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Símbolos de Susana Sierra en la Galería Juan
Martín de México, D.F
hasta el 14 de julio de 2005
La Escritura Secreta
LELIA
DRIBEN
Hablar o escribir sobre la obra de Susana Sierra
es penetrar en el camino de una larga, elaborada y con justicia consagrada
producción que, pese a los cambios necesarios, siempre es fiel a sí misma.
Además, sucede como en muchas otras pinturas abstractas: no es fácil acercarse
a ellas tratando de organizar un discurso crítico, aún teniendo en cuenta
la tensión que siempre se genera entre el lenguaje de los íconos visuales
y el de los signos escritos. Es como si cada cuadro, su articulación abstracta,
se replegara en sí, en el rumor apenas audible o perceptible de sus formas
y puestas de la pintura, de modo tal que excluye a otros lenguajes, los
aparta, los llama al silencio. No hay otra posibilidad si se desea enfocar
la pintura de Susana
Sierra que tratando de vencer esa resistencia. Por otro
lado, es necesario una vez más, mencionar la inserción de la pintura de
esta artista en el arte del siglo XX y decir, al respecto, que la propuesta
visual de Sierra es
heredera del informalismo catalán y, en parte, del expresionismo abstracto
norteamericano. Capa tras capa, pintura sobre pintura, los cuadros de
esta exposición parecen segregar un enigma indeleble y simultáneamente
tenue. Este procedimiento –explicado por su autora, nos coloca, desde
el principio, frente a una pequeña historia escondida de la que, en una
y otra superficie, quedan mínimos asomos, vestigios. Desde siempre, Susana valoriza de manera autónoma
el espacio en el que luego engendrará análogos juegos iconográficos que
–salvo excepciones, como algún rectángulo muy libre en su conformación,
alternan el anuncio o el grafo final, interrupto, de las formas. Al mismo
tiempo, la pintora ha reducido el espesor matérico que antes definía no
sólo la consistencia icónica de lo pintado, sino también un habla preformal.
Ese habla continúa aún aunque, insisto, adelgazada; y sobre ella, Susana expande
laberintos de trazos y señales, con las cuales completa la condición de
habitabilidad del espacio, contra lo que se puede señalar como superficie
o plano donde las formas simplemente se apoyan.
Con una apertura hacia tonos que
exceden al gris, al negro y al siena, la autora utiliza en su último conjunto
de cuadros colores como el azul, el rojo, un naranja velado, el blanco
tiza y el amarillo. Y junto a ellos aparece un despliegue de garabatos
que, tal cual lo enuncia su nombre (garabato), componen la escritura del
cuadro, una escritura asignificante, ignota, devuelta sobre sus propias
modulaciones y grafismos, para nombrar, con toda la densidad del nombre,
su arreferencial secreto. Mientras haya pinturas abstractas o figurativas,
que puedan interconectar la subjetividad entre el cuadro y el observador,
así como entre pintor y observador, el acto pictórico estará cumplido.
Lo digo de otro modo: mientras la pintura sea aún capaz de estremecernos,
habrá valido la pena. Esto es lo que ocurre con las pinturas de Susana
Sierra.
Tomado de www.arteven.com
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