![]() |
![]() |
|
||||||||
| Peter Regli, Reality Hacking (fragmento) |
Experiencia de acción: 30 días
fue, para sorpresa de muchos, el más ambicioso y complejo
proyecto artístico que se desarrolló en la última Bienal de
La Habana (2003). Sus gestores, organizadores y promotores
fueron un conjunto de estudiantes de la Facultad de Artes
Plásticas del Instituto Superior de Arte (ISA), casi todos
en su último año de estudio, liderados por el joven artista
y profesor Julio Ruslán Torres Leyva, aglutinados
en la propuesta simbólica Departamento de Intervenciones Públicas
(DIP). El Departamento
[1]
fue un proyecto que se asumió como tal
a partir de la inconformidad que sintió el grupo de tercer
año del curso académico 2001-2002, acerca de cómo desenvolver
el taller de la especialidad. Quienes en aquel momento constituían
ese grupo estaban ante la disyuntiva de desarrollar la creación
artística en ámbitos públicos, pero sin proseguir experiencias
anteriores como las de DUPP (Desde Una Pragmática Pedagógica)
o las del colectivo ENEMA. Más bien lo que los reunía era
una conciencia de qué era lo que no querían ser, sin ninguna
certidumbre de propósitos fijos, y menos aún de aceptación
de una razón de grupo: la estética que los unió fue una estética
negativa. Quizá por el hecho mismo de que venían antecedidos
por experiencias grupales, los estudiantes sentían un rechazo
natural a verse identificados como colectivo de creación.
La idea del Departamento
nació del desenvolvimiento del taller de la especialidad,
asumido por su joven profesor y sus estudiantes como una experiencia
en la cual cada uno aportaba un ejercicio al programa, concebido
desde fines más intuidos que declarados. Era esta una propuesta
totalmente freirena, en la cual
se intercambiaban los roles de educador y educando. Esto en
sí mismo no era totalmente nuevo, DUPP Y ENEMA en un pasado
reciente, en cierto sentido, fueron un ejemplo, lo novedoso
era el grado de conciencia que su promotor, Julio Ruslán, tenía de ello y el modo en que logró despertar esa
conciencia en sus estudiantes.
Ya por aquellos tiempos Ruslán había
leído y compartido conmigo La
pedagogía del oprimido y La educación como práctica de la libertad
del brasileño Paulo Freire, también otras obras del psicólogo
argentino Pichon-Rivière, en especial su teoría
del vínculo y sus trabajos de psicología de la vida cotidiana.
Al calor de estas lecturas y de las ideas de intervención
en el espacio público se fue desprendiendo orgánicamente un
hacer pedagógico y artístico, inseparables entre sí.
[2]
Intervenciones
como Espacio de aire de Fidel E. Álvarez, Fraternidad de Humberto Díaz, Espacio vital de Douglas
Argüelles, la Serie:
Besos de Tatiana Mesa o De
Norte a Sur (y de Sur a Norte) de María Victoria Portelles,
entre otros, resultan buenos ejemplos de lo expuesto, sin
que podamos entrar a analizarlos como debieran, por razones
de espacio y propósitos de este escrito. En las intervenciones
enumeradas está presente un aguzado sentido de observación
participante, en donde los artistas a la par que se suman
a acciones cotidianas como participantes comunes se saben
actores lúcidos y conscientes de su accionar.
[3]
En estas experiencias hay de común un correrle
el velo a la mansedumbre de lo habitual hacia el despertar
de lo insólito: desde un beso, un empaquetamiento, el espacio
de intimidad en lo público, un traslado de agua, unos globos.
