobles (1974-79), Sin título (1983), y Encuentro
con Beuys (1984). Hay fieltro
y grasa animal, cuerda y cera, objetos oxidados, discos –aquellos
que cariñosamente la gente llama placas–, radiografías en las
que aparecen huesos dislocados. Huele profundamente a cera derretida. Abordo
las últimas tres salas donde están los tubos largos, obras grandes,
descomunales environments. Un delgado muro de madera que es como
el marco de un cuadro en el suelo divide el espacio de la obra
y el círculo del público. Aun así los más osados tocan cuando
la veladora da la espalda. Veo una cabeza tallada, y más allá
un vieja máquina de hacer periódicos. Earthquake
refiere al temblor de tierra que hubo en una pequeña
ciudad italiana en 1980, y fue creada como homenaje a las víctimas
del desastre. Valores económicos (1980) es un estante
que muestra una amplia variedad de productos alimenticios mientras
se exalta, demuestra, la gran creatividad y eficiencia de sus
fabricantes. Por último, el tema de la renovación aparece como
motivo esencial en uno de sus mayores trabajos: El final
del siglo XX (1983-85) donde la piedra, el basalto, es definido
como símbolo de crecimiento, vida, posibilidad de cambio y/o
movimiento perpetuo. Epílogo Son las
seis y están a punto de cerrar The Menil Collection
Gallery. A través del corredor que da a la puerta de salida
puedo ver alguna que otra pieza, alguna que otra luz azul. Respiro
hondo y voy al baño. No lloro, pero siento un nudo en la garganta,
así, literalmente. Las pizarras enormes rayadas con tiza me
recuerdan a mí, a él también, la evolución de la cabeza mediante
su deformación, una obra capital del dramaturgo Heiner Müller, paisaje con argonautas,
paisaje con río, el mundo fragmentado por la globalización,
la vieja y oxidada máquina de hacer periódicos, el laberinto
de Minos, el hilo de Ariadna, cualquier desenfreno de los accionistas
vieneses Günter Brus
o Hermann Nitsch, un poema de Luis Rogelio Nogueras y aquella escultura
de Magritte, Le thérapeute,
que está casi a la entrada del museo: una jaula con piernas,
capa y sombrero sobre un banco. * Texto realizado a propósito de la exposición Joseph Beuys: Actions, vitrines and environments inaugurada en The Menil Collection Gallery (Houston, EEUU) el día 8 de octubre de 2004 y clausurada el 2 de enero de 2005. |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||