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Autoconfesión (fragmento) - Foto: Christa Cowri |
En
el contexto del teatro mexicano, de marcada tradición sicológico-realista
y fuertemente apegado al principio de organización jerárquica
de la puesta en escena, se va distinguiendo un grupo de jóvenes
creadores que optan por caminos menos trillados y que van
marcando profundos cambios en el concepto de la teatralidad.
Me estoy refiriendo a las creaciones de Jorge Vargas, Ricardo Díaz, Rubén Ortiz, Héctor
Bourges y Jean Fréderic Chevallier; nombres que asocio más
al concepto de creadores escénicos que a la
tradicional definición de director teatral. Tomando en préstamo
una frase de Ortiz, extiendo
a este conjunto de creadores
la idea del teatro como acto poético desligado de las
tribunas donde se declaran verdades absolutas.
[1]
Si
bien es notable un punto de vista que los aproxima: la creación
teatral como un ejercicio de escritura escénica, aún no deslumbrados
por el principio piramidal de la puesta en escena y el poder
absoluto del director; en este grupo de creadores –que oscila entre
los cuarenta y treinta años de edad- podemos distinguir, al
menos, dos tendencias discursivas: una que ya se ha ganado
un espacio y un reconocimiento bajo el nombre de ‘teatro del
cuerpo’, y otra que identificamos como ‘teatro conceptual/performativo’.
Ambas tendencias interesadas en el teatro como espacio de
investigación, de reflexión,
inclinadas a las referencias teóricas y a ejercitar una mirada
híbrida, fronteriza respecto al arte -eso que en algunos contextos
se ha comenzado a llamar “transversalidad”-; pero organizando
de maneras diferentes los discursos artísticos,
sin ninguna vocación de identidad y sí al parecer tocados
por una inclinación
a la diferencia. En
el contexto internacional, a partir de los setenta, el drama
estaba dejando de funcionar como “principio arquitectónico
del espectáculo”, y ya se reconocían “propuestas textuales
fragmentarias/abiertas”: Kantor, Müller, Wilson, Pina Bausch;
o “estrategias contaminantes”,
[2]
como las de Foreman, Spalding Gray y Elizabeth
LeCompte. En México, hacia la década de los sesenta, comienzan
a destacarse los directores como creadores de espectáculos:
Héctor Mendoza, Julio Castillo, Luis de Tavira, Ludwig Margules,
Juan José Gurrola, Alejandro Jodorowski. Y aunque la crítica
ha señalado que con ellos se iniciaba una propuesta propiamente
escénica “contra la concepción que convierte el montaje en
ilustración de un texto”,
[3]
cuarenta años después, la mayoría de ellos
–incuestionables transgresores en su tiempo y maestros en
el itinerario escénico mexicano– hoy representan la institución
de una teatralidad que
busca expresarse a través del concepto de puesta en escena
en una relación intrínseca y bastante dependiente del texto
dramático. Pienso que de todos ellos han sido Gurrola y Jodorowski
los tejedores de una escritura ecléctica y contaminante que
hicieron detonar el concepto de teatralidad aproximándolo
a las acciones de las artes visuales, como las instalaciones
y las performances. En
los creadores que hacia finales de los noventa, en la encrucijada
de dos siglos, han comenzado a desmontar la estructura de
la teatralidad, desde su arquitectura dramática, espacial
y escénica, advierto la presencia, con diferencias en cada
uno de ellos, de una escritura de rasgos parricidas.
[4]
No hay en la frase ninguna alusión temática.
La escritura parricida es una metáfora teórica
que quiere dar cuenta de una dislocación de la sintaxis,
de una horadación textual. Las roturas que ella refiere implican
la carnavalización de un canon tradicional, una nueva ordenación
de los sistemas escénicos y otra relación con los referentes
dramatúrgicos, en ocasiones en franco proceso deconstructivo
del corpus dramatúrgico, en lúdicos o problematizadores desmontajes
de textos clásicos. En la tendencia que hemos identificado
como teatralidad conceptual/performativa, el desmontaje aparece
como una estrategia de-construcción escénica. La idea de una escritura parricida en la teatralidad
también apunta a “estrategias contaminantes”, fronterizas,
para abordar el hecho
escénico. Las
“dramaturgias corporales” fueron especialmente
desarrolladas en los ochenta bajo el signo creativo
de Pina Bausch (Sánchez, 130), estimulando un tipo de espectáculo
transgenérico en el cual quedaron
integrados el teatro, la danza, la performance,
la instalación escénica. Pero
este tipo de hibridación ya estaba ocurriendo en los ‘eventos’
coordinados por Jonh Cage en el Black Mountain Collage, desde
1952, donde reunió figuras como Merce Cunningham, Robert Rauschenberg,
Willen de Kooning, David Tudor, Charles Olsen. El nombre de Jonh Cage está
definitivamente ligado al nacimiento de lo que Michael
Kirby ha denominado “el nuevo teatro” en los Estados Unidos:
todo ese complejo movimiento que abarca desde los environments
de Kienholz, los happenings
de Allan Kaprow, el teatro de pistola de rayos x de Claes
Oldenburg, el teatro cinético de Carolle Scheemann, el Living
Theatre, las acciones de Dick Higgins, las piezas de George
Brecht, los conciertos de Fluxus, manifestaciones todas de
un tipo de arte “impuro” que Dick Higgins denominaba “intermedio” o intersticial, y que, para Kirby, representaban una ampliación de la teatralidad
al relacionarse con otras artes. El nuevo teatro expresaba
una experiencia que se ubicaba “en la línea divisoria, entre
dos formas”.