Fue así que Experiencia de acción: 30 días se desgajó como el resultado natural
de un devenir de intervenciones en público, con el ánimo de
compartirse con creadores de otros parajes del orbe. La aceptación
del proyecto por parte del Comité Organizador de la Octava
Bienal de La Habana, resultaba una muestra de reconocimiento
a la labor hecha por DIP y a lo sugestivo del proyecto mismo;
quizá sin prever hasta qué punto iba a tener aceptación la
propuesta a escala internacional y las complejidades que se
derivarían de un accionar simbólico extendido por la ciudad
toda. La lista de artistas participantes fue abultada y todos
hacían pasar sus propuestas por un comité de selección, constituido
por los mismos miembros del Departamento…. De los cerca de
cincuenta creadores aparecidos oficialmente en el catálogo,
solo a cinco les fue imposible asistir. La cobija del
Departamento era una desvencijada casa de madera, situada
en el barrio de Buenavista. Desde
ella salieron las principales ideas de la Experiencia… y en ella se realizaron buena parte de los vínculos de
convivencia y comunicación antes y durante el transcurso de
la Bienal. Fue, en fin, el centro de operaciones del proyecto;
como este estuvo siempre sujeto a la variación de lo contingente,
por tratarse de obras en su mayoría efímeras o que participaban
totalmente de lo efímero, en un escenario obligadamente cambiante
como es el espacio citadino, contar con ese punto de confluencia
resultaba obligado. Ello también dio lugar a que la propia
casa se convirtiera en parte principal del paisaje simbólico
que se dibujó en la ciudad, a partir de pensarla y soñarla
bajo los asedios y las incursiones de todos los artistas y
sus obras. En el propio catálogo,
diseñado bajo el sello simbólico de Ediciones El Aleph,
tras el cual estaba el impulso creativo de María Victoria
Portelles, se presenta un mapa de
La Habana que es una lectura metafórica de la ciudad desde
la cartografía subjetiva –término empleado por la artista-,
[4]
donde queda imaginado el decursar
de esos treinta días de acción y se invita, a
pie de mapa, a su prosecución infinita con el concurso
de todo aquel que desee compartir con la artista episodios
o parajes subjetivamente notables con los cuales haya estado
implicado. El mapa acompañado de una leyenda que reforzaba
su otra naturaleza, señalaba la casa del Departamento, por
supuesto, y sitios desde los cuales ver el mundo o donde hacer
contacto visual con desconocidos, junto al reconocimiento
de los parajes más ruidosos de la ciudad, la ubicación del
observatorio (¿acaso toda la ciudad no se constituía en un
observatorio?) o lugares dotados de grados de abstracción.
Así, la ciudad se anunciaba y se recreaba como el escenario
protagónico de todo el suceder simbólico de la Experiencia…, volcada a los espacios públicos con un espectador-transeúnte
en muchas ocasiones partícipe y, en otras, hasta cómplice
de las obras. La curaduría de
todas las obras participantes pasaron por una elección crítica
por parte del Departamento: desde su lugar de desenvolvimiento,
dónde montar una cuerda como columpio; qué espacios urbanos
acogerían mejor a un cantante obsesivo (voz al viento diseminada
por rincones, ventanales y en el transitar por calles y aceras);
dónde mejor pegar carteles que susciten la participación del
público. La curaduría, por tanto, al pensarse sobre la ciudad,
también logró trabajar con el sentido de galería expandida,
de ciudad expandida y con el concepto de teoría de la deriva
de Guy Debord
[5]
trabajado dentro del Departamento. Cada
pieza en su transitoriedad resultaba elegida para el escenario
que más convenía a la situación, a la convivencia que se crease;
pero la situación no quedaba pre-fijada
con ello, sino solo imaginada, evocada y sujeta a la multiplicidad
de contingencias que pueden vivirse en el espacio público
de cualquier ciudad. Luego como muchas obras se desenvolvían
en un transcurso de tiempo prolongado: Singing somewhere de Jay Wilson
(Canadá), durante cerca de una semana, Réquiem de La Vaughn Belle (Islas Vírgenes) a
lo largo de todo noviembre, tal situación acentuaba el sentido
de ajuste y cambio a que podían someterse las acciones a realizar.
Con todo esto, la inteligente y sensible curaduría lograda
a escala macro, no olvidó las resonancias que también tendría
a escala de barrio o en instituciones como el Centro Wifredo
Lam o el Pabellón Cuba, donde quedaron instaladas
casetas de madera, extensiones orgánicas de la casa del Departamento,
donde se daban a conocer, mediante proyecciones de videos,
lo sucesos de cada día. Como un mes de
acciones performáticas de las más variadas especies, suponía difusión
y promoción –incluida la elaboración, edición y presentación
del libro, Fe de erratas
de Nelson Mulet, bajo el sello editorial alternativo del Departamento
de Intervenciones Públicas (DIP)–,
se hizo un spot divulgativo que inexplicablemente nunca se
hizo público en los espacios televisivos para los que se concibió.
