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Nayra - La memoria
(fragmento) - Teatro La candelaria
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I
El teatro y el performance
están cada vez mucho más cercanos, intervinculados
y comprometidos, de lo que comúnmente suele aceptarse,
en general, por muchos artistas de una y otra práctica,
normalmente parapetados en sus predios con una curiosa
y estéril postura ontológica purista. Para
muchos teatristas, el performance es algo de confusa identidad
y dudoso rigor, fruto de la improvisación en el
peor sentido y un reducto para los malos actores. Para
no menos performeros, el teatro es una instancia demasiado
narrativa y afanada en ilustrar, preconcebida y estratificada
en ciertas convenciones formales. Y aunque cada uno tiene
en cierto modo un poco de razón, pues existen ejemplos
que podrían argumentar estos presupuestos que llevan
a la polaridad extrema y a las diferencias irreconciliables,
estas posturas son el fruto de analizar pobres exponentes
de uno y otro camino, y de la segmentación, más
que de una verdadera lectura abierta que tome de cada
uno sus mejores hallazgos.
Como crítico
teatral y editora de Conjunto, una prestigiosa
revista de teatro latinoamericano que desde 1964 publica
la Casa de las Américas, y desde mi contexto profesional,
inserta en la escena cubana, que para mi gusto se mueve
de modo estrecho en limitadas coordenadas formales, de
las que están ausentes no sólo el performance
sino las infinitas variantes del cabaret y una más
diversa explotación de los escenarios de la calle
frente a la contradictoria realidad en permanente transformación,
he sentido cada vez más la necesidad de diálogo
entre el teatro y el performance, como formas de expresión
artística que, enfrentadas, pueden generar una
tensión productiva a partir de la apropiación/reapropiación
de códigos y presupuestos de pertenencia movediza,
que enriquecen y retroalimentan a ambas. En ese sentido,
desde la práctica y desde la investigación,
he pensado una y otra vez el tema, y comparto aquí
algunas de mis experiencias y reflexiones fundamentales.
Así, a partir de la función curatorial para
la Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño
Mayo Teatral, en su edición del año 2001,
en que se fortaleció como muestra de espectáculos,
me empeñé en incluir en la programación,
selectiva y defendida como representativa de lo mejor
del quehacer actual en la región, junto a instituciones
paradigmáticas de la escena latinoamericana como
el Teatro La Candelaria, de Colombia; Yuyachkani, de Perú,
o Malayerba, de Ecuador, con largas trayectorias -de treinticinco,
treinta y veintitrés años de vida respectivamente-
y significativas posturas en torno al teatro de grupo;
experiencias no ortodoxas como la del grupo interdisciplinario
La Pocha Nostra, o la cabaretera política mexicana
Astrid Hadad.
He tenido la oportunidad de compartir otros espacios concebidos
deliberadamente desde la borradura de fronteras genéricas
en una dirección semejante, como los Encuentros
del Instituto Hemisférico de Performance y Política
(Río de Janeiro, 2000; Lima, 2002; Nueva York,
2003); el ciclo de performance y conferencias organizado
por la curadora Alanna Lockward con el título de
"Días hábiles, tácticas celulares
para la nueva economía política del sentido"
dentro del IV Festival Internacional de Teatro de Santo
Domingo 2001, o la feliz coincidencia de la primera edición
del Festival Internacional de Teatro Latino de Los Ángeles,
en 2002, con el XXXI Taller de la Escuela Internacional
de Teatro de América Latina y el Caribe, dedicados
al tema de Teatro y Performance, con un seminario teórico
incluido, titulado "Diálogo en las fronteras
de las textualidades representacionales".
En Cuba el performance está en manos de un grupo
bastante reducido de artistas plásticos. Un maestro
como Manuel Mendive -Premio Nacional de Artes Plásticas
2001-, anima las figuras de su mitología personal
afrocaribeña sobre los cuerpos desnudos de bailarines,
las integra al espacio de la naturaleza, altera la fisonomía
anatómica de los cuerpos y los induce a una expresividad
sensual y festiva que sólo se completa en el acto
de mostrarse e interrelacionarse con los espectadores.