[5]
Inevitablemente, esta es la línea referencial para ubicar la tendencia del teatro conceptual/performativo, esta teatralidad ya conceptualizada y practicada por el chileno Alberto Kurapel en las creaciones de La Compagnie des Arts Exilio en Canadá: un fenómeno más ligado al proceso que al resultado, integrando otras disciplinas y buscando –“como en los comienzos de la performance” [6] – romper la jerarquía entre productor-institución-autor-director-actor. Así nacía un término que fue planteado como una ‘creación de exilio’, en alusión no sólo a las condiciones de este grupo, sino a la propia naturaleza exiliar, fronteriza, de esta forma híbrida. [7] Al
hablar de una de las dos tendencias de la teatralidad mexicana
actual planteamos la dualidad conceptual/performativo.
Nos interesa acentuar la dimensión reflexiva o autoreflexiva
que siempre ha estado en el performance
art, pero que consideramos necesario enfatizar por la
intención peyorativa con que se suele aludir al término en
el contexto teatral mexicano, en una olímpica negación –o
desconocimiento– de la historia de las artes visuales hacia
mediados del siglo XX. Si
en el arte tradicional predominaba la obra como objeto sobre
la teoría, a partir del abstraccionismo se fue produciendo
un cambio que tuvo en el arte conceptual su momento de esplendor
teórico. El núcleo
del nuevo arte concedía más importancia a los problemas de
poética que a la obra misma.
[8]
Se estaba gestando la transición de la “estética
de la obra como objeto” hacia una
“estética procesual y conceptual”. Para Joseph Kosuth,
su más ortodoxo teórico y practicante, el arte conceptual
debía constituirse como una investigación sobre la
naturaleza del arte. Roselee Goldberg ha reflexionado sobre
la dificultad para separar performance y arte conceptual, pues en el arte conceptual está la
doble posibilidad de que la idea pueda ser ejecutada, materializada
performativamente, o que permanezca sin ejecución, teórica
y conceptualmente.
[9]
Estos
son referentes imprescindibles para ubicar teatralidades
como las de Si
bien podemos afirmar que el teatro del cuerpo y el teatro
conceptual/performativo en México también tienen otro punto
de encuentro en lo que Vargas identifica como la “renuncia
voluntaria del libreto teatral tradicional”,
[12]
intentaremos trazar algunas de sus diferencias.
Decir que el arte del cuerpo es aquel en el que interviene el cuerpo
del artista, es insuficiente. Gregory Battcock buscó definirlo como “el arte en que el contenido
principal es la referencia al cuerpo del artista”, en abierta
alusión al ‘body art’. En la historia de las teatralidades,
la acentuada referencia al cuerpo como espacio semiótico y
signo prioritario para la escritura del discurso escénico,
ha tenido memorables elaboraciones. El cuerpo, espacio de
investigación y esculpido mecanismo de virtuosismo, ha sido
piedra angular en creadores como Decroux, Marceau, Lecoq,
Meyerhold, Grotowski, y Barba,
[13]
entre otros. En México el teatro del cuerpo
ha sido una opción teórica conceptualizada por Sin
embargo, en una dirección diferente al énfasis en un trabajo
que semiotiza el cuerpo y que asume un arduo proceso de entrenamiento
dirigido a esculpir la ‘presencia’; la teatralidad performativa
de Díaz y Bourges parece
buscar el grado cero
de la actoralidad, están más interesados en la dimensión del
ejecutante. Díaz, por ejemplo, manifiesta no ambicionar un
proceso de formación en términos corporales, sino trabajar
con los cuerpos tal y como son.
[14]
Es interesante la conexión que puede observarse
entre esta postura y la de Robert Wilson cuando ha expresado
que la formación del actor es nociva a su trabajo.
[15]
Mientras que para Jorge Vargas y Rubén
Ortiz, el actor parece ser un virtuoso que escribe sobre la
escena una rigurosa partitura a través de la cual se va configurando
el discurso de la obra, en una manifiesta poética corporal.