El propio spot es una muestra de ajuste de imagen visual,
banda sonora y texto escrito con una profesional factura comunicativa,
realizado por Jorge Wellesley, miembro
del Departamento. También se diseñaron un conjunto de carteles
alusivos a buena parte de las acciones que se proyectaban,
por ejemplo uno de ellos constituía asunto central de la pieza
Lugar soñado de
María Victoria Portelles. Con el
conjunto se llenaron muros y paredes de gran visibilidad en
áreas densamente transitadas de la ciudad. El apoyo gráfico
alcanzado para Experiencia
de Acción: 30 días fue notable desde el punto de vista
de su diseño y realización y se convirtió en otro episodio
más que hizo ganar notoriedad al proyecto. Como esta Experiencia… deseaba entablar un intercambio sistemático entre los
creadores participantes y de estos con el público, ya en este
caso un espectador avisado e interesado, todos los jueves
de ese mes de noviembre se dedicaron a lo que se denominó
“Sección crítica”, espacios de diálogos con los artistas y
conferencias de especialistas vinculados al proyecto, en el
salón de actos del ISA. Esta sección se mantuvo llena casi
completamente y resultó un gratificante vehículo de intercambio,
donde se manifestó ese particular “lenguajear” característico de la Experiencia…. Ello fue posible, en parte, porque cuando los artistas
una vez realizadas sus “piezas” mostraban los registros de
su realización u otras proyecciones de su autoría, venían
de haber compartido ya, en muchas ocasiones, en la propia
casa del Departamento y también de una convivencia con los
otros, pues los artistas hacían sus performances
acompañados de otros creadores –cada artista invitado tenía
asignado a un miembro del Departamento como “comisario de
viaje”– y siempre, claro está, con el concurso inesperado
y abierto del espectador-transeúnte, devenido, en muchas ocasiones,
espectador-actor. De este modo, lo que se presentaba como
“registro” de acción era algo que venía mediado por el fluir
de un “lenguajear” emocional e intelectual,
que había sido la propuesta de un mundo que se vive con el
otro. En todo esto hay una experiencia de vínculo que no es
fortuita, pues en el propio catálogo de la Experiencia…
se daba fe de esto. Un enfático sentido
de la psicología ecológica o de los contextos estuvo claramente
dibujado en la concepción del proyecto, pues la ciudad era
tomada como escenario de conducta, donde los potenciales espectadores-transeúntes
eran sometidos al proceso de cambio de posibles observadores
al de actores. A partir de nuevas relaciones interpersonales
que se tienden con la participación en la propuesta simbólica
de los artistas, se cambian y problematizan
los roles acostumbrados de los transeúntes como viajeros inconscientes
del suceder entorno. Así, la mayoría de las propuestas eran
“alertas” dispuestas en el espacio urbano para despertar la
atención aletargada de los transeúntes, devenidos espectadores
participantes activos. De este modo, durante el mes de noviembre
de 2003 los habaneros fueron convertidos, por la acción de
estas propuestas, de seres inadvertidos de lo cotidiano en
personajes implicados con el cierre de una calle, Cinta
cebrada del grupo Bijarí; cuenteros
de una historia personal como en el caso de Necesidad de Agnieska
Hernández, o viajantes del deseo todos aquellos que escribían
o dibujaban sobre el cartel Lugar
soñado de María Victoria Portelles.
Cuando de la observación
de una actividad –simbólica, en este caso– se pasa a la participación
conjunta de su cristalización con otros, incluso el propio
artista, en este tránsito se propicia un sentimiento más fuerte.
Tal sentimiento que puede ser de variada naturaleza (positivo,
negativo, ambivalente o asimétrico), vivenciado en la conversión
de lo común en experiencia de lo insólito, construye nuevos
referentes sobre parajes, hechos y fenómenos que la costumbre
había hecho invisibles. Es, por tanto, ese afán de visibilidad
la marca que llevaron consigo los espectadores participantes
de Experiencia de Acción:
30 días, ventana de mirada que se extendía a los que visitaban
las casetas exhibitivas, en el Centro
Wifredo Lam o en el Pabellón Cuba,
o a los que participaban en las presentaciones y coloquios
semanales de los jueves ya referidos. Estas casetas, a su
vez, actuaban como lugar en el cual lo transcurrido “fuera”
se mostraba “dentro” de los espacios tradicionales de exhibición.