Desde otra postura, Tania Bruguera concibe el arte como
una actitud vital y de honda reflexión crítica,
ofrenda su propio cuerpo, indaga en el tejido de la nación
a través del peso de la culpa, y examina el lugar
que ocupa el poder. Hace aproximadamente un año,
Tania ha creado la Cátedra de Arte de Conducta,
un taller de entrenamiento de performance con jóvenes
artistas y/o estudiantes de arte.
El investigador Antonio Prieto apunta cómo resulta
curioso que actualmente en México el performance
esté completamente divorciado del teatro, y ejemplifica
posturas polares de algunos de los artistas, cuyas prácticas
han encontrado un espacio de confrontación regular
a través de las muestras internacionales que se
organizan en Ex Teresa Arte Actual, y que han sido ampliamente
documentadas por sus organizadores.
II
El término performance
comporta en sí mismo amplia ambigüedad y movilidad
conceptual, como una summa de prácticas socioculturales,
una perspectiva metodológica de análisis
de la realidad, o un género dúctil y de
identidad fronteriza que propone obras sugerentes desde
su fuerte vocación conceptual y política.
A pesar de que la palabra ya ha sido aceptada por la Real
Academia de la Lengua Española en versión
femenina -a la cual opongo, como personal licencia poética,
el masculino que me resulta más eufónico-
parece que, entre otras razones, el afán hasta
ahora fallido de encontrarle un equivalente preciso en
nuestra lengua ha constituido también una razón,
consciente o no, para ensanchar sus horizontes de significado.
Pero antes de particularizar en algunas de las muy diversas
nociones con que le han definido practicantes y estudiosos,
habría que distinguir en principio dos grandes
vertientes: una, la que desde los Estudios de Performance
y la academia estadounidense, fundamentalmente liderada
por Richard Schechner desde Tisch School, en la Universidad
de Nueva York, favorece el enfoque teórico a partir
del análisis histórico y designa cualquier
práctica de representación, que incluye
tanto los procesos como los resultados, y lo mismo define
el acto efímero que desaparece, que la huella de
memoria que deja en el cuerpo, y comprende todo acto vital
que transmite saber social, memoria y sentido de identidad
a través de acciones reiteradas. Lo que Schechner
denomina "twice behaved-behavior" (comportamiento
dos veces actuado). De otro lado, está la vertiente
que en la América Latina asume performance como
arte-acción o arte conceptual, para muchos un campo
privativo de los artistas visuales, quienes lo practican
como una forma de rebasar sus marcos tradicionales y en
busca de una mayor presencia e interrelación con
el público.
De ambas acepciones he querido nutrirme para alimentar
esta reflexión, aunque en el primer caso se incluye
al teatro; y en el segundo, se le contrapone a él
desde la perspectiva de las condiciones de enunciación
del artista.
En un texto suyo muy reciente, titulado "En defensa
del arte del performance", Guillermo Gómez-Peña
intenta reformular su definición en el nuevo siglo,
explica la dificultad frente a "la naturaleza resbaladiza
y en permanente transformación de este ´campo`",
y relata cómo, al someterle a Schechner la primera
versión de su texto, este le comentara que:
El "problema", si es que hay un problema, es
que el campo del performance "en general" resulta
demasiado grande y abarcador. Puede ser, y es, aquello
que dicen que es quienes lo están haciendo. Al
mismo tiempo, y por la misma razón, el campo "en
específico" es demasiado pequeño y
lleno de subterfugios; es tan pequeño como la praxis
misma del que lo desempeña.
Hay, sin embargo, intentos de formulaciones que revelan
la riqueza de esas especificidades, las cuales, curiosamente,
al confrontarse, a menudo entran en contradicción:
Guillermo Santamarina (curador mexicano, director de Ex
Teresa Arte Actual, centro de arte experimental):
...un modelo quizás más
"de tripa": intuitivo, lúdico, lo más
próximo a la esencia del arte performativo que
es la experiencia sensual que frecuenta el "absurdo"
y que usualmente se presenta condicionada a una noción
volátil del concepto tiempo.