La pregunta de Ortiz: “¿qué sucedería si los procesos de creación
escénica comenzaran en los impulsos actorales…?”
[16]
revela la intensa vocación por una escritura
corporal como discurso esencial de la teatralidad. Son,
sin duda, dos posturas muy diferenciadas en torno al trabajo
del actor; dos teatralidades que a pesar de sus puntos de
contacto también afirman sus diferencias. Pienso
en las creaciones de Díaz, Bourges y Chevallier como configuraciones
de arquitectónicas procesuales,
más interesadas en investigar otras relaciones con el espectador
[17]
y menos interesadas en el cuerpo del actor.
Es también una teatralidad que en diálogo con la textualidad
posmoderna de Müller, Wilson y Foreman, no representa personajes
y mucho menos actores en personajes. Se teje con la colaboración
de ejecutantes, entre los que caben personas sin ninguna formación
actoral y se permite discutir o poner en crisis
el concepto mismo de
ficción, desplazando, hibridizando, relativizando el
mecanismo de la frontera semiótica desde la cual se configuran
los mundos de ficción. Algunas de las consideraciones de Kirby respecto al teatro “impuro”
de los años sesenta, podrían considerarse al examinar estas
creaciones. Pienso en la estructura alógica que mantiene la
autonomía e independencia entre los distintos niveles discursivos
(por ejemplo, entre el discurso icónico y el verbal de la
Salomé de Bourges,
o entre el discurso corporal y el texto verbal en Autoconfesión de Ortiz-Trejoluna), y en la representación no matrizada,
es decir ejecuciones que no entraban en ninguna matriz de
personaje y donde las emociones son las de la persona ejecutante
(como en las creaciones escénicas El
veneno que duerme, El vuelo sobre el océano y No ser Hamlet, de Díaz; Salomé o del pretérito imperfecto, de Bourges;
o incluso Autoconfesión,
de Ortiz-Trejoluna). Retomo también la reflexión del Mibou
Mines cuando distingue la representación del actor de la del
performer en el
hecho de que en el trabajo de éste se ve la vida misma del
performer (Cit.
por Rizk, p. 214). El binomio actor-ejecutante o actor-performer que aparece en el campo de las artes escénicas con el “nuevo
teatro” de los sesenta, implica una problematización respecto
a los fenómenos de la presencia y la representación. Después
de Derrida y su proyecto teórico sobre una
deconstrucción de la metafísica de la presencia, el
teatro posmoderno –y pienso que los ejemplos aquí referidos
participan de una condición y estética posmoderna– enfrenta
un verdadero desafío teórico. En el momento actual no se trata
de un real retorno a la presencia. El ejecutante teatral no
se puede sustraer de las funciones a cumplir en la maquinaria
conceptual de la híbrida escena; no es un performer en soledad. Las contribuciones que a la reflexión y a la
creación artística han aportado conceptos como la simulación
(Baudrillard) y la borradura (Derrida) proporcionan también
otras estrategias para abordar la escena.
[18]
Algunos investigadores han reubicado el
conflicto teórico actual para la teatralidad en el debate
entre una “teoría de la presencia”, a la manera de Artaud,
y una “teoría de la ausencia” al estilo de Derrida y Baudrillard.
[19]
Esta
teatralidad de “estrategias contaminantes” también ha ido
ganando una presencia en Latinoamérica, donde se han configurado
notables trabajos al calor de arduos procesos investigativos,
con un sistema de producción absolutamente desjerarquizado
y desligado de toda institucionalidad. Y aunque no sean estos
los referentes actuales –al menos concientemente– para el
teatro mexicano, son los correlatos latinoamericanos de las
teatralidades posmodernas. Nombro algunos de ellos: las instalaciones
y las acciones teatrales performativas de Rolf y Heidi Abderhalden
con Mapa Teatro en Bogotá; las acciones, intervenciones e
instalaciones de Yuyachkani en Lima (“El museo de la identidad
fetiche” entre otras, en diálogo con el trabajo homónimo del
artista chicano Guillermo Gómez Peña); la teatralidad híbrida
con fuertes recursos performativos
del Teatro da Vertigem en Sao Paulo, particularmente
la trilogía concebida por Antonio Araújo en espacios no convencionales
(cárceles, hospitales e iglesias); la teatralidad conceptualista
y plástica de Víctor Varela y su Teatro Obstáculo, especialmente
en el período habanero entre finales de los ochenta y los
inicios de los noventa. Aproximarse
a estas teatralidades implica estar dispuesto a cuestionar
la naturaleza misma del teatro. Pienso que lo que hoy está
sucediendo en algunas zonas de la escena mexicana, también
pone en crisis los mecanismos de una crítica tradicional.