De cierta manera, un modo más de intervención que la Experiencia… operó sobre el devenir de
la Bienal. También, otro modo de hacer compartibles, por visibles,
procesos de internalización relacionados con la apropiación personal de
un paraje, el sostenimiento de una mirada, el deseo de la
luz. Emplazar el rol
como contexto y problematizar o realzar los roles “tradicionales” asumidos
en ámbitos públicos, fue para los artistas de este proyecto
un propósito vivido. Así, en Bon Appétit de Nilda Mijares (Venezuela)
esto se manifiesta con el intercambio de muñecas de dulce
por piropos. El rol de quien se orienta por sitios desconocidos
de la ciudad resulta otro buen ejemplo en la obra de Yorhander
Hernández (Cuba) Recorrido con monedas o en la acción de marcar el suelo con la leyenda
inscrita en la suela de sus zapatos (“Hoy presente. Mañana
en tus recuerdos”) en el performance Correspondencia de Carlos Wolff (Cuba). Esta es otra muestra de cómo la ciudad queda
marcada por presencias y recuerdos sometidos ambos al desgaste
y al olvido. El artista porta en sus suelas un pensamiento
expuesto al roce de sus pasos: un transcurrir físico alude
a otro simbólico, donde presencia y recuerdos se diluyen.
El espectador-transeúnte de este accionar del artista puede
seguir físicamente la huella de tal pensamiento hasta su desaparición.
Monika
Ortmann (Alemania) con su Omaggio a Artemisia dejaba colgar un vestido de hiperbólico largo –nos viene
a la mente el traje de fieltro de Beuys-
del balcón de una casa de la Habana Vieja, en tanto ella se
situaba a pie de obra y recogía el nombre de los transeúntes
atraídos por la pieza, como si con ello se estuviese reeditando
tal homenaje en cada testimonio de mirada y presencia. Esta
obra ya había sido expuesta por la artista en un contexto
galerístico, en Alemania, y ahora en el contexto público de
otro país se resemantizaba, Artemisia
volvía a estar invocada entre nosotros desde los balcones
habaneros. Otro tanto sucedía con la obra Banco
lumínico de Analía Amaya (Cuba), primero exhibida en la exposición “Sentido
Común” (Galería Habana,2003) y luego expuesta, por una noche,
en el espacio urbano de 31 e/ 33ª
y 66, en una parada de ómnibus, donde la genealogía
minimal de la pieza –el recuerdo
de Dan Flavin y sus piezas construidas
con tubos de luz fluorescente, era inevitable– se acentuaba
en la oscuridad de la noche de ese paraje citadino habanero,
a la par que se proyectaba otro sentido nacido de su ubicación,
algo fuertemente advertido por los vecinos de la zona: la
carencia de iluminación y de asientos públicos. Con Carteles Antipop el Grupo Bijarí también desarrollaba un proyecto que había sido experimentado
en el contexto originario de los artistas, surgido en el 2000
en la ciudad de São Paulo. Tales
carteles, dispuestos en espacios públicos paulenses,
aludían críticamente al mundo pop
de los mass media y el estrellato mediático y así se les asimilaba; pero pegados
en los muros de nuestra ciudad originaban en el transeúnte
devenido espectador momentáneo una reacción de extrañeza:
¿qué es Antipop? Para el espectador
del patio, carente del asedio de la publicidad, el cartel
era entendido más en una dimensión hedonista de pura visualidad,
que en sus implicaciones conceptuales críticas. De ahí que
la reacción usual fuese la de solicitarle a los artistas que
se encontraban pegando carteles sobre las paredes les regalasen
algunos ejemplares, con el ánimo de decorar sus viviendas.
En esta acción de pegar carteles, al igual que en Cinta cebrada o en la conferencia y visionaje de los registros de estos y otros proyectos, en
la sección crítica ya referida del ISA, y, finalmente, en
el transcurso de toda la estancia de los artistas –se extendió
por una semana– iban acompañados por una gallina, mascota
inusual del grupo, más aún en parajes urbanos, con la cual
resaltaban la presencia de lo discordante y el contraste surgido
entre la vitalidad orgánica del animal y los ámbitos artificiales
y mecánicos de lo citadino. Al igual que la
obra de Analía Amaya, otras propuestas aludían a carencias del contexto
urbano habanero. Fountain
de Vanesa O´Reilly (Irlanda) y Reality Hacking Nr. 208
de Peter Regli
(Suiza) revelaban esto. La artista irlandesa escogió para
sus “fuentes” el ámbito de los solares de la Habana Vieja,
zona tradicionalmente aquejada por la carencia de agua. Estas
“fuentes” improvisadas eran construidas in situ con la colaboración de los vecinos de los solares que aportaban
envases, parte de su agua almacenada y electricidad para hacer
funcionar, por el puro placer del deseo, lo que no se tenía.