Felipe Ehrenberg (neólogo,
artista multifacético mexicano):
...el arte-acción se realiza
con base en una estructura previa, la que sin ser guión,
guía el trabajo. Es, pues, repetible en esencia,
no necesariamente en su forma.// El arte acción/performa
se da en un espacio escénico pues requiere de
un espacio-tiempo. Puede ser en el recinto de un teatro
aunque, de hecho, cualquier lugar (locus) que ocupe
un accionista se convierte precisamente en eso, un espacio
escénico. La acción es tan efímera
como la de una obra teatral o musical, y exige que al
término de la entrega el espectador recurra a
su memoria para seguir dirigiéndola. A diferencia
del teatro o la música, sin embargo, el arte
acción no depende de actores o de músicos,
ambas profesiones altamente especializadas y complejas,
sino de "habilidades parecidas pero distintas".
En otras palabras, la intención de un espectáculo
accionista o una performa no es interpretativa y por
lo tanto admite intermediarios, es decir, directores
que dirijan a terceros para traducir a un cuarto, el
autor. El performador puede recurrir a asistentes -el
público, por ejemplo- para ser todo a la vez.
Es esto, precisamente, lo que le imprime la inmediacía
de que carece el teatro o la pintura.
Josefina Alcázar
(investigadora teatral mexicana):
...nació como una bomba híbrida
que se nutría del arte tradicional -como el teatro,
las artes plásticas, la música, la poesía
y la danza-, del arte popular -como la carpa, el cabaret,
el circo- y de nuevas formas de arte -como el cine experimental,
el videoarte, la instalación y el arte digital.
Pero también se nutre de fuentes extra-artísticas
como la antropología, el periodismo, la sociología,
la semiótica, la lingüística; además
de las tradiciones populares vernáculas -merolicos,
fiestas populares, procesiones. El performance es, pues,
un arte interdisciplinario por excelencia.
Ivette Román
(experimentalista vocal puertorriqueña):
Para mí el performance es un
espacio. El espacio que necesitaba crear para validar
mi voz. Este espacio no me lo iban a dar las instituciones
y esta voz no se iba a validar en los espacios formales.
Aunque tuve un adiestramiento básico en música
y artes visuales, las piezas que yo creaba no se podían
relacionar a algo conocido: no eran canto lírico,
ni popular, ni teatro, ni un monólogo, ni poesía,
aunque tenían elementos de todas estas cosas. Más
bien, son piezas que cualquier persona puede hacer y el
texto, autobiográfico, es algo con lo que muchas
personas se pueden relacionar. La única diferencia
es que no a todo el mundo se le ocurre hacer estas cosas,
se necesita un poco de valentía. Especialmente,
se necesita retar el miedo a elegir ser vulnerable frente
a un grupo de personas. Te expones a cualquier reacción,
a cualquier comentario, a ser juzgada, a la burla -porque
no todo el mundo puede aceptar la vulnerabilidad como
algo socialmente correcto. Creo que despierta y reta esa
parte de depredadores que todos tenemos dentro y no todos
nos queremos sentir culpables por nuestra sombra, ¿verdad?
Es mejor ver lo malo en los otros. Es esta vulnerabilidad
la que le permite al performance esa facilidad para expresar
situaciones de conflictos de poder. Este es precisamente
el valor del performance, cuando le dices a otros, "no
estoy haciendo esto para que envidies mis talentos, ni
porque puedo lucrar, simplemente porque es importante
que alguien lo haga y, aunque es incómodo, hoy
estoy eligiendo ser yo esa persona que lo hace -me doy
el espacio para hacerlo". // ¿Por qué
los performeros hacemos esto? Porque nos gusta, nos urge,
nos da placer y porque es lo mejor que sabemos hacer.
Porque es altamente político y los performeros,
y creo que no me equivoco al decirlo, si no hubiéramos
sido artistas, estuviéramos en un puesto político
o al revés, porque no estamos en un puesto político
(ni lo soportamos), somos artistas.
Lowell Fiet (crítico
teatral estadounidense-puertorriqueño):
Teatro es performance pero performance
no siempre es teatro. Mi preferencia sería invertir
esta ecuación para que "teatro" sea el
término sombrilla y "performance" una
forma teatral especializada [...] Sin embargo, ya es demasiado
tarde para detener el flujo histórico alrededor
del concepto: por ahora performance representa una supraestructura
conceptual bajo la cual el "arte de teatro"
al igual que el "arte de performance" son sólo
partes de un sinnúmero de prácticas comunicativas,
sociales, culturales y artísticas que constituyen
el campo de performance.