Creo en la alternativa de lo que esbozo como una teoría liminar,
fronteriza, híbrida, desterritorializada, que toma en préstamo
distintos campos y corpus teóricos para armar mecanismos efímeros,
flexibles y metafóricos, desde los cuales dialogar con estas
teatralidades en proceso.
[1]
Considero importante mencionar el modo en que Rubén Ortiz define su
propio trabajo, como una “dirección en fuga” o “como corrección
de estilo”.
[2]
José A Sánchez : Dramaturgias
de la imagen. Universidad
de Castilla-La Mancha, 1994, p.106.
[3]
Bruce Swansey: “Cinco
directores de vanguardia”. Escenarios
de dos mundos. Inventario Teatral de Iberoamérica, T.
3. Madrid: Centro de Documentación Teatral, 1988,
p.143.
[4]
Esta idea ya la hemos planteado en el análisis de la teatralidad de Ricardo Díaz.
Puede consultarse: Diéguez, Ileana. “Escrituras parricidas/cuerpos
rotos de la teatralidad”
Revista Gestos, Año 18, No. 36, noviembre 2003.
University of California, Irvine. Es una de las metáforas
teóricas que estamos utilizando en nuestra investigación
sobre las textualidades rotas, liminales o fronterizas,
donde se cruzan estructuras teatrales y performativas.
[5]
Michael Kirby: Estética y arte
de vanguardia. Buenos Aires: Pleamar, 1969, p. 62.
[6]
Alberto Kurapel: “Relación centro-periferia: La expresión de la marginalidad
como componente estético del teatro performance”. El debate de la postcolonialidad en Latinoamérica.
Alfonso y Fernando del Toro (editores). Madrid: Iberoamericana,
1999, p. 383.
[7]
Es importante precisar que el enunciado de Kurapel definiendo su propuesta estética de teatro performance
pertenece a un texto de 1993: Station
Artificielle, producido en Montreal.
[8]
Simon Marchan: Del arte objetual
al arte del concepto. Las artes plásticas desde 1960. Madrid: Alberto Corazón, 1974, p. 9.
[9]
Roselee Goldberg: “Space and Praxis”, 1975. Cit. por Beatriz Rizk en Posmodernismo
y teatro en América Latina:
Teorías y prácticas en el umbral del siglo XXI. Madrid:
Iberoamericana, 2001, p.207.
[10]
Iuri Lotean: “El texto en el texto”, La semiosfera I. Semiótica de
la cultura yd el texto. Madrid:
Cátedra, 1996.
[11]
Susan Sontag: “Against Interpretation and Other Essays”.
Cit. por Rizk, p.
215.
[12]
Jorge Vargas: “Alternativa de renovación”, Pasodegato, año 2, números 10/11/julio-septiembre de 2003. México,
D.F., p.16.
[13]
Incluyo a Eugenio Barba, un maestro con el cual existe una extraña
relación de atracción/rechazo en el teatro mexicano, porque
más allá de cualquier posición que se decida tomar ante
su trabajo, es imposible no considerar el aporte que el
teatro antropólógico ha hecho al trabajo y a la investigación
de la actoralidad en la teatralidad latinoamericana, situación
de la no puede excluirse una parte de la práctica escénica
mexicana.
[14]
“Despojar al actor”[entrevista de Alicia Laguna a Ricardo Díaz] Pasodegato, año 2, números 10/11/julio-septiembre
de 2003, p.27.
[15]
“Robert Wilson: Une expérience directe des choses”. En : Féral, Josette.
Mise en scéne et Jeu
de l’acteur. Entretiens.
Tome 2. Le corps en scéne. Québec: Éditions Jeu/Éditions
Lansman, 2001.
[16]
Rubén Ortiz: “De la dirección como corrección de estilo o una dirección
en fuga”. Manuscrito generosamente facilitado por el autor.
[17]
“Estoy más interesado en el cuerpo del espectador”, afirma Ricardo
Díaz. Ver: “Despojar al actor”[entrevista de Alicia Laguna
a Ricardo Díaz] Pasodegato, año 2, números 10/11/julio-septiembre
de 2003, p.27.
[18]
La “borradura” y la “veladura” derrideanas nos han servido como estrategias
metafóricas para abordar la creación de Ricardo Díaz. Ver
nuestro ensayo “Escrituras parricidas/cuerpos rotos de la
teatralidad”. Revista Gestos
No. 36, noviembre 2003. University of California.
[19]
Me estoy refiriendo al ensayo de Roger Copeland “The Presence of Mediation”,
que fue publicado en un número especial de la Revista
TDR, en 1990,
dedicado al tema “Simulaciones”.
Ver también Teorias
do Teatro, de Marvin Carlson. Sao Paulo: Fundacao
Editora da UNEPS, 1997.
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