El grado de implicación y vínculo que se lograba en la concreción
de la obra era alto, en la misma medida que sus observadores
más cercanos fueron primero partícipes decididos del proyecto. La realización
del performático Reality Hacking Nr. 208 contó con el concurso compartido de los
bicitaxis
[6]
de la zona del Capitolio. Cien linternas
instaladas con el beneplácito y la colaboración de sus conductores,
en las ruedas de cincuenta bicitaxis,
iluminó el paraje habanero a través de los puntos rojos que
dibujaban una circunferencia lumínica en su circulación. El
propio artista confiesa cómo pensó su proyecto para un contexto
desconocido: “…como nunca había estado aquí, busqué en Internet,
y lo que más me impactó de las fotografías que encontré fue
la poca luz que había en la ciudad por las noches comparado
con otras ciudades que conozco”.
La pieza aludía simbólicamente a una necesidad y a
su satisfacción, sin olvidar la dimensión estética de lo logrado.
Quizá aquí pudiera citarse otra obra que aludía a una carencia
en un sentido más radicalmente simbólico, Serie
Lumínicos de Alexis Martínez (Cuba), que aprovechaba un
eclipse de luna para proveer a la ciudad de un sol virtual
creado por él con una antorcha desde un alto edificio del
Vedado. El desarrollo de esta acción y su registro fue una
ardua y compleja tarea, la reacción del público y la participación
de los bomberos le añadieron aún más espectacularidad al performance.
Una vez más el arte y el artista pretendieron completar el
mundo. Otro grupo de
obras jugaban puntualmente, pues de modo genérico toda la
Experiencia… lo hacía, con las funciones de determinados espacios
públicos, con el sentido de lo interior o lo exterior, su
posible intercambiabilidad o sus borrosos límites. Tal sucedía con
Baño público de la cubana Heidi García o Espacio
virtual sonoro del mexicano Alfonso Guevara. En la obra
de Heidi un servicio sanitario al estilo de los usados en
los carnavales, instalado en el Malecón y coincidente con
su celebración, fue provisto con insólitas paredes de cristales
opacos, de modo que se hacia vivir la zozobra de lo íntimo
en lo público. La acción de Alfonso Guevara, por su parte,
proponía captar, vía telefónica, el sonido ambiente de parajes
diversos de la ciudad y transmitirlo al teléfono de la casa
del Departamento para desde allí, y por medio de amplificación,
se difundiese. Ambas propuestas eran una directa alusión al
modo en que lo privado era invadido por lo público, en el
ámbito citadino contemporáneo y la invisible línea que los
separa. El sentido de
lo lúdicro se levantaba con claras evidencias en performances
como Swingsite de Corwyn Lund (Canadá), Juego digital de Katia Leyva (Cuba), Maquillaje
de Fidel E. Álvarez (Colombia), Metodología
para las relaciones interpersonales de Tatiana Mesa (Cuba)
o TRUTH 0011 Números reales de Jorge Wellesley. En Swingsite el juego comenzaba con la elección del lugar desde
donde columpiarse. El columpio, una simple cuerda instalada
en un angosto pasillo lateral entre dos edificios, hacia del
acto de columpiarse un ambiguo vaivén de intimidad-publicidad,
liberación-opresión. En Juego digital, obra construida a partir de la participación de transeúntes
que se convierten en espectadores-actores, se enfrenta una
paradójica situación de desafío: prescindir de la visión para
desarrollar un juego eminentemente visual (el dominó) y en
su lugar emplear el tacto, simbólica manera de aludir a la
pobreza perceptiva de nuestra vida y a la escasa capacidad
desarrollada por el hombre de hoy para valerse de otros analizadores,
pérdida de sensorialidad que el
crítico Herbert Read
ya había advertido como una de las grandes carencias del hombre
moderno. Maquillaje de Fidel Álvarez fue una fina
ironía para jugar con el enmascaramiento y lo superficial.