Tania Bruguera (artista
interdisciplinaria cubana):
El performance es un medio de emergencia,
de urgencia, de opinión y de necesidad de hacer
llegar un mensaje. Es una manera de poner a quienes lo
presencian en alerta y por lo tanto más abiertos
a buscar ese mensaje. Como todo medio de expresión,
el performance se ha ido institucionalizando y las expectativas
del público se han ido educando.// Para mí
la parte más interesante del performance es aquella
que no representa sino que presenta, la que trabaja con
la conducta como un elemento de valor y como su herramienta
de trabajo. Uno de los aspectos más audaces es
la conciencia de que es esta la manera en la cual la sociedad
nos "define y modela", sabiendo que es posible
transformar esos recursos sociales en formas de expresión
artísticas que aspiran a cambiar la manera en la
cual la sociedad piensa y actúa.
III
Arte minimal, mezcla de realidad y artificio.
Desnudo, transgresión estética, preponderancia
del cuerpo vivo, sangre, contracultura, manifestación
política -por supuesto, de izquierda-, activismo
social de nuevo tipo, concepción dramatúrgica
no lineal y fragmentaria, crónica polifónica,
consecuencia del happening, el collage y el pastiche,
impronta provisoria heredada de fluxus, Allan Kaprow,
John Cage, pero también de Jerzy Grotowski con
su definición de performer como el hombre de acción,
"cuyo acto no había degenerado en espectáculo,
capaz de redescubrir la enseñanza de modo personal,
que sabía ligar el impulso corpóreo a la
sonoridad", y que andaba en el camino hacia el cuerpo
de la esencia, vehículo de confrontación
de temas de género, raza y clase, entre muchos
más, son algunos de los ingredientes de este acto
efímero y siempre renovado, sorpresivo y urgido
de la respuesta viva, activa e imprescindible de sus espectadores.
Pero con frecuencia, al enfrentarnos a una de estas acciones
-y me refiero sobre todo al contexto cubano-, nos queda
el sabor de lo no acabado, de algo así como cierto
desgano o irresolución de gestos y movimientos,
porque falta precisión en el artista ejecutante,
esa cualidad teatral tan ligada a la organicidad que tiene
que ver con la capacidad del actuante para hacer creíbles
o eficaces sus acciones en la escena. Y se percibe, casi
más a nivel de la recepción sensorial que
racional, una suerte de zona muerta en el manejo de la
energía, que empaña la calidad de la presencia.
O parece faltar el concepto detrás del supuesto
conceptualismo. El por qué y el para qué
-tan caros al mejor teatro- que implican y trastornan
al espectador, que dan sentido al riesgo, a la provocación,
al acto mismo. O se pierde la vitalidad subversiva, detrás
de propuestas descafeinadas y condicionadas por el mercado.
De otra parte, a menudo nuestra percepción, sacudida
frente a algunas experiencias de performance que sí
conservan el componente crítico, hace que los referentes
de la escena teatral más cercana se resientan,
al darnos cuenta de que coexistimos en buena medida con
propuestas demasiado quietas en su aprehensión
formalizada de la realidad y de las tensiones del hombre,
en las cuales, a estas alturas del rumbo que lleva el
mundo, el artista arriesga poco en términos de
implicación personal detrás de un papel
cuidadosamente pautado, y en medio de un proceso en el
que la preocupación por las búsquedas formales
y hacia determinada expresividad puede soslayar la perspectiva
de acción política que comporta la humanidad
de su gesto, en perpetua tensión con el poder,
y su gestus -no sé por qué a cada minuto
vuelve a mi cabeza la impronta del viejo Brecht.
Los artistas del performance coinciden en afirmar que
no representan un personaje o rol, sino que se presentan
a sí mismos. Y es curioso cómo, desde el
teatro, la actriz noruega Iben Nagel Rasmussen, miembro
del Odin Teatret, al tratar de definir por medio de su
experiencia creativa las nociones de organicidad y precisión,
considera que lo orgánico se relaciona con la búsqueda
del flujo de energía que anima esa otra forma de
vida que es la de la escena, donde el actor no hace como
que sino que ejecuta acciones reales, en las que está
presente la materialidad de su propia vida.
Ciertas experiencias de la práctica teatral acusan
una interesante movilidad entre las perspectivas de representar
y presentar, que pueden servir para revisar la supuesta
polaridad enunciada antes y abrir una útil reflexión
en cuanto a la eficacia de apropiarse de instrumentos
de la técnica teatral para la ejecución
de acciones de arte conceptual. Recuerdo por ejemplo,
dentro de la práctica del cubano Teatro Escambray,
inserto en el núcleo campesino de la sierra del
mismo nombre, allá por los años 70, el trabajo
con una obra llamada El juicio, en la que el público
elegía a ocho representantes de entre la gente
de más prestigio de la comunidad para que actuaran
como jueces, en medio de un juicio moral a un personaje
que había colaborado con las bandas contrarrevolucionarias
de alzados apoyadas por la CÍA. Luego de implicarse
en el juego teatral, de interrogar a los testigos y de
analizar lo expuesto, ellos decidirían si el campesino
juzgado debía permanecer en la zona o ser trasladado
fuera de ella. La perspectiva de obra abierta, que transforma
esencialmente el discurso con un paréntesis estructural,
condiciona tanto de parte del espectador -en muchos casos
virgen-, como de los actores, una postura nueva, en el
caso de los segundos, dual, de riesgo frente a lo provisorio
y suficientemente flexible como para provocar con sus
acciones verbales y físicas la imprescindible participación,
incorporar elementos aleatorios y controlar los presupuestos
éticos y dramáticos previstos.
Es elocuente el análisis de Rine Leal cuando apunta:
El código teatral se establece
con tal espontaneidad y naturalidad que los espectadores
-tanto jueces como público en general- respetan
las escenas retrospectivas, necesarias para la comprensión
de la anécdota, y participan sólo en las
de los testigos que ofrecen la visión actual del
caso juzgado, y donde realmente sucede la obra. La acción
convencional era respetada y salvaguardada, la acción
de participación era comprendida por todos. El
público se transforma en cocreador del suceso escénico,
actúa sin saberlo, acepta las reglas o las destruye
cuando es necesario, se sumerge en el espectáculo,
incorpora personajes, y plantea cuestiones inesperadas
que el actor debe responder.// [...] Alcanzar el tiempo
justo, lograr el ritmo de la puesta en escena, es una
tarea tanto de los intérpretes como del público,
y las dificultades que el director enfrenta con la participación
aumentan considerablemente al incluir al espectador como
una de las perspectivas de la representación.
Una muy fecunda alternativa de integración
tiene lugar, casi tres décadas después,
cuando el Teatro Yuyachkani, de Perú, al querer
celebrar su treinta aniversario consecuentemente con su
historia, es decir, dialogando con el país y la
sociedad peruanos y renovando sus lenguajes expresivos
para que el peso del tiempo no les hiciera caer en caminos
trillados, creó Hecho en el Perú, vitrinas
para un museo de la memoria, que definieron como una instalación,
y que se nutría de varias fuentes: el trabajo que
venía desarrollando cada uno de los actores vinculado
a sus historias personales -como una opción alternativa
a los montajes grupales, a modo de abrir para cada uno
un espacio de búsqueda y realización individual-;
la experiencia en acciones callejeras anteriores, en las
que los actores no representan exactamente un rol; y el
contacto e intercambio con artistas conceptuales como
Guillermo Gómez-Peña, cuyas propuestas decidieron
reinterpretar desde su propia cultura.
Hecho en el Perú... es lo que Ehremberg llamaría
un espectáculo accionista: seis vitrinas alineadas
de a tres en los extremos de un espacio de galería,
abierto, en medio del cual deambulan los espectadores
al compás de una ensordecedora technocumbia. Una
feria de dolorosos leitmotiv, un muestrario de iconos
de la sociedad y la cultura peruanos: el dorado -los infinitos
significados de la hoja de coca-, los caminos de la fe,
la Madre Patria, pieles de mujer, el migrante, y el asesor
-un detalle casi noticioso, a partir del encarcelamiento
de Vladimiro Montesinos, asesor presidencial, y el destape
de los enormes niveles de corrupción, trasmutados
a nivel de la representación por un imaginario
de sadismo y aberraciones.