El título es una directa referencia a esto, muy a tono con
la operación que se realiza y con el ambiente urbano donde
se desenvolvió la obra. En la acción de Tatiana con Metodología…el juego del azar, con la ciudad toda como paisaje de probabilidades
de encuentros, se vuelve casi críptico por lo íntimo de la
aventura propuesta al diseminar llaves de su vivienda por
la ciudad. Esta es una singular experiencia de lo íngrimo
y del desvalimiento. Por último, la interacción con el cartel
de Wellesley invitaba al transeúnte
a asumir el rol de observador-participante y a aguzar su sentido
de alerta hacia el entorno. El juego consistía en penetrar
con la mirada lo circundante y hallar lo buscado, otro modo
de desacostumbrarse a la incolora servidumbre de lo cotidiano.
Estos distintos modos de concitar lo lúdicro tuvieron
en común el afán de ensanchar lo humano en cada palmo de lo
que nos rodea por nimio que fuese. La creación de
ambientes sonoros es otra vertiente de lo performático
y en el proyecto desenvuelto se presentó con Music Box Elevator de Janis Demkiw (Canadá) y Berimbau de Markus Freitas (Brasil). En la primera
obra la música sonaba en un elevador y en la segunda, con
una más aguda inserción en el espacio urbano, tres toques
grabados de Capoeira circulaban
por zonas de la ciudad que se identificaban con el sentido
de cada toque. Esta dimensión de lo sonoro, pensado y sentido
ecológicamente, aportaba un sentido resonante de lo ubicuo,
de particular relieve por coincidencias rítmicas con nuestra
música. Aquí también pudiera citarse, a medias entre el evento
sonoro y el juego, la acción Free
Dance Lessons de Day
Milman & Page Gratland (Canadá), realizada anteriormente en Toronto, que
era como muchas otras de las obras desenvueltas en un espacio
de participación, en este caso con una simbólica alusión a
la gratuidad de lo estético y al efecto de liberación que
puede concitar. En tal sentido cabría ubicar el performance
Singing somewhere de
Jay Wilson (Cánada) experimentado
como un deambular cantado de una palabra, en diferentes tonos,
alturas e intensidades, de carácter episódico e indagador
de las peculiaridades acústicas de diversos espacios y concitador
de reacciones humanas a lo largo de la ciudad, en especial
del propio artista como experimentador de sonoridades en los
parajes más disímiles. La duración de
todas las obras comentadas era variable, algunas ocuparon
todo el mes de la experiencia y otras como Sincronía
de Abel Barreto (Cuba) hicieron del tiempo mismo su principal
asunto. La idea de esta acción era crear, como decía el artista,
un “número vivencial”. El 20 dibujado
en la fachada de un edificio con las luces prendidas de ciertos
apartamentos mientras otros permanecían a oscuras, aludía
directamente a la transitoria construcción de un número y
al evanescente sentido de lo temporal. El tiempo también se
manifestaba en Ejercicio
de Vínculo No. 2. Mírame
de Ruslán Torres Leyva (Cuba) como
tiempo de duración de una conducta –el mirar fijamente a los
ojos de otro– a la par que como razón de vínculo –acaso “leer”
al otro. Esta acción realizada por etapas y con un carácter
competitivo, implicaba muy fuertemente a los espectadores-actores
de la pieza y propiciaba relaciones interpersonales en los
participantes más allá de la duración de la acción simbólica,
uno de los propósitos perseguidos por el artista. En otra
acción de relación casi imperceptible como Serie: Desafío
de Douglas Argüelles, el fuego nacido
de una vela delante de una estación de bomberos, tendía el
puente entre dos contrarios: el fuego y el agua. La dimensión
casi nimia de la vela no le hacía perder sentido a la pieza
en el ámbito de lo urbano, sino que por contraste lo realzaba.
Cobrar conciencia
de todos estos sucederes de Experiencia
de Acción: 30 días, en el agitado decurso de la Octava
Bienal de La Habana, fue en realidad poco menos que imposible.
Si un problema general manifiesto por DIP en sus piezas tocaba,
con mayor o menor intensidad, el asunto de la intransferibilidad de la experiencia, la necesidad de la visibilidad
macro de la Experiencia…
también debe anotarse como un imposible, pensado para ser
vivido; pues no obstante todos los registros acopiados de
esas acciones y la profesionalidad con que fueron realizados,
algo esencial siempre quedaba fuera. Por eso para tener conciencia
plena de lo sucedido, había que situarse en el punto de mira
que María Victoria Portelles había indicado simbólicamente en su mapa del
catálogo, como “lugar desde donde se mira el mundo”, observatorio
de la ubicuidad, aleph. Dos obras
trataban muy puntualmente esto: Recorrido
del Departamento de Intervenciones Públicas y Cayendo
sobre el mapa de
María Victoria; pero más allá de esto, el modo en que fue
concebida la Experiencia… propició un entendimiento secreto de lo público, lo que
hizo que cada acción mostrara sus verdaderas riquezas en la
experiencia de vivirla. Fueron treinta días que el Departamento
y los demás creadores participantes, junto al nutrido y anónimo
público-transeúnte devenido observador y participante activo,
vivieron desde el flanco oculto e inesperado de las “derivas”.