Y la vuelta de tuerca más interesante: la perspectiva
de los actores -¿actantes?- accionistas, y la consigna
de no representar, sino presentar, detrás de la
cual se estimulaba una investigación personal in
situ sobre la presencia, la proyección de una idea
más que de un personaje y un nuevo tipo de relación
con los espectadores.
Una de las participantes, Rebeca Ralli, lo ha documentado
así:
Se trata de retomar la utopía. De hacernos parte
de América Latina. // Es ir a la exploración
máxima de lo visual. Que lo visual hable a través
de objetos, carteles y obviamente del actor.// Es un museo
en vida donde las cosas se ven de verdad y no en réplica.
Vemos lo sucedido durante 10 años en movimiento.//
El principio de trabajo es la mezcla que comenta la mezcla.
A nosotros nos define la mezcla; que esta no vaya a un
lugar común sino que se transforme.// Accionar
teniendo en cuenta que la única identidad es la
del actor y que todo lo demás es lo que nos imponen:
así se trata de confrontar nuestra identidad con
la que nos imponen desde que nacemos. Trabajar sobre lo
urbano, lo marginal, lo irreverente. // [...] // Temas
(dentro del gran objetivo colectivo que es derrocar culturalmente
a la dictadura): el racismo, el género, la democracia,
el híbrido cultural, lo urbano marginal. Cada uno
trabaja su unidad independientemente. Cada uno presenta
pequeños proyectos. Lo fundamenta. Construir sentidos.
Indagar sobre la iconografía existente. Revisar
bibliografía. Cada actor tiene un gran objetivo
temático. El mío fue la Madre Patria: su
imagen, su iconografía. Revisar qué lugar
se les asigna a las mujeres en la historia, estar al lado
del héroe, y buscar canciones.// Trabajar sobre
lo híbrido, lo abigarrado. Que cada uno encuentre
su propio mestizaje y mezcla (excepto Amiel que lo vive).
Descubrir las fuentes del mestizaje. Qué herencia
recibimos y cuál vamos a dejar. Observar como el
poder está detrás de la imagen. Es exhibirse
como objeto de cultura. Es atreverse a mirarnos. Trabajar
sobre el humor y la ironía. // Qué tiene
que ver esto con la "actuación": Es un
alfabeto del que aún no conocemos sus reglas. El
principio es "no actuar". Mostrar. La narrativa
no es tan importante como que la imagen se detenga. Es
como un espesor de signos y sensaciones. El lenguaje que
estamos buscando es que el actor "muestre" y
se intervenga el cuerpo sin sicologismos. Sin que el personaje
pase por su adentro. Muestra al espectador para que le
genere imágenes. El actor "hace". Que
la imagen se detenga. Ironía, sarcasmo en la acción.
Hay que buscar un continente para cada uno. Hay simultaneidad
en las acciones de los actores y diferencia entre las
mismas, por el tema y por la cultura del actor. // Hay
también principios de trabajo para el espectador.
Este tiene la libertad del tránsito o la permanencia
de acuerdo a su interés o a la perturbación
que le provoque la imagen. Se le otorga la libertad de
armar su propio guión. Decide su ruta, o si quiere
se va. // [...] // Por no actuar entiendo: estar en estado
de presentación y de saberse observado, de ser
objeto de voyeur; posesionarse de otra presencia, de otra
energía, frente al espectador; habría un
momento de pre-expresividad pública, constituido
por acciones precisas y cómplices con el espectador,
de autoinvestirse del personaje para luego dejar ese estado
y posesionarse de otra presencia; mostrar la intimidad
de la tras-escena en estado de presentación, de
saberse observado; la palabra o la palabra cantada puede
o no estar; dentro de esa otra presencia, y de lo que
podría ser pre-expresividad, hago comentarios pequeños
con el público; el actor se instala en el vestuario
-ante el espectador- instalarse en el sentido de "alojarse",
"albergarse", "aposentarse". Luego
cuando su voluntad lo decide transforma su presencia,
su energía, ya investido.