La ciudad fue tanto escena como bambalina de las acciones
descritas, región de exhibición y región de ensayo y el espacio
público fue encarado como el lugar de una dramaturgia cotidiana
donde los sujetos intercambian roles, a partir de proponérseles
un nuevo espacio de redes o tejido de relaciones que subvertían
las rutinas y los repertorios que hacen de los transeúntes,
sonámbulos del ámbito citadino.
[7]
La Habana por
siglos fue espacio de tránsito y confluencia en la aparición
de lo insólito, Experiencia de acción: 30 días propició nuevamente esa visita de lo
insólito. La ciudad se sintió cuestionada, extendida y el
proyecto de cada artista creció, al compartir, en esa Octava
Bienal.
[1]
En lo sucesivo el autor se referirá indistintamente
al Departamento de Intervenciones Públicas como Departamento
o DIP. (N. del E.)
[2]
Pichon-Rivière nos dice que el vínculo
es: “…la manera particular en que un sujeto se conecta o
se relaciona con el otro o los otros, creando una estructura
que es particular para cada caso y para cada momento…”
(Teoría del vínculo. Ediciones Nueva Visión,
Buenos Aires, 1985, p. 22). En otras obras del autor se
traslada al campo de los mecanismos de creación y de los
ámbitos relacionales que implica. Cfr. Vicente Zito Lema: Conversaciones con Enrique Pichon-Rivière, Ediciones Cinco,
Buenos Aires, 2000 o Enrique Pichon-Rivière: El proceso
creador. Del psicoanálisis a la psicología social, Ediciones
Nueva Visión, Buenos Aires, 1987.
[3]
Desde las clases de Metodología de la
investigación mucho se había debatido sobre la observación
participante como método de investigación en los estudios
etnográficos y antropológicos, perfectamente aplicable a
la creación artística. Cfr. James
P. Spradley: “Haciendo observación
participante”, en: Enema.
Nos. 2 y 3, Facultad de Artes Plásticas del ISA, 2000, pp. 36 y ss.
[4]
Tiempo después se aplicaría con más profundidad
en argumentar tal concepto de la cartografía subjetiva en
su tesis de Licenciatura. Cfr.
Manual para la conformación
de una idea incompleta del mundo. Ediciones El Aleph,
2004. Una dimensión psicológica de los espacios está profusamente
asentada en la psicología ecológica, desde mediados de la
década del 50, en títulos como Midwest and its children (1955) de Roger G. Baker y Herbert F. Wrigth. Otro concepto afín es el de de psicogeografía,
definida como “Estudio de los efectos precisos del medio
geográfico, ordenado conscientemente o no, al actuar directamente
sobre el comportamiento afectivo de los individuos” (“Definiciones.
Internacional situacionista”,
en: Internacional
situacionista, vol.
I: La realización del arte. Literatura Gris, Madrid,
1999. Cfr. Guy
E. Debord: “Introducción a una crítica de la geografía urbana”,
en: Internacional
Letrista: Potlatch. Textos completos
(1954-1959). Literatura Gris, Madrid, 2002.
[5]
Guy Debord, uno de los inspiradores
de la teoría de la deriva, va a estar presente en la escena
de la producción simbólica desde los 50 y sus textos van
a ser ampliamente difundidos en español a fines de los 90.
Debord nos dice: “Una o varias
personas que se abandonan a la deriva renuncian durante
un tiempo más o menos largo a los motivos para desplazarse
o actuar normales…” (Ob. cit. en n.4, p. 91). El
Departamento, a partir de un breve texto de Debord
bajado de Internet, va a sentirse vinculado a la deriva. [6] Transporte urbano popular construido a partir de una bicicleta. (N. del E.) [7] Cfr. Isaac Joseph: El transeúnte y el espacio urbano. Gedisa, Barcelona, 2004. |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
||||||||||