Un despliegue a fondo de "habilidades parecidas pero
distintas" revela el testimonio reflexivo de la actriz,
que descubre un manejo completo del instrumental técnico
de que dispone, una cuidadosa puesta a prueba para extraer
de su cuerpo, su voz, su mirada, un caudal expresivo vertebrado
en una nueva dimensión.
Otra de las actrices, Teresa Ralli, cuenta cómo
ante la apelación del director de no representar,
eligió cubrirse la cara con un paño rojo
para domesticar sus muy expresivos ojos en los reclamos
de esta nueva experiencia.
IV
Dos anécdotas y una evidencia
para seguir examinando un diálogo potencialmente
fecundo:
Una. Hace poco se celebró en la ciudad de Matanzas,
Cuba, una jornada de teatro callejero en la cual más
de una decena de grupos de la Isla mostraron sus trabajos.
Los organizadores invitaron también a dos integrantes
de la Cátedra de Arte de Conducta para mostrar
sus acciones, que resultaron ser de lo más atractivo
e impactante para el público, significativamente
coincidentes -a nivel profundo- con la esencia de principios
enunciados por los estudiosos del teatro de calle. Distintas
maneras de izarse fue el título que dio Amaury
Pacheco a su acto de permanecer colgado e inerte en un
árbol, lo que en la segunda ocasión sorprendió
a los matanceros camino al trabajo al tropezárselo
al amanecer en uno de los puentes más concurridos
de la ciudad. Y despertó comentarios que tenían
que ver con lo insólito, con la bola que echa a
rodar indefinidamente y se hace leyenda. Dinorah Pérez,
en Príncipe y mendigo, ataviada con harapos en
una acera del centro de la ciudad rodeado de comercios,
mientras rifaba caramelos, postales artesanales y poemas,
ubicada ante un improvisado collage de imágenes
de su historia personal, lograba despertar inquietudes,
respuestas solidarias y airadas, estupor, preguntas hacia
fuera y hacia adentro.
La extrapolada inclusión de estas acciones en la
programación impresa del evento que, sin querer,
traicionaba una parte de su propia naturaleza, me hizo
cuestionarme el sentido mismo del aviso en general y así
lo comenté con el principal organizador, pues preveía
mucho más provechoso, por lo arriesgado, que cada
espectáculo de la calle hubiera asaltado la vida
cotidiana de los transeúntes, sin citas, preparativos
ni acomodamientos de los que suelen acompañar la
rutina teatral de los espacios convencionales.
Y dos. En julio de 2003, participé en un debate
radial con el colega Antonio Martorell, destacadísimo
artista gráfico puertorriqueño, al que no
le han bastado los trazos y las formas sino que ha sido
activo creador teatral, animado por el juego de palabras
y de acciones delirantes, el ritmo caribeño incorporado
al movimiento, para revelar tensiones y hacer de ellas
una fiesta imaginal. Toño, que ha amplificado sus
instalaciones para incorporarles humor y sabor idiosincrático
boricua en espléndida apertura performativa, corrigió
mi propuesta de llamar performeros a los artistas que
transitan con fluidez los retos del teatro, la danza y
formas experimentales diversas, para proponerme en cambio
llamarle teatreros, esa palabra bizarra que parece fundir
teatrista y obrero, o teatrista y guerrero; un término
que también ha sido de uso frecuente en la ardua
lucha por la vida, desde la belleza, de los practicantes
del teatro colombiano. Y entendí su postura, pues
partía de una idea semejante a la que siempre me
anima detrás de estos afanes de cruces trans-post-disciplinarios:
A la larga, ¿no es el performance una instancia
de rescate del impulso primigenio del teatro, de su esencia
como lenguaje sintético, audiovisual y espacio-temporal
de múltiples lenguajes, artesanal, irrepetible
y necesariamente vivo?
Por eso prefiero cerrar esta pequeña tormenta de
ideas, con las palabras de Toño, cuando afirma
en su texto inédito "Esta maldita pared"
que se trata:
[...] de recrear, crear de nuevo, hacernos eco lo más
fieles posibles del arte de nuestros compañeros,
clarificar sin violar lo inefable inherente a mucho del
mejor arte, a compartir con ustedes, público del
cual somos parte, actores y bailarines, críticos
e historiadores, teóricos y practicantes de ambos
lados de esa cuarta pared que todos intentamos escalar,
demoler, hacer volar por los aires de nuestra imaginación.
Esa maldita pared que los artistas de todos los medios
están comprometidos a convertir en espacios de
comunión.
Y, afortunadamente, ahora mismo hay respuestas vivas para
su reclamo. Qué es si no, la perspectiva del más
reciente estreno del Teatro La Candelaria, Nayra (La memoria),
bajo la dirección del maestro Santiago García,
una puesta que no parte de un texto prescrito, que no
sigue una historia ni un argumento ni una fábula,
sino que cruza simultánea y sincrónicamente
pasajes de un grupo de personajes que invocan diversos
tipos de fe, que enuncian postulados de la ciencia y que,
al moverse en un espacio entre circular y octogonal -en
parte una reconstrucción de una maloka, la casa
de la sabiduría para los indígenas; en parte
un circo que nos enfrenta a nuestros dolores y a nuestras
miserias más cercanas-, está proponiendo
una fecunda renovación de su discurso.
Nayra... es la creación más colectiva que
han emprendido y, al mismo tiempo, el proceso en el cual
se respetaron más las propuestas individuales.
En su nueva faceta de artistas de la instalación
-cada uno creó su propio ámbito, recreó
mitos y dio forma a iconos personales y colectivos-, en
la capacidad de entrar y salir de cada personaje y de
alternarlos con otros, en la fugacidad provisoria de los
cruces e intercambios -que me recordaba no los resultados
formales pero sí el espíritu subterráneo
que había animado Hecho en el Perú, que
aún los miembros de La Candelaria no conocen-,
revela una vocación de transgredir límites,
de no apelar sólo o al menos no directamente a
la razón, sino de intervenir instancias como el
inconsciente o la sensorialidad, los reductos de la memoria
atávica, desde el efecto desconcertante del fragmento
y la fuerza de la presencia. Otro modelo notablemente
útil para pensar en cruces de fronteras y en diálogos
transdisciplinarios provechosos para el teatro y el performance.
V
Apostilla gracias a la visión
plena de subjetividades de mi amigo el Mad Mex:
Mientras editaba para Conjunto el ensayo mencionado de
Gómez-Peña, encontré entre sus reflexiones
una que de alguna forma respondía a mis pretensiones
de que el artista del performance logre una precisión
mayor en su desempeño:
Esta fascinación por el performance en vivo también
está conectada a la poderosa mitología del
artista del performance como antihéroe y encarnación
de la contracultura de su tiempo. A nuestros públicos
no les importa realmente que Annie Sprinkle no sea una
actriz preparada ni que Ema Villanueva o La Congelada
de Uva no sean bailarinas entrenadas. Los públicos
asisten a los performances precisamente para ser testigos
de nuestra experiencia única, y no para aplaudir
nuestro virtuosismo.// Cualesquiera que sean las razones,
el hecho es que ningún actor, robot o encarnación
visual (avatar) es capaz de sustituir el singular espectáculo
del cuerpo-en-acción del artista de performance.
Sencillamente, no puedo imaginar a una actriz contratada
re-presentando las intervenciones quirúrgicas de
Orlan...
Pero curiosamente, Guillermo, que es un virtuoso, ha elegido
quizás sin proponérselo ejemplos de artistas
cuya destreza y capacidad de entrega es capaz de trasformarse
en energía productiva, vital, que construye si
no eso, algo de calidad muy parecida a la presencia. El
mismo autor, más adelante, admite cómo "nuestros
cuerpos y nuestros rostros poseen una apariencia ambivalente;
pero poseemos una mirada intensa, una cierta esencia de
presencia peligrosa, una calidad ética en nuestros
rasgos y nuestras manos."
Y es entonces que percibo que mi utopía en este
intento de viaje tras-post pasa también por el
reclamo implícito de un nuevo público para
el teatro, más exigente y arriesgado, más
dispuesto también a exponerse y a abrirse, a entregar
una parte de su cuerpo y de su alma.